De esposa vendida a pirata enamorada: Marquesa de Fresne II

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Marquesa de Fresne

 

Parte II

Por: Patricia Díaz Terés

La imaginación tiene sobre nosotros mucho más imperio que la realidad”.

Jean de La Fontaine

El final de la historia más conocida de Marie Elisabeth Girard du Tillet, marquesa de Fresne, indica que una vez llevada al puerto de Morea por su adorado Gendron, el corsario, e instalada cómodamente en la casa donde el pirata había guardado todos sus tesoros, terrible desazón sintió la dama al despertar un día solo para encontrar su lecho tan vacío, como las bodegas anteriormente repletas. Debido a que Marie tenía ya suficiente experiencia con la conducta canallesca de ciertos hombres imaginó lo peor y visualizó a su amado haciéndose a la mar cargado de oro y otra mujer.

Afortunadamente muy pronto el bucanero despejó el miedo de su señora, al regresar con un hatillo de papeles entre los cuales se encontraban diversos salvoconductos de varios países –legítimos y falsificados-, así como ciertos documentos que le acreditaban con la cantidad de un millón de luises. Confesó entonces el bandido que era ya su propósito abandonar la vida de aventuras, para dedicarse en cuerpo y alma a quien deseaba que fuese su esposa y madre de sus hijos.

De este modo la feliz pareja partió con rumbo a Roma para que el papa Clemente X anulase el anterior matrimonio de la marquesa de Fresne, sentencia que ni Gendron ni Marie Elisabeth veían como imposible tras la imperdonable conducta de André de Hennequin; sin embargo cuál no sería su sorpresa cuando el pontífice se negó a acceder a la petición, a pesar de conocer de cerca las fechorías del marido de la chica ya que el propio sucesor de San Pedro había sido estafado por el truhán.

Los enamorados sintiéronse entonces devastados, pero sin valor para contravenir las órdenes papales decidieron separarse, apartándose a la vez de las cuestiones mundanas. Fue entonces como Gendron donó todos sus bienes a la Orden de la Merced –excepto una considerable cantidad que cedió a Marie-, con la intención de ingresar en ella y viajar al África para comprar esclavos y luego liberarlos.

Incapaz de seguir a su alma gemela en aquella solemne cruzada libertaria, Marie Elisabeth decidió regresar a París para intentar retomar su camino, lo que le fue imposible gracias a que todos sus contemporáneos la veían, no como una víctima, sino como la descarada fémina que habíase aventurado en altamar con un fiero pirata tras haber sido vendida por su marido, quien a la sazón -y tras descubrirse sus numerosos timos- se encontraba recluido en la temible prisión de La Bastilla.

Así, sin poder hacer uso de su fortuna, la dama decidió encerrarse en un palacio para vivir junto con sus recuerdos, dejando de lado aquel mundo que le había traído tanta felicidad y amargura. Tal es el final de la biografía que Gatien de Courlitz ideó para la marquesa; no obstante la verdadera historia si bien es igual de pintoresca, no contiene la misma cantidad de virtudes y romances.

André de Hennequin era en efecto el heredero del marqués de Fresne, Nicolás de Hennequin quien habiendo fallecido el 31 de octubre de 1672 tuvo a bien distribuir su riqueza entre sus tres vástagos. Siendo un hombre de suntuosas costumbres, el verdadero André andaba a la caza de cualquier persona u ocupación no demandante que pudiese redituarle los recursos que necesitaba.

Apuesto como era, el caballero atraía la mirada de las damas pero él únicamente iba en pos de la fortuna del padre de las candidatas, fijándose entonces Hennequin en la hija de Monsieur Girard du Tillet, presidente del Tribunal de Cuentas del Reino, que a la sazón era una muchachita bastante avispada pero de ligera conciencia.

Ahora bien, la señorita poseía fortuna pero no abolengo y tanta menos virtud. Viéndose en un predicamento, el marqués de Fresne -cuya maligna estupidez era equiparable a su desmedida ambición-, decidió que lo mejor sería fingir un matrimonio con la chica para no depreciar su “nobilísima” sangre, por lo que un buen día llamó a un sirviente suyo de principios morales dudosos como los suyos para que representase al sacerdote, realizándose así la farsa –ante la franca desaprobación del padre de la novia, eventualidad que Hennequin sorteó al raptar a la chica- en la que Marie Elisabeth se convirtió en la pretendida marquesa de Fresne.

Por su parte la nueva marquesa distaba mucho de la modestia, por lo que se manejaba entre sus amistades con libertinaje y coquetería excesivos, característica que molestaba en demasía al remilgado André. De esta forma una vez más el noble deseó hacerse de una fortuna propia, hecho que “casualmente” sucedió muy pronto, cuando la Muerte apareció durante una cacería en la que participaban los tres hermanos Hennequin. Cuenta la historia que André y su hermano se encontraban tratando de cruzar el río cuando el solícito marqués tendió la escopeta a su hermano para que este se apoyase y atravesara mejor, sucediendo entonces que una bala disparada sin querer terminara con su vida; asimismo, el atronador sonido provocado por el tiro asustó al caballo del segundo hermano quien terminó rodando por el piso al caer del jamelgo y muriendo al golpear su cabeza con una gran roca.

Esta desgracia sin duda devastó al marqués (?), quien tuvo a bien malgastar la fortuna heredada, so pretexto de rehuir de la melancolía que lo atrapaba cada vez que pensaba en sus difuntos familiares. Sin que el dinero que había obtenido de tan sospechosa manera le alcanzase siquiera un periodo de tiempo respetable, el hombre optó por vender a su esposa a un acaudalado moro que vivía en Constantinopla, teniendo que trasladarse a Génova para cerrar el negocio.

Una vez en tierras italianas Marie Elisabeth, que era una mujer tan astuta como inteligente, descubrió el plan de su siniestro cónyuge adelantándose entonces ella al comprar al cochero que la llevaría al barco en el que la esperaba el turco, convenciéndolo de que la transportara al ducado de Saboya. Sin haber quedado en claro cómo fue que la pareja resolvió tales diferencias, lo que se sabe es que ambos regresaron a Francia donde la indignada esposa denunció al marqués de Fresne por incumplimiento de las promesas matrimoniales, dándole los tribunales el triunfo a la fémina en 1673.

Habiendo pasado tal vez un tiempo en La Bastilla –aunque de esto no se tiene registro-, André se convirtió en el hazmerreír de la capital francesa y era constantemente referido como “el hombre que vendió a su esposa”. Sin que se encuentre luego referencia a la suerte que corrió la involuntariamente falsa marquesa, lo cierto es que Hennequin rogó a Luis XIV que le permitiese cambiar su nombre, a lo que el monarca se negó consternado por la tentativa comercial que había tenido lugar en Génova.

Soportando como castigo –ligero a comparación de la serie de crímenes que tenía el marqués en su haber- los constantes vituperios por parte de sus conocidos, pero habiendo sin embargo convencido a otra joven para contraer con él matrimonio –esta vez legítimo- fue su primogénito, Augustin Vicent quien logró hasta el 23 de julio de 1724 que el nombre de su padre fuese modificado y reivindicado, aunque el caballero no pudiese ya gozar de tal venia pues hacía mucho que se encontraba ya en la tumba.

Siendo mucho más recordada la versión que retrata a Marie Elisabeth Girard du Tillet, como una virtuosa damisela en peligro conquistada por un aguerrido corsario, que aquella en la que se presenta como una joven de moral distraída con un falso y asesino cónyuge, se demuestra entonces que aun cuando la verdad pueda ser descubierta en los libros de historia, es en muchas ocasiones el imaginario popular el que otorga sus trascendentes cualidades a personajes tan peculiares como la marquesa de Fresne.

FUENTES:

“Mujeres piratas”. Aut. Germán Vázquez Chamorro. Algaba Ediciones. España 2004.

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