Tributo a la ciencia, símbolo imperecedero: Torre Eiffel

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Torre Eiffel

Por: Patricia Díaz Terés

Lo que hacemos no es nunca comprendido, y siempre es acogido solo por los elogios o por la crítica”.

Friedrich Nietzsche

Llaveritos, postales, carteles, vajillas y toda clase de adminículos promocionales muestran alrededor del mundo aquellos elementos que se consideran como distintivos de las diferentes naciones, como ha sido el caso de la Estatua de la Libertad en Estados Unidos, el “Big Ben” en Inglaterra, los molinos holandeses o la Torre de Pisa en Italia, por mencionar algunos.

De esta manera, encontramos algunas edificaciones cuya mera silueta logra evocarnos la idea de un país completo, siendo una de las más famosas una que, en su momento, fue vilipendiada y rechazada por su “monstruosa” apariencia: la Torre Eiffel.

Estaba ya en su avanzada madurez el siglo XIX, cuando en 1886 el ministro de Comercio e Industria francés, Édouard Lockroy, anunció que se abría una convocatoria para presentar proyectos de estructuras que acompañaran dignamente a la Exposición Universal que se llevaría a cabo en 1889, para celebrar el centésimo aniversario de la Revolución Francesa.

Tras haber recibido más de cien propuestas, fue la promovida por Eiffel et Compagnie –cuyo dueño Alexandre-Gustave Eiffel, había ganado notable fama como constructor de puentes y estructuras metálicas en más de doce países- la que se constituyó como triunfadora el 8 de enero de 1887, habiéndose inscrito al concurso un concepto cuyos primeros planos fueron producto de las hábiles manos del arquitecto Stephen Sauvestre y complementados por el ingeniero estructural Maurice Koechline –y el arquitecto e ingeniero Émile Nouguier-, a quien Gustave ordenó que la estructura fuese más detallada y adornada.

Los organizadores de la Exposición Universal se mostraron tan satisfechos con el proyecto, que decidieron realizar todo el evento alrededor de la nueva construcción, hecho que halagó en gran medida a Eiffel. Así, tras los cinco mil trescientos dibujos elaborados por cincuenta ingenieros, que dieron pie a más de trescientos empleados que trabajaron casi sin parar –aunque surgió una huelga que por ocho días detuvo la obra, y fue disuelta gracias a las notables virtudes como negociador que exhibió Gustave– durante dos años, dos meses y cinco días, la Torre Eiffel fue erigida con sus siete mil toneladas de hierro en su actual ubicación cercana al río Sena.

Sorteando gran cantidad de contratiempos -entre los que se encontraron las características de un suelo demasiado próximo a un caudaloso río-, la mente dirigente del proyecto, hacía ajustes continuamente a las piezas que se ensamblarían en aquella gigantesca estructura de hierro laminado, que alcanzaría la vertiginosa altura de 320 metros –con la cual derrotó al Monumento a Washington (120 m) como la construcción más alta del mundo, solo desbancada 41 años después por el Edificio Chrysler (Nueva York)-, maravillando a la mitad de sus contemporáneos y horrorizando al resto.

Con la promesa del ayuntamiento parisino de que gozaría de los beneficios que se obtuvieran por la explotación de la Torre durante 20 años –tras lo cual pasaría a formar parte del patrimonio de la ciudad-, Eiffel terminó la estructura el 31 de marzo de 1889, abriendo sus puertas la Exposición Universal el 6 de mayo a sus 236 millones de visitantes, de los cuales ascendieron a la torre más de 25 mil, aun cuando todavía no funcionaban los ascensores.

Pero la Exposición terminó y con ello el interés por la estructura de Eiffel pareció esfumarse, lo cual significó un dramático descenso en los ingresos. Aunado a esto, el ingeniero tuvo que enfrentar a los intelectuales, quienes habían firmado un manifiesto en el que expresaban su absoluto repudio hacia aquella construcción –a la que llamaban “solitario supositorio” o “soberbia quincallería[1]”- que atentaba en contra de la inconmensurable belleza de la Ciudad de la Luz. Se sabe incluso que el escritor Guy de Maupassant acostumbraba tomar su almuerzo en el restaurante ubicado al pie de la Torre Eiffel, con el único propósito de que su simple visión no arruinase por completo su día.

No obstante, Gustave era un hombre inteligente por lo que –tras un breve repunte de las visitas a causa de la Exposición Universal de 1900 y un intento para desmantelar la estructura en 1909- captó el potencial científico que tenía el diseño que había erigido, decidiendo montar en su cúspide tanto una estación meteorológica como una antena telegráfica –que le agregó 4 metros quedando su altura en 324 m-, instalaciones que resultaron de gran provecho, entre otras cosas, para las actividades militares.

Por supuesto no faltaron aquellas “creativas” mentes que trataron de elaborar propuestas para “embellecer” a la que hoy se constituye como símbolo indiscutible de toda Francia, de tal suerte que se sugirió eliminar la parte más alta de la torre para sustituirla con la estatua de una mujer desnuda, y hasta reemplazar sus cuatro pilares por enormes estatuas de elefantes (!), proyectos que afortunadamente nunca se aprobaron.

Por otro lado, en el año 1925 la Torre Eiffel fue la protagonista involuntaria de una estafa perpetrada por el timador profesional Victor Lustig, un hombre que se “ganaba” la vida robando con ingeniosas triquiñuelas a cuanta ingenua alma –y no tan ingenua, pues con un embuste se granjeó la amistad del hampón por excelencia, Al Capone, al proponerle un negocio ficticio para el cual el criminal le dio la suma de 40 mil dólares, mismos que el estafador guardó a buen recaudo para posteriormente regresarlos íntegros y de esta manera demostrar su “indiscutible honestidad”, hecho que le redituó en cinco mil dólares que le cedió el líder de la mafia de Chicago como premio por su honradez- se lo permitiese. Uno de tales engaños fue la venta como chatarra de la mismísima Torre Eiffel, para lo cual citó a varios importantes empresarios con el fin de llevar a cabo una “subasta”, misma que fue “ganada” por André Poisson, a quien Lustig había reconocido como el más incauto de los asistentes.

No hace falta resaltar la estupefacción de los empleados del gobierno a quienes Poisson demandó la inmediata demolición de la estructura, para llevarse su material. Al darse cuenta de la mentira, el caballero optó por echar tierra sobre el asunto para evitar ser el hazmerreír de toda la nación gala. Para entonces Lustig estaba ya cómodamente instalado en Viena dándose una vida de príncipe, pero pronto se gastó sus recursos e hizo una nueva intentona en París –otra vez vendiendo la Torre-, siendo esta vez descubierto y viéndose entonces obligado a huir rápidamente hacia América.

Años después, la Segunda Guerra Mundial también puso en peligro la Torre Eiffel puesto que durante la ocupación de Francia por parte de los nazis, se dice que Hitler ordenó la inmediata destrucción de la estructura, instrucción que nunca se siguió -sin que se tenga registro de la razón para tan afortunada negligencia-; asimismo sobrevivió a un tremendo incendio acontecido en 1944  y se sabe también que, por su lado, la Resistencia Francesa hizo uso de la construcción en su lucha contra los germanos, al cortar los cables de los ascensores para que los invasores tuviesen que utilizar las escaleras cada vez que necesitaban alcanzar la cima.

Constituyéndose en escenario magnífico para numerosos experimentos científicos –entre los cuales hubo algunos muy importantes, como el de Theodor Wulf, relacionados con el descubrimiento de los rayos cósmicos-, la Torre tuvo que esperar hasta los años sesenta y setenta para convertirse en el ícono que es hoy en día, y hasta 1985 para ser renovada, cuando se pintó y modernizó abriéndose además el restaurante gourmet Les Jules Verne, para que posteriormente se le colocaran 352 proyectores de sodio para iluminar y resaltar esa estructura que, tras haber sido objeto de burla, hoy es uno de los monumentos referenciales más visitados de todo el planeta.

**Este artículo lo dedico a mi sobrina Moni en su cumpleaños, quien sin duda en un día no muy lejano verá la Ciudad Luz desde el ápice de la Torre Eiffel.  

FUENTES:

“Sueños de hierro. La arquitectura de un mundo ávido de inventos”. Aut. Quique Martín Acevedo. Revista Historia y Vida. No. 427.

“Victor Lustig: el artista de la estafa que vendió la Torre Eiffel dos veces”. Aut. Néstor Luis González. 27 de diciembre 2011. www.noticias24.com

“Designing and Building the Eiffel Tower”. www.history.com

“Historia de la Torre Eiffel”. www.21wonders.es

“La Torre Eiffel”. Aut. Harold Alberto Muñoz. www.construdata.com


[1] Tienda donde se vende quincalla, es decir, piezas metálicas de escaso valor.

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5 Responses to Tributo a la ciencia, símbolo imperecedero: Torre Eiffel

  1. Oye, como pudiste publicar en la parte de entretenimiento que te encontré en WordPress como recomendaciones en donde salen los “Topics”. Gracias.

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