De engaños, intrigas y crueldades: Ana Ivanovna I

Ana Ivanovna

Ana Ivanovna

Parte I

Por: Patricia Díaz Terés

Donde no hay más que una mañosa astucia, necesariamente hay mezquindad. Decir astutos es decir mediocres”.

Victor Hugo

Cuando la astucia, la ambición, el egoísmo y la vanidad se unen con el poder absoluto el resultado, según podemos comprobar en varios casos históricos, ha sido terrible para los pobres súbditos o ciudadanos que han tenido que soportar las caóticas consecuencias de tan temible mezcla.

En el caso de los gobernantes rusos, muchos fueron los individuos que una vez ocupando el trono del Zar, cegáronse inmediatamente de poder procediendo a cometer las más infames atrocidades. Habiendo la mayoría llegado a la cúspide del gobierno a través de la fuerza o la herencia, otros como Ana Ivanovna, ocuparon el tan ansiado sitial gracias a los tejemanejes de algunos miembros prominentes de la corte imperial.

Resulta pues que el zar Pedro IIel Pequeño” falleció el 29 de enero de 1730, cuando era un jovencillo de catorce años que estaba a un día de casarse con su prometida Iekaterina Dolgoruki, quien vio esfumarse sus sueños de convertirse en emperatriz a tan solo veinticuatro horas de consumarse. Sin existir un legítimo heredero directo de Pedro, las intrigas en la corte surgieron rápidamente para que se nombrase un sucesor. Ajenos a todo sentido de la ética o el honor, no faltaron los nobles que falsificaron la firma del zar para dar la sucesión a la joven Iekaterina, tentativa que Iván Dolgoruki abandonó cuando se dio cuenta de que su “documento oficial”, no pasaría siquiera el primer escrutinio por parte de los funcionarios encargados de legitimar los papeles en cuestión, lo cual acarrearía el desastre para su familia cuando fuesen acusados por fraude.

Mucho discutió entonces el Alto Consejo secreto –en el cual participaban miembros de las familias más prominentes de la nobleza rusa como los Golitsin, los Golovkin y por supuesto los Dolgoruki; siendo todos ellos confrontados –aunque delicadamente- por el obispo Feofán Prokópovich, quien recordaba aún la última voluntad de la zarina Catalina I, que determinaba como sucesora a Isabel Petrovna, hija de Pedro I, opción que fue objetada principalmente por Dimitri Golitsin, quien sostuvo acaloradamente que la dama no tenía derecho al trono puesto que su nacimiento habíase suscitado antes del matrimonio de sus padres. Así, haciendo caso omiso de los reclamos del eclesiástico, los nobles pusieron sobre la mesa a los demás candidatos -resultando que todas ellas eran mujeres-, particularmente las hijas de Iván V, hermano de Pedro el Grande.

Eran tres las damas contempladas, de las cuales solo una era adecuada, Ana Ivanovna –ya que Catalina estaba casada con un temperamental sujeto, el príncipe Carlos Leopoldo de Mecklemburgo, de quien se aseguraba que llevaría a Rusia a guerras sin sentido; mientras que la otra hermana, Prascovia era una chica enfermiza y de endeble carácter que difícilmente podía gobernarse a sí misma, por lo que resultaba impensable que se colocara al frente de un imperio-, una fuerte fémina de treinta y siete años, viuda y que hasta el momento había vivido olvidada en algún rincón de Curlandia[1] -vivió primero en Annenhof y luego en Mitau-.

Ana Ivanovna era pues hija de Iván V y Prascovia Saltikova. Nacida el 28 de enero de 1693, a la corta edad de diecisiete años se desposó con Federico Guillermo Kettler en 1710, falleciendo el caballero tan solo un año después, dejando a la jovencísima viuda en complicada situación, que la empujó a llevar una existencia llena de limitaciones durante los siguientes diecinueve años en los que fungió como duquesa de Curlandia (1711 – 1730), debido a que la corte decidió olvidarse de ella.

Sin embargo Ana era una mujer que conocía su espléndido linaje, por lo que a pesar de no tener holgura económica, sí poseía grandes ambiciones. Sin haberse vuelto a casar, decidió aceptar en su recámara a ciertos amantes, siendo uno de ellos Piotr Bestújiev, protegido de Pedro el Grande, que fue sucedido entre las sábanas por Johann Ernst Bühren –su familia adaptó el apellido al ruso Biren, pero él siempre prefirió que lo llamasen Biron, ya que este último tenía un dejo francés-, un westfaliano de origen humilde –nieto de un palafrenero de nombre Jacobo- que en su carácter de advenedizo optó por inventarse una rimbombante y aristocrática ascendencia francesa, que logró seducir a Ana, endulzándole el oído hasta que ella creyó cada una de sus mentiras –y peor aún, admitió sus funestas sugerencias-.

En tan dudosa compañía se encontraba nuestra protagonista cuando tocaron a su puerta los príncipes Vasili Lukich Dolgoruki y Dimitri Golitsin, acompañados por el general Leóntiev, para entregarle la misiva en la que el Alto Consejo secreto le ofrecía el “puesto” de zarina. Al leer el documento, la dama se enteró de que los nobles deseaban limitar su poder, por lo que le habían colocado una serie de restricciones y deberes inusuales para un zar, entre los cuales se encontraban la difusión de la fe ortodoxa, una prohibición de que contrajera matrimonio, la prohibición de designar un heredero y la necesidad de pedir autorización del Alto Consejo para “declarar la guerra, firmar la paz, recaudar impuestos, intervenir en los asuntos de la nobleza, nombrar responsables de los puestos claves del imperio, repartir pueblos, tierras y campesinos, y utilizar los fondos del Estado para cubrir sus gastos personales[2]. Asimismo se le “solicitó” que partiera sola hacia Moscú, debiendo dejar a su amado en suelo curlandés. A todo lo anterior la duquesa accedió dócilmente.

No obstante, detrás de tan sumisa apariencia –aunque imponente, pues se dice que la mujer era de gran tamaño, y poco atractiva, cuya arma eran una larga melena oscura y unos ojos azules tan vivos como cautivadores- se escondía una mente activa y astuta, que inmediatamente puso en marcha su maquinaria para encontrar una forma adecuada de deshacerse de tan molestas limitaciones.

Aconteció entonces que Ana partió inmediatamente hacia la capital del imperio, dejando atrás a Johann Ernst –a quien le había comunicado que en cuanto tuviese resuelto el problemilla con el Alto Consejo, lo mandaría a llamar sin dilación para que se encontrasen en el palacio imperial-. De esta manera, consciente de que debía granjearse la simpatía de las fuerzas armadas, más allá de la de la nobleza, decidió detenerse el 10 de febrero de 1730 en el pueblo de Vsiesviátskoie, en donde invitó a los soldados del regimiento Preobrazhenski y de la Guardia Montada, una ronda de vodka. Aprovechando el calor y camaradería de la ocasión, Ana Ivanovna se declaró a sí misma coronel de las unidades, eligiendo como segundo al mando –teniente coronel- al conde Simón Andréievich Saltikov.

Llegaron al mismo emplazamiento varios miembros del Alto Consejo secreto, a quienes se dirigió con frialdad, llegando a desdeñar la acción del canciller Gavriil Golovkinse, quien se aproximó para colocarle la insignia de la Orden de San Andrés -propia de su dignidad como zarina-, ordenando a uno de sus sirvientes que se la impusiera, con lo cual pretendía socavar el orgullo del diplomático.

Entrando en Moscú el 15 de febrero de 1730 y siendo oficialmente coronada el 19 de febrero en la catedral de Asunción, el Alto Consejo secreto estaba ya para entonces al tanto del verdadero carácter de la nueva monarca, por lo que decidieron que le jurarían lealtad “a su Majestad y al Imperio”, con lo que pretendían suavizar la agresiva actitud de la recién llegada.

Ana Ivanovna comenzó entonces un gobierno que estaría repleto de crueldad, despilfarro, burlas y vejaciones hacia los más humildes, pero de cómo esta caprichosa dama pudo efectuar tales atrocidades hablaremos más extensamente en la próxima entrega de esta columna.

 

FUENTES:

“Las zarinas, poderosas y depravadas”. Aut. Henri Troyat. Ed. Vergara. España, 2003.

“Mujeres perversas de la historia”. Aut. Susana Castellanos de Zubiría. Grupo Editorial Norma. Colombia, 2008.

“Ana Ivanovna, Zarina de Rusia”. www.mcnbiografias.com

http://www.ecured.cu

 


[1] Región situada en el golfo de Riga, a orillas del mar Báltico. En la actualidad constituye parte de Letonia.

[2] Troyat, Henri. Las zarinas, poderosas y depravadas”. Ed. Vergara. España, 2003.

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