De engaños, intrigas y crueldades: Ana Ivanovna II

Ana Ivanovna

Ana Ivanovna

Parte II

Por: Patricia Díaz Terés

La crueldad, como cualquier otro vicio, no requiere ningún motivo para ser practicada, apenas oportunidad”.

Mary Ann Evans

Un lobo en piel de oveja, cual en la fábula de Esopo, fue una de las más crueles gobernantes de la Rusia zarista, quien para poder acceder al poder engañó sin miramientos a los también taimados miembros del Alto Consejo secreto que deseaban colocar en el trono de Rusia, tras la muerte de Pedro II, más que a un gobernante a un títere, saliéndoles, como se dice popularmente, “el tiro por la culata”.

Y es que tras su entrada triunfal en Moscú el 15 de febrero de 1730, y un mes antes de su coronación oficial como zarina, la astuta Ana Ivanovna comenzó a tramar la mejor manera para deshacerse de sus enemigos, llegando a la conclusión de que necesitaría tanto el apoyo del ejército como el beneplácito de su pueblo para poder gobernar “en paz”. De este modo, corría el 25 de febrero de 1730 cuando, mientras se encontraba la nueva emperatriz sentada en su trono rodeada por sus más ilustres cortesanos, irrumpieron de pronto en la habitación varias decenas de oficiales de la Guardia comandados por el príncipe Alexéi Cherkaski, quien a voz en cuello declaró que el documento firmado por su nueva soberana allá en Curlandia, era no más que una argucia de los nobles miembros del Alto Consejo secreto para limitar el poder que por derecho le había sido concedido a Ivanovna por Dios.

El revuelo cundió entonces la sala, en cuyo centro se encontraba la aparentemente estupefacta zarina, quien escuchó a uno de sus oficiales gritar: “¡Queremos una zarina autócrata, no queremos al Alto Consejo secreto![i], al tiempo que el digno caballero hincaba una rodilla en el suelo para demostrar su total devoción hacia Ana Ivanovna. La dama inmediatamente respondió cuestionando en alta voz el verdadero origen del documento que había signado –decía que ella pensaba que el pueblo había estado de acuerdo con el escrito-, continuando los militares con sentencias como: “¡No permitiremos que se le impongan leyes a nuestra soberana!”. Así, la soberana dictaminó que no sería objeto de control alguno por parte de sus vasallos, ordenando inmediatamente la obediencia de las tropas, exclusivamente, a Simón Andréievich Saltikov, teniente coronel que ahora era vitoreado estentóreamente. Los miembros del Alto Consejo habíanse entonces retirado avergonzados, para no encarar tan escandalosa derrota

Por supuesto la agitada escena había sido montada por Ana, quien optó por aplastar públicamente a aquellos que habían osado intentar controlarla. No obstante, el alma de la fémina no era tan autónoma como había dado a entender en su palacio.

Resulta que tras su coronación como zarina el 15 de marzo de 1730 en la magnífica catedral de la Asunción en el Kremlin, ni tarda ni perezosa Ivanovna mandó llamar a su amante Johann Ernst Bühren –referido como Biren o Biron-, un hombre siniestro que se encargaría de revelar al pueblo ruso la verdadera naturaleza de su nueva “matushka[ii], cuyo nuevo reinado había sido engalanado por una aurora boreal repentina que se presentó durante los festejos, misma que de acuerdo con el pueblo –que tristemente no se hallaba alejado de la realidad- presagiaba funestos acontecimientos para el futuro.

Las calamidades empezaron entonces cuando dos personalidades caprichosas y veleidosas se encontraron en la cima del poder del imperio ruso, una por derecho y el otro por decreto. Bühren era un hombre de origen humilde, pero muy aficionado a los lujos y la buena vida, un individuo acostumbrado a la mentira y la constante caza del poder, por lo que su unión con Ana Ivanovna le resultó sumamente conveniente y redituable.

Por su parte Ana distaba mucho de ser una mujer de Estado, constituyéndose por el contrario como una dama excéntrica e irascible, que además de gustar de la buena comida y bebida, también gozaba martirizando a sus pobres sirvientes, a quienes realizaba absurdas exigencias, y que  si fallaban en su cometido de complacer a la gobernante, serían cruelmente castigados.

Extravagancias hubo pues demasiadas. Por ejemplo, en cuanto puso pie en su palacio real, la nueva zarina hizo colocar en cada habitación sendas escopetas cargadas, las cuales eran disparadas por ella en cualquier ocasión que le pareciese conveniente, siendo los blancos de tan peligrosa actividad las pobres avecillas que volaban por los jardines y no, afortunadamente, las pobres damas de compañía que, aterrorizadas, se veían obligadas a imitar a su ama si no querían recibir una buena azotaina.

Asimismo, la emperatriz gustaba de la música por lo que en cualquier momento podía mandar a llamar a sus doncellas para que entonasen las melodías que le agradaban. Por supuesto si alguna de estas señoritas desentonaba o cometía algún error, era abofeteada personalmente por la robusta reina, quien parecía creerse tan perfecta que era absolutamente intolerante con las equivocaciones.

Perezosa hasta lo indecible –particularmente para alguien que se decía líder del gran imperio ruso-, nuestra protagonista desdeñaba de manera indolente la lectura, mientras señalaba que prefería instruirse escuchando a los expertos en la religión ortodoxa, sabios hombres que se veían obligados a leer durante horas a una emperatriz que, la mayor parte de las veces, hallábase recostada en su lecho o en un cómodo diván, lo cual nos podría hacer dudar de la atención prestada a las lecciones.

Por otra parte Ana Ivanovna era una mujer de contradicciones, siendo una de las más evidentes aquella en la que por un lado manifestaba un amor desmedido hacia los animales, llegando a inspeccionar personalmente y como rutina diaria, tanto sus perreras como sus establos; no obstante, al mismo tiempo gozaba torturando a otros seres vivos, entre los que por supuesto se encontraban los seres humanos.

Teniendo una perversa afición por las personas con algún defecto físico o mental, se divertía teniendo bufones de apariencia repulsiva, equipo en el que incluía en ocasiones a uno que otro noble caído en desgracia como el pobre Mijaíl Alexéievich Golitsin, a quien dispensó el muy cuestionable honor de concederle en matrimonio la mano de una anciana mongola cuya fealdad había hecho leyenda en la sociedad moscovita y peterburguesa. Creyendo hacer una broma excelente, la zarina obligó a los dos individuos a unirse con santos lazos, evento para el cual armó un carnavalesco desfile en el cual participaron numerosos cortesanos montados en animales como cerdos, cabras, perros o ciervos.

De esta manera en la noche del 6 de febrero de 1740, tras haberse llevado a cabo la solemne ceremonia religiosa y trasladar a los nuevos esposos a lomos de un elefante, Ivanovna detuvo a la comitiva en el “picadero del duque de Curlandia” –el palacio de Johann Ernst– para realizar un gran festín. Una vez terminado el convite, hizo que se encerrara a la pareja en un castillo de hielo que había hecho construir a orillas del río Nevá, entre el palacio de invierno y el Almirantazgo. Esta magnífica y hermosa prisión temporal –que tenía toques grotescos, como las obscenas imágenes que se exhibían dentro del par de pirámides de hielo que se encontraban en la entrada del lugar-, medía 20 m de largo, 7 m de ancho y 10 m de alto, conteniendo a su vez muebles confeccionados con el helado material. Ahí los dos ancianos debieron pasar su noche de bodas, ya que les resultaba imposible escapar debido a los guardias apostados en todas las salidas.

Mijaíl y la mujer mongola tuvieron la suerte de sobrevivir al retorcido humor de la emperatriz –se dice que les permitió vivir fuera de Rusia e incluso tuvieron un hijo-, pero en la siguiente entrega veremos cómo miles de personas no gozaron de la misma fortuna, encontrando no más que la muerte y el sufrimiento durante el terrible gobierno de Ana Ivanovna.

 

 

FUENTES:

“Las zarinas, poderosas y depravadas”. Aut. Henri Troyat. Ed. Vergara. España, 2003.

“Mujeres perfersas de la historia”. Aut. Susana Castellanos de Zubiría. Grupo Editorial Norma. Colombia, 2008.

“Ana Ivanovna, Zarina de Rusia”. www.mcnbiografias.com

http://www.ecured.cu


[i] Troyat, Henri. Las zarinas, poderosas y depravadas”. Ed. Vergara. España, 2003.

[ii] Mamá.

Una respuesta a De engaños, intrigas y crueldades: Ana Ivanovna II

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