De engaños, intrigas y crueldades: Ana Ivanovna III

Ana Ivanovna

Ana Ivanovna

Parte III

Por: Patricia Díaz Terés

Con un poder absoluto hasta a un burro le resulta fácil gobernar”.

Lord Acton

Cuando la haraganería, la ambición y el despotismo se unen en la cima del poder político de un país, únicamente pueden recogerse como frutos los sufrimientos del pueblo. Y esto fue justamente lo que sucedió cuando la despreocupada zarina Ana Ivanovna colocó en la cúspide del Gobierno ruso a  su nefasto amante Johann Ernst BührenBiren o Biron-, quien no tuvo reparo en olvidar su origen humilde cuando probó las tentadoras y corrosivas mieles del poder absoluto.

Y lo que pasó fue que Ana no se contentó con consentir a su preferido regalándole por ejemplo un fastuoso palacio en San Petersburgo o instituyendo exclusivamente para él una escuela de equitación –sin mencionar la inconmensurable cantidad de tierras que le otorgó hasta convertirlo en el mayor terrateniente de Rusia-, sino que además lo puso a la cabeza de la nación. De este modo, enfermo de triunfo por el poder de facto que poseía, y con la venia de su ilustre amante, lo primero que hizo Bühren fue asegurarse de que su círculo más cercano estuviese constituido por sus compatriotas, de modo que el conde Heinrich Johann Friedrich Ostermann –quien había cambiado su nombre por Andréi Ivánovich Osterman-, antiguo maestro de lectura de Ana, fue designado como primer ministro, mientras que otros de sus allegados fueron los hermanos Lowenwolde, el barón Von Brevern, los generales Rudolph von Bismarck y Christoph von Manstein, además del mariscal Burkhard von Münnich; no obstante, cabe destacar que Ivanovna también incluyó a algunos rusos patriotas como Gavriil Golovkin o el canciller Alexéi Cherkaski, quienes no lograron hacer contrapeso a los alemanes.

Convirtiéndose en el típico tirano, Johann Ernst -a quien el horrorizado pueblo ruso veía como un intruso cuyo poder le era concedido desde lo más profundo de las alcobas imperiales y refiriéndose a su dominio como la “bironovschina”-, mandaba exiliar a Siberia, decapitar o torturar a toda pobre alma que osara contradecirle, llegando a gestar una suerte de policía secreta –que se dispersó por toda Rusia – que tenía como misión descubrir “traidores”, especialmente de entre las familias aristocráticas rusas.

De este modo existieron terroríficos ejemplos de los abominables actos que ordenó Biren, como el descuartizamiento del príncipe Iván Dolgoruki o las decapitaciones de los tíos de este, Sergéi e Iván, así como la de Vasili Lukich, exmiembro del Alto Consejo secreto; comparado con tan crueles fines, el destino de Iekaterina Dolgoruki se contempla como misericordioso, ya que Ivanovna se contentó con encerrarla en un monasterio de por vida (!) –el saldo final de tan nefando régimen terminó en veinte mil deportados y diez mil ejecutados-.

Asimismo, cuando el duque de Curlandia, Fernando, falleció en 1737, la zarina vio la oportunidad perfecta para dar un poder “real” a su bienamado, de modo que Bührenn fue proclamado duque de Curlandia, lugar que regiría desde su estancia en San Petersburgo. Además recibió del emperador Carlos VI el título de conde del Sacro Imperio, así como el nombramiento de caballero de San Alejandro y San Alejo, honores que no hicieron sino aumentar la prepotencia del sujeto.

Pero el pueblo ruso no soportaba bien las vejaciones infligidas por aquellos extranjeros, de modo que de tanto en tanto se suscitaban conatos de rebeliones, las cuales eran implacablemente frenadas o aplastadas por valerosos cuerpos del orden –aunque justo sería decir que estos hombres, muchos de ellos rusos de nacimiento, debían seguir las órdenes les gustase o no a riesgo de perder su cabeza o su familia- como el regimiento Ismailovski, bajo el mando de Reinhold Lowenwolde, el cual se unió a la labor que ya llevaban a cabo los regimientos Semionofski y Preobrazhenski.

Otro individuo que fue víctima de su propia arrogancia fue Ostermann, quien haciendo alarde de sus “magníficas” habilidades diplomáticas, embarcó a Rusia primero en la Guerra de Sucesión Polaca (1733-1738) y luego, en unión con Austria, en una guerra contra Turquía (1736-1739), la cual rebasó la capacidad del ejército atacante, viéndose obligado el primer ministro ruso a firmar la paz.

Ahora bien, los gobernantes del estilo de Ana Ivanovna parecen desear el poder aun después de su muerte. De esta manera, la zarina sufría por el futuro de su país (?) una vez que ella hubiese pasado a mejor vida –aunque no por el bienestar de su gente, sino porque quería evitar a toda costa que su odiada rival Isabel Petrova consiguiese el trono-. Debido a que no tenía descendencia directa, la dama adoptó a la hija de su hermana Catalina Ivanovna y el príncipe Carlos Leopoldo de Mecklemburgo, de modo que la joven princesa Isabel Leopóldovna, de trece años de edad fue trasladada al palacio imperial para que viviese con su tía y nueva madre adoptiva.

Moldeando su propia sucesión de acuerdo a los cánones establecidos, la zarina hizo que su sobrina se convirtiese a la religión ortodoxa –ya que le habían inculcado de pequeña la fe luterana-, bautizándola entonces con el nombre de Ana. Siendo una señorita rubia y sin demasiada gracia, tenía un ingenio que le permitía sostener divertidas conversaciones, siempre y cuando no se abordaran temas demasiado profundos.

Así vivió Ana Leopoldóvna hasta los diecinueve años, cuando su imperial tía decidió que estaba ya en edad de casarse. De este modo entre Ivanovna y su dictatorial compinche Biron, buscaron pues al pretendiente en Alemania, siendo candidatos Carlos de Prusia y Antonio Ulrico de Bevern –también encontrado como Antonio de Brunswick-Wolfenbuttel-, sin que se tomara en cuenta al conde Carlos Mauricio de Lynar, ministro sajón en San Petersburgo que había ya capturado el corazón de la damisela. Tan inconveniente romance fue deshecho por el rey de Sajonia, quien designó a Carlos a otro puesto lejos de su amada. Pero Leopóldovna no tardó en encontrar consuelo –según se dice- en brazos de otra persona, esta vez una mujer, la baronesa Julia Mengden.

En 1739 se realizó la tan ansiada –por la emperatriz- boda entre Antonio Ulrico y Ana. Sin embargo, un hecho era que la joven novia no amaba a su flamante marido, por lo que huyó despavorida de la cámara nupcial para refugiarse en el jardín durante su noche de bodas, pasando varias horas llorando amargamente su triste destino. Al enterarse de tal acontecimiento, la zarina y su consorte llamaron sin tardanza a la muchacha, regañándola duramente y obligándola a cumplir sus deberes, de modo que un año después dio a luz a un niño de nombre Iván Antonóvich.

Ya para entonces Ana Ivanovna estaba muy enferma a causa de una compleja infección renal. Viendo el final inminente de su protectora, Bührenn se apresuró a hacerla firmar un documento (16 de octubre de 1740) por medio del cual él sería el regente hasta la mayoría de edad del príncipe Iván. Nuestra protagonista falleció finalmente el 28 de octubre de 1740, dejando a su amante a cargo de la nación, gusto que muy poco le duró al ambicioso caballero, ya que en la madrugada del 9 de noviembre del mismo año, un centenar de guardias enviados por Münnich entraron a su dormitorio y se lo llevaron acusado de traición -por haber apresurado la muerte de la emperatriz al motivarla a montar a caballo-. A este dudoso cargo se añadieron otros que permitieron que se le condenara a muerte –después de torturarlo- el 8 de abril de 1741, sentencia que fue cambiada por un exilio perpetuo en un pueblecillo de Siberia, quedando así a cargo del gran imperio ruso la regente Ana Leopóldovna.

Llegamos entonces al fin de una de las tantas terribles etapas que ha tenido que atravesar el pueblo ruso, la cual fue provocada por los caprichos de una dama tan perspicaz como negligente, quien otorgó el poder a un hombre que demostró ser un depredador del poder que azotó al imperio con su ambición desmedida, intolerancia y autoritarismo, “cualidades” que su robusta e imperial enamorada pasó siempre por alto. 

 

FUENTES:

“Las zarinas, poderosas y depravadas”. Aut. Henri Troyat. Ed. Vergara. España, 2003.

“Mujeres perfersas de la historia”. Aut. Susana Castellanos de Zubiría. Grupo Editorial Norma. Colombia, 2008.

“Ana Ivanovna, Zarina de Rusia”. www.mcnbiografias.com

http://www.ecured.cu

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