Bondad y elegancia, fama y tristeza: Audrey Hepburn I

Audrey Hepburn

Audrey Hepburn

Parte I

Por: Patricia Díaz Terés

“La adversidad es ocasión de virtud”.

Séneca

Recordada como una encantadora actriz del séptimo arte y como una generosa mujer dedicada a ayudar a los niños en precarias condiciones de los más remotos confines del mundo, Audrey Hepburn vivió en carne propia una gran cantidad de experiencias que le permitieron valorar aquellas cosas que consideró como más importantes a lo largo de toda la vida.

Pero para entender de mejor manera la personalidad tan peculiar de Audrey, primero hablaremos un poco sobre sus padres. Su madre fue Ella Van Heemstra, hija del barón Aernoud Van Heemstra, siendo esta familia una de las más notables de Holanda. Corriendo ya la inquietud por el arte en la sangre de la familia, Ella tuvo deseos de convertirse en cantante profesional de ópera, actividad que le fue vedada justamente por el prestigio familiar. En lugar de ocupar un lugar en las tablas, la hermosa e inteligente dama tomó esposo a la edad de 19 años, siendo el elegido Hendrik Van Ufford, un digno hombre de negocios que laboraba en una compañía petrolera, por lo que se trasladó con su joven novia a Batavia (Yakarta), en donde su familia iniciaría con el nacimiento de Ian y Alexander.

Esta unión duró solamente cinco años, divorciándose después Ella y regresando a Holanda en 1925, donde podía vivir con relativa comodidad cobijada por el dinero de la familia. No obstante, poco después regresó a Batavia para encontrarse con Joseph Hepburn-Ruston, un inglés culto y bien parecido que había conquistado en corazón de la baronesa Van Heemstra a pesar de encontrarse casado con Cornelia Wilhelmina Bisschop.

Consiguiendo el divorcio, el 7 de septiembre de 1926 Ella y Joseph se casaron en una iglesia en Batavia, habiendo logrado el caballero ocultar su verdadera naturaleza de su bella esposa; sin embargo, la convivencia diaria permitió a la baronesa descubrir que su flamante marido, once años mayor que ella, no era más que un vividor que era absolutamente incapaz de conservar un trabajo y que había visto en ella un hermoso medio de subsistencia; de igual manera, tampoco podía decirse mucho de la relación de Joseph con Ian y Alexander, ya que casi no los tomaba en cuenta, situación que alteraba mucho a Van Heemstra.

Para el final de 1928 Ella decidió retornar a Inglaterra, donde solicitó a su familia que consiguiesen algún trabajo para su esposo, encontrando acomodo en una compañía de seguros británica con sede en Bruselas, por lo que inmediatamente la baronesa y Joseph se trasladaron a Bélgica, en donde el 4 de mayo de 1929 nació la pequeña Audrey, a quien registraron en el viceconsulado británico como súbdita de tal nación. Ya desde los pocos días de nacida, la bebita presentó problemas de salud cuando la atacó una grave tos ferina que la llevó al borde de la muerte. Por si no fuera suficiente la enfermedad, la madre no creía en los beneficios de la medicina, siendo una seguidora de la Ciencia Cristiana, por lo que en lugar de permitir a un galeno que revisase a su hija, optó por rezar día y noche junto al lecho de la niña, que sobreviviría de milagro a tal episodio.

Audrey comenzó entonces a crecer escuchando las violentas peleas de sus padres, pero también acompañada de sus hermanastros Ian y Alexander. Su madre era fría y un poco distante, por lo que reservaba sus simpatías para el padre, quien a su vez tampoco le prestaba demasiada atención a su hija, ausentándose durante largos periodos por cuestiones laborales.

La niña creció entonces educada principalmente por la baronesa Van Heemstra, quien puso la disciplina por encima de todo. Enseñándole ella misma a leer y escribir, al mismo tiempo le mostró las virtudes de la buena música y literatura; asimismo la instruyó para convertirse una “perfecta” conversadora, diciéndole incansablemente que ella nunca era interesante, sino que el interés debía recaer en su interlocutor. Audrey lo creyó durante toda su vida.

Cinco años tenía apenas Audrey cuando en 1935 sus padres decidieron enviarla a un internado en Inglaterra, hecho que sin duda aterró a la chiquilla. No obstante, fue inscrita en una escuela privada en Elham en el condado de Kent, en donde le costó mucho trabajo adaptarse a las normas y sobre todo a sus compañeras, ya que Hepburn era una niña introvertida, tímida e insegura. Por si esta situación no fuese ya estresante para la pequeña, su padre abandonó el hogar a finales de mayo del mismo año, un golpe del cual la baronesa y su hija nunca se recuperaron.

Ya fuese un despilfarrador o un alcohólico, lo cierto es que Joseph Hepburn poco a poco mermó la fortuna de su mujer, y no volvió a ocuparse de su familia. Además, exhibía manifiestas simpatías por los fascistas, legando incluso él y Ella a compartir un almuerzo en Munich con el mismísimo Adolph Hitler –todo esto fue posteriormente lamentado por la baronesa-; se ha especulado sobre el hecho de que un posible puesto en el nuevo partido propuesto por el ex ministro laborista Oswald Mosley, que había dirigido la Unión Británica de Fascistas, hubiese conminado a Joseph a dejar a su familia.

Mientras Ella sufría la partida de Joseph, Audrey hacía lo mismo sola en Inglaterra, localizando un agradable refugio en la lectura y la música, pero particularmente en la danza, de modo que a sus seis años encontró la que sería su pasión en la vida. Por su parte, la directora de la escuela decidió apoyar a su alumna, haciendo partícipe a la baronesa sobre la nueva afición de su hija y alabando su habilidad de tal forma, que convenció a la madre para ayudar a la chiquilla a seguir una carrera en el arte de Tepsícore.

Pero los tambores de guerra retumbaban ya por Europa, declarándose oficialmente el conflicto de Alemania contra Francia e Inglaterra el 3 de septiembre de 1939, situación que llevó a la baronesa a trasladarse a Holanda, solicitando ella a su exmarido que ayudase a su hija a abandonar la Gran Bretaña, como en efecto lo consiguió.

A pesar de que Ella había creído que el poder de los nazis no alcanzaría a Holanda, Alemania invadió a este país el 10 de mayo de 1940, cuando Audrey tenía ya once años. Temiendo por su hija, que era ciudadana británica y hablaba muy poco holandés, la baronesa instó a Audrey para no hablar demasiado en público y nunca en inglés, evitando una posible deportación. Así, al inicio de la ocupación la familia pudo permanecer en su hogar, hasta que en 1942 les fueron confiscadas sus propiedades, cuentas y objetos valiosos, por lo que se trasladaron a la finca del barón Van Heemstra en Zijpendaal, misma que compartían con la tía Miesje y el tío Otto.

Sin que finalmente pareciese demasiado seguro para aquellos tiempos un nombre como Audrey Hepurn, la baronesa decidió modificarlo por el de Edda Van Heemstra, inscribiéndola en una escuela de la localidad y ayudándola a perfeccionar rápidamente su holandés. Al mismo tiempo inscribióla en el conservatorio de música y danza de Arnhem para que pudiese continuar con esa actividad que ahora era su santuario, enseñada en esta ocasión por la bailarina Winja Marova.

De este modo, con el ballet, Audrey lograba olvidarse aunque fuera por unos momentos del frío que padecía por la escasez de combustible o el hambre que sufría al no tener acceso a productos como la carne, el azúcar, la mantequilla, los huevos o la leche; de igual forma fue el ballet la forma como la chica peleó en la resistencia contra los nazis, pero de eso y su incursión en el séptimo arte hablaremos más extensamente en la próxima entrega de esta columna.

**Esta serie de artículos la dedico con mucho cariño a mi amigo Ignacio, gran admirador de esta digna dama.

FUENTES:

“Divas rebeldes”. Aut. Cristina Morató. México, 2011.

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2 Responses to Bondad y elegancia, fama y tristeza: Audrey Hepburn I

  1. Ignacio José Solano dice:

    Gracias, Paty! Lo he disfrutado enormemente y sé que disfrutaré los que vengan. Gracias por el honor que me haces!

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