Bondad y elegancia, fama y tristeza: Audrey Hepburn IV

Audrey Hepburn en Breakfast at Tiffany's

Audrey Hepburn en Breakfast at Tiffany’s

Parte IV

Por: Patricia Díaz Terés

Las almas bellas son las únicas que saben todo lo que hay de grande en la bondad”.

Fénelon

Cuando se posee fama, riqueza y belleza, pocas personas logran la titánica tarea de mantener la sencillez y la sensatez, habiendo salido avante en tales menesteres la encantadora Audrey Hepburn.

Aclamada por todo el ámbito cinematográfico no solo como una actriz de gran talento, sino como una persona tan amable como disciplinada quien hacía las delicias de los directores del séptimo arte, Audrey fue una mujer que no permitió que su propia hermosura la esclavizase, de modo que ella mantuvo un estilo sobrio y característico que sin embargo la entronizó como uno de los íconos de la moda más destacados de todos los tiempos, lugar que ocupó en buena parte gracias a su entrañable amistad con el renombrado diseñador Hubert de Givenchy.

Así, para 1953 Hepburn había logrado conquistar los reconocimientos más preciados del ámbito tanto del cine como del teatro, llevándose el Óscar por su actuación en Roman Holiday (William Wyler, 1953) y el Tony por su participación en la obra Ondine, logrando además una meta personal al contraer matrimonio –ante la reprobadora mirada de su madre Ella Van Heemstra– con Mel Ferrer el 24 de septiembre de 1954 en una pequeña localidad suiza de nombre Bürgenstock, cerca del lago Lucerna.

Habiendo anhelado toda su vida formar una familia, Audrey se dedicó en cuerpo y alma a su nuevo rol de ama de casa, aprendiendo a cocinar, cuidando el jardín y olvidándose de los reflectores de Hollywood de los cuales era ahora la favorita. Para marzo del siguiente año, la dama se encontraba sumamente ilusionada ante la próxima llegada de un hijo, pues estaba embarazada, recibiendo un duro revés del destino al sufrir un aborto que la sumió una profunda depresión de la cual su flamante marido trató de rescatarla proponiéndole que regresara a la pantalla de plata en la cinta War and Peace (King Vidor, 1954), personificando a Natasha Rostova en esta adaptación de la famosa obra de León Tolstói. Al concluir el agotador rodaje, aceptó un nuevo papel que le devolvería algo de su alegría, ya que el personaje de Jo Stockton en la película Funny Face (Stanley Donen, 1957) implicaba cantar y bailar al lado del bailarín veterano Fred Astaire, a quien la joven admiraba.

Haciéndose conocida entre su público por papeles en comedias románticas, Audrey quería encontrar un personaje que le representara un reto como actriz, encontrándolo en el rol de la hermana Lucas, quien personificaba a la religiosa belga Marie-Louis Habets, una mujer que había trabajado en el Congo ayudando en comunidades necesitadas. De este modo, el papel requirió que la chica prescindiera de sus elegantes vestuarios –además la intérprete vivió un tiempo en un convento francés y visitó un hospital para enfermos mentales, así como una leprosería congoleses- que hasta ahora la habían acompañado en pantalla, para enfundarse un sencillo hábito y demostrar su valía actoral, lo cual logró con gran éxito gracias a la ayuda del director Fred Zinnemann, quien lideró la filmación de The Nun’s Story (1959) enfrentando las extremas condiciones climáticas africanas.

Tras disfrutar de extraordinarias críticas por su trabajo en la película de Zinnemann, Hepburn continuó -embarazada nuevamente-, con la filmación de The Unforgiven (1960) de John Huston, llevándose un tremendo susto al salir despedida de su montura, el semental Diablo, cuando este reparó durante una escena. Angustiada por el bienestar de su hijo, la actriz fue sin embargo diligentemente atendida por el médico, que le recomendó un periodo de descanso, cumplido el cual regresó al set de filmación y se subió al mismo corcel tal como le había prometido a Huston, completando su trabajo.

No obstante, aquello tan temido y que no había sido ocasionado por la fuerte caída, sucedió al perder el bebé que esperaba, retornando a su vida la tristeza implacable que no le permitía siquiera trabajar en aquello que ella tanto amaba. Amargos momentos vivió entonces nuestra joven protagonista, a los cuales se vio sumado un desangelado reencuentro con su padre, con quien sin embargo logró establecer una cordial y distante relación en los años subsiguientes.

De esta forma, no fue sino hasta el 17 de julio de 1960 cuando la fina señora obtuvo la alegría esperada cuando dio por fin luz a su hijo Sean Hepburn, llenándola el pequeño de esa felicidad que había buscado durante toda su vida, y que ni la fama ni el dinero habían podido proporcionarle. Encontrando nuevamente el rumbo de su existencia, aceptó el papel cuya imagen es hasta hoy reconocida y alabada al haber logrado Givenchy rodear a Audrey con un halo de sofisticación nunca antes visto, al ataviarla con un sobrio vestido negro y un espectacular collar de perlas, tal como aparece en el afiche de Breakfast at Tiffany’s (Blake Edwards, 1961) en la adaptación al cine de la obra de Truman Capote, quien a pesar del encanto de Hepburn, nunca estuvo satisfecho con el completo de la producción, habiendo él insistido en que el papel protagónico le fuese concedido a la caprichosa Marilyn Monroe quien se dio el lujo de rechazar el papel por considerarlo demasiado frívolo (!).

Pero una persona no puede tenerlo todo en esta vida, al menos al parecer, no al mismo tiempo. Mientras Audrey disfrutaba del amor de su hijo y del público, su marido se convertía en un ser envidioso que no soportaba el triunfo de su mujer, situación que no hizo sino empeorar tras el arrollador éxito del filme My Fair Lady (George Cukor, 1964). Tratando de salvar su unión conyugal, la actriz decidió trasladarse un tiempo al que sería su refugio de entonces en adelante, la mansión La Paisible, ubicada a 50 kilómetros de Ginebra, desde donde disfrutaba de una portentosa vista de los Alpes.

Tras sufrir nuevamente un aborto en 1966, terminó formalmente su relación con Mel Ferrer en 1967, permitiendo sin embargo que su pequeño pasara el tiempo oportuno con su progenitor. 1968 por su parte representó un año atípico en la vida de Audrey, ya que su soledad la llevó a entablar fugaces relaciones con personajes como el torero Antonio Ordóñez y el duque de Cádiz, Alfonso de Borbón, entre otros tantos. En esta etapa menos discreta de su vida, participó en un crucero organizado por su amiga la princesa Olimpia Torlonia, en el cual conoció al psiquiatra Andrea Dotti, nueve años menor que ella y de quien se enamoró de inmediato. Contrayendo matrimonio el 18 de enero de 1969, la actriz abandonó nuevamente el séptimo arte, logrando traer al mundo a su segundo hijo, Luca Dotti, el 8 de febrero de 1970. No obstante, habiendo elegido otra vez al tipo de hombre equivocado, se dio cuenta demasiado tarde de que su esposo era también un caballero de ojo alegre, lo que los llevó a separarse en 1980 –finalmente dio con un buen hombre en  la persona del actor holandés Robert Wolders, quien se comprometió con ella en cuerpo y alma, si bien no legalmente, desde que la conoció en 1980-.

Tras participar en algunas otras cintas de menor fama, Audrey Hepburn encontró su misión en la vida cuando en 1988 aceptó ser embajadora internacional de buena voluntad para la UNICEF, actividad en la que dejó su salud y su alma en el transcurso de cinco años, durante los cuales ayudó a infinidad de personas y permitió una vez más que la humildad tocase su corazón. Sin embargo, muy pronto se apagaría la gran luz que esta admirable mujer emitía en un mundo tan oscuro, al enterarse a finales de 1992 de que sufría de cáncer incurable. Sin querer despedirse de este mundo lejos de su hogar, pidió que la trasladasen de Los Ángeles a La Paisible, siendo esto posible gracias a la intervención de Givenchy, quien alquiló para ella un jet privado lleno de flores, que la llevó tranquilamente a casa, donde falleció en compañía de sus seres más queridos el 20 de enero de 1993. Ahora sus restos descansan en una hermosa colina cercana a su hogar, desde donde su bondadoso espíritu continua velando por los más necesitados gracias a la fundación Audrey Hepburn Children’s Fund, establecida por sus hijos Sean y Luca para continuar la altruista labor de su amada madre.

**Esta serie de artículos la dedico con mucho cariño a mi amigo Ignacio, gran admirador de esta digna dama.

FUENTES:

“Divas rebeldes”. Aut. Cristina Morató. Ed. Plaza & Janés. México, 2011.

Audrey Hepburn: Still the Fairest Lady”. Aut. Richard Corliss. Enero 2007. www.time.com

www.dailymail.co.uk

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