Caridad, coraje y entrega: Mary Slessor I

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Mary Slessor

Parte I

Por: Patricia Díaz Terés

“Puedes llegar a cualquier parte, siempre que andes lo suficiente”.

Lewis Carroll

El siglo XIX fue testigo de la exploración de uno de los continentes más fascinantes y conflictivos del mundo, el África. Repartiéndose durante esta centuria los poderosos imperios las grandes extensiones territoriales cual si fueran trozos de un pastel, cada nación “hizo suya” la tierra tanto a través de la colonización -proceso en el cual valientes familias, maestros, empresarios, soldados etc., pusieron rumbo hacia lugares desconocidos y habitualmente hostiles- como de la evangelización de los nativos. Durante este tiempo, surgieron diversos personajes cuyos nombres están plasmados en la historia del descubrimiento del Continente Negro, siendo ya populares apellidos como Livingstone, Stanley o Baker[i].

Y admiradora apasionada de David Livingstone era una jovencita escocesa de nombre Mary Slessor, quien, anhelando difundir el Evangelio a todo aquel que quisiese escucharlo, decidió el día de la muerte del famoso explorador que su destino sería asentarse en lo más recóndito del África para poder ayudar a cuanto nativo le fuera posible.

Pero habiendo sido muchos los que tuvieron el mismo sueño que Slessor, ciertamente no cualquiera podía llevar a cabo tal empresa y mucho menos tener éxito en la misma, siendo requisitos indispensables para la aventura un carácter férreo, un espíritu austero[ii] y una decisión inquebrantable. “Afortunadamente” para nuestra dama, ella tuvo en su infancia un duro entrenamiento para afrontar los avatares de la vida, ya que Mary Mitchell Slessor que nació un 2 de diciembre de 1848 en la ciudad de Aberdeen, fue la segunda hija en una familia que crecería hasta tener siete retoños, que eran educados por la señora Mary Slessor, ya que su marido Robert era un hombre aficionado a la bebida que poco o nada aportaba al hogar, situación que la madre de familia –cuyo carácter ha sido descrito de maneras opuestas por distintas fuentes como rígido aunque cariñoso, mientras que otros la retratan como una dulce mujer de gentiles formas, que no poseía ningún rasgo característico que hubiese podido heredar a su valiente hija- sobrellevaba gracias a su fe –perteneció a la Iglesia Presbiteriana Unida de Belmont Street y luego a la Iglesia Wishart- y las ocasionales conferencias a las que asistía con su incondicional Mary, en las cuales escuchaba embelesada las palabras de los tenaces misioneros que llegaban de exóticos países lugares como India, China, Japón o África.

Con una complicadísima situación económica, ocasionada por un más que desconsiderado Mr. Slessor quien gastaba cada penique en alcohol y se daba el lujo de arrojar al fuego los alimentos que Mary y su madre preparaban para él, la pequeña se vio forzada a entrar a trabajar a sus escasos once años en el Baxter Brothers’ Mill, ubicado en Dundee –lugar al que la familia Slessor había llegado en 1859-, un molino en el cual, tras levantarse a las cinco de la mañana, pasaba doce horas diarias dentro de una sala con escasa ventilación, ensordecida por completo gracias al atronador sonido de las máquinas, trabajando pues sin descanso para ganar tres dólares semanales, que servirían para aliviar a sus hermanitos quienes sufrían de un precario estado de salud –de hecho murieron tres de ellos, sobreviviendo únicamente Susan, John y Janie-.

En sus primeros años y como preadolescente Mary no mostró mucho entusiasmo por las actividades religiosas, haciendo incluso una que otra travesurilla los domingos en el templo; sin embargo, el episodio que marcó su destino fue un día en que una anciana viuda que vivía cerca de su casa y acostumbraba hablar sobre cuestiones trascendentales, enseñó a la pequeña el hogar de su chimenea afirmando que, si no se acercaba a Jesús, su alma ardería durante toda la eternidad en llamas mucho más abrasadoras que aquellas. Por supuesto tales palabras aterrorizaron a la muchachita, quien tras días de no dormir, decidió que enmendaría su “errado” camino y haría las paces con Dios.

No obstante, cuando el terror pasó y descubrió en su religión un remanso de paz y alegría, se convirtió en una devota e incansable evangelizadora urbana –aunque debido a su viva inteligencia, siempre tuvo por costumbre debatir y cuestionar los conceptos, hasta que su curiosidad y deseo de conocimiento eran satisfechos-, de modo que no fue raro verla enfrentando a temibles pandilleros que deseaban la disolución de la misión en la que ella trabajaba en Wishart Pend, a quienes retó a que blandieran delante de ella una bola de metal atada a una cuerda, consistiendo el desafío en que si la señorita no se arredraba ante el muchacho, él y toda su banda acudirían a la escuela dominical. Huelga decir que los rudos jóvenes terminaron dócilmente sentados en la iglesia los domingos siguientes.

Otro episodio revelador de su carácter y determinación, se mostró cuando la damisela se enfrentó a un joven que hacía restallar un látigo afuera del sitio donde ella daba sus charlas religiosas, obligando así a los atemorizados transeúntes a entrar al salón. Cuando Mary se dio cuenta de la situación, se acercó al hombre y le preguntó qué ocurriría si cambiaban lugares, respondiendo el interpelado que en ese caso el látigo pegaría en su espalda. En ese momento la decidida jovencita le ofreció su propia espalda, invitándolo a que le diera un latigazo a cambio de que él entrase en la conferencia. Asombradísimo, el muchacho le preguntó si ella realmente estaba dispuesta a sufrir tal castigo con la finalidad de que él se beneficiara y ella firmemente respondió que aguantaría eso y más. Ante tan arrolladora generosidad y fuerza de carácter, el agresor ingresó mansamente en el recinto.

Así, esta valiente mujer, habiendo sido ya atraída por la vida misionera a través de su fallecido hermano Robert (otras fuentes mencionan a John) –quien en vida le contaba a su fascinada hermanita sobre las innumerables virtudes de tal existencia, prometiéndole que cuando fuera un hombre y misionero, la llevaría a su púlpito puesto que no era propio de una chica sola aventurarse en los peligrosos terrenos africanos-, comenzó a seguir de cerca la trayectoria del misionero y explorador David Livingstone –cuyos libros leía en los escasos momentos libres que le quedaban-, quien junto con su esposa había partido hacia los peligrosos territorios con afanes tanto científicos como religiosos.

Informada además de la terrible situación que se vivía en las regiones más salvajes de Calabar (Nigeria), en donde la brujería y los sacrificios humanos estaban tan a la orden del día como como las enfermedades ocasionadas por un ambiente insano, la pequeña pelirroja de rasgos asiáticos y cabello corto que se reconocía en el espejo como Mary Slessor, decidió que partiría hacia África para ayudar a mejorar las condiciones de vida de aquellas tribus olvidadas y despreciadas.

Difícil debió haber sido la despedida de Mary de su querida madre y hermanas, ya que era nuestra protagonista el sostén del hogar -mismo que no abandonaría puesto que tenía planeado enviar a su familia cada penique de su sueldo del que pudiese disponer, una vez cubiertos sus gastos absolutamente necesarios-. No obstante, con un nimio equipaje, partió hacia el puerto de Liverpool en donde abordó una destartalada embarcación mercante de nombre Ethiopia, en la cual Slessor se vio ya privada de cualquier comodidad, teniendo que ir encaramada sobre los barriles de ginebra que –para su sorpresa- constituían la carga del navío.

Pero la aventura apenas había comenzado para la temeraria Mary Slessor, esperándola en su destino gran cantidad de aventuras, éxitos y fracasos, de los cuales hablaremos con más detenimiento en la próxima entrega de esta columna. 

 

FUENTES:

“Las reinas de África”. Aut. Cristina Morató. Ed. Plaza y Janés. España 2003.

“Mary Slessor”. Aut. Sally Toms. www.scotlandmag.com

“Mary Slessor of Calabar: Pioneer Missionary”. Aut. W.P. Livingstone. www.wholesomewords.org


[i] David Livingstone descubrió las cataratas Victoria en 1855. Henry Stanley hizo una importante expedición en el río Congo entre 1874 y 1877. Samuel Baker descubrió en compañía de su dama Florence Baker el lago Alberto.

[ii] Aunque hubo otros espíritus más “frívolos” que intentaron la aventura, obteniendo un éxito parcial como Alexinne Tinne, su madre y su tía, quienes a mediados del siglo XIX cargaron con vestidos de lujo, vajillas de porcelana china y hasta un piano para adentrarse en el corazón del África.

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