Caridad, coraje y entrega: Mary Slessor III

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Mary Slessor

Parte III

Por: Patricia Díaz Terés

“La injusticia, siempre mala, es horrible ejercida contra un desdichado”.

Concepción Arenal

El poder  y atracción de las grandes almas se extiende rápidamente, sin ser la misionera Mary Slessor la excepción. Cuando esta menuda mujercita pelirroja fue convocada por el jefe Okon del pueblo Ibaka en James Town, el monarca nativo le aseguró que le enviaría su canoa real para que la dama se trasladase de acuerdo a su fama y posición; humilde como era, Mary trató de rechazar el ofrecimiento, objetando el soberano que la “Ma” debía llegar a su encuentro con toda la dignidad de una gran dama, ya que era una madre amada por todos.

Dejando de lado las bárbaras costumbres que tenían por lo regular como consecuencia la muerte de algún inocente, a Slessor muy pocas cosas del Continente Negro la arredraban, por lo que cuando se embarcó en el río Cross para atender a la invitación recibida, lo hizo con gran entusiasmo, haciéndose además acompañar por varios de sus “hijos” adoptivos, a quienes eventualmente tuvo que consolar debido a que se llevaron tremendo susto al toparse con una violenta tormenta que obligó a la comitiva a refugiarse en una cueva, siendo además amenazados por enormes cocodrilos los cuales eran ahuyentados por los remeros, que luchaban a brazo partido con los reptiles como mejor podían.

Ahora bien, además de su enorme coraje, nuestra protagonista contaba con un talento magnífico para la negociación, el cual había utilizado a lo largo de toda su vida y que, en territorios africanos, significó la diferencia entre la vida y la muerte para muchos indígenas. De este modo, la mujer no dudó un segundo en ir a interponerse entre el mismísimo rey Okon y un par de sus esposas, cuando el hombre las sentenció a perder las dos orejas como castigo por haberse ido del harén y visitar la zona de hombres; si bien la europea no logró eliminar la pena, sí la intercambió por una decena de latigazos, lo cual parecía misericordioso en comparación con la alternativa (!).

No obstante, a pesar de los años transcurridos, muchas de las tradiciones del África resultaban para Mary bastante incomprensibles aún, y así lo decía, de tal suerte que hizo saber a Okon que le parecía una verdadera aberración el obligar a jovencitas a casarse con ancianos, ya que con ello se fomentaba justamente la infidelidad que era castigada con los más espantosos suplicios, o bien “simplemente” se condenaba a la chica a vivir una existencia miserable y solitaria.

Por otra parte, la estancia en el continente africano solía pasar elevadas facturas a los europeos que en él se adentraban, y por aquellos tiempos Mary se enfrentó a un mal que aquejó a la mayoría de los blancos, la malaria, cuyos embates la obligaban a permanecer en cama de vez en cuando y que con el tiempo mermó tanto su salud que en 1883 tuvo que regresar a Escocia para restablecerse, sin que fuera la valerosa señorita capaz de subir por su propio pie al barco. En este viaje la acompañó la pequeña Janie, una bebita de seis meses a la que abandonaron frente a su puerta –había nacido con un hermano gemelo a quien su madre tuvo que dar muerte, sin atreverse después a hacer lo propio con su pequeñita- y a quien Slessor cuidó si fuese su verdadera hija. Tres años permaneció la misionera en su tierra natal, dedicándose en este tiempo tanto a cuidar a su madre y hermanas –a quienes trasladó a Devonshire, con un clima mucho más amable que Dundee-, que se encontraban muy enfermas –una de ellas, Susan, falleció-, como a relatar sus vivencias ante públicos que se mostraban extasiados escuchando las aventuras de la viajera.

Los días pasaron y Mary tuvo que regresar a Calabar para poder seguir sustentando a su familia sobreviviente. Pero 1886 fue un año funesto para ella, ya que debió asimilar la noticia de la muerte tanto de su madre como de la pequeña Janie, pérdidas que la abatieron cruelmente, pero que sin embargo, le dieron la fuerza suficiente para emprender una nueva aventura ya que era su propósito internarse en la selva para llegar a las aldeas más recónditas del distrito de Okoyong, situado entre los ríos Calabar y Cross, en donde los europeos no eran bien recibidos.

Dos años más pasaron y Slessor realizó tres expediciones con la finalidad de conocer su destino, el cual percibió como bastante lúgubre ya que el terreno estaba cubierto por infectas ciénagas. Reconociendo que nunca obtendría el respeto de los nativos si no demostraba de alguna manera su audacia, optó por visitar completamente sola al jefe Edem en la aldea de Ekenge –para el traslado su amigo el rey Eyo le prestó su canoa real-, deslumbrando su portentosa llegada a todos los habitantes del lugar, quienes se concentraron en las riberas del río Calabar para poder observar a White Ma[i]. Tal como había previsto la misionera, el líder nativo quedó impresionado y le concedió su venia para que se asentase en sus territorios, imponiéndole “únicamente” la condición de permanecer un año en su propia casa –confinada de cierto modo en el harén-, periodo tras el cual le cedería un espacio para que construyera una habitación propia y a su gusto, además de una escuela.

Sin ser enemiga de las incomodidades, Mary accedió a las demandas de Edem, partiendo definitivamente hacia Okoyong en verano de 1888, acompañada por cinco de sus chicos adoptivos cuyas edades oscilaban entre uno y once años. Tras un accidentado viaje, durante el cual fue acompañada y asistida por un hombre de apellido Bishop -un impresor que se encontraba en Old Town-, llegó a Ekenge, lugar que para su sorpresa se encontraba desierto tras haberse trasladado todo el pueblo a un funeral en el cual estaban, sin duda, disfrutando de los efectos de la ginebra.

Estando acostumbrada a una existencia sencilla –aunque no miserable- en la que se rodeaba únicamente de infantes, fue muy duro para Mary acostumbrarse a vivir durante todo un año en una choza hacinada en la cual se conjuntaban varias mujeres y otros tantos niños, compartiendo espacio con los más variados animales de corral y numerosos perros. Habiendo conocido nuestra dama el aspecto “amable” del rey Edem, ella se horrorizó profundamente cuando contempló cómo las mujeres eran víctimas de las más espeluznantes vejaciones, los esclavos eran inferiores a los animales y los chiquillos eran obligados a ingerir bebidas alcohólicas para después hacer las funciones de bufones ante los visitantes.

De esta forma, Slessor que poco o nada descansaba en su “cama” hecha con resecas y sucias hojas de maíz, -en la cual estaba también a merced de ratas y cucarachas-, debía enfrentarse día a día a las bárbaras costumbres de sus anfitriones, quienes impartían justicia de una manera bastante sanguinaria, teniendo entre sus procedimientos para dictar sentencia el “juicio del pollo blanco”, el cual consistía en degollar a un gallo o una gallina y, dependiendo de la dirección en la que corriese la sangre, se determinaba la inocencia o culpabilidad del acusado; teniendo además otros métodos judiciales igualmente escalofriantes como el “juicio de Dios”, en el cual se coaccionaba a la persona para ingerir veneno, o la inmersión en aceite hirviendo.

Determinada a suprimir tan terribles procedimientos, Mary acudía a los juicios tanto como podía –llegando a ser convocada por los angustiados familiares de la víctima-acusado a todas horas del día o la noche- para permutar los castigos o argumentar en favor del acusado, teniendo éxito en la mayoría de las ocasiones, ya que amos y jefes tribales se quedaban estupefactos ante su espléndida oratoria –había aprendido eficientemente los dialectos pertinentes- y sorprendente entereza.

Mary Slessor se nos plantea ahora no solo como una misionera devota y entregada, sino como una mujer comprometida con los pueblos africanos, intrépida defensora de los inocentes y faro de esperanza para los oprimidos. Pero sus vaivenes por tan inhóspitas tierras aún no terminan, por lo que concluiremos su interesante historia en la próxima entrega de esta columna.

 

FUENTES:

“Las reinas de África”. Aut. Cristina Morató. Ed. Plaza y Janés. España 2003.

“Mary Slessor”. Aut. Sally Toms. www.scotlandmag.com

“Dies At The Age Of 66 In Mud Hut”. Aut. Rebecca Hickman. www.historymakers.info

 “Mary Slessor of Calabar: Pioneer Missionary”. Aut. W.P. Livingstone. www.wholesomewords.org


[i] Madre Blanca.

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