El oasis en la roca: Petra I

Petra

Petra

Parte I

Por: Patricia Díaz Terés

“No basta tener buen ingenio; lo principal es aplicarlo bien”.

René Descartes

Vedada durante siglos a los ojos extranjeros, oculta a quienes eran considerados como infieles, la ciudad de Petra se ha convertido en un centro tanto turístico como arqueológico de gran importancia, habiendo sido utilizado ahora incluso por el séptimo arte para ubicar algunas legendarias películas, como Indiana Jones and the Last Crusade (Steven Spielberg, 1989), apareciendo en el filme el templo de Khazneh al-Faroun, lugar al que Indiana (Harrison Ford), su padre Henry Jones (Sean Connery) y unos cuantos nazis llegan en busca del tan ansiado Santo Grial –el mismo emplazamiento aparece en Transformers: Revenge of the Fallen (Michael Bay, 2009)-.

Habiéndose descubierto únicamente alrededor del veinte por ciento del total de las construcciones que conformaron una de las capitales comerciales de la Antigüedad, desde el siglo XIX este sitio que surge literalmente de las rocosas montañas de Jordania, ha capturado la atención no solo de escritores, pintores y otros artistas; sino que se ha integrado en cierta forma al imaginario popular a través de mitos y leyendas, pero también de verdades.

Petra fue construida por el pueblo de los nabateos –aunque también ha atribuido el logro a los edomitas-, quienes habiendo tenido una errática existencia nómada, organizados en grupos tribales cuyo jefe –o phylarch– era elegido de manera democrática y dedicándose únicamente a la crianza de ganado; en algún punto se convirtieron en una comunidad sedentaria, estableciendo en su sociedad una estructura monárquica –hasta cierto punto basada en los gobiernos de Egipto y Siria– con una economía basada principalmente en el comercio.

El origen preciso de los nabateos se desconoce; sin embargo es posible que alcanzaran su privilegiado y protegido asentamiento llegados desde algún punto de la península Arábiga, localizado al sur de Yemen o bien desde la costa del Golfo Pérsico. Gran visión debieron haber tenido los integrantes de este pueblo al construir su ciudad en un enclave montañoso que no tenía más que una entrada, convirtiéndose en una ubicación ideal para su defensa.

Distintas fueron las percepciones que se registraron sobre esta ciudad con el paso de las centurias. En el siglo IV a.C. el historiador griego Diodoro de Sicilia explicó que Petra era un sitio al cual llegaban las caravanas que cruzaban el desierto cargadas de mercancías, encontrando en este lugar un cordial refugio -habitado por personas dedicadas al mercadeo de betún del mar Muerto (que se usaba en Egipto para embalsamar a los muertos y para enmasillar las quillas de los barcos), incienso, mirra y especias-, mismo que también utilizaban para protegerse distintos grupos nómadas que se dedicaban al cuidado de dromedarios y ovejas.

Ahora bien, con tan solo ver algunas imágenes de la ciudad, puede deducirse con facilidad que uno de los primeros problemas que encontraron los nabateos fue el abastecimiento de agua, mismo que resolvieron inteligentemente con la construcción de canales tallados en la propia piedra, con los cuales encauzaban el agua de lluvia o de manantiales, hacia enormes cisternas cavadas en el piso, colocando en niveles superiores estanques sucesivos por los cuales corría el líquido vital, con la finalidad de filtrar las impurezas, cubriendo finalmente los depósitos con enormes losas de piedra para evitar la contaminación. Tan buen resultado dio este sistema, que eventualmente la ciudad pudo ser adornada con llamativos jardines, que fueron sin duda un descanso para los ojos acostumbrados a ver los áridos tonos pardos y rojizos que regían el paisaje.

Esta condición extraordinaria de abundancia de agua, atraía a todos los viajeros y mercaderes, quienes acampaban en las afueras de Petra pagando una cierta cantidad que les daba derecho a obtener víveres y seguridad durante su estancia. Este contacto con traficantes de productos llegados de China, India y Arabia, permitió a los nabateos establecer para el beneficio de aquellos, algunas agencias de comerciantes y prestamistas. Además, los mismos petratares (o petrenses) adquirían algunas mercancías que enviaban a los puertos del Mediterráneo, especialmente Gaza y Alejandría, desde donde se dirigirían para su venta final a Grecia e Italia, en donde los adinerados pagaban sumas desmesuradas por las magníficas sedas, especias, perfumes y otros productos exóticos, generándose con esto jugosas ganancias para los perspicaces nabateos.

Por otra parte, cabe mencionar que los nabateos no eran en gran medida un pueblo bélico –aunque cierto es que existieron piratas nabateos que atacaban constantemente los navíos pertenecientes a los egipcios, conflicto que posiblemente haya sido resuelto gracias a la intervención en 129 a.C. del embajador Mosquión de la ciudad jonia de Priene–, siendo la conquista de territorios a través del uso de la fuerza, de escaso interés para ellos; no obstante, con una perspectiva comercial, no desaprovechaban las oportunidades para ampliar sus territorios cuando las condiciones les eran propicias, llegando a abarcar “desde el noroeste de la península arábiga, el desierto de Néguev y la meseta de Edom hasta el sur del Mar Muerto[i], llegando a incluir en el siglo I a.C. la importante ciudad de Damasco.

Así, este pueblo que alcanzó su clímax entre los años 9 a.C. y 40 d.C., bajo el dominio del rey Aretas IV, tuvo que defenderse de numerosos reinos e imperios que ambicionaban su estratégica posición geográfica. De este modo el macedonio Antígono I el Tuerto, compañero de aventuras de Alejandro Magno, intentó hacerse con la ciudad tallada en roca en 312 a.C., siendo derrotados tanto Ateneo –el lugarteniente del líder que se encargó del ataque- como el hijo de Antígono, Demetrio Poliorcetes, no tanto por un magnífico y bravo ejército, sino por la imposibilidad de llegar al propio sitio del que tenían intención de adueñarse. En una situación en la que no podía existir avance ni victoria, los agresores decidieron que firmar la paz con los nabateos era la única solución posible.

Por otro lado, los seleúcidas[ii] trataron de apoderarse de Petra en una campaña que emprendió el monarca Antíoco XII en 88-87 a.C., fracasando estrepitosamente y muriendo el propio soberano durante la batalla de Cana, siendo seguido al inframundo poco tiempo después por su oponente el rey nabateo Obodas I, quien fue enterrado con honores en la ciudad de Oboda (Audat) y aclamado posteriormente como fundador de Petra. Después de que el ejército romano pusiera fin a los seleúcidas en una campaña liderada por Pompeyo, intentaron apoderarse de Petra, cosa que de momento les fue impedida por los mismos obstáculos que no pudieron ser franqueados por Ateneo y Demetrio.

Pero el poderío de los romanos hizo que al menos los ocupantes de Petra accedieran a cooperar con ellos para poder coexistir de forma pacífica y mantener su independencia. Al mismo tiempo, los nabateos continuaron sosteniendo estructura monárquica y religiosa que había copiado varios aspectos de la cultura helenística, característica que fue principalmente impulsada por el rey Aretas III, permitiendo por ejemplo que los soberanos fueran conocidos con nombres como “el que ama a su pueblo” o “salvador del pueblo”, al tiempo que ubicaron a las dos figuras subalternas más importantes del rey en las personas de su esposa (o “hermana”) y del primer ministro (“hermano”), denominando a otros personajes relevantes con términos como estratego[iii], hiparco[iv] o estratopedarca[v].

Aún queda mucho por decir sobre los interesantes y hábiles nabateos, por lo que exploraremos con más detenimiento su panteón, su corte y su paso por las subsiguientes épocas de la historia, en la próxima entrega de esta columna.

 

FUENTES:

“Petra: La ciudad del desierto”. Aut. Belén Romero. Revista Historia y vida no. 422.

 “Petra, un oasis mestizo”. Aut. Javier Moncayo. Revista Historia y vida no. 472.

“La ciudad imposible”. Aut. Cristina Sáez. Revista Historia y vida no. 518.

 “Petra. La capital de los nabateos”. Aut. Carmen Blánquez Pérez. Revista Historia National Geographic no. 27. España, mayo 2006.

“Petra, el reino de los nabateos”. Aut. Juan Pablo Sánchez. Revista Historia National Geographic no. 62. España, abril 2009.


[i] “La ciudad imposible”. Aut. Cristina Sáez. Revista Historia y Vida no. 518.

[ii] Gran reino asiático fundado por Seleuco y su hijo Antíoco I.

[iii] Comandante en jefe o gobernador militar.

[iv] Comandante de caballería.

[v] General en jefe con autoridad civil y militar.

3 respuestas a El oasis en la roca: Petra I

  1. Chojesús dice:

    Petra, siempre me ha parecido un juego de magia,
    Estupenda tu lección.
    Un abrazo desde Canarias,
    Jesús.

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