El oasis en la roca: Petra II

Petra

Petra

Parte II

Por: Patricia Díaz Terés

Como los individuos, las naciones nacen y mueren; pero la civilización no puede morir”.

Giuseppe Mazzini

Cualquier civilización de la antigüedad, que fuese capaz de convertir las rocosas y áridas montañas de Jordania en un auténtico oasis para las cansadas caravanas que cruzaban los desiertos árabes, es digna de profundo reconocimiento, ostentando los nabateos tal honor con respecto a su magnífica ciudad capital, Petra.

Múltiples talentos tenía el pueblo de los nabateos, siendo por una parte hábiles ingenieros que lograron transportar el agua por agrestes terrenos hasta regar los jardines de la gran ciudad de Petra, en la cual incluso se dispuso la colocación de gran ninfeo –santuario dedicado a las ninfas acuáticas- que exhibía magníficas fuentes; pero teniendo también una gran visión comercial, gracias a la cual se convirtieron en una de las capitales mercantiles de la época, dentro de la que era tan premiado con honores y cargos el éxito financiero, como penalizado con elevadas multas el fracaso de aquellos individuos cuya fortuna menguaba. De esta manera, la sociedad que pudo labrar su infraestructura en la dura roca rojiza, desarrolló también un contexto cultural de gran importancia, llegando a crear incluso su propio sistema de escritura.

Siendo uno de sus dioses al-Kut bâ, divinidad de la escritura, este pueblo derivó su lengua del arameo, tomando vocabulario y estructuras gramaticales de los árabes. A pesar de que se puede deducir que, debido a la gran cantidad de transacciones que se llevaban a cabo diariamente en Petra, posiblemente existieron en algún momento cientos si no miles de documentos, en la actualidad hemos de conformarnos con las muestras de escritura obtenidas –en su mayoría- de las inscripciones de las tumbas de la magnífica necrópolis real, en las cuales se identifican los nombres de sus ilustres ocupantes, siendo el más antiguo de estos epígrafes el datado en 20 d.C., el cual incluye la mención de una larga lista de monarcas.

Ahora bien, al-Kut bâ no era ni el único ni el más importante de los dioses del panteón nabateo, siendo tal puesto reservado a Dushara –equivalente ya sea a Zeus o a Dionisios, según la fuente- o señor de al-Sharah, el cual fue adoptado por la realeza como protector principal, dedicándole así el grandioso templo denominado por los árabes como Qasr al-Bint Faroun o palacio de la Hija del Faraón. Otro recinto sagrado de gran esplendor –el de los Leones Alados– fue dedicado a la diosa Al-Uzza, quien hacía para los nabateos las veces de la Afrodita griega o la Isis egipcia, quien conformaba una destacada triada divina junto con Allath, la diosa de la guerra y Manat, la diosa del destino.

Por otra parte, siendo una sociedad bien estructurada en todos los sentidos, también su corte real poseía estrictos protocolos que eran seguidos por los monarcas y sus súbditos. De esta manera, por ejemplo, se disponían suntuosos banquetes o simposios en los cuales era riguroso el riego de las viandas –que con frecuencia incluían pescado fresco además de carne de oveja, cabra, pollo y perdiz- con el más exquisito vino de Rodas, el cual era disfrutado por los trece invitados exclusivamente seleccionados para el evento, mismo que era atendido, nada más y nada menos que por el mismísimo soberano en persona, quien despedía a los esclavos para poder él mismo atender a sus huéspedes. De igual forma, en tales reuniones los comensales no podían beber más de once copas de vino, debiendo emplear en cada ocasión un recipiente de oro diferente.

Pero el sistema monárquico de los nabateos distaba bastante de otros como por ejemplo el egipcio, en el cual el faraón en su calidad de ser divino podía hacer su voluntad sin rendición particular de cuentas; por el contrario, el soberano nabateo, debía informar a sus vasallos sobre el ejercicio del poder, rindiendo una suerte de informe en un espacio público, utilizando para tal fin –posiblemente- el odeón del Gran Templo de Petra.

Durante varios siglos este brillante pueblo pudo mantener su libertad, hasta que los romanos decidieron ejercer su poderío y anexar Petra a su ya de por sí vasto imperio, lo cual fue logrado por el emperador Trajano en 106 d.C., quien convirtió al reino nabateo en la provincia Arabia Petrea. Aunque se desconocen las condiciones precisas en las que se llevó a cabo este proceso, cabe suponer que no se presentaron batallas, sino que la nueva condición fue bien acogida por los conquistados.

No obstante, el emperador hizo cambios que afectaron enormemente el progreso de los nabateos, ya que hizo modificaciones en las rutas que seguían las caravanas, apartando a Petra del camino principal que unía el puerto de Áqaba con Bostra en Siria, observando así los nabateos cómo su anterior gloria se comenzaba a difuminar mientras surgía la figura de otra capital comercial en la ciudad de Palmira en Siria.

Pero los romanos no despreciaban su nueva adquisición y Trajano hizo construir una gran vía Nova Traiana, la cual, atravesando Arabia, pasaba por Petra; e incluso decidió visitar en persona la ciudad tallada en piedra en 114 d.C., un momento en el que la rojiza cantera fungió como escenario de un portentoso desfile presidido por el mismísimo imperator, quien sin duda habrá quedado maravillado al contemplar el magnífico arco, que se había construido al final de la gran calzada que los nabateos habían colocado en su honor, sobre el cual se leía “el soberano César, hijo del dios Nerva, el divino Nerva Trajano Germánico, Dácico Pártico Máximo[i].

Dieciséis años después, la ciudad nabatea fue visitada por otro emperador romano, Adriano, a quien los petrenses recibieron con sendos y alegres festivales, quedando el soberano tan complacido que de inmediato le otorgó a la urbe el honor de llamarse Hadriana Petra. De igual forma, en el siglo III el emperador Heliogábalo convirtió a Petra en colonia romana y al siglo siguiente, la ciudad que había sido abatida de la cúspide mercantil de la época, se convirtió sin embargo en capital provincial, otorgándole el imperio romano el título de metrópolis de la provincia Palestina Tertia.

El tiempo pasó y con el surgimiento y consolidación del Imperio Bizantino, Petra se convirtió en sede del arzobispo Teodoro, hijo de Obodanos. Durante esta época se construyeron hermosas iglesias adornadas con vistosos y exquisitos mosaicos, los cuales denotan la importancia que se le dio al lugar.

Casi olvidada la anterior celebridad, en 630 d.C. toda la región se convirtió al islam, estando ya los nabateos prácticamente extintos al haberse mezclado al paso de las centurias con otras razas, entre las que se diluyó la sangre de aquellos que habían labrado en la piedra los portentosos templos levantados en honor de Dushara.

Finalmente, Petra fue abandonada tras un fuerte terremoto ocurrido en 747, teniéndose escasísima información sobre el emplazamiento hasta el siglo XIII, cuando en 1276 la capital nabatea fue visitada por el sultán mameluco Baibars I de Egipto y Siria, quien documentó haber visto las casas talladas en la piedra, la tumba del profeta Aarón e incluso las ruinas de un fuerte, sin hacer referencia a cualquier habitante que pudiera encontrarse en la ciudad.

Hasta aquí queda la historia antigua de Petra, pero aún nos falta por exponer cómo esta roja metrópoli se convirtió en un centro turístico de gran importancia durante el siglo XX, siendo redescubierta tan solo a finales del siglo XIX por un intrépido explorador de quien hablaremos más extensamente en la próxima entrega de esta columna.  

 

FUENTES:

“Petra: La ciudad del desierto”. Aut. Belén Romero. Revista Historia y vida no. 422.

 “Petra, un oasis mestizo”. Aut. Javier Moncayo. Revista Historia y vida no. 472.

“La ciudad imposible”. Aut. Cristina Sáez. Revista Historia y vida no. 518.

 “Petra. La capital de los nabateos”. Aut. Carmen Blánquez Pérez. Revista Historia National Geographic no. 27. España, mayo 2006.

“Petra, el reino de los nabateos”. Aut. Juan Pablo Sánchez. Revista Historia National Geographic no. 62. España, abril 2009.

“Petra. La espléndida capital de los nabateos”. Aut. Jaime Alvar. Revista Historia National Geographic no. 106. España, diciembre 2012.


[i] “Petra, el reino de los nabateos”. Aut. Juan Pablo Sánchez. Historia National Geographic no. 62. España, abril 2009.

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