El oasis en la roca: Petra III

Petra

Petra

Parte III

Por: Patricia Díaz Terés

“Nunca sabrás qué es Petra realmente a menos que la conozcas en persona”.

Lawrence de Arabia

Aventureros y exploradores –usualmente europeos- son quienes, a lo largo de la historia, han tenido el privilegio de ser los primeros occidentales en admirar portentos que por lo regular habían sido privilegio exclusivo de pueblos o tribus específicos. De esta manera, las fuentes del Nilo o la magnífica ciudad de Petra, se presentaron como extraordinarias apariciones ante los ojos de valientes hombres y mujeres, quienes desafiaron gran cantidad de obstáculos para llegar a lugares que habíanse considerado prohibidos para los habitantes del Viejo Continente.

Así, mientras los exploradores del África durante el siglo XIX debieron enfrentar exóticas enfermedades, fieras bestias y un clima inclemente en el Continente Negro para llevar a cabo sus misiones; para vislumbrar la gran ciudad tallada en piedra por los nabateos, el joven suizo Johann Ludwig Burkhardt -contratado por la Association for Promoting the Discovery of the Interior Part of Africa (integrada en 1831 a la British Royal Geographical Society), para viajar a Egipto y de ahí al interior del fascinante territorio africano- debió adoptar las costumbres árabes, aprender el idioma, estudiar el Corán e incluso asemejarse físicamente lo más posible a los pobladores del Medio Oriente, todo lo cual era absolutamente necesario si el osado caballero deseaba conservar la vida en el desierto jordano.

Celosos de las maravillas que Petra implicaba, los pueblos de la zona tenían estrictamente restringida la entrada de los infieles a sus terrenos, lo cual comprendía por supuesto a los europeos. De esta manera, en 1812, Burkhardt tuvo que hacerse pasar convincentemente por musulmán, lo cual únicamente logró tras un arduo y disciplinado entrenamiento. Al llegar a Jordania, tomó el nombre de Ibrahim ibn Abdallah, explicando al llegar que era un peregrino que deseaba hacer un sacrificio en la tumba del profeta Aarón.

Consiguiendo engañar a los lugareños, obtuvo la ayuda de un guía que lo adentraría por las rocosas y rojizas montañas de Wadi Musa hasta la olvidada ciudad que, en tiempos de gloria, había sido una de las capitales comerciales de la Antigüedad. De este modo, siguiendo un desfiladero cubierto por arbustos venenosos, en donde se asomaban algunos trozos de antiquísimo pavimento en el serpenteante camino, el audaz Johann seguramente sintióse un individuo de ínfima estatura al transitar por aquellos parajes montañosos, cuyas paredes, que llegaban a alcanzar por momentos más de cien metros de altura, permitían que tan solo una tenue luz iluminara el pasaje.

Poco menos de media hora duró la, sin duda, sobrecogedora experiencia, dando entonces lugar a una vivencia mucho más impactante para el viajero, en el momento en que el europeo salió de la rocosa estrechez para contemplar por primera vez, a pleno sol, la monumental fachada de Kazneh al-Faroun, sobre el cual corría la leyenda de que se trataba de un antiguo palacio, presuntamente ocupado por un poderoso mago –conocido como “faraón”-, en el cual el artífice había resguardado sus grandiosos tesoros. Sin poder enunciar en voz alta las expresiones que seguramente le vinieron a la cabeza, “Ibrahim” tuvo que guardar respetuoso silencio y pretender que no estaba más sorprendido por la visión de la construcción tallada en plena montaña, que su compañero –quien, cabe mencionar, que de haberse percatado de que el peregrino no era tal, no hubiese dudado un segundo en degollarlo-.

Tomando mentalmente una serie de notas que después transcribiría con toda discreción en una pequeña libreta, aquel 22 de agosto de 1812, el maravillado Johann Ludwig continuó su marcha pasando junto a las elaboradas tumbas –cuyo estilo llegó a conocerse, según François Villeneuve y Laila Nehmé, como “Barroco Árabe[i]– y al teatro, dejando atrás columnas derrumbadas y edificios que seguramente se habían venido abajo tras el terremoto ocurrido hacía más de mil años, contemplando un nuevo prodigio en el Kaszr bent Faroun o palacio de la Hija del Faraón, llegando así a su destino, la Montaña de Aarón (Jebel Haroun), en cuya cima debió realizar el sacrificio prometido para no levantar sospechas, procediendo acto seguido a regresar por donde había venido para volver con sus empleadores y describirles cuanto había atestiguado.

De esta forma, cual Marco Polo con el Lejano Oriente, así Burkhardt capturó la imaginación de sus contemporáneos con sus relatos sobre esa ciudad de piedra, fascinando particularmente a los artistas de la época, quienes se dieron a la tarea de convertirla en objeto de odas y poemas –aun cuando sus autores muchas veces jamás pisaron el sitio alabado-, los cuales no hicieron otra cosa sino atraer a una gran cantidad de turistas adinerados quienes deseaban experimentar en carne propia el estupor causado por la otrora capital nabatea.

Poco a poco Petra se presentó ante el mundo como un lugar mítico rodeado de leyendas, las cuales eran contadas en varios idiomas por los guías nativos, que pronto vieron una conveniente fuente de ingresos en los curiosos extranjeros quienes acudían en masa al desierto Jordano. Asimismo, a principios del siglo XX la “Ciudad Perdida” se convirtió en objeto de estudio para numerosos arqueólogos, quienes se dieron a la tarea de publicar sus observaciones en escritos como Arabia Petraea de Alois Musil en 1907; mientras que en la década de los 20s, Rudolph Ernst Brünnow y Alfred von Domaszewski estudiaron el emplazamiento y elaboraron un proyecto de mapeo en Die Provincia Arabia (1904-1909), obra que ha sido revisada en numerosas ocasiones, habiendo sido editada la más reciente en 1990 por Judith McKenzie.

Otro importante estudioso de la pétrea metrópoli fue George Horsfield, director general del Departamento de Antigüedades de Palestina, que trabajó en la zona en 1929, cuando Jordania estaba aún bajo el dominio del Imperio Británico. Excavación de gran relevancia fue también aquella que comenzó en 1958, dirigida por P.J. Parr y C.M. Bennett de la British School of Achaeology, en la zona centro de la ciudad, constituyendo los resultados de la expedición una valiosa fuente de datos científicos, confiables hasta la fecha.

Además, son dignos de mención los trabajos llevados a cabo por la “DottoraMarta Sharp Joukowsky desde 1993, quien se dedicó principalmente a la excavación y parcial restauración del Gran Templo el cual, según descubrió, en el siglo II fue también utilizado como un teatro que podía albergar 300 almas, haciendo el edificio también las veces de un odeón –estancia destinada a eventos musicales-, de bouleuterion –lugar donde se reunía el consejo de la ciudad o boulé– e incluso de recinto judicial, siendo esta dualidad de funciones cívico-religiosas no poco frecuente durante la época del auge nabateo.

Actualmente, y desde 1985, Petra es ya parte del Patrimonio de la Humanidad reconocido por la UNESCO[ii], pasando en 2007 a ser una de las nuevas maravillas del mundo que sin embargo se ve amenazada por su entorno –en 1989 se formó, con el patrocinio de la reina Noor, el Petra National Trust en Amán[iii] para garantizar la conservación del sitio-, al ser incesantemente perjudicada por las arenas del desierto circundante, las cuales al ser arrojadas por los fuertes vientos contra las portentosas fachadas poco a poco las han ido desgastando, siendo este deterioro agravado por el flujo incesante de miles de turistas, quienes acuden a Jordania desde los puntos más alejados del orbe, para contemplar aquella maravilla que en su momento logró impresionar a los grandiosos emperadores romanos.

 

FUENTES:

“Petra: La ciudad del desierto”. Aut. Belén Romero. Revista Historia y vida no. 422.

 “Petra, un oasis mestizo”. Aut. Javier Moncayo. Revista Historia y vida no. 472.

“La ciudad imposible”. Aut. Cristina Sáez. Revista Historia y vida no. 518.

 “Petra. La capital de los nabateos”. Aut. Carmen Blánquez Pérez. Revista Historia National Geographic no. 27. España, mayo 2006.

“Petra, el reino de los nabateos”. Aut. Juan Pablo Sánchez. Revista Historia National Geographic no. 62. España, abril 2009.

“Petra. La espléndida capital de los nabateos”. Aut. Jaime Alvar. Revista Historia National Geographic no. 106. España, diciembre 2012.

“Reconstructing Petra”. Aut. Andrew Lawler. Smithsonian Magazine. Junio, 2007. www.smithsonianmag.com

“Summary of Past Excavations “. Brown University. www.brown.edu


[i] “Petra: La ciudad del desierto”. Aut. Belén Romero. Revista Historia y Vida no. 422.

[ii] Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura.

[iii] Capital de Jordania.

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