La crueldad de la aventura en las costas novohispanas: Lorencillo I

Laurens de Graaf

Laurens de Graaf

Parte I

Por: Patricia Díaz Terés

La crueldad, como cualquier otro vicio, no requiere ningún motivo para ser practicada, apenas oportunidad”.

Mary Ann Evans

En protagonistas de novelas, cuentos y leyendas se han transformado con frecuencia los fieros individuos que atravesaron en siglos pasados los siete mares, asaltando por igual barcos y costas – ya fuese en nombre de algún rey o por cuenta propia- llevando a cabo las tareas correspondientes a los “oficios” que ejercían los piratas[i], bucaneros[ii], filibusteros[iii] y corsarios[iv].

Así, siendo incluso un equivalente del “Coco” –aquella figura imaginaria con la cual se amenaza a los niños que no quieren irse a la cama temprano y de buena gana- en algunas partes del estado de Veracruz, el hombre que respondió en sus primeros tiempos al nombre de Laurens Cornelis Boudewijin de Graaf –mencionado también como Laurens Baldran, Laurens de Griffe, Laurens de Graff o Laurens de Graaf  y que en la novela de Ricardo Homs, “El tesoro de Laurens de Graaf” (Ed. Planeta, 2007) se menciona con el nombre completo de Laurens Cordelis Boudewin de Graaf-, mejor conocido como Lorencillo, se convirtió en una leyenda gracias a las terribles acciones que llevó a cabo en los asedios a los puertos de Veracruz y Campeche durante el siglo XVII.

Entremezclándose la imaginación y la realidad –sin poderse tamizar con certeza los hechos reales de la fantasía-, se ha retratado a De Graaf como un caballero alto, rubio y buenmozo –descripción que tomó la escritora Celia del Palacio en su libro “Mujeres de la Tormenta” (Ed. Suma de Letras, 2012) y que probablemente le haya valido al bandido el haber sido conocido como “el hombre superior de la cabellera de oro[v]-; pero también se ha dicho que “de Griffe” era un apelativo común entre los mulatos, por lo que posiblemente fuese el hijo de una persona de raza blanca y otra de raza africana, que hubiese sido –según esta versión- capturado por españoles en territorio holandés –en la novela de Del Palacio se le da esta nacionalidad a Lorencillo– teniendo como destino el arduo trabajo en las plantaciones de las Islas Canarias. Continuando con esta línea de historia, De Griffe hubiese escapado de su cautiverio en 1670, para incluirse en las filas de los piratas que por entonces eran el azote de los mares y particularmente de los galeones hispanos.

Por otra parte, existe también otra línea de historia –la más aceptada- que especifica a Laurens como nativo holandés, nacido en Boost alrededor de 1670 y que contrajo matrimonio con una dama de nombre Petronila de Guzmán. De acuerdo con esta versión, De Graaf se enroló como artillero en las embarcaciones españolas que combatían justamente a los filibusteros, cuyas bases estaban situadas en las islas La Española, Jamaica y Tortuga. De este modo, en alguna maniobra malograda, el holandés fue capturado tan solo para pasar sus simpatías del lado de los malhechores.

Sin embargo, al parecer el Lorencillo de carne y hueso era un hombre educado e inteligente, aunque brutal. De esta forma, se alió con los temibles Michel de Grammont –también encontrado como Agrammont– y Nicholas Van Hoorn –también encontrado como Banoren– para poner de rodillas a las Antillas, asaltando indistintamente navíos y poblaciones costeras de las colonias españolas. Mala estrella se posó entonces en la antigua Villa Rica de la Vera Cruz, cuando los tres capitanes decidieron que en este puerto de la Nueva España los esperaba un jugoso botín.

Estando alertas ante cualquier movimiento de los piratas, España ordenó a don Diego de Zaldívar que partiera hacia el Golfo de México para defender la ciudad amenazada. Por su parte, el virrey Tomás de la Cerda y Aragón, Marqués de La Laguna de Camero Viejo, comenzó a preparar las defensas, y el 4 de febrero dio pie a una revisión para cerciorarse de que Veracruz contaba con la cantidad suficiente de soldados para resistir el embate de los corsarios que se encontraban prácticamente al servicio del rey de Francia.

Era la mañana del 17 de mayo de 1683 cuando las velas de unas grandes naves se avistaron en el puerto de Veracruz. Acostumbrados a recibir numerosos barcos comerciales, el gobernador Luis Bartolomé de Córdoba y Zúñiga no se alarmó ni apostó vigilantes en el fuerte de San Juan de Ulúa. Susto mayúsculo se llevaron él y sus hombres cuando vieron que las insignias de tales vehículos eran piratas, apoderándose poco a poco el temor de la población cuando observaron a dos de esas naves dirigirse hacia su ciudad.

Cuidadosamente había sido planeado el ataque por el brillante y despiadado Nicholas Van Hoorn, quien a la sazón seguramente portaba ya el magnífico collar de perlas del que pendía un monumental rubí, que acostumbraba lucir en los asaltos importantes.

Hombre refinado y sin escrúpulos, el capitán holandés ordenó a doscientos enfants perdus –que eran utilizados a modo de carne de cañón- que desembarcaran y se acercaran a Veracruz; al mismo tiempo, Lorencillo tomó a sus hombres y se acercó al lugar con la ayuda de un tal Felipe, un esclavo mulato. Eran las doce de la noche cuando el agitado repicar de las campanas anunció a los veracruzanos que todo estaba en orden. Siendo esta clave desconocida para los filibusteros, los atacantes pensaron en dar vuelta sobre sus pasos al pensar que habían sido descubiertos. Manteniendo la cabeza fría, pronto se percataron de que los pobres porteños no tenían idea de lo que les esperaba.

Seiscientos hombres cayeron como demonios sobre la ciudad, al mando de Lorencillo, dedicándose así los criminales a obligar a los aterrorizados lugareños a juntarse en la Plaza Mayor a punta de pistola, sable o macana. Demostrando tener una estrategia perfectamente trazada Laurens procedió a tomar sin demora el baluarte de la pólvora, tomando desprevenidos a los más de mil soldados –que eran en conjunto la guarnición destacada para proteger el puerto novohispano- que a la sazón dormían plácidamente en sus barracas. No fue sino hasta las cuatro de la mañana cuando un ansioso alférez de nombre Diego de Molina llegó a despertar a gritos a sus compañeros, quienes argumentaron, no obstante, que no tenían armas o municiones suficientes para presentar batalla (!).

Todos los veracruzanos salían de sus casas, unos cargados de riquezas y otros con poco más que sus ropas de cama encima, tratando de huir de aquellos pillos. Algunos trataron de buscar refugio en los conventos, pensando que la santidad de los edificios mantendría a raya a los corsos. Sobra decir que estaban equivocados, ya que los atacantes saltaron por los aires las puertas de los improvisados santuarios, forzando a la gente a salir y arrasando con los valiosos adminículos sagrados.

Ávidos de plata, oro y joyas, los hombres de Lorencillo sacaron literalmente de su cama al contador don José de Muruneta y Talora, oficial real, para exigirle que les entregase los tesoros guardados. Esto sucedía mientras algunos valientes aún intentaban salvar a Veracruz, siendo uno de ellos el escuadra Mateo Pró, quien irrumpió en los cuarteles alertando a sus somnolientos compañeros, quienes tomaron a broma la noticia del asalto, hasta que escucharon el estruendo de los disparos. Haciéndose con sus espadas, los valientes soldados salieron a la calle, tan solo para encontrarse con los certeros pistolones de los piratas, quienes en poco tiempo segaron las vidas de los defensores.

Mucho falta aún por relatar de lo que hizo Lorencillo en Veracruz y Campeche, ataques que costaron a la Corona española no solo una gran cantidad de dinero, sino también la sangre de muchas decenas de inocentes, acerca de lo cual daremos más detalles en la próxima entrega de esta columna.

 

FUENTES:

“Piratas y corsarios en los mares de México y del mundo”. Aut. Juan de Dios Pérez Galaz. Panorama Editorial. México, 1992.

“Piratas en el Caribe. Los ladrones del mar. Corsarios, filibusteros y bucaneros 1493-1700”. Aut. Cruz Apestegui. Lunwerg Editores. España, 2000.

 “La fuerza y el viento. La piratería en los mares de la Nueva España”. Aut. Marita Martínez del Río de Redo. Ed. México Desconocido. México, 2002.

“Piratas, corsarios y bucaneros”. Aut. Álvaro Armero. Ed. Diana. España, 2003

“El tesoro de Laurens de Graaf”. Aut. Ricardo Homs. Ed. Planeta. México, 2007.

“Las mujeres de la tormenta”. Aut. Celia del Palacio. Editorial Suma de Letras. México, 2012.

 “Laurens de Graff”. Aut. David Stapleton. 2005. http://pirateshold.buccaneersoft.com


[i] Persona que, junto con otras de igual condición, se dedica al abordaje de barcos en el mar para robar. Tomado del DRAE.

[ii] Pirata que en los siglos XVII y XVIII se entregaba al saqueo de las posesiones españolas de ultramar. Tomado del DRAE.

[iii] Pirata, que por el siglo XVII formó parte de los grupos que infestaron el mar de las Antillas. Tomado del DRAE.

[iv] Se dice del buque que andaba al corso, con patente del gobierno de su nación. Tomado del DRAE.

[v]La fuerza y el viento. La piratería en los mares de la Nueva España”. Auto. Marita Martínez del Río de Redo. Ed. México Desconocido. México, 2002.

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