La crueldad de la aventura en las costas novohispanas: Lorencillo II

Laurens de Graaf

Laurens de Graaf

Parte II

Por: Patricia Díaz Terés

“Una buena acción no lava la mala, ni una mala lava la buena”.

George R.R. Martin

Poco o nada parecidas a las novelas de aventura, fueron las violentas incursiones piratas en los puertos de Veracruz y Campeche en el siglo XVII. De este modo, tras dichos ataques, tristemente célebres en la Nueva España se hicieron los nombres de los capitanes filibusteros Nicholas Van Hoorn, Laurens de Graaf y Michel de Grammont[i].

Aterrorizados estaban los pobres veracruzanos aquel 17 de mayo de 1683 cuando por sorpresa los tomaron los piratas. Tan desprevenida encontraron los malandrines a la población, que lograron sacar de sus casas a más de seis mil personas a quienes obligaron a trasladarse a la Plaza Mayor, después de lo cual procedieron a confinarlos en la catedral, sitio que rodearon con pólvora para amedrentar todavía más a los desvalidos porteños, quienes además fueron sometidos a toda clase de ultrajes y vejaciones, sin ser exentados de tan viles acciones ancianos, mujeres o niños.

Una vez que tuvieron en su poder todas las riquezas del puerto de Veracruz –mismas que amontonaron en las calles, custodiadas adecuadamente por uno o dos pillos- los criminales decidieron que necesitaban aún más plata, por lo que exigieron a la capital el pago de 150 mil reales –inicialmente se había pedido un millón y luego 200 mil- para liberar a los cautivos. Mientras esperaban el rescate, el 22 de mayo LorencilloDe Graaf– y sus compinches obligaron a todos –excepto las mujeres españolas y 20 funcionarios del mismo origen- a embarcar para ser trasladados a la Isla de Sacrificios.

Es durante este trance que surge una de las leyendas que rodea hasta la fecha la figura de Lorencillo, y es que supuestamente el hombre habría encontrado al verdadero amor de su vida en la persona de Doña Leonor –quien según la novela de Ricardo Homs, era esposa de un prestigiado médico llamado Xavier de Arjona, y según la novela Mujeres de la tormenta de Celia del Palacio era la mismísima condesa de Malibrán, que a su vez de acuerdo con el ficticio relato era una portentosa dama con mágicos poderes que acabó huyendo con el pirata hacia exóticos destinos (mientras en la primera versión la dama fue ultrajada por el pirata, en la segunda fue ella la seductora)-, con quien se le plantean todo tipo de romances y descabellados desenlaces, sin existir prueba histórica sobre ello. De hecho algunas fuentes explican que el hombre se casó con una dama de nombre Petronila de Guzmán, contrayendo un segundo matrimonio en 1684 –o 1693– con Marie-Anne Dieu-le-Veut, surgiendo en torno a esta última una romántica versión según la cual la dama vivía en la Isla Tortuga con su marido, un bucanero de nombre Jaquotte Delahaye a quien Laurens habría dado muerte en una bronca de cantina, siendo desafiado luego por la valerosa viuda, empuñando él una espada y ella la pistola. Rendido ante el valor de la fémina, Lorencillo le habría propuesto prohibido matrimonio, ya que él se encontraría aún casado con Petronila. En esta versión del relato, Marie-Anne le acompañó en numerosas ocasiones durante sus correrías, siendo su camarada y amante por muchos años.

Ahora bien, dejando a un lado tan inciertos azares provocados por Cupido, lo cierto es que ocho días dejó Lorencillo a su suerte a los veracruzanos en aquel islote que podía avistarse desde la playa del puerto, ya que el día 30 de mayo recibió el dinero liberado por el virrey Tomás de la Cerda y Aragón. Una vez completada su misión, y ante la perspectiva de que en poco tiempo llegarían refuerzos para las guarniciones que debían haber defendido las costas novohispanas, los piratas levaron anclas y partieron para continuar aterrorizando a los habitantes de las Antillas.

Así, en diciembre del mismo año Laurens de Graaf se hizo con un nuevo barco insignia, el San Francisco -al que renombró como Fortune-, cuando derrotó a tres grandes navíos que habían sido enviados a Cartagena para detener sus fechorías. En enero de 1684 recibió una carta de su esposa –presumiblemente de Petronila de Guzmán– ofreciéndole un perdón real por parte de los españoles y una comisión como corsario, si es que abandonaba el servicio de los franceses. Lorencillo rehusó, teniendo a los ibéricos como mentirosos.

En el verano de 1685, el 6 de julio, De Graaf decidió atacar nuevamente a la Nueva España, esta vez en el puerto de Campeche –mismo que ya había “visitado” el 31 de marzo de 1672, desembarcando entonces en la playa de San Román para incendiar dos fragatas, sin atreverse a tomar la ciudad, a la cual suponía fuertemente defendida-, al cual asediaron él y Agrammont por dos diferentes flancos. Los campechanos habíanse sentido seguros ante el posible ataque de los filibusteros, debido a que contaban con una impresionante fragata de guerra, la cual en el momento decisivo resultó francamente inútil por no contar con la tripulación suficiente. De esta manera, los soldados decidieron hacerla explotar para evitar que los asaltantes se hicieran con las municiones y artillería que ahí se guardaban.

No obstante, los campechanos eran gente aguerrida y valiente, por lo que se atrincheraron para defender su ciudad, bombardeando desde el castillo a los piratas. Para el 8 de julio los invasores habían tomado ya un tercio de la ciudad, incluyendo el hospital, éxito que festejaron al son de tambores y trompetas. Asustados ante la perspectiva de que sucediera lo mismo que en Veracruz, los lugareños optaron por esconderse en la iglesia, de donde pudieron escapar gracias a unos corredores ocultos –recordados por un anciano- que tenían salida en un campo abierto a cierta distancia de su forzada prisión. Sin embargo, a diferencia de los pobres veracruzanos, los campechanos recibieron ayuda casi inmediata en la persona de don Baltasar Navarro quien, con una piragua de guerra, atacó sin tardanza a los barcos de Van Hoorn, De Graaf y Agrammont. Asimismo el gobernador de Mérida, don Juan Bruno Tello, armó rápidamente una expedición –que él mismo dirigió- para salvar a sus compatriotas.

Superados en número, los porteños cayeron ante los enemigos, quienes se dieron a la tarea de asaltar la ciudad y las poblaciones aledañas, teniendo la firme intención de llegar tierra adentro, cosa que les fue impedida por el virrey, quien desplegó sus fuerzas para cortar el paso a los rufianes, enviando a su vez a la Armada de Barlovento para combatirlos en el mar.

Más de veinte días de horrores vivieron los campechanos, en los cuales tuvieron que ver cómo el capitán Cristóbal Gaona, comandante de la plaza, era quemado vivo en un cepo. Era el 25 de agosto, día de San Luis, cuando los piratas exigieron 80 mil pesos y 400 reses mayores como rescate por los prisioneros que tenían. El Gobernador se negó a las exigencias y Agrammont amenazó con quemar uno por uno a sus cautivos –además de la ciudad entera-, incinerando efectivamente a seis de ellos, antes de que don Felipe de la Barrera y otros ilustres habitantes de Campeche acudieran ante Lorencillo para pedir clemencia, la cual solicitaban a cambio de su servicio como esclavos de por vida.

Siendo De Graaf mucho más sensato y “humano” que su compañero, se hicieron de palabras –saliendo a relucir probablemente también las armas-, hasta que Agrammont accedió a la petición de su colega, pero también dinamitó el castillo y embarcó a los porteños –excepto 242 españoles y 58 mulatos y negros que se llevó en sus barcos- en balsas desprovistas de velas o remos en las cuales los condujo a mar abierto, en donde se divirtió lanzándoles cañonazos, antes de partir con rumbo a Isla Mujeres.

Tan cruel y ominoso ataque no quedaría impune, pero de la persecución de Lorencillo por parte de los españoles, y su posterior condecoración como héroe por parte de Luis XIV, hablaremos con más detenimiento en la próxima entrega de esta columna.

 

FUENTES:

“Piratas y corsarios en los mares de México y del mundo”. Aut. Juan de Dios Pérez Galaz. Panorama Editorial. México, 1992.

“Piratas en el Caribe. Los ladrones del mar. Corsarios, filibusteros y bucaneros 1493-1700”. Aut. Cruz Apestegui. Lunwerg Editores. España, 2000.

 “La fuerza y el viento. La piratería en los mares de la Nueva España”. Aut. Marita Martínez del Río de Redo. Ed. México Desconocido. México, 2002.

“Piratas, corsarios y bucaneros”. Aut. Álvaro Armero. Ed. Diana. España, 2003

“El tesoro de Laurens de Graaf”. Aut. Ricardo Homs. Ed. Planeta. México, 2007.

“Las mujeres de la tormenta”. Aut. Celia del Palacio. Editorial Suma de Letras. México, 2012.

 “Laurens de Graff”. Aut. David Stapleton. 2005. http://pirateshold.buccaneersoft.com


[i] También conocido como Agrammont.

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