El cruento arte de la vanidad: Erzsébet Báthory II

Erzsébet Báthory

Erzsébet Báthory

Parte II

Por: Patricia Díaz Terés

La sola idea de que una cosa cruel pueda ser útil es ya de por sí inmoral”.

Marco Tulio Cicerón

Dios los hace y ellos se juntan” reza un refrán popular, pero en el caso de Erzsébet Báthory y Ferenc Nádasdy, probablemente haya sido más bien el amo de los avernos quien cruzó sus caminos. Pareja de siniestras aficiones, cuentan las historias que los Báthory –recordemos que el marido tomó el nombre de la esposa- divertíanse juntos torturando inocentes muchachitas, deleitándose los cónyuges por separado empalando soldados, en el caso de él; mientras ella mandaba desnudar a las sirvientas que no habían cumplido con sus obligaciones como ella deseaba, para después instalarlas en medio del patio durante los días más helados del invierno transilvano, aumentando la emoción si hacía que las chicas fuesen previamente empapadas con agua (!) –disfrutando la condesa del espectáculo cómodamente instalada en un mullido sillón, ubicado frente a la ventana de una habitación confortablemente caldeada por una chimenea-.

Así, mientras el conde vivió, Erzsébet restringió sus ansias para infligir sufrimiento a sus inferiores sirvientes, “limitándose”, por ejemplo, a hacer que aquellos que eran descubiertos robando, sostuvieran una moneda calentada al rojo vivo para que se grabara la efigie del soberano en su mano, lo cual les recordaría su crimen por el resto de sus vidas. También, por transgresiones menores, que podían consistir en no haber limpiado adecuadamente y a tiempo los pisos, la Condesa Sangrienta hacía que a los culpables les fuesen enterradas alfileres bajo las uñas; mientras que el pobre incauto que osaba quejarse por alguna enfermedad, lejos de ser comprendido por su ama, era condenado a que le ataran un papel untado de aceite en los pies para luego prenderle fuego, lo cual sin duda lograría que el malestar saliera inmediatamente, si no del cuerpo, sí de la mente del “quejumbroso”.

Pero la muerte pronto reclamó la vida de uno de los macabros amantes, llevándose a Ferenc –que a la sazón tenía 48 años-, el 4 de enero de 1604 en misteriosas circunstancias, ya que acerca de las causas de su deceso hay tres versiones. De acuerdo con la primera, el Caballero Negro de Hungría habría sido herido en el campo de batalla, ocasionándole el hecho las dolencias que lo llevaron a la tumba; de acuerdo con la segunda, el guerrero habría enfermado desde 1601, prolongándose su mal por tres años antes de que su cuerpo afectado sucumbiese. Pero la tercera versión no deja tan buena impresión del sanguinario militar, ya que se cuenta también que el varón fue en realidad asesinado en Bucarest por una prostituta a quien Ferenc se había negado a pagar por sus servicios.

Ahora bien, haya sido cual haya sido la verdad sobre el fallecimiento del conde, lo cierto es que este acontecimiento tuvo una enorme repercusión en la vida de Erzsébet quien sufrió amargamente la pérdida de su oscuro caballero, llorándole durante cuatro semanas, tiempo en que se dio cuenta de que el exceso de lágrimas había perjudicado su tersa piel, instante mismo en el que abandono, tal vez no la pena, pero sí la expresión de la misma, buscando entonces solaz en maléficos pasatiempos.

Desaparecido el conde, su madre Orsoyla y toda su parentela, fueron expulsados de inmediato del castillo que compartían con la condesa, estableciendo esta su residencia –tras vivir un tiempo en Viena– permanente en el castillo de Csejthe –o Čachtice-, ubicado en los Pequeños Cárpatos, cerca de Trensén. Convención popular es entonces que el frenesí sangriento de la Tigresa de Csejthe[i] comenzó un funesto día en que una de sus doncellas, mientras le cepillaba el cabello, le hizo daño a la irascible dama, procediendo esta a asestar un bofetón a la jovencita, rompiéndole así la nariz y salpicando un poco de la sangre en la mano de Erzsébet –otra versión indica que la chica limitóse a señalar que su señora tenía un mechón fuera de lugar, insolencia que la muchacha pagó cara con el golpe recibido-, percibiendo ella con su mente delirante, que aquel punto donde el rojo líquido había escurrido, mostrábase terso y blanco.

Buscando siempre la forma de mantener su juventud y radiante belleza, la obsesionada condesa encontró aliciente en las enseñanzas de Dorotea Szantes, mujer versada en mágicas y malévolas artes, quien le indicó que efectivamente la sangre humana tenía poderes revitalizadores, particularmente aquella que corría por las venas de las vírgenes. Fue así como, según la historia, esta hechicera junto con un criado de nombre Thorko, se encargaron de armar la logística para atraer a las víctimas hacia el castillo.

Inicia aquí el relato de terror, ya que se cuenta que la condesa ordenaba que se engañara a las jóvenes más exquisitas que residían en las aldeas cercanas –aunque existe la posibilidad de que esta práctica ya se llevara a cabo antes de que Báthory se convirtiese en viuda-, prometiéndoles un buen empleo, atendiendo las señoritas a la oferta y acudiendo al castillo en donde, en lugar de ser instruidas en sus nuevos deberes, eran sometidas para diversión de Erzsébet, quien se entretenía enormemente atando a las damiselas para posteriormente azotarlas de manera inmisericorde, hasta que los cortes en su cuerpo dejaban correr la preciada sangre, misma que era recogida en envases especiales, los cuales se vaciaban en una tina en la cual se sumergía la Condesa Sangrienta, saliendo supuestamente de estos baños con una piel nívea y sedosa.

Sin embargo, el horror no termina aquí. Continúa la historia explicando cómo la noble y terrible dama sostenía forzadas relaciones sexuales con sus víctimas antes de asesinarlas, haciendo aún más cruel la agonía de la víctima si esta se negaba a complacer en tales menesteres a la Tigresa. No contenta con ello, conforme su la maldad iba en aumento, se cuenta que llegaba a arrancarle la carne a mordidas a las jovencitas –especialmente cuando Báthory se encontraba enferma y disfrutando particularmente de las mejillas, las orejas y los pechos de la “presa”- e incluso, para su mera diversión, las metía en un espantoso artilugio que se conoció como la Dama de Hierro –o Virgen de Hierro-, que era una jaula en la cual se había instalado un mecanismo que, al activarse, clavaba filosas hojas de metal en el cuerpo de la prisionera, haciéndola sangrar considerablemente para deleite de los verdugos.

La crueldad de Erzsébet era inconmensurable, ya que se cuenta que la diabólica mujer solía sanar a algunas de sus cautivas después del suplicio, con el único objetivo de poder “utilizarlas” nuevamente, en una espeluznante suerte de “optimización de recursos”; de igual forma, llegó a decirse que en ocasiones, encerraba a las doncellas capturadas y procedía a engordarlas por la fuerza, ya que en aquel entonces se creía que la sangre procedente de un cuerpo robusto tenía mejores propiedades que la de un cuerpo delgado.

Así, obsesionada con obtener la eterna juventud, la condesa no se conformaba con sus rituales sangrientos, sino que además incursionó en la magia negra gracias a Ana Darvulia, a quien el vulgo describía como “una bestia salvaje con forma humana”, quien presuntamente explicó a su ama ErzsébetAna era la institutriz de los hijos del matrimonio Báthory– que beber sangre humana era el secreto tan largamente buscado para mantener por siempre su belleza.

Encontrando hasta aquí relatos aterradores, veremos en la próxima entrega cómo hay quien ha tratado de desmentirlos, explicando que gran parte de estas descripciones fueron parte de ataques intencionados en contra de una mujer inmersa en controversias de carácter político, pero de estas y otras situaciones hablaremos con más detenimiento la próxima semana.

 

FUENTES:

“Mujeres perversas de la historia”. Aut. Susana Castellanos de Zubiría. Grupo Editorial Norma. Colombia, 2008.

“Chicas malas: reinas, locas y otras cosas peligrosas”. Directora de colección María del Pilar Montes de Oca Sicilia. Colección Algarabía. México, 2010.

 “Sangre y poder”. Aut. José María Solé. Revista La aventura de la historia. No. 147.

“Erzsébet Báthory: la condesa sangrienta”. Aut. Igor Übelgott. 30 de septiembre 2010. Revista Algarabía no. 73. http://algarabia.com

 “Isabel Bathory, la condesa sangrienta”. Aut. Elena Sanz. Revista muy interesante. 28 de julio de 2009. www.muyinteresante.es.

“La condesa Sangrienta”. Aut. Ignacio Vidal-Folch. 17 de abril 2005. www.elpais.com

“La sangre y la condesa Elisabeth Báthory”. Aut. Edmundo Fayanás. 20 de enero de 2012. http://nuevatribuna.es.

“Seis curiosidades sobre Erzsébet Bathory”. Aut. Gerardo Soriano. 7 de agosto de 2012. www.sexenio.com

“Countess Elizabeth Báthory: icon of evil”. Aut. Tony Thorne. www.telegraph.co.uk

“The Fascinating Erzsébet Báthory”. Aut. Anne Billson. 2 de diciembre 2010. www.theguardian.com

 “La vampira Báthory”. Aut. Ampa Gadulf. 20 de abril 2012. http://arquehistoria.com

“Elizabeth Báthory”. www.ecured.cu


[i] Sobrenombre con el que se conoció a Erzsébet Báthory.

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