El cruento arte de la vanidad: Erzsébet Báthory III

Erzsébet Báthory

Erzsébet Báthory

Parte III

Por: Patricia Díaz Terés

La vanidad hace siempre traición a nuestra prudencia y aun a nuestro interés”.

Jacinto Benavente

Desde una vampiresa concubina del mismísimo Satanás, hasta una inocente víctima de un complot de carácter político, variadas son las versiones que se han conservado sobre la misteriosa figura de Erzsébet Báthory, la Condesa Sangrienta. Hemos explicado anteriormente cómo esta mujer perdió el juicio –o la vergüenza- tras la muerte de su querido marido Ferenc Nádasdy, entregándose la fémina a oscuros y violentos placeres en los cuales la tortura de jovencitas era la principal protagonista; y siendo alentada en un principio por la siniestra institutriz de sus hijos, Ana Darvulia, quien dejó la estafeta como guía de la condesa en las negras artes a la hechicera Erzi Majorova.

Ahora bien, Darvulia siempre insistió a su ama que las damiselas raptadas debían proceder de humildes orígenes, consejo que Báthory siguió al pie de la letra; sin embargo, cuando Majorova la introdujo en otros recovecos aún más tenebrosos de la magia negra, la convenció de que la sangre de las jóvenes nobles era mucho más efectiva para conseguir la eterna juventud, que la sangre de las simples aldeanas –a quienes, cabe destacar, la “piadosa” Tigresa de Csejthe siempre dio cristiana sepultura gracias a la participación del pastor luterano Andreas Báthory, un pariente lejano de la dama, a quien se le daban infinidad de estrambóticas explicaciones para justificar la sepultura de tantas muchachitas, alejándose eventualmente el ministro de su loca familiar al percatarse de que macabras actividades debían estar atrás de la aparición de tantísimos cadáveres-.

De este modo, ansiosa como estaba Erzsébet de conservar su juventud y belleza, hizo caso de los consejos de Erzi –y caso omiso de la prudencia-, por lo que comenzó a invitar a su castillo en Csejthe a las hijas de parientes lejanos, miembros de la aristocracia, pero que debido a la guerra con los turcos habían caído en una difícil situación, ofreciéndoles Báthory un respiro al asegurarles que proporcionaría a sus jóvenes hijas una esmerada educación, particularmente de carácter social, que les permitiría eventual y probablemente un buen partido para contraer matrimonio. Los padres de las doncellas, gustosos y entusiastas, enviaban a las chicas al matadero, ya que la condesa deparaba el mismo fin a estas “invitadas” que a las pueblerinas secuestradas. Pero las damiselas aristócratas no eran tan fáciles de conseguir como las campesinas, de modo que se cuenta que en algún momento los criados de la condesa, optaron por disfrazar a las chiquillas comunes con ricos encajes y vestidos para engañar a su dueña, logrando al parecer el efecto deseado.

No obstante, si bien en el siglo XVII era común la desaparición de las jóvenes del pueblo llano, no era tan frecuente que las damitas de buenas familias se esfumaran sin dejar rastro alguno. De este modo, la situación que había sido largamente ignorada –aunque denunciada en cierta ocasión por el pastor luterano Istvan Magyari-, fue puesta de manifiesto por la muerte de una noble doncella en 1609, cuyo deceso fue explicado por Báthory como un suicidio. Siendo esta la “gota que derramó el vaso”, el rey Matías II autorizó –hay quien asegura que esta acción del monarca, fue motivada porque la viuda de Ferenc le estaba reclamando al reino el pago de un préstamo hecho por su marido, sin que tuvieran las arcas reales dinero suficiente para pagar la deuda- al palatino[1] György Thurzo para realizar una investigación con respecto a las extrañas desapariciones que tenían lugar en los Pequeños Cárpatos, llamándose a los primeros testigos para que rindieran declaración en junio de 1610.

De esta forma, el 29 de diciembre de 1610, Thurzo llegó a la residencia de Erzsébet para ponerla bajo arresto domiciliario, encontrando un espeluznante espectáculo el cual inició con una sirvienta agonizante que, tras ser molida a palos, había sido apresada en el cepo ubicado en el patio. Al entrar en el castillo dieron con una jovencita que se estaba desangrando en pleno salón, a causa de las diversas incisiones que habían sido practicadas en su cuerpo. Asimismo en las mazmorras hallaron al menos una docena de chicas que estaban vivas a duras penas, mientras que de los terrenos del castillo exhumaron más de cincuenta cuerpos –presuntamente la Condesa Sangrienta llevaba un diario, según una tal “doncella Zusanna”, en el que habría anotado la descripción de los asesinatos (o al menos los nombres) de 612 jóvenes, aunque se habla hasta de 650, de acuerdo con el Record Guinness que tiene nuestro siniestro personaje como la persona que ha matado al mayor número de víctimas-.

Comenzó el juicio el 7 de enero de 1611 en Bitcse (Bytča), a través de un tribunal encabezado por el juez de la Corte Suprema Real, Teodosio Syrmiensis de Szulo, ante el cual la condesa Báthory nunca compareció, so pretexto de que su sangre noble le permitía excluir su aparición en semejantes procesos. Sin embargo, los que sí fueron llevados al tribunal fueron sus sirvientes, describiendo cada uno de ellos los crímenes que habían presenciado o en los cuales habían participado. Así, Juan Ujváry, el mayordomo, aseguró haber atestiguado el asesinato de por lo menos 37 mujeres, estando todas ellas entre los once y los veintiséis años de edad, habiendo él mismo atrapado a seis.

En el proceso se encontró culpables, además de a Ujváry, a Ficzkó, a las doncellas-brujas Helena Jo, Dorotea Sientes y Piroska, a la nigromante Erzsi Majorovna y a la jovencita Katryna Beneczky. Los primeros dos sujetos y la bruja fueron decapitados, mientras que a las tres doncellas les fueron arrancados los dedos con tenazas al rojo vivo, para después ser quemadas vivas. Por su parte la pequeña Katryna fue defendida por una víctima superviviente, de modo que en lugar de costarle la vida, su participación obligada en el sádico juego de la condesa, le valió únicamente cien latigazos.

Matías II, seguramente horrorizado por los crímenes de Erzsébet –aunque hay quien afirma que la causa verdadera para la condena de la condesa fue que ella apoyó a su primo Gabriel Báthory, príncipe de Transilvania, en contra de los Habsburgo, siendo las consecuencias de este último crimen tan perjudiciales para toda la familia, que prefirióse que la dama quedase como un verdadero engendro de los infiernos, lo cual era menos grave que el haber tomado acción en contra de la poderosa familia-, su cabeza, siendo supuestamente persuadido por Thurzo –de quien se dice que fue, en algún tiempo, amante de Báthory, habiéndose acusado a su vez a la dama de haber tratado de envenenar al palatino- quien alegó que la condesa era una noble viuda de un valiente soldado que había dado su vida por Hungría, perteneciente a una antigua familia, y que, por tanto, merecía cierta misericordia.

Ablandado un poco, al parecer, el corazón de Matías II, declarada demente, Erzsébet Báthory fue condenada a ser emparedada en su propio castillo, confinándosele inmediatamente en sus habitaciones, cuyas entradas y ventanas fueron escrupulosamente tapiadas, dejando únicamente un pequeño agujero por el cual se le hacían llegar sus alimentos, -y a través del cual se escuchaban sus clamores asegurando su inocencia-. Tres años permaneció la Tigresa de Csejthe encerrada, dictando testamento el 31 de julio de 1614, a los 54 años, a un par de sacerdotes, indicando que sus posesiones se dividiesen a partes iguales entre sus hijos –quienes dos años después de la muerte de su madre fueron acusados de traición por el apoyo que había prestado Erzsébet en la lucha contra los alemanes-.

La Condesa Sangrienta falleció el 21 de agosto de 1614, encontrándose su cuerpo sin vida, aún lozano, junto a varios platos de comida que no habían sido tocados. Así esta temible mujer dejó tras de sí una leyenda, misma que fue alimentada por primera vez gracias a la tragedia publicada por el jesuita László Turóczi en 1729, habiéndose luego acusado a los católicos de crear esta negra leyenda para desacreditar a los nobles protestantes, quedando enterrada la verdad por un conjunto de testimonios increíbles, en los cuales se incluía el que alguien había visto con sus propios ojos cómo la dama que se bañaba en sangre, había llegado a tener íntimos lances con el mismísimo Belcebú.

FUENTES:

“Mujeres perversas de la historia”. Aut. Susana Castellanos de Zubiría. Grupo Editorial Norma. Colombia, 2008.

“Chicas malas: reinas, locas y otras cosas peligrosas”. Directora de colección María del Pilar Montes de Oca Sicilia. Colección Algarabía. México, 2010.

 “Sangre y poder”. Aut. José María Solé. Revista La aventura de la historia. No. 147.

“Erzsébet Báthory: la condesa sangrienta”. Aut. Igor Übelgott. 30 de septiembre 2010. Revista Algarabía no. 73. http://algarabia.com

 “Isabel Bathory, la condesa sangrienta”. Aut. Elena Sanz. Revista muy interesante. 28 de julio de 2009. www.muyinteresante.es.

“La condesa Sangrienta”. Aut. Ignacio Vidal-Folch. 17 de abril 2005. www.elpais.com

“La sangre y la condesa Elisabeth Báthory”. Aut. Edmundo Fayanás. 20 de enero de 2012. http://nuevatribuna.es.

“Seis curiosidades sobre Erzsébet Bathory”. Aut. Gerardo Soriano. 7 de agosto de 2012. www.sexenio.com

“Countess Elizabeth Báthory: icon of evil”. Aut. Tony Thorne. www.telegraph.co.uk

“The Fascinating Erzsébet Báthory”. Aut. Anne Billson. 2 de diciembre 2010. www.theguardian.com

 “La vampira Báthory”. Aut. Ampa Gadulf. 20 de abril 2012. http://arquehistoria.com

“Elizabeth Báthory”. www.ecured.cu

[1] Primera persona en importancia después del rey, con autoridad suficiente incluso para juzgar al soberano en caso de que este incurriera en alguna falta contra la ley. Tomado de  “La condesa sangrienta”. Aut. Ignacio Vidal-Folch. 17 de abril 2005. Elpais.com

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