El Reich y el arte: Entre la fascinación, el odio y los atracos I

Acuarela realizada por Adolph Hitler

Acuarela realizada por Adolph Hitler

Parte I

Por: Patricia Díaz Terés

El artista es siempre un perseguidor de la belleza”.

Doménico Cieri Estrada 

Arte y guerra son dos conceptos que parecen separados por un abismo; sin embargo, cuando entre ellos se interpone la ambición y la admiración, se vuelven compañeros inseparables, de modo que la guerra puede convertirse en sujeto para el arte –en tanto que a través de él se retrata la crudeza de los conflictos en lienzos, esculturas, novelas, etc.- y el arte en objeto para la guerra –en la mayor parte de los casos a modo de botín a través, principalmente, del robo y el saqueo-.

Comencemos pues por el principio… Mucho antes de que los oficiales del Reich se dedicasen a saquear de manera inmisericorde cuanto museo se cruzaba en su camino, y antes de que los nazis se hicieran por la fuerza con las colecciones artísticas más impresionantes de la época, allá por principios del siglo XX, un jovencísimo Adolph Hitler vagaba por las calles de Viena realizando dibujos a lápiz para ganarse unos cuantos centavos… y es que el Führer en su momento intentó consagrarse como artista, particularmente como pintor, veamos esta historia.

Adolph Hitler nació en el pequeño poblado de Braunau am Inn, cerca de Linz en Austria, siendo sus padres –Alois Hitler, agente aduanero y su tercera esposa Klara Pölzl– un par de personas que poco o ningún interés tenían en el arte; no obstante el chico mostró desde temprana edad una inquietud por el dibujo, tomando además lecciones de canto y piano, siendo marcado por la ópera Lohengrin de Richard Wagner, a cuya representación asistió siendo muy joven.

En 1907, Hitler abandonó los estudios formales e intentó entrar en la Academia de Bellas Artes de Viena, donde fue rechazado en dos ocasiones, estableciéndose la causa como una falta de talento –aunque hay otras fuentes, en las cuales se indica que el muchacho no cubría con los estándares que se consideraban necesarios para que fuese un artista adecuado, especificando algunos como factor su falta de educación formal, e incluso de fortuna y clase-. Esta situación fue un duro golpe para el ánimo del futuro Führer, quien se dedicó por entonces a hacer algunas acuarelas y dibujos para conseguir el sustento diario, viviendo en una situación de pobreza tal que debía dormir en cafés y hospederías para indigentes.

Esta visión del Adolph como artista excluido ha sido abordada tanto por el escritor estadounidense Frederic Spotts en su libro Hitler y el poder de la estética, como por el cineasta holandés Menno Meyjes en su cinta Max (2002) –la cual ocasionó más de una réplica por parte de organizaciones como la Liga de la Defensa Judía, denunciando que el director planteaba una imagen irreal del líder del Tercer Reich, retratándolo como un hombre inofensivo, a lo cual Meyjes contestó que fue en realidad una decisión, que no naturaleza, de Hitler el transformarse en un monstruo[i]-.

Pero a pesar de que Hitler se consideraba a sí mismo como un artista, según las palabras de Albert Speer, ministro de Armamento y Guerra del Reich, su habilidad no era demasiado destacada, de acuerdo con la investigación de Spotts, lo cual al parecer no evitó que Adolph culpara a los judíos -quienes desde su perspectiva tenían dominado el negocio del arte en aquella primera mitad del siglo XX, según las declaraciones que hizo su hermana Paula después de la guerra- por su fracaso, constituyéndose esto como una posible motivación para su exacerbado antisemitismo.

Algún solaz encontró Hitler en su arte cuando se enroló voluntariamente en el ejército alemán durante la Primera Guerra Mundial, siendo asignado como correo, pues pasaba sus horas libres retratando las terribles escenas que se exhibían ante sus ojos en las trincheras, creando así obras llenas de emoción pero con escasa técnica.

Ahora bien, al terminar el conflicto armado, el artista frustrado fue captado por el Partido Obrero Alemán –que cambió su nombre en 1920 por Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán, mismo que lideraba ya Hitler para verano de 1921-, observando el nuevo político cómo los grupos a los cuales se dirigía se enardecían con sus discursos y monumental oratoria, cambiando en este momento el pincel por la voz como herramienta para expresarse.

Tras darse cuenta de su capacidad para movilizar a las masas y haber llegado al poder en 1933, Adolph trató de favorecer a los artistas –esto siempre y cuando manejaran las corrientes que a él le parecían correctas y adecuadas-, dándoles algunos privilegios, como por ejemplo el hecho de estar exentos del servicio militar. Al mismo tiempo, observando en el arte un elemento fundamental en el ánimo del pueblo alemán –ya que, según sus propias palabras, le permitía al individuo apreciar que sus preocupaciones “pequeñas” y cotidianas eran en realidad insignificantes-, Hitler ordenó que, incluso una vez habiendo estallado la Segunda Guerra Mundial, se mantuviesen abiertos tanto los teatros de ópera como los museos.

Así, en este punto Hitler tomó dos cursos de acción importantes en cuanto al arte se refiere. El primero de ellos consistió en la proyección del más grande museo de arte que se hubiese construido, mismo que sería edificado dentro de la ciudad austriaca de Linz, que a su vez sería modificada para dar al nuevo portento un escenario digno. El proyecto –que incluía la creación de academias en las cuales se garantizarían las condiciones idóneas para el desarrollo de los futuros artistas del Reich– fue puesto bajo la batuta del Dr. Hans Posse, director de la Pinacoteca de Dresde, y quien fue además comisionado para liderar la Delegación Especial de Linz, creada en 1939 con el objetivo exprofeso de adquirir las obras que se colocarían en este complejo apologético del arte, iniciando las adquisiciones de forma legal y legítima en los mercados de Berlín y Munich.

Sin embargo, esta adquisición decente de las piezas artísticas solo fue parte de las acciones que se llevaron a cabo para integrar la colección del futuro museo, pues es ya sabido que para 1938 el Führer ordenó que todos los judíos declararan su patrimonio, incluyendo obras y objetos artísticos, lo cual seguramente le dio una pista sobre aquellos que deberían pasar a formar parte del caudal de Linz, procediéndose entonces a conseguir de forma más o menos violenta –bajo amenaza normalmente- las piezas que conformaban colecciones tan impresionantes como la de los Rotschild, a quienes les fueron confiscados 4 mil objetos de arte.

Además, otras muchas pinturas, esculturas y demás fueron comprados a precios irrisorios, ya que sus dueños tuvieron que escapar de la persecución emprendida por los nazis, vendiendo todas sus posesiones para poder financiar el viaje al exilio, como fue el caso del coleccionista judío holandés Jacques Goudstikker, cuyos empleados, tras la evasión de su patrón, vendieron la totalidad de sus propiedades, siendo al menos mil de ellas compradas por el Reichsmarschall, Hermann Göring, por una cantidad de 2.5 millones de florines, teniendo este hombre, al parecer, un apetito artístico incluso más voraz que el de su líder, ya que en su palacio de Karinhall, ubicado en los bosques de Schorfheide guardaba aproximadamente 1 350 cuadros, que planeaba legar –al menos según sus declaraciones oficiales- al Museo de Linz con la finalidad de que se enriqueciera el acervo cultural del pueblo alemán.

Hermann Göring se convirtió así en un agente recolector de arte clave tanto a nombre del Tercer Reich como a título personal, estructurando para ello divisiones especiales en el mismísimo ejército alemán, pero sobre estas disposiciones y la actitud del Führer hacia el arte contemporáneo, entre otras cosas, hablaremos con más detenimiento en la próxima entrega de esta columna.

 

FUENTES:

“La evasión de los dirigentes nazis”. Aut. Werner Brockdorff. Luis de Caralt editor. Barcelona, 1972.

“Del arte al odio”. Aut. Dana Thomas. Revista Newsweek en español. 4 de diciembre 2002.

 “Museo alemán devuelve cuadro de Goudstikker robado por los nazis”. Periódico El Sol de Puebla. 5 de mayo 2007.

“Documentan el pillaje nazi de obras de arte propiedad de judíos”. Aut. Eva Usi. Periódico La Jornada. 1 de octubre 2008.

[i] Thomas, Dana. “Del arte al odio”. Revista Newsweek en español. 4 de diciembre 2002.

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