El Reich y el arte: Entre la fascinación, el odio y los atracos IV

James Rorimer (Monuments Men) con el encargado del Louvre

James Rorimer (Monuments Men) con el encargado del Louvre

Parte IV

Por: Patricia Díaz Terés

En asuntos internacionales, la paz es un período de trampas entre dos luchas”.

Ambrose Bierce 

Horrores anteriormente impensables dejó, tras su paso, la Segunda Guerra Mundial, estando además a muy poco de haber diezmado muy gravemente el patrimonio cultural y artístico mundial, atrocidad que hubiese sido cometida por hombres demasiado comprometidos con su causa y misión, prefiriendo que el botín reunido en las minas de sal de Altaussee (Austria) –valuado en 4 mil millones de dólares-, tanto por el Führer, Adolph Hitler, como por el Reichsmarschall, Hermann Göring y sus compinches de la EER (Destacamento Especial del dirigente del Reich Rosenberg para los Territorios Ocupados), fuese destruido a que cayera en manos de los Aliados.

Estos hombres fueron el Jefe de la Cancillería del Tercer Reich, Martin Bormann, y el Gauleiter -líder de zona del NSDP o Partido Nazi- del Alto Danubio, August Eigruber. De este modo, las órdenes dictadas por el primero dejaron en gran confusión al segundo, quien interpretó de inmediato que, si los Aliados continuaban avanzando, tal como lo estaban haciendo allá por la primavera de 1945, debía volar los túneles dejando el tesoro artístico fuera del alcance de ambos bandos. Sin embargo, en tal situación también hubieron involucrados algunos personajes que midieron el valor del arte más allá de quién lo poseyera, de modo que el conservador del museo berlinés, Karl Sieber, evitó la catástrofe.

Tal como nos indican los registros históricos, la guerra fue perdida por el Eje Berlín-Roma-Tokio, que se vio impotente al tratar de detener a los ejércitos de E.U, Reino Unido, Francia y la Unión Soviética. Pero como en cualquier otro final de un conflicto armado, en esta última etapa reinaba un caos total, en el cual eran aún muchos los peligros que se corrían. En el caso del arte, las ansias por ocupar los territorios reclamados por los nazis en Europa, por parte de los Aliados, amenazaban gravemente las obras de arte escondidas que se encontraban a merced de los ejércitos. De esta manera, el ejército norteamericano decidió crear un grupo que se encargaría de proteger las piezas artísticas valiosas, este fue la Monument, Fine Arts and Archives Section a Altaussee (MFAA)[i], mejor conocidos como Monuments Men, en donde se aglutinaban una serie de expertos  en historia del arte -350 hombres y mujeres de distintas naciones-, cuya primera misión fue despejar los pasajes de las minas para inventariar los tesoros resguardados por el Reich.

Asimismo, además de rescatar las obras de Altaussee, la MFAA se dedicó a rastrear la infinidad de obras que habían sido escondidas de los nazis o por los nazis en todo el Viejo Continente, de tal suerte que, por ejemplo, James Joseph Rorimer –curador y director del Metropolitan Museum of Art– dio con más de cien cajones que contenían objetos artísticos y que habían sido abandonados en unos vagones de tren en medio de la nada. Por su parte, el arquitecto y capitán del ejército Robert Kelley Posey, y el escritor Lincoln Kirstein siguieron la pista de la “colección privada” que Göering ocultaba en su villa-castillo Corinhall, al norte de Berlín; mientras que sus colegas Georg Scout –quien no figura en la lista oficial de los Monuments Men que aparece en la página oficial monumentsmen.org- y el escultor Walker Kirtland Hancock descubrieron, junto con una buena cantidad de lienzos realizados por Rembrandt, Van Dyck, Van Gogh, Gauguin, Renoir y Rubens, un busto de Carlomagno confeccionado en plata dorada, en cuyo interior se encontraban restos del cráneo del conquistador, objeto sustraído por los nazis de la catedral de Aquisgrán al norte de Alemania.

Siendo también tal equipo el responsable de haber encontrado 8 527 lingotes de oro, 550 sacos con mil millones de marcos y una gran cantidad de joyas artísticas, que fueron ocultadas en la mina de potasio Kaiseroda en Turingia; los Monuments Men fueron acusados de no haber realizado adecuadamente el papeleo, lo cual hubiese ocasionado la pérdida de numerosas piezas de gran valor. En este sentido, el autor Werner Brockdorff en su libro “La evasión de los dirigentes nazis” (1972), denuncia varios casos particulares, como el de dos cuadros del pintor florentino Antonio Pollaiuolo que, figurando en la lista de objetos encontrados en Austria, aparecieron en un castillo en California.

Llevando su argumento Brockdorff hasta el extremo de negar cualquier irregularidad en la adquisición de obras de arte por los nazis, descarga el peso de su desprecio sobre los Aliados, particularmente los norteamericanos, a quienes acusa de haber traficado con obras de arte obtenidas mediante saqueo, que no rescate, manifestando así que para 1963, ochenta objetos de Altaussee habían sido vendidos con una ganancia de 700 mil marcos; a la vez que se permitió que otras tantas piezas fuesen a parar a “la villa Hammerschmidt de Bonn y el palacio Bellevue de Berlín, residencias oficiales del Presidente de la República Federal Alemana[ii].

Sin que sea aquí la intención corroborar o refutar las afirmaciones de Brockdorff, lo cierto es que a partir del fin de la Segunda Guerra Mundial, y hasta la fecha, se han suscitado numerosos reclamos sobre las obras de arte desaparecidas durante tan cruento periodo –también se han generado algunos acuerdos como el firmado en 1990 por Alemania y Rusia, comprometiéndose ambos a retornar las piezas artísticas robadas durante el conflicto bélico, presentando los rusos un catálogo de 40 mil objetos, mientras los germanos declararon 200 mil objetos artísticos pertenecientes a diferentes museos, dos millones de libros y tres kilómetros de materiales de archivo; mientras que en 1998 Alemania y otros 43 países firmaron la Declaración de Washington, para devolver las obras de arte y objetos robados durante el Holocausto-, habiendo aparecido con el paso del tiempo algunas organizaciones que ofrecen catálogos en línea de las obras robadas, con la finalidad de que los museos y coleccionistas puedan verificar el origen real de sus piezas. Algunas de estas páginas son la alemana www.lostart.de, o la elaborada en 2006 por el proyecto Swift-Find Looted Art Proyect (www.swift-find.com), la cual contiene 25 mil registros que fueron reunidos por el equipo dirigido por Shauna Isaac, gracias a la colaboración de gobiernos, museos y la casa de subastas Sotheby’s .

De esta forma, sin que existiese presumiblemente la intención –o incluso el conocimiento- de exhibir arte robado por los nazis, muchos recintos dedicados al arte se han visto en delicados y desagradables incidentes, sin que una institución tan prestigiosa como el Louvre quedase exenta, ya que en 1998 se descubrió que el lienzo “Les Baigneurs” (1906) de Paul Cezanne que figura en la lista de las 2058 obras registradas en el inventario MNR (Museos Nacionales Recuperación), fue robada a un coleccionista judío por el Reich, de acuerdo con lo que el Congreso Judío Mundial (CJM), descubrió en un documento perteneciente a los servicios de inteligencia norteamericanos, datado en 1946, provocando situaciones como esta que tal organización se hiciese el propósito de demandar a cuanto museo albergase piezas que tuviesen un origen tan dudoso como Les Baigneurs. Caso similar fue el del MoMA (Museum of Modern Art de Nueva York) en donde Henry Bondi y Rita Reif, reclamaron en 1997, respectivamente, los lienzos “Retrato de Wally” y “Ciudad Muerta” del pintor expresionista austriaco Egon Schiele, demandando al museo y reclamando la devolución de las piezas robadas a sus antepasados Lea Bondi Jaray y Fritz Grünbaum. Tan compleja es la situación legal del arte robado hace más de medio siglo, que el asunto aún hoy, en el año 2014, aún permanece sin solución.

Con cientos de miles de obras todavía perdidas, ya sea física o virtualmente en las ambigüedades de los largos catálogos disponibles, el robo de arte llevado a cabo de manera implacable durante la Segunda Guerra Mundial sigue teniendo repercusiones hoy en día, cuando gobiernos y particulares se acusan y reclaman por la legítima posesión de las obras que, tan campantemente, los hombres del Tercer Reich requisaron por ser tanto el arte más exquisito como el más degenerado.

 

FUENTES:

“La evasión de los dirigentes nazis”. Aut. Werner Brockdorff. Luis de Caralt editor. Barcelona, 1972.

“Botín de guerra”. Aut. Peter Plagens. Revista Newsweek en español. 1 de diciembre 1998.

“El expolio de los nazis: El rapto de Europa”. Aut. Francisco Luis del Pino Olmedo. Clío no. 133.

 “Rusia y Alemania se reclaman objetos de arte”. El Heraldo de México. 18 de octubre 1994.

 “Búsqueda internacional de arte”. El Heraldo de México. 2 de julio 1998.

“Demandan al Louvre”. El Heraldo de México. 10 de julio 1998.

“El Louvre exhibe un Cezanne robado”. El Heraldo de México. 8 de diciembre 1998.

 “Solo para obras de arte robadas”. El Heraldo de México. 11 de abril de 2000.

“Circula en red inventario de arte robado por nazis”. Periódico Reforma. 12 de junio 2006.

“Documentan el pillaje nazi de obras de arte propiedad de judíos”. Aut. Eva Usi. La Jornada. 1 de octubre 2008.

“The Art of Rightful Recovery”. The Pennsylvania Gazette. 7 de enero 2014. Thepenngazette.com

http://www.monumentsmenfoundation.org/


[i] La historia de este grupo está relatada en el libro The Monuments Men de Robert M. Edsel, del cual el director y actor George Clooney ha realizado una película homónima que está próxima a estrenarse en 2014.

[ii] Brockdorff, Werner. La evasión de los dirigentes nazis. Luis de Caralt editor. Barcelona, 1972.

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