La leyenda de un ingeniero renegado: Arquímedes

Arquímedes de Siracusa

Arquímedes de Siracusa

Por: Patricia Díaz Terés

Saber mucho no es lo mismo que ser inteligente. La inteligencia no es sólo información, sino también juicio, la manera en que se recoge y maneja la información”.

Carl Sagan 

Conocidos por todos y olvidados por la mayoría, son varios los científicos que muchos de nosotros hemos tenido la oportunidad de conocer invariablemente en las clases de ciencia que tomamos durante la secundaria y la preparatoria. De esta manera, los nombres de los sabios de la Antigüedad son se han convertido en referencias vagamente familiares que, en el mejor de los casos –y salvo que mi querido lector haya decidido dedicarse a los quehaceres científicos por profesión o por placer-, nos recuerdan algunos experimentos que realizamos en nuestra adolescencia, cuando, atendiendo a las indicaciones de nuestro maestro, sumergimos, por ejemplo, una infinidad de objetos con distintos volúmenes en tinas de agua con el propósito de demostrar el famosísimo Principio de Arquímedes[1].

Así, con mucho de leyenda y no tanto de verdad, infinidad de historias han trascendido en el tiempo acerca del célebre[2] matemático (e ingeniero) griego Arquímedes de Siracusa –a quien Walt Disney rindió un homenaje al nombrar así al sabio y refunfuñón búho, compañero del mago Merlín, en la película La espada en la piedra (1963)-, sin que nadie, sin embargo, se atreva a negar la extraordinaria lucidez de su mente, que lo llevó a plantear una gran cantidad de las bases en las cuales está sustentada la ciencia actual.

Habiendo crecido, presumiblemente, en un entorno donde el saber era “pan de todos los días”, debido a que era hijo del renombrado astrónomo Pheidias, Arquímedes nació en Siracusa en 287 a.C., emprendiendo, en su juventud, camino hacia la Perla del Mediterráneo[3] donde conoció a algunas de las mentes más importantes de su tiempo –además de inventar la rosca o tornillo de Arquímedes– como Conon de Samos, descubridor de la espiral y estudioso de las figuras cónicas; y Eratóstenes de Cirene, director de la grandiosa biblioteca de Alejandría a partir de 235 a .C.

Sin tenerse gran referencia sobre su físico o su personalidad, podemos suponer con cierta confianza que este sabio hombre fuese un tanto introvertido, tal vez no por una aversión al trato interpersonal o social, sino porque siempre tenía su mente ocupada en misterios que absorbían toda su capacidad de concentración, llegándose a afirmar que dejaba de lado cualquier tarea convencional que le quitase preciosos minutos –según explica Plutarco en su biografía sobre el general Marcelo, el alto espíritu del científico hacía que considerase incluso el trabajo del ingeniero[4], y prácticamente cualquier arte aplicable a la vida diaria, como “innoble y vulgar”, prefiriendo los estudios cuyos resultados no llevasen, por ejemplo, a la construcción de algo-, como el bañarse, omisión que era por supuesto sufrida, especialmente, por sus sirvientes –los historiadores griegos Plutarco y Polibio indican que Arquímedes perteneció a una familia noble íntimamente relacionada con el rey Hierón (Herón) II, de quien además era amigo-.

Ahora bien, este “distraído” estudioso, fue el responsable de la estructuración de una gran cantidad de principios que publicó en diversos textos –encontrados en el transcurso de la historia en griego, bizantino y árabe-, cuyo objetivo no era educar al vulgo, sino compartir ideas con sus pares intelectuales, de tal suerte que elaboró concienzudamente trabajos como: Sobre la medida del círculo, Sobre los cuerpos flotantes, Sobre el equilibrio de los planos o Sobre las espirales, entre otros.

Y entramos aquí al terreno que se debate entre la leyenda y la historia al mencionar el que es, quizá, el episodio más famoso concerniente al pensador griego y una tarea encargada por su amigo Hierón II. Resulta que el poderoso monarca había ganado tantas batallas que surgió en él el deseo de ofrecer un tributo a los dioses como agradecimiento. Para tal efecto, el rey de Siracusa encargó a un destacado orfebre que elaborase una grandiosa corona que debía ser fundida completamente en oro, otorgándole el cliente al artesano la cantidad de oro necesaria para detallar tan exquisita pieza. Cuenta así la historia que, cuando el artífice entregó la joya, el estadista no quedó en absoluto convencido de la honestidad de aquel hombre, sospechando que aquel regalo dedicado a la divinidad, cuya pureza debía encontrarse más allá de cualquier duda, no cumplía tan fundamental condición. Con el propósito de demostrar aquello que temía, llamó a su amigo Arquímedes para que resolviese el misterio.

De este modo, cuenta la leyenda popular que un día, cuando Arquímedes atendía a la súplica de su más cercano sirviente para que acudiese los baños públicos, al sumergirse en la tina y derramarse así el agua, comprendió que había dado con la forma perfecta para demostrar el fraude al que el avieso artesano quería someter al soberano, siendo entonces cuando nuestro sabio presuntamente habría saltado fuera de la tina, para posteriormente correr por la ciudad, tal cual como Dios lo había traído al mundo, gritando “¡Eureka!” –aunque muy poco probable resulta que esto sea cierto, si tomamos en cuenta el carácter del protagonista de la anécdota-. El caso es que el científico supuestamente encargó dos masas de igual peso (el de la corona), siendo una de oro y una de plata. Sumergiendo las masas sucesivamente, se dio cuenta de que la cantidad de agua desplazada era diferente en cada ocasión, repitiendo entonces el experimento con la propia corona, siendo la cantidad de líquido desplazada por esta, distinta a la de la masa de oro que pesaba exactamente lo mismo, demostrando, por tanto, la estafa del artesano.

No obstante, el papel por el cual el genio de Siracusa es más recordado, consiste en su relevante participación en la defensa de su ciudad contra el asedio de los romanos durante la Segunda Guerra Púnica, momento en que el general Marcelo llevó a sus embarcaciones para derrotar a los griegos. De este modo, el rey encomendó a Arquímedes para que ideara algunas máquinas que le ayudaran a derrotar al enemigo, diseñando entonces el matemático una especie de garra que habría levantado y destruido las embarcaciones romanas, mientras habría incendiado otras cuantas mediante unos espejos que, estratégicamente colocados, habrían incendiado las naves –cabe destacar que algunos de estos inventos han sido probados posteriormente por los populares realizadores del programa Mythbusters del Discovery Channel, demostrando tales hazañas como imposibles de llevar a cabo-; siendo, sin embargo, más plausible, la construcción de catapultas que defendiesen la ciudad.

Pero Arquímedes era científico, no mago, por lo que la potente flota romana logró derrotar a sus enemigos, ocupando pues el territorio siracusaní (212 a.C.). Siendo un guerrero, pero también, al parecer, un hombre decente, el general Marcelo ordenó a sus tropas que no hiciesen tropelías en la ciudad conquistada. Habiendo escuchado de las hazañas del sabio en las líneas defensivas helenas, mandó a traerlo para conocerlo, atendiendo a la tarea un bruto descerebrado que llegó con el maestro, al momento en que este se encontraba trabajando sobre el piso en un dibujo de círculos. Tal era la prisa del militar por llevar al forzado invitado, que borró parte del diagrama, protestando entonces Arquímedes con una frase que bien pudo ser “No molestes mis círculos” o “no arruines mis eferas”, hecho que presuntamente habría sacado de quicio al agresor, quien le cortó al instante su magnífica cabeza, por insubordinación[5].

Lamentando profundamente este episodio –cuya exactitud todavía está en entredicho- Marcelo, tras realizar un funeral de honor, mandó sepultar al sabio en una tumba en la que, según los deseos del difunto, se mandó grabar una imagen de una esfera dentro de un cilindro[6], uno de sus tratados geométricos. Y es así como llegó a su fin la vida del excéntrico sabio Arquímedes de Siracusa, cuya figura se ha debatido entre la genialidad de sus inventos y la profundidad de sus estudios.

FUENTES:

“Arquímedes: su vida, obras y aportes a la matemática moderna”. Aut. Edward Parra S. Revista digital Matemática. Vol. 9 no. 1. 2009. Universidad de Costa Rica. www.cidse.itcr.ac.cr   

 “Arquímedes”. Aut. Baltasar Rodríguez-Salinas. Universidad Complutense de Madrid. 

“Arquímedes, el genio de Siracusa”. Aut. Alberto Rodríguez de Rivera Meneses. http://www.uam.es/  

 “Archimedes: Separating Myth From Science”. Aut. Kennethy Chang. www.nytimes.com

“Fact or Fiction?: Archimedes Coined the Term ‘Eureka!’ in the Bath”. Aut. David Biello. www.scientificamerican.com

“Mitos y realidades sobre Arquímedes”. Aut. Eugenio Manuel Fernández Aguilar. 19 de septiembre 2012. http://cienciaxxi.es   

 “Archimedes”. Aut. Twark Main. www.henrygeorge.org    

“Arquímedes de Siracusa”. Aut. DivulgaMAT. http://virtual.uptc.edu.co   

“Eureka! The Story of the Archimedes Principle”. http://quest.nasa.gov

 


[1] Principio de Arquímedes: Todo cuerpo sumergido en un fluido experimenta un empuje vertical hacia arriba igual al peso del fluido desalojado. http://www.fao.org/docrep/012/i0625s/i0625s02a.pdf

[2] Aunque el escritor Mark Twain indica en su escrito “Arquímedes” (firmado como Twark Main) que este científico fue un “hombre sobre valorado, ya que su conocimiento de la mecánica era más bien limitado”. http://www.henrygeorge.org

[3] Alejandría.

[4] Aunque Schneider sostiene la hipótesis de que el interés principal de Arquímedes eran en realidad las artes técnicas. “Arquímedes de Siracusa”. DivulgaMAT. http://virtual.uptc.edu.co

[5] Otra hipótesis dice, sin embargo, que en realidad Arquímedes fue víctima de los saqueadores romanos, quienes vieron en sus instrumentos un valioso botín de guerra.

[6] Esta figura permitió, siglos después, que Cicerón encontrara la tumba perdida /”Arquímedes: su vida, obras y aportes a la matemática moderna”. Aut. Edward Parra S. Revista Digital Matemática. Vol. 9 no. 1, 2009. Universidad de Costa Rica. http://www.cidse.itcr.ac.cr

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