Los sinsabores del poder: Urraca I de Castilla II

Estatua de Urraca I de Castilla y León en el Parque del Retiro, Madrid, España

Estatua de Urraca I de Castilla y León en el Parque del Retiro, Madrid, España

Por: Patricia Díaz Terés

Parte II

El primer arte que deben aprender los que aspiran al poder es el de ser capaces de soportar el odio”.

Séneca

A pesar de haberse firmado los escritos con los cuales compartían el poder Urraca I de Castilla y León y Alfonso I el Batallador, de Aragón y Navarra, acostumbrado estaba el aguerrido caballero, por educación, a que era el hombre quien debía llevar la voz cantante en el dominio del reino, en el castillo y prácticamente en todos lados. Su dama, huelga decir, estaba en desacuerdo.

Cuando Alfonso VI concertó el matrimonio entre su hija Urraca y el Batallador, no imaginó que sentenciaba a su hija a sufrir una serie de vejaciones y maltratos a manos del rey de Aragón quien, acostumbrado a la tienda de campaña más que al lecho matrimonial –y mucho menos a una esposa que tenía la desfachatez de considerarse su igual (!)-, con frecuencia se embarcaba en agresivas discusiones con su cónyuge, llegando incluso a humillarla en público o golpearla en privado: “No solo me deshonraba con torpes palabras, sino que muchas veces mi rostro ha sido manchado con sus sucias manos y he sido golpeada por su pie[i], confesaría la soberana.

Lejos de ser la damisela en peligro que en parte quiso retratar el escritor Ignacio Merino en su libro Alma de Juglar (2011) –en el que un ficticio juglar, Diego de Córdoba, se enamora perdidamente de la reina siendo por ella correspondido-, Urraca era una mujer fuerte y decidida a gobernar el reino que le había legado su padre, por lo que presentó batalla a su marido, utilizando presuntamente en el Vaticano un alegato según el cual el matrimonio era desde su inicio inválido debido a la consanguinidad que la unía con el rey, puesto que el bisabuelo de ambos había sido Sancho III de Pamplona –otras fuentes indican que fue Alfonso I quien repudió a la fémina castellana-, mencionándose de igual manera, la intervención del arzobispo de Toledo, Bernardo de Sédirac -que se encontraba a favor de Alfonso Raimúndez-, para denunciar ante el pontífice Pascual II la irregularidad de parentesco que se presentaba en el matrimonio de los monarcas.

La situación en España, entonces, se vio inmersa en una vorágine de intrigas y batallas para conseguir el trono. De este modo, se desataron una serie de conflictos en los que participaron, además de los soberanos gobernantes, Alfonso Raimúndez, hijo de Urraca y del conde Raimundo de Borgoña y la hermanastra de la reina, Teresa de Portugal. Así, para 1111 Alfonso I trata de hacerse con la mayor cantidad de emplazamientos de importancia en Castilla, mientras su mujer intenta lograr adeptos que se unan a su causa, particularmente nobles aragoneses como García Sánchez o grandes señores de Castilla como la casa de Lara; tales acciones provocan la ira de el Batallador, quien aprisiona a doña Urraca en el castillo de Peralta en Huesca.

No obstante, nuestra protagonista no estaba sola, y es rescatada de su infortunio por su amado Gómez González, conde de Candespina –aunque hay quienes niegan que este romance hubiese tenido lugar alguna vez-, y Pedro González de Lara, quienes la ayudan a llegar a Burgos. Para este momento, Alfonso I ha hecho ya una alianza con Enrique de Borgoña, regente de Portugal y esposo de Teresa, para derrotar a los castellanos, enfrentándose los ejércitos el 12 de abril de 1111 en el campo de Espino, cercano a Sepúlveda, donde Castilla es derrotada y el conde de Candespina resulta aniquilado para el beneplácito del vengativo soberano aragonés.

Por su parte, Enrique de Borgoña y su mujer no tenían empacho alguno de cambiar su lealtad de acuerdo a como convenía a sus particulares intereses, de modo que en poco tiempo encontraron beneficio en apoyar a Urraca, quien a su vez abandonó las rencillas –al menos temporalmente- con su hijo. Nuevamente detectando una amenaza en esta tregua, el Batallador tuvo a bien atacar la comitiva de su hijastro –que iba de camino a encontrarse con su progenitora-, quien escapó a duras penas con Diego Gelmírez, después de que el conde de Traba fuese hecho prisionero.

Tras otras tantas reconciliaciones fugaces y nuevas riñas entre la castellana y el aragonés, Pedro de Lara, el nuevo amante de la reina, junto con Pedro Froilaz, conde de Traba, trataron de detener el implacable avance del ejército dirigido por Alfonso I en persona, enfrentándose en Villafranca de Montes de Oca. Después de la trifulca, los volubles monarcas intentaron un nuevo acuerdo, hecho que molestó sobremanera a Teresa, quien para entonces buscaba el favor del Batallador a quien engañó diciéndole que su indómita esposa había querido envenenarlo –tras la muerte de Enrique de Borgoña, Teresa reconoció y desconoció intermitentemente a su hermanastra como la señora legítima del trono, llevando a Urraca al extremo de tener que apresarla en 1121, asumiendo la viuda el poder de su hermanastra en 1123-. Tragando no cicuta, sino las mentiras de su aviesa cuñada, el rey presuntamente habría repudiado a Urraca, desterrándola definitivamente de los suelos aragoneses y prohibiéndole terminantemente poner un en sus dominios, amenazando con la muerte a cualquier súbdito de Aragón le prestase ayuda alguna. Finalmente la separación oficial del matrimonio tuvo lugar en 1114 –el decreto de la condena del matrimonio se llevó a cabo hasta 1117-, mientras que al año siguiente, la reina de Castilla vio como oportuno designar a su vástago como rey asociado, encargándole defender al reino en contra de los embates de los almorávides.

Por otro lado, el asunto en Galicia distaba de encontrarse en paz, ya que Gelmírez, obispo de Santiago de Compostela, deseaba a toda costa que fuese Alfonso Raimúndez quien ocupase el trono de Castilla y León, no su madre. Sin embargo, utilizando sus habilidades diplomáticas, en 1117 –hay fuentes que ubican esta fecha en 1106- Urraca decidió conferenciar con él, hecho que alebrestó al pueblo gallego, que se alzó en franco motín, harto del gobierno de facto de Gelmírez. En este tenor, los pobladores de Santiago se volcaron contra la catedral haciendo que el “valiente y caballeresco” Gelmírez, arrebatara la capa a un pobre cristiano que por ahí andaba, huyendo el hombre disfrazado entre la multitud embravecida, para ocultarse en la iglesia de Santa María, dejando a su suerte a la pobre Urraca, quien se vio atacada de manera inmisericorde, siendo despojada de sus vestiduras y apedreada, sin que esto le restase, sin embargo, un ápice de su real dignidad, por lo que nuestra valerosa dama plantó cara a los agresores, conminándolos a que le expusieran sus quejas. Sobra decir que este abandono por parte del “bravo” Gelmírez, echó raíces en el corazón de la castellana, quien nunca le perdonó su flagrante cobardía –de hecho lo persiguió hasta que consiguió atraparlo en 1121, pero fue liberado por Alfonso Raimúndez y el conde de Traba-.

Viéndose abrumada por muchos frentes en conflicto, Urraca se vio forzada a pedir la ayuda de Alfonso I, quien intervino para retomar posiciones. Asimismo, menguando un poco la tormenta, Alfonso Raimúndez y Urraca firmaron un condominio con Teresa, al que se unió el escurridizo Gelmírez, quien tenía un miedo pavoroso al conde de Traba. De esta manera, Urraca termina gobernando en León y gran parte de Castilla, mientras su hijo permanece en Extremadura. Para 1124 la alianza de madre e hijo se fortalece, conquistando Sigüenza y haciendo que el Batallador ceda Medinaceli.

Y así, tras una vida en la que sufrió en manos de un destino no por ella elegido, pero con magnífica entereza enfrentado y conquistado, nuestra valerosa Urraca I de Castilla y León falleció al dar a luz al tercer hijo de Pedro González de Lara, el 8 de marzo de 1126, siendo enterrada en el monasterio de San Isidro en León -para que posteriormente sus restos fueran trasladados a la catedral de Palencia, donde permanecen hasta la fecha-, dejando su trono en manos de Alfonso VII, que no fue otro que su amado hijo Alfonso Raimúndez.

 

 

FUENTES:

“Urraca: reina contra todos”. Aut. Asunción Esteban e Inés Calderón. Revista Historia National Geographic no. 37. España, marzo 2007.

 “El tormentoso matrimonio con la reina Urraca de Castilla”. Aut. Iván Giménez Chueca. Revista Clío no. 111. Espapña, enero 2011.

 “Biografía de Doña Urraca. Reina de León y Castilla”. Aut. Mario Agudo. www.arteguias.com

 “Urraca I de Castilla y León, una brava e independiente reina medieval”. Aut. Juan Cantonio Cebrián. www.elmundo.es

“Urraca de Castilla y León”. Aut. Carlos R. Eguía. Enciclopedia Ger. Ediciones Rialp S.A. www.canalsocial.net/ger

“Urraca”www.biografiasyvidas.com

[i] “Urraca: reina contra todos”. Aut. Asunción Esteban e Inés Calderón. Revista Historia National Geographic no. 37. España, marzo 2007.

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