Cuando el futuro nos alcance: Cine futurista I

I, robot (2004)

I, robot (2004)

Parte I

Por: Patricia Díaz Terés

 “Ciencia sin conciencia no es más que la ruina del alma”.

Rabelais

El ser humano pasa mucha parte de su tiempo imaginando su porvenir, enfocando a veces esta perspectiva en el yo, por lo que tales visiones están plagadas de imágenes de la vida del individuo en el futuro: lo que desea, lo que sueña, lo que espera… pero también hay veces en las que una persona, tal vez al ver el noticiero de las diez de la noche, o revisando la prensa en la Internet, no puede evitar preguntarse hacia dónde se dirige este gigantesco, amorfo y heterogéneo “ente” que llamamos humanidad.

De esta manera, los cineastas han proporcionado a lo largo de los años varias opciones para que hombres y mujeres reflexionen sobre cuál será el futuro, no solo de su familia, sino del resto de la raza humana, estando estas visiones entre un brillante porvenir, normalmente dominado por la tecnología, y otro en el que las acciones del pasado repercuten en el surgimiento de temibles perspectivas dominadas por el hambre, la violencia y la falta de libertad. Como siempre acostumbro en este tipo de artículos, advierto a mi amable lector que los siguientes párrafos contienen spoilers de las películas mencionadas, cuyo orden de aparición, además, no depende de su cronología o calidad.

Comenzaremos revisando aquellos filmes en los que los robots, que no la tecnología, han tomado un papel relevante dentro de la sociedad. La primera cinta será así Gigantes de Acero (Real Steel, Shawn Levy, 2011) en la cual los mecánicos personajes han sido introducidos en una actividad específica, el boxeo, explicándose que, mientras los aficionados de este deporte se habían mostrado cada vez más ávidos de sangre, acabó concluyéndose que las confrontaciones en el ring se habían vuelto demasiado peligrosas, por lo que los humanos estarían a salvo de las agresiones mientras manejaban gigantescas máquinas de pelea cuya sofisticación y capacidad les permitía avanzar en las diferentes ligas disponibles. Al final de una historia en la que la relación de un padre, boxeador retirado de nombre Charlie Kenton (Hugh Jackman), y su hijo Max (Dakota Goyo) se estrecha gracias a la tenacidad del muchachito que se empeña en que un viejo robot pelee contra el invencible campeón del mundo; el argumento trata pues de exhibir cómo, sin importar el grado de desarrollo tecnológico que alcancen los aparatos, a final de cuentas es el factor humano el único importante, el que le proporciona a las máquinas su sentido y cualidad.

Por su parte, Yo robot (I, robot, Alex Proyas, 2004) es una cinta que, sin tener mucho que ver con el relato homónimo escrito por Isaac Asimov en el cual se inspira, muestra cómo los robots son utilizados para mejorar la vida de los seres humanos, siendo seres inanimados y absolutamente sujetos a la voluntad de sus amos[i], lo cual redunda en beneficios para la vida en las ciudades hasta que descubren uno que no está dispuesto a seguir los lineamientos, ocasionando una suerte de revolución robótica. En tal sentido, esta película podría –dentro de los límites razonables- considerarse como un equivalente a los antecedentes sugeridos por la franquicia cinematográfica Matrix (Andy y Lana Wachowski, 1999-2003), en cuya precuela en forma de cortometraje animado El segundo renacimiento (The Second Reinassance, Mahiro Maeda, 2003) se explica cómo los robots se rebelan contra sus opresores para entonces dominarlos y ser ellos quienes utilicen a los vivos como fuente de energía. Así, en las tres películas de Matrix se observa un futuro bastante oscuro para la humanidad, ya que los pocos humanos que han logrado evadirse de la Matrix, viven bajo tierra en comunidades un tanto primitivas que, sin embargo, cuentan con la tecnología suficiente para poder enfrentar a las máquinas que desean someterlos.

También en este talante en que los robots pueden desarrollar inteligencia y sentimientos propios se encuentra la película Inteligencia Artificial (Artificial Intelligence, Steven Spielberg, 2001), en la cual, tras el derretimiento de los polos y la consecuente inundación de las ciudades costeras, los humanos se han replegado al centro de los continentes en cuyas ciudades el avance tecnológico ha logrado crear robots que los sirvan, incluyendo en esta servidumbre la sustitución de seres queridos, como es el caso del protagonista David (Haley Joel Osment) que es un robot-niño que ha sido expresamente creado para sustituir al hijo de Mónica (Frances O’Connor) y Henry (Sam Robars) que se encuentra en un estado de cryostasis, es decir, que ha sido congelado en un intento de detener el avance de su enfermedad incurable con la esperanza de encontrar una solución. Lo que los inventores de David no han tenido en cuenta es que el robotito tiene sentimientos, por lo que realmente ama a sus padres adoptivos, quienes por el contrario, al despertar su verdadero hijo, no dudan un segundo en abandonar a la máquina a su suerte, ocasionándole al mecánico infante un atroz sufrimiento.

La utilización de robots por parte de las personas se lleva al extremo en la película Los sustitutos (Surrogates, Jonathan Mostow, 2009), en la que, en un mundo donde las personas han experimentado hasta el hartazgo, y en carne propia, los estragos ocasionados por la violencia y los accidentes, deciden embarcarse en existencias sustitutas “ultraseguras” comprando elaboradas máquinas con apariencia absolutamente humana, a través de las cuales “viven” su vida de manera virtual, en unos cuerpos de ensueño que además cuentan con capacidades increíbles pudiendo, por ejemplo, saltar de edificio en edificio, soportar disparos o levantar automóviles. Lo que la gente no ha tomado en cuenta es que esta robótica interacción les provoca un vacío existencial al no ser ellos, en su propia persona, quienes experimentan el mundo, creándose relaciones interpersonales incompletas y absolutamente disfuncionales. Por supuesto, como era de esperarse, el argumento también plantea el grupo de humanos rebeldes que se manifiestan abiertamente en contra de la utilización de sustitutos, llegando a emplear uno de ellos un artilugio que le permite matar al usuario del robot al mismo tiempo que destruye a la máquina. Esto provoca que, para salvar a los humanos, los sustitutos deban ser desconectados, siendo obligados entonces todos aquellos temerosos hombres y mujeres a salir nuevamente a las calles a continuar su existencia prescindiendo de su escudo invencible.

Por otro lado, la contraparte de esta servidumbre robótica la tenemos en la saga Terminator (James Cameron, Jonathan Mostow y McG, 1984-2009), en la cual se observa cómo un ente tecnológico cuasi omnipotente de nombre Skynet, ha logrado doblegar a la humanidad y ha intentado exterminarla por completo para hacerse con el dominio absoluto del planeta, de modo que las pocas personas que quedan se han visto forzadas a estructurar una rebelión que pretende recuperar el control perdido del mundo, para lo cual necesitan la ayuda de un salvador -algo así como el Elegido, Neo (Keanu Reeves), en el caso de Matrix-, en la persona de John Connor, protagonista de la franquicia y que, en las primeras tres entregas, debe ser salvado irónicamente por una máquina interpretada por Arnold Schwarzenegger. En estos filmes se observa cómo la confianza desmedida de la humanidad en la tecnología eventualmente se vuelve en su contra, ya que las máquinas que crearon son despiadadas y extraordinariamente eficientes.

Pero no solo han sido robots los que han protagonizado las ideas futuristas de los escritores y guionistas cinematográficos, visiones apocalípticas o desarrollos humanos “maravillosos” también han sido explorados, temas de los que hablaremos con más detenimiento en la próxima entrega de esta columna.

 

 

FUENTES:

www.imdb.com

 

[i]Según Asimov todos los robots tienen que seguir sin excepción las “tres leyes de la robótica” que son: 1) Un robot no puede hacer daño a un ser humano o, por inacción, permitir que un ser humano sufra daño. 2) Un robot debe obedecer las órdenes dadas por los seres humanos, excepto si estas órdenes entrasen en conflicto con la 1ª Ley. 3) Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la 1ª o la 2ª Ley (Yo, robot. Isaac Asimov. Ed. EDHASA, 2004).

 

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