La voluble y caprichosa ambición del poder: Madame Mao I

Yunhe

Yunhe

Parte I

Por: Patricia Díaz Terés

No es pobre el que tiene poco, sino el que mucho desea”.

Séneca 

Cuando en una misma persona se juntan una infancia y juventud complicadas, una ambición desmedida y una grave tendencia al melodrama, se crean personajes tan peculiares y conflictivos como el de Madame Mao, tercera y última esposa del dictador chino Mao Zedong, quien sembraba a diestra y siniestra tanto lealtades a prueba de fuego como encarnizados e imperecederos odios –siendo un tanto más frecuentes los segundos, para hacer honor a la verdad-.

La que llegaría con el tiempo a ser la primera dama de la República Popular China, nació en un pequeño pueblito llamado Zucheng, en la provincia de Shadong, con el nombre de Shumeng –xiao ming, que significaba pura y sencilla-, siendo su padre un comerciante de ruedas de nombre Li Dewen –también encontrado como Li Deng-, y su madre una concubina de este hombre sexagenario aficionado al alcohol y a propinar a sus mujeres golpizas implacables.

Por su parte, la madre de Sucheng era una fémina de humilde origen, hija de un funcionario de una escuela de Jinan, tratando la señora todos los días de controlar a sus pequeñas, ya que nuestra protagonista gustaba de antagonizar a su hermana Yunxia, a quien la afición por la fantasía y descontrolado carácter de su hermanita hacían rabiar con frecuencia, llegando la joven a perseguir a Sucheng escoba en mano para vengarse por alguna travesura.

El carácter aguerrido de Sucheng se hizo presente desde su más tierna infancia, teniendo este una clara expresión el día que salió activamente en defensa de su madre cuando su padre, tras regresar de un Festival de las Linternas -seguramente bastante alcoholizado-, la emprendió contra su amante con una pala, fracturándole un dedo y dejándole tremendos magullones en las manos y la espalda. Indignada, Sucheng se lanzó al ataque, valiéndole tal acción a la pequeña un diente quebrado, después de que su padre, enfurecido por la intervención, la golpease duramente en el rostro.

La madre de Sucheng no aguantó la situación por más tiempo, por lo que tomó a su hija y salió de la casa del irascible Li Dewen para comenzar una existencia más o menos errante, en la que ella, en calidad de servidora doméstica, se trasladaba de residencia en residencia. La infancia de Sucheng fue dura, no solo por la situación de sus progenitores, sino también porque, por su “condición inferior”, atraía negativamente la atención de sus compañeros de escuela, quienes de manera inmisericorde se burlaban de aquella niña que se veía forzada a utilizar la ropa desechada por sus medios hermanos, jalando además con frecuencia las dos coletas en las que peinaba sus cabellos.

La chiquilla sabía ocultar sus sentimientos, pero en algunas ocasiones el fuego de su espíritu se rebelaba y se manifestaba de manera contundente sin importar quién fuese el interlocutor; aunque, por otro lado, su sensibilidad extraordinaria la hacía llorar con frecuencia ante las crueles palabras de sus condiscípulos, quienes gustaban de llamarla “la niña sin padre”.

Fue en esta época cuando la futura esposa del caudillo más importante de la China del siglo XX seguramente aprendió a detestar la pobreza, ya que era mirada como inferior en una escuela destinada a las hijas de las familias acomodadas, teniendo que enfrentar en su día a día diversas vejaciones y humillaciones. Harta de todo, Sucheng se involucraba constantemente en peleas, mismas que eventualmente provocaron su expulsión de la institución educativa.

Por otro lado, sin quedar en claro las actividades que incluía el servicio doméstico que su madre brindaba en los hogares en los que se instalaba –muchos dicen que el salario también se le pagaba por calentar los lechos de los caballeros-, lo cierto es que no duraba mucho con cada patrón, hecho que la llevó a regresar al hogar de los abuelos de Sucheng. En el trayecto, la pequeña fue nuevamente testigo del despiadado trato que los poderosos dispensaban a los desposeídos, ya que madre e hija estuvieron a punto de ser atropelladas por un carruaje en el que viajaban un gordo y elegante “caballero” y su pedante hijo, escuchando ellas cómo uno decía al otro: “Una es una perra y la otra su perrita”, palabras que calaron hondo en el espíritu de la madre de la niña, quien amarga e irreflexivamente le dijo a la pequeña: “¿Por qué naciste mujer?”, como si ella fuera la causante de todas sus desgracias.

Llegaron pues a Jinan, donde la niña fue inscrita en la Escuela Primaria Número Dos Anexa a la Escuela Normal Número Uno, lugar donde cambió de nombre para ser Yunhe (Grulla en las Nubes). En tal sitio, la chica aprendió a aborrecer las virtudes confucianas, según las cuales la mujer de soltera debía obedecer al padre, casada al marido y viuda al hijo, principio con el cual la apasionada mujercita estaba en franco desacuerdo, ya que limitaba gravemente su expresión.

Yunhe no estuvo nunca hecha para las labores del hogar, y detestaba el papel al que la sociedad exigía confinarla. De este modo, cuando ella y su madre se trasladaron durante una temporada a vivir con una media hermana, consiguió un empleo en una compañía tabacalera en donde armaba cigarrillos. Escandalizada, la familia le prohibió continuar con la actividad y en 1928 estuvo de regreso en Jinan. Poco después, la madre se esfumó, dejando a Yunhe al cuidado exclusivo de sus abuelos, mismo que la chica rechazó incorporándose a una compañía (troupe) de teatro clandestina en Licheng, uno de los suburbios de Jinan.

Para su llegada a la tal compañía se tienen dos hipótesis: o bien fue secuestrada para que formara parte de las huestes de los “niños dorados y niñas de jade”, o ella misma, confundida, rebelde, huérfana y sola, se embarcó por propia voluntad en tan peligrosa empresa. Un año de semi esclavitud soportó Yunhe, representando en los escenarios diminutos papeles y dedicando el resto de su tiempo a cuanta tarea le era asignada por sus patrones. Sin embargo, libre de cualquier convención social, en este ambiente relajado, la muchachita pudo dar rienda suelta a su verdadera personalidad, la cual tendía alarmantemente, en ciertas ocasiones, a la vanidad y la altanería.

Ahora bien, a pesar de la libertad, mal manejaba Yunhe los maltratos físicos que comenzaba a sufrir en la troupe, de modo que una noche en que sus abuelos asistieron a la presentación de la obra Castigando a la princesa, ofreciendo el abuelo al “empleador” la cantidad que fuese con tal de liberar a su nieta, la chica no opuso la menor resistencia cuando su familia la regresó a su hogar.

Así, mientras sus abuelos seguramente buscaban por cielo, mar y tierra un esposo adecuado para su alborotada nietecita, a ella no había otra cosa que le importase menos que el contraer matrimonio, colocando su atención y empeño en ingresar en la Academia de Artes Experimentales que ofrecía a los jóvenes la posibilidad de desarrollar sus habilidades musicales y teatrales. En esta ocasión ella vio coronado su esfuerzo con una carta de aceptación durante la primavera de 1929, resolviéndose así –de momento- su vida, ya que los estudiantes recibían seis yuanes al mes, además de tener hospedaje y comida gratuitos gracias al subsidio que recibía la institución por parte del gobierno de Shadong. El ingreso en la Academia, a pesar de sus rudimentarios conocimientos artísticos, se dice que se debió a su cabello, mismo que fue apreciado particularmente por el director de la compañía de teatro. Desde este momento, a sus quince primaveras, aquella a quien apodaron “Conejito” –por su mirada inocente y su dulzura (!)- comenzó formalmente la carrera en el ámbito que, eventualmente, salvaría de la catástrofe al propio Mao. Pero de ello y otras muchas cosas hablaremos con más detenimiento en la próxima entrega de esta columna.

 

FUENTES:

“Madame Mao”. Aut. Ross Terrill. Javier Vergara Editor. Argentina, 1984.

 “Las mujeres de los dictadores”. Aut. Diane Ducret. Ed. Aguilar. México, 2012.

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