La voluble y caprichosa ambición del poder: Madame Mao IV

Mao Zedong y Jiang Qing

Mao Zedong y Jiang Qing

Parte IV

Por: Patricia Díaz Terés

Renunciar a mi pasión es como desgarrar con mis uñas una parte viva de mi corazón”.

Gabriele d’ Annunzio 

En 1937 una renovada Lan Ping se trasladó junto con sus compañeros revolucionarios a Yanan, una aldea rural completamente desprovista de los avances que gozaban las ciudades cosmopolitas como Shanghai. Habiéndose labrado nuestra protagonista una personalidad como la arrogante actriz come-hombres, tuvo que cambiar de manera radical su actitud para acoplarse a las modestas costumbres de la localidad, ya que deseaba en algún momento caer en la buena opinión del Partido. En este sentido, por ejemplo, llegó a pregonar las virtudes de las sencillas comidas que consumía, aun cuando su paladar no soportaba los alimentos bastos como el mijo. Sin embargo, más allá de esta aparente doma de su carácter, Lan se acopló a los requerimientos del Partido Comunista, sin que fuera considerada como una integrante destacada o una intelectual como a ella le gustaba verse a sí misma.

De este modo, junto con el resto de los iniciados comenzó a entrenarse, por ejemplo, en el manejo de las armas, al tiempo que invertía tiempo en su instrucción ideológica –habiendo sido aceptada en la escuela del Partido gracias a las influencias de Wang Guanlan, Yu Kiwei y Li Fuchun– pues deseaba obtener la autorización del organismo al que pertenecía para poder continuar con su carrera como actriz. Al mismo tiempo, incapaz de soportar la soledad por demasiado tiempo, tuvo un breve romance con Zhu Guang, de 27 años, quien era parte de la Oficina de Propaganda del Partido. Teniendo más cabeza que corazón en las relaciones de pareja, la dama pronto desechó a su galán por no haberle sido de utilidad.

Pero fue en Yanan donde el destino se reveló ante Lan Ping cuando conoció al gran Mao Zedong. Ella, impactada por la figura de aquel hombre que ya pasaba de los cuarenta años, se hizo el propósito de encontrarse con él personalmente a como diera lugar, para lo cual le escribió una carta en la cual le solicitaba una audiencia para discutir algunas inquietudes ideológicas. Cuenta así una versión de la historia, que la señorita se apersonó en los aposentos de Mao sin haber sido invitada, mostrando una extraordinaria soltura al saludar a los atónitos guardias como si se tratase de viejos amigos. Si se hace caso de esta línea de historia Lan se habría introducido casi a la fuerza en la oficina del líder, de quien obtuvo un frío recibimiento, limitándose el hombre a recomendarle unas cuantas lecturas.

Sin aclararse totalmente cómo inició la relación, se dice que en una ocasión Mao le regaló a la joven una entrada para la conferencia que dictaría en el instituto Marx-Lenin, a la que ella asistió puntualmente. Poco después ella hizo lo propio con Mao al obsequiarle una entrada para el teatro, asistiendo él a la función con el objetivo de encontrarse con aquella muchachita que seguramente lo desconcertaba y lo atraía al mismo tiempo, aplaudiendo el caballero tan fuerte la actuación de ella, que su esposa por aquel entonces, He Zhizen, ardió en cólera.

Lo cierto es que poco a poco los dos comenzaron a ser vistos en público ante la mirada reprobadora del Partido, que consideraba poco adecuada la conducta de Mao para con la heroína revolucionaria Zhizen, mientras que su nueva conquista tenía un escabroso pasado como actriz en Shanghai, y para colmo de males había sido apresada por los nacionalistas, renegando ella, según los informes, de su condición de comunista para librarse del trance.

La relación de Lan Ping y Mao Zedong no tardó en ser abiertamente rechazada tanto por los altos mandos del Partido como por la gente común. De este modo, recibió cartas por ejemplo del jefe oficial del Partido, Lo Fu, y tuvo que enfrentar una huelga de los estudiantes de la escuela pública de Shaanzi. Ante las presiones –y después de haber amenazado con regresar a su aldea para regresar al anonimato, abandonando la bandera de la revolución si no lo dejaban en paz- el líder comunista dijo: “¡Me casaré mañana mismo! ¡Que la gente se ocupe de sus propios asuntos!”, de modo que organizó un pequeño banquete en el que no hubo ninguna ceremonia, y con ello la actriz quedó por fin instalada como su esposa oficial, siendo sin embargo condicionada por el Partido –para dar su aprobación al enlace a abandonar por 30 años cualquier actividad artística o política, para dedicarse por completo al cuidado de su flamante esposo, quien había llegado a decir que sin el amor de aquella mujer no podría continuar con la revolución.

Para entonces Lan Ping era una mujer mucho más experimentada y astuta que cuando tuvo su tormentoso matrimonio con Tang Na. De esta forma, se cuidó mucho al principio de criticar o exigir cualquier cosa a su marido, con quien vivía en la colina del Fénix en una caverna de tres habitaciones en Yang Jialin. Asimismo, a Mao le pareció oportuno que su mujer tomara un nuevo nombre, más adecuado a su nuevo rol, eligiendo Jiang King –o Jiang Qing– (Rio Verde).

No obstante, no todo era miel sobre hojuelas en el nuevo matrimonio ya que, cuando ella enfermó de tuberculosis, su “amoroso” cónyuge tuvo a bien enviarla durante tres meses a un ejercicio en el campo en el que debía sobrevivir, junto con un grupo de comunistas, en condiciones climáticas terribles, siendo el clímax del desafío el conseguir la comida suficiente para sobrevivir por sus propios medios. Sin dejarse abatir por su condición, Jiang Qing superó la prueba en el desierto de Nanniwan.

El fuerte carácter de Jiang se fue consolidando en su hogar poco a poco y cuando nació su primera hija con Mao, Li Na, el temor reverencial que sentía por su esposo desapareció, y entonces el antiguo fuego de Lan Ping resurgió, volviendo con él su altanería y su espíritu posesivo. En cuanto nuestra protagonista sintió que podía hacerse aunque fuera solo con un poco del poder de su marido, comenzó a expresarle sus contundentes opiniones, a la vez que favoreció a sus amigos y despreció a sus enemigos. Pronto esta nueva faceta de la “dócil” esposa llevó a la pareja a tener violentos enfrentamientos verbales, incluso en presencia de terceros. Esto no sorprende si se toma en cuenta de que cada vez la complicada personalidad de Jiang se mostraba con mayor frecuencia y de maneras más estrambóticas.

Resulta que nuestra revolucionaria olvidaba sus “justos” ideales en cuanto ponía un pie en su casa, por lo que a sus pobres criadas las trataba como esclavas. De esta manera –y recordando un poco a la temible Erzsébet Báthory– lavarle el cabello, por ejemplo, era una tarea de alto riesgo, ya que Jiang enfurecía si su empleada no lo hacía perfectamente. Por otra parte, no dudaba un segundo en lanzar acusaciones insensatas y peligrosas en cuanto se imaginaba cualquier amenaza. Una de las víctimas de esta nueva Jiang Qing fue la niñera de su hija, a quien en 1943 acusó formalmente de intento de homicidio, habiendo comenzado la esposa de Mao a vociferar: “¡Has venido aquí armada con veneno! ¡Confiésalo!” a la aterrorizada chiquilla que la servía. El resultado de este episodio fue que, gracias a que la señora Mao tenía un mal estomacal que le provocó diarrea, sin tardanza su retorcida lógica le indicó que la pobre muchachita había tratado de asesinarlos a ella y a su brillante marido, por lo que ordenó que la joven fuera enviada a la prisión del Jardín de los Dátiles, donde la inocente sirvienta tuvo que repetir hasta el cansancio que había obtenido la leche de la propia vaca de los Mao, y que no había adicionado ninguna otra sustancia al vaso de sus patrones. Nueve meses tardaron en creerle.

Jian Qing y Mao Zedong estaban ambos ya muy próximos a alcanzar sus objetivos, pero para hacerse con el control total de China aún faltaba vencer a Chiang Kaishek, el líder del Partido Nacionalista e instalarse establemente como líderes incontestables de un Estado comunista, pero de esto hablaremos con más detenimiento en la conclusión de esta serie de artículos la próxima entrega.

 

FUENTES:

“Madame Mao”. Aut. Ross Terrill. Javier Vergara Editor. Argentina, 1984.

 “Las mujeres de los dictadores”. Aut. Diane Ducret. Ed. Aguilar. México, 2012.

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