Un temible reformador: Pedro I el Grande II

Pedro I el Grande

Pedro I el Grande

Parte II

Por: Patricia Díaz Terés

Ojo por ojo y todo el mundo acabará ciego”.

Mahatma Gandhi

En una nación basada en la fuerza de sus tradiciones, la apabullante personalidad y las intenciones reformadoras del zar Pedro I generaron sentimientos encontrados y polarizados en la sociedad rusa de los siglos XVII y XVIII. De esta manera, podían encontrarse en la misma ciudad gran cantidad de personas que pensaban que era la esperanza personificada para alcanzar a un futuro mejor, y aquellos que opinaban que se trataba del mismísimo Anticristo que había llegado a la Madre Rusia para castigarla por sus pecados pasados.

Pero pocos hombres, por no decir ninguno, pueden situarse sin empacho en los extremos del bien y del mal -eliminándose sus defectos en el primer caso y sus virtudes en el segundo-, sin ser Pedro la excepción. Cuando el joven monarca salió de Moscú en la Gran Embajada en 1697, lo hizo con la intención de recolectar información en diversos países europeos sobre la mejor forma en la que podría modernizar su propio territorio, además de buscar apoyo para emprender una guerra que le permitiese derrotar a los otomanos. De esta forma, durante su viaje fue recibido por las cortes de Varsovia, Viena, Amsterdam y Londres.

La estancia en las tierras británicas durante 1698 resultó particularmente beneficiosa para nuestro aguerrido protagonista, lo cual se debió en buena parte a que los británicos requerían de la aprobación del zar para restablecer las fructíferas relaciones comerciales que se habían perdido, de modo que Pedro recibió por parte de tal gremio miles de libras. Asimismo, el soberano disfrutó de su estancia en casa del escritor John Evelyn, cuyo hogar estaba convenientemente situado a una prudente distancia de Londres y cercano a los muelles que el joven estadista gustaba de visitar, con la finalidad de aprender cuanto pudiese sobre la elaboración de los planos de los barcos.

Pero ya en las tierras shakespearianas, Pedro I dio muestras de las conductas inciviles que lo harían un hombre un tanto desagradable para cuanto extranjero llegara a la corte rusa. Sin tomar en cuenta el derecho que sobre las habitaciones en las que se alojaba tenía realmente, el zar y sus compañeros hicieron gran cantidad de destrozos en la casa de Evelyn. De este modo, gran pesar sintió el literato al ver sus alfombras manchadas con grasa, sus sillas quemadas en el patio, sus ventanas rotas y sus pinturas agujereadas tras haber sido utilizadas como blancos de tiro.

Las noticias sobre el carácter de la comitiva rusa pronto se difundió por la corte inglesa, por lo que en la Torre de Londres buen cuidado tuvieron de no mostrarle al zar el hacha que fue utilizada para decapitar al rey Carlos I el 30 de enero de 1649, evento que había causado en el entonces zar Alexis I una gran impresión, montando el padre de Pedro en gran cólera por el suceso. Así, los responsables de los objetos históricos resguardados en la Torre decidieron que era demasiado arriesgado mostrarle el arma al visitante, ya que probablemente la tomaría entre sus manos para posteriormente arrojarla sin miramientos al Támesis para desquitar la ira sufrida antaño por su padre.

No obstante las alocadas y descorteses conductas de sus huéspedes, el rey Guillermo III –Guillermo II de Escocia- sabía cómo tratarlos. Conociendo la debilidad que Pedro sentía por los barcos, optó por regalarle el Royal Transport, una de las naves más modernas de la época, la cual fue convenientemente decorada con algunos ornamentos de oro y otras extravagancias para hacerla digna de un zar. El joven soberano se mostró sumamente entusiasmado con el regalo, haciéndose también amigo del diseñador de la embarcación, Peregrine Osborne, marqués de Carmarthen, con quien disfrutó numerosas y alegres veladas que eran generosamente bañadas con las más exquisitas bebidas alcohólicas.

El barco regalado por el monarca inglés tenía ya para la fecha del obsequio un capitán de nombre William Ripley, quien se había hecho una oscura fama por maltratar cruelmente a su tripulación, noticia que no removió el ánimo del zar, por lo que el marinero optó por quedarse al servicio del nuevo dueño del navío, trasladándose junto con la embarcación a Rusia. De igual forma, Pedro decidió “invitar” a sesenta especialistas en la construcción y diseño de barcos para que regresasen con él a su patria, arrepintiéndose después aquellos que aceptaron ya que pronto se hallaron en las tierras rusas en calidad poco menos que de prisioneros, ya que demasiado trabajo les costó obtener un permiso para regresar a Inglaterra con sus familias.

Al concluir las aventuras en Londres, Pedro el Grande se trasladó entonces a Viena para tratar de obtener de Leopoldo I la ayuda que le había sido negada por Augusto III de PoloniaFederico I de Prusia había accedido a apoyarlo en sus empresas, pero no militarmente-, enterándose de que el austriaco únicamente deseaba firmar la paz con los turcos.

Estando en la corte de Viena, el zar recibió un mensaje urgente por parte del príncipe Fyodor Romodanovsky, quien le anunciaba una nueva revuelta por parte de los odiados Streltsy. Sin tardanza, Pedro I volvió a toda prisa a Moscú en septiembre de 1698, encontrándose con que la rebelión había sido sofocada por sus fieles ministros. No obstante, el monarca se juró que nunca más ocurriría algo similar, por lo que apresó a tantos streltsy como pudo. Convencido como estaba de que tras este hecho se encontraba la mente de su hermana Sofía, Pedro decidió zanjar la cuestión de una vez por todas –probablemente sus acciones también fueron guiadas por una sed de venganza instalada en su interior desde su niñez- y dirigió en persona muchos de los interrogatorios, participando activamente en la tortura de los detenidos. Los prisioneros streltsy fueron aniquilados. Mientras muchos fueron decapitados –el propio zar cortó varias cabezas-, ciento noventa y seis fueron colgados afuera del convento en el cual estaba encerrada Sofía, encargándose el soberano ruso de que tres de los cabecillas fuesen situados exactamente frente a la ventana de su hermana, donde permanecieron durante todo el invierno.

Con esta acción Pedro el Grande se deshizo sus enemigos a través de la erradicación del cuerpo de los Streltsy en febrero de 1699, habiendo ya eliminado anteriormente el obstáculo que le representaba su esposa Eudoxia –o EudokiaLopukhina, con quien había contraído matrimonio en 1689 y a quien detestaba con todas sus fuerzas –a pesar de haber engendrado con ella tres hijos de los cuales solo sobreviviría el mayor, Alexis-, por lo que decidió divorciarse de ella en agosto de 1698 y encerrarla después en el convento de la Intercesión de la Virgen en Suzdal a orillas del río Kamenka.

Sintiéndose ahora completamente en libertad, Pedro I se dio a la tarea de occidentalizar a su país, pero como todo buen hombre de armas, utilizó la fuerza en lugar de la diplomacia. De esta manera, muchas de las reformas impuestas por el zar –estas abarcaron todos los ámbitos desde el gobierno, el sistema financiero, el comercio, la industria, la educación y el arte hasta las formas sociales- no fueron bien recibidas en los diferentes círculos de la sociedad moscovita –y rusa en general-, a quienes trató de arrebatarles costumbres ancestrales. Como ultraje pues sintieron, por ejemplo, los boyardos[1] cuando su soberano les ordenó cortar sus ancestrales barbas –en 1705 el voluntarioso Pedro permitió que utilizaran su barba nuevamente, pero únicamente después de pagar un elevado impuesto-.

De este modo, de los subsiguientes esfuerzos del zar por modernizar su país y su decisión de construir una nueva capital cosmopolita, hablaremos más extensamente en la próxima entrega de esta columna.

 

 FUENTES:

“Pedro el Grande. El modernizador de Rusia”. Aut. Pedro Rueda Ramírez. Revista Historia National Geographic no. 43. España, septiembre 2007.

 “Peter the Great”. www.rusartnet.com

“Peter the Great”. www.rmg.co.uk

[1]Alta nobleza más próxima al zar.

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