Un temible reformador: Pedro I el Grande III

Pedro I el Grande

Pedro I el Grande

Parte III

Por: Patricia Díaz Terés

El carácter es la fuerza sorda y constante de la voluntad”.

Herni Dominique Lacordaire 

El zar Pedro I de Rusia, el Grande, era un hombre temible en más de un sentido. Para empezar era un caballero de impresionante figura, con gran estatura y anchos hombros, cuya fortaleza física le permitía realizar pesados trabajos en uno de sus lugares favoritos: los astilleros, pues le agradaba en gran medida la construcción de los barcos. De igual manera, tal fuerza le hizo posible trabajar activamente para ver realizado su más grande sueño: la construcción –literalmente hablando- de una nueva capital cosmopolita que representara dignamente a su vasto imperio.

Por otra parte, sus capacidades físicas se veían complementadas por un férreo y apasionado carácter que aterrorizaba a sus cortesanos, ya que todos sabían que no debían contrariar al soberano, porque que este podía estallar en cualquier momento en uno de sus legendarios accesos de cólera, en los cuales no lograba medir el alcance de sus acciones, comenzando a vociferar y llegando incluso a los golpes a la menor provocación. No obstante, su inteligencia era también considerable –de hecho estudió ciencias como la mecánica, la medicina y la astronomía, y disfrutó de audiencias con grandes mentes de su tiempo como Gottfried Wilhelm Leibnitz o Sir Isaac Newton, llegando a ser miembro honorario de la Academia Francesa de Ciencias (1717)-, por lo que también podía llegar a ser el más hábil de los negociadores, característica que lo convirtió en un notable diplomático.

Para el levantamiento de su ansiada capital, San Petersburgo, Pedro I tuvo que aplicar cada una de sus capacidades. Primero que nada, tuvo que conseguir el lugar, encontrando el sitio idóneo en un territorio ganado durante la Gran Guerra del Norte –que duró 20 años-, en la que el monarca ruso se enfrentó a Carlos XII de Suecia, siendo este último derrotado. Posteriormente decidió que lo segundo que tenía que hacer, era levantar una fortificación que pudiese defender eficazmente la desembocadura del río Neva, construyendo además un puerto comercial. Tal fortaleza fue la de San Pedro y San Pablo, cuyos trabajos iniciaron el 16 de mayo de 1703 –en este mismo año el zar comenzó a vivir, después de haberse divorciado de su primera esposa, con Martha Skowronska, una campesina que le fue entregada como regalo por el príncipe Alexander Menshikov, y que con el tiempo se convertiría en Catalina Alexeyevna, nombre con el cual desposó a Pedro en 1712, dándole la dama diez hijos de los cuales sobrevivieron tres: Anna, Elizabeth y Pedro Petrovich-, trasladándose en este tiempo el zar una pequeña covacha, que le servía de refugio mientras él participaba activamente en la construcción de su fuerte.

A finales de ese año, nuestro protagonista capitaneó la nave Estandarte por el golfo de Finlandia, siendo este el primer barco ruso en lograr tal hazaña. Continuó así Pedro con el levantamiento del Almirantazgo, un astillero que en algún momento albergaría el cuartel general de la flota rusa. Pero el zar no deseaba contentarse con una ciudad estratégica y deslustrada, por lo que la llegada del arquitecto Domenico Trezzini le vino como anillo al dedo, pues tenía este hombre ya gran fama por haber construido el hermoso palacio de Federico IV de Dinamarca, convirtiéndose así de inmediato en maestro de edificaciones de Rusia el 1 de abril de 1703.

Diez años más tarde comenzó la construcción de la catedral de Pedro y Pablo, complicándose la erección de la ciudad en general por el complicado terreno en el cual se asentaba, ya que era muy similar a Venecia: pantanos que se cobraban con demasiada facilidad la vida de los trabajadores llegados de todas las partes del territorio ruso –la cantidad de muertes hicieron que se dijera que San Petersburgo era una “ciudad edificada sobre huesos”-.

A pesar de la reticencia de los nobles para trasladar su residencia a la nueva ciudad, Pedro el Grande consiguió doblegarlos. La primera en ser convocada fue su hermana Natalia, siguiéndola otros tantos aristócratas y cortesanos –a quienes se les solicitó que construyeran sus viviendas al estilo inglés, con planos diseñados por Trezzini, a lo largo de la orilla izquierda del Neva-, mismos que fueron “acompañados” por gran cantidad de comerciantes, funcionarios y otro tipo de trabajadores, cuyas casas fueron ubicadas en la ribera derecha del Neva con características mucho más modestas que las de la clase alta.

Para 1712 el zar pudo establecer oficialmente a San Petersburgo como capital de Rusia, convirtiéndose en capital de todo un imperio cuando Pedro se proclamó emperador el 22 de octubre de 1721. La población pronto se multiplicó y para 1714 el asentamiento contaba ya con 34 mil 500 edificios, mismos que fueron colocados de manera ordenada y hermosa, basándose primero su disposición en la ciudad de Ámsterdam, cambiando después de idea Pedro al conocer París en 1717, basando los diseños posteriores en la capital francesa. Habiendo quedado considerablemente impresionado por la magnificencia de Versalles, el soberano decidió que su grandiosa capital no podía parecer inferior, por lo que contrató al arquitecto Alexandre Leblond, cuyo nuevo plan urbanístico incluyó la construcción de tres grandes avenidas que desembocarían en el Neva, siendo la principal de ellas la Nevsky Prospekt, que llevaba desde el Almirantazgo hasta el monasterio de Alejandro Nevsky.

Miles de vicisitudes tuvieron que soportar los primeros habitantes de San Petersburgo por la obstinación de su monarca, ya que el hecho de que no hubiese terrenos adecuados para la agricultura en sitios cercanos, provocaron que se tuviesen que trasladar todo tipo de alimentos desde todos los rincones de la Madre Rusia. Al mismo tiempo, el hecho de que gran parte de las construcciones, particularmente las más humildes, estuviesen hechas con madera dio origen constantes incendios. Para colmo de males, las inundaciones eran un peligro constante, ya que el río se desbordaba llevándose tanto a las construcciones como a los humanos, siendo el peor desastre de tal tipo registrado en 1721, evento que le costó a la corona dos millones de rublos.

Sin embargo Pedro el Grande se salió con la suya y finalmente coronó su adorada capital, también conocida como La Venecia del Norte, con la magna construcción de su palacio de Peterhof a orillas del mar Báltico, de cuyo diseño se encargó Trezzini, mientras Leblond ideó unos hermosos jardines geométricos y terrazas decoradas con esculturas y fuentes.

Por otra parte, y dejando de lado todos estos logros arquitectónicos, el zar encontró un gran punto de conflicto en su propia familia. Su hijo Alexis –hijo de Eudoxia Lopukhina-, el heredero del trono, había resultado tener un carácter completamente contrario al de su padre, por lo que se le percibía como un chico reservado e intelectual, que no gustaba de la actividad física y mucho menos de las acciones bélicas, para horror de su padre. De este modo el implacable monarca lo amenazó de todas las maneras que se le ocurrieron para que su hijo cambiara su actitud, logrando únicamente que el joven huyese despavorido hacia Viena. Finalmente, con promesas de cambio y uno que otro halago, Pedro I logró que su vástago retornase a Moscú, tan solo con el objetivo de ubicarlo como cómplice en una conspiración para dar un golpe de Estado, ordenando el zar que se apresara y torturara a su propio retoño, para luego programar su ejecución, misma que no llegó a llevarse a cabo debido a que el muchacho falleció en extrañas circunstancias en la prisión el 26 de junio de 1718.

Pero ¿cómo acabaría la vida de un hombre tan tenaz, aguerrido, cruel y errático como Pedro el Grande? Por un acto heroico –o al menos eso se piensa-. Se cuenta que en 1724, mientras el zar navegaba de Kronstadt a la capital, en una fría y tormentosa noche de octubre, su embarcación encontró un naufragio no lejos de la villa de Lakhta. Sin dudarlo un momento, el emperador se lanzó al rescate, participando él mismo en el salvamento de los hombres, hundiéndose sin temor en las heladas aguas hasta la cintura. De este modo, se dice que fue este evento el que provocó que su majestad cayese gravemente enfermo –aunque se sabe que tenía serios problemas con la vejiga y las vías urinarias-, sufriendo una horrible agonía que concluyó el 28 de enero de 1725, cayendo el peso del gobierno en manos de su esposa Catalina.

Hombre tenaz, brillante y despiadado, Pedro I el Grande ha pasado a la historia como uno de los más grandes zares de Rusia, que ayudó a levantar un imperio que perduraría durante siglos, perpetuándose su dinastía –Romanov– hasta el día en que Nicolás II fuera asesinado durante la Revolución de 1917.

 

FUENTES:

“Pedro el Grande. El modernizador de Rusia”. Aut. Pedro Rueda Ramírez. Revista Historia National Geographic no. 43. España, septiembre 2007.

“Pedro el Grande. Artífice de San Petersburgo”. Aut. María de los Ángeles Pérez Samper. Revista Historia y Vida no. 396. Marzo, 2001.

 “Peter the Great”. www.rusartnet.com

“Peter the Great”. www.rmg.co.uk

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