Y después del apocalipsis zombi ¿qué? II

13 octubre 2015

Parte II

Por: Patricia Díaz Terés

De las miserias suele ser alivio una compañía”.

Miguel de Cervantes

Líder o seguidor, cazador o presa, pero a final de cuentas superviviente, así es una persona viva y sana que aparezca en cualquier serie de televisión o película que aborde el tema del “apocalipsis zombi”. Siendo tan variadas las personalidades de los personajes que han protagonizado este tipo de producciones, todos ellos, sin embargo, comparten dos elementos en común: la pérdida y la búsqueda. Sin importar el género desde el cual se aborde el tema (horror, ciencia ficción o incluso comedia), aquellos que corretean en el planeta tratando de salvarse de cadáveres ambulantes o enloquecidos infectados han perdido seres queridos, sus hogares, su seguridad física y otras tantas cosas; y a su vez se lanzan en una búsqueda por recuperar cualquiera de ellas.

Pero antes de entrar en materia, hacemos aquí nuevamente la advertencia de que este artículo contiene numerosos spoilers, por lo que si no han visto (y aún desean hacerlo) las películas Zombieland y 28 Days Later (Exterminio) se recomienda abandonar aquí la lectura.

Empezaremos entonces por analizar la situación de la película Zombieland (Ruben Fleischer, 2009). En esta cinta, que entra en el género de la comedia, el protagonista, Columbus (Jesse Eisenberg), es un joven común y corriente, no particularmente valiente, pero sí bastante inteligente, lo cual le permite crear para sí mismo una serie de normas con las cuales él sabe que puede sobrevivir en un mundo en el cual debe enfrentarse a los muertos vivientes. De este modo, el joven –que no es atlético en absoluto- hace calentamiento antes de incluirse en cualquier situación que le demande un esfuerzo físico, con lo cual evita lastimarse; revisa cuidadosa y sistemáticamente cualquier lugar al que pretende entrar; desconfía de cualquier persona y sobre todo evita ser el héroe, porque según su hipótesis, esta última opción lo llevará a una muerte segura.

Paranoico por naturaleza, Columbus se encuentra con su complemento fuerte, en este caso encarnado en Tallahasse (Woody Harrelson), que es un hombre maduro que va por este apocalíptico escenario con una actitud cínica y despreocupada, pues él ha encontrado ya un buen vehículo y una abundante provisión de armas. Obsesionado con conseguir un pastelito Twinky –y arriesgando su propia vida por ello-, este hombre no tiene reglas que seguir, sino que enfrenta las situaciones conforme se le presentan, empleando su valor y habilidades, de las cuales se siente bastante seguro.

A su vez, esta dupla masculina da con su contraparte femenina en dos hermanas, Wichita (Emma Stone) y Little Rock (Abigail Breslin), quienes se manejan con un código carente de la ética más elemental, ya que ellas solo piensan en sobrevivir juntas, por lo que si para lograrlo necesitan engañar, robar o amenazar a cuando individuo se les atraviese, así sea. Habiendo tenido ya desde antes del apocalipsis zombi la costumbre de estafar a la gente, ellas han descubierto que este mecanismo también funciona después de la hecatombe, por lo que no dudan de privar al prójimo de armas, comida o vehículos.

A final de cuentas el argumento lleva a tan distintos personajes a formar un frente común contra los zombis –y a Columbus a romper su regla de oro con tal de salvar a su amada Wichita y a Little Rock– con el afán de sobrevivir, creándose entre ellos lazos de confianza que finalmente son los que les permiten lograr su cometido. Y es aquí donde vemos cómo en un mundo en el cual la raza humana enfrenta su propia extinción, es la formación de comunidades la que le proporciona la posibilidad de subsistir tanto física como emocionalmente.

Caso similar -aunque en el género de horror- se presenta en la cinta 28 Days Later (Exterminio, Danny Boyle, 2002), en el cual Jim (Cillian Murphy) es un mensajero que se despierta en un desierto hospital después de que una terrible enfermedad llamada Rage –misma que provoca que la persona infectada pierda sus facultades mentales transformándose en un agresivo animal caníbal- haya infectado a la mayor parte de la población de las islas británicas. En Jim observamos así el comportamiento totalmente plausible de una persona normal que se despertase en semejante situación, pues completamente desorientado y vestido tan solo con una poco funcional bata de hospital, comienza a recorrer primero el nosocomio y luego la ciudad de Londres, tratando de encontrar algo o alguien que le explique qué es lo que ha sucedido.

Dejando de lado el hecho de que la película se torna aún más sobrecogedora porque el director Danny Boyle consiguió permiso para vaciar literalmente algunas de las zonas más emblemáticas de la capital británica, utilizando así locaciones y no sets armados, la sensación de soledad que transmite Murphy se transmite al público compartiendo este la consternación del personaje.

Sin embargo, este sentimiento de soledad absoluta pronto se transforma en terror para el protagonista cuando se encuentra al primer grupo de infectados, a quienes ubica en una iglesia, ya que no comprende por qué aquel grupo de personas que tienen los ojos inyectados en sangre y lanzan gruñidos estremecedores se le echan encima en un abrir y cerrar de ojos y tratan de matarlo. Tras huir despavorido de aquel sitio, Jim se topa entonces con una mujer, Selena (Naomie Harris), quien logra salvarlo después de encerrarse ambos tras una cortina de metal que cierra una tienda. Y aquí es donde la joven le explica al recién llegado lo que ha sucedido con el mundo. En este caso Selena ha tenido tiempo para adaptarse a la situación, por lo que va armada y lleva consigo provisiones –chocolates y refrescos, que es lo único que ha podido encontrar-, ella representa entonces a lo largo de la cinta la parte racional que actúa en el ser humano en una situación de supervivencia.

Por su parte Jim es más sentimental, por lo que no es extraño que lo primero que desee sea ver a su familia, a pesar de que su compañera le advierte que con seguridad están muertos o infectados. Aferrado a sus afectos, el personaje encarnado por Cillian Murphy logra hacerse acompañar hasta su casa donde, efectivamente, encuentra a sus padres que se han quitado la vida, enfrentándonos entonces nosotros como espectadores con otra reacción al fin del mundo: la autoaniquilación, elegida por todos aquellos que antes de sufrir un destino terrible como infectados, han preferido salir de este escenario por su propia mano sin siquiera luchar por sobrevivir. ¿Cobardía? ¿Sensatez? Depende de la personalidad del individuo que observe el contexto.

Pero como en todos los apocalipsis zombi, solamente aquellos que se empeñan en continuar vivos están dispuestos a enfrentarse a la soledad y los numerosos problemas que representa la simple existencia. De esta forma, en esta cinta observamos nuevamente cómo la formación de comunidad es una necesidad básica del ser humano, por lo que Jim y Selena emprenden camino en busca de otros no infectados, localizando entonces así a Frank (Brendan Gleeson) y su hija adolescente Hannah (Megan Burns), quienes han decidido atrincherarse en su departamento, habiendo colocado luces en la ventana para atraer a cualquier individuo sano. En este caso el padre de familia deja algo muy claro, él sabe que su hija no podrá sobrevivir sola, necesita adultos que la ayuden, y es así como comparte todos sus recursos con sus “invitados” con el convenio tácito de que si algo llegase a ocurrirle a él, la jovencita quedaría protegida.

Nuevamente vemos la formación de un grupo de personas bienintencionadas. Sin existir en este caso nadie que quiera aprovecharse del otro, todos ellos forman lazos de amistad casi instantáneos, lo cual les permite gozar de ciertos momentos de tranquilidad e incluso diversión. En este contexto, Selena reflexiona sobre el futuro de la humanidad, fijando su atención en un elemento que es obviado por otros filmes similares: la creación artística. La mujer revela entonces su parte nostálgica al manifestarle a Jim que no puede creer que nunca habrá una película, una pintura o un libro que no existiesen previamente. Aquí se muestra entonces el anhelo de trascendencia del ser humano, mismo que es fácilmente bloqueado por la necesidad de cubrir los requerimientos físicos básicos, que sin duda resulta apremiante para los supervivientes de un apocalipsis zombi.

Y para concluir con el espectro de las posibilidades en las reacciones humanas en un mundo devastado, este amigable equipo va a dar de narices con los “villanos”, aquellos que sobreviven a costa de los demás, en este caso representado tan nefasto bando por un grupo de militares que a través de una transmisión de radio, han ofrecido a los incautos refugio y una cura para la enfermedad, siendo todo ello mentira. Dando primero estos sujetos una sensación de seguridad gracias a su pesado armamento y aparentemente inexpugnable fortaleza, comparten con los recién llegados –a los cuales les falta un miembro al haber sucumbido Frank a la enfermedad- su agua, refugio y su comida. Poco tiempo pasa para que estos egoístas individuos revelen su verdadero cometido, pues lo único que desean es apoderarse de las mujeres para usarlas a su gusto, lo cual por supuesto genera la indignación del heroico Jim, quien en contra del reglamento de Columbus, después de lograr escapar de los soldados que han intentado eliminarlo, irrumpe salvajemente en la habitación donde tienen cautivas a sus amigas para posteriormente emprenderla a brazo partido con los agresores, logrando la victoria con la ayuda de un infectado –que él libera a propósito- que los militares tenían encadenado en el patio trasero con fines experimentales –deseaban observar cuánto tiempo tardaba en morir sin ser alimentado-.

Jim pierde –temporalmente- entonces su humanidad para salvar a sus seres queridos. Los enemigos han perdido su humanidad por cosificar a las personas. Es así como nos enfrentamos por primera vez a la deshumanización del individuo, aunque por motivos diferentes. El defensor y el abusivo, ambos pierden sus códigos éticos, pero con fines opuestos. Jim sigue siendo, entonces, un héroe, sin transformarse en un antihéroe, pues él está consciente de que matar no es correcto, pero también se ha dado cuenta de que sus enemigos no le dejan otra opción que suprimirlos.

Habiéndose filmado dos finales para esta cinta: uno feliz en el cual Jim, Hannah y Selena son encontrados eventualmente por otros supervivientes que disponen de un avión; y otro bastante más deprimente en el cual se da a entender que Jim muere a causa de una herida sufrida durante el enfrentamiento con los soldados, la cinta plantea un escenario no del todo descabellado de un apocalipsis zombi. Sin darle un tinte humorístico o de ciencia ficción, esta cinta nos lleva el evento apocalíptico a un nivel en el que cualquiera puede sentirse identificado con alguno de los personajes, pues sus juicios y decisiones parten de bases realistas, tanto físicas como emocionales. Son individuos comunes sobreviviendo en un mundo atrapado por el caos, llevando inevitablemente al espectador a preguntarse ¿qué haría yo?

Pero el tema no ha sido concluido, por lo que la siguiente semana, terminaremos esta serie de artículos abarcando a detalle la variadísima gama de personajes y escenarios que plantea la serie televisiva The Walking Dead con respecto a la sobrevivencia en un mundo dominado por los zombis.

 

FUENTES:

www.imdb.com


Y después del apocalipsis zombi ¿qué? I

3 octubre 2015
Robert Neville, I Am Legend (izq.) y Thomas, Maze Runner (der.)

Robert Neville, I Am Legend (izq.) y Thomas, Maze Runner (der.)

Parte I

Por: Patricia Díaz Terés

En los contratiempos, sobre todo, es en donde conocemos todos nuestros recursos, para hacer uso de ellos”.

Horacio

Hace pocos días el actual gobernador del estado de Kansas (E.U.), Sam Brownback lanzó un programa llamado Zombie Preparedness Month, cuyo objetivo es motivar a los habitantes del estado en cuestión a estar preparados para emergencias tales como tornados, incendios, tormentas, etc., utilizando la popular figura de los zombis para captar la atención de los ciudadanos, y sosteniendo además el proyecto que si la persona está preparada para un apocalipsis[1] zombi[2], estará sin duda lista para enfrentar para cualquier otro tipo de contingencia.

De este modo y aprovechando el reciente auge de los zombis con el próximo estreno de la sexta temporada de la serie televisiva The Walking Dead, a continuación analizaremos algunos aspectos relacionados con los apocalípticos eventos que incluyen a muertos vivientes (o infectados) y el reacomodo (subsistencia) de la civilización humana, para lo cual utilizaremos algunos filmes y la serie de televisión anteriormente mencionada. Se advierte que a continuación se encontrarán diversos spoilers de las películas y programas referidos.

El séptimo arte ha estado fascinado por la figura de los muertos vivientes desde principios del siglo XX, siendo la primera película al respecto White Zombi (La legión de los hombres sin alma, Victor Halperin, 1932), pasando por numerosos clásicos en las décadas subsiguientes como The Night of the Living Dead (La noche de los muertos vivientes, George A. Romero, 1968), Dawn of the Dead (El amanecer de los muertos vivientes, George A. Romero, 1978) o Shaun of the Dead (El desesperar de los muertos, Edgar Wright, 2004), entre otras muchas, y cuya calidad es calificada por los espectadores de acuerdo con sus gustos -ya que hay quien opina que son obras maestras y otros que las detestan considerándolas bodrios grotescos-, perteneciendo además en su mayoría al género de horror, inclinándose fuertemente hacia el gore[3].

Así, mientras tales películas se empeñaron en mostrar descriptivas escenas de los terroríficos cadáveres ambulantes persiguiendo a infinidad de humanos horrorizados, destacando el momento en que el perseguidor alcanza a su víctima y da inicio a un macabro banquete en el cual los gritos de la presa y sus expuestas entrañas son los protagonistas; por el contrario existe hoy en día otra “corriente”, en la que, si bien los filmes y series enfocados en los zombis exhiben tales elementos, no se centran en los propios monstruos como fundamento del guion, sino que han optado por querer mostrar qué pasaría con la sociedad después de un apocalipsis zombi.

Mucho se ha especulado sobre el comportamiento que tendríamos los seres humanos tras una catástrofe que borrase de la faz del planeta a buena parte de nuestra raza. De este modo, en la pantalla de plata hemos visto los afanes de supervivencia de personas que han logrado subsistir a cataclismos climáticos o incluso tormentas solares, pero que se enfrentan de cualquier manera a cierta clase de zombis, siendo una de las más recientes muestras de este planteamiento la segunda entrega de la saga Maze Runner: The Scorch Trials (Pueba de fuego, Wes Ball, 2015), en la cual un organismo cuyas buenas intenciones o malignidad no han quedado del todo claras, lleva a cabo un experimento con adolescentes con la finalidad de descubrir una cura para una enfermedad a la cual han denominado como Llamarada –ocasionada por un virus diseñado por el hombre como arma biológica-, misma que trastorna la mente del ser humano –convirtiéndolos en seres a los que se refieren como Cranks– a tal grado que lo deja en estado salvaje, eliminando su capacidad de raciocinio y limitando su actuación a una supervivencia animal en extremo agresiva.

En su carácter de superproducción veraniega de ciencia ficción plagada de efectos visuales bastante bien logrados, en el guion se nos muestran personajes cuyo desconocimiento de la situación exacta del mundo los lleva a seguir el esquema marcado por una organización que presuntamente intenta salvar a la humanidad de la extinción llevando a cabo experimentos aparentemente sociales, de los cuales el protagonista Thomas (Dylan O’Brien) y sus amigos son los sujetos de estudio. De esta manera en la película podemos ver el esquema de una organización que parece omnipotente –C.R.U.E.L. en español y W.C.K.D. en inglés- con recursos aparentemente infinitos que tiene la intención de tomar el control de lo que resta de la sociedad, enfrentándose a una organizada pero reducida resistencia que se concentra en los miembros del Right Arm (Brazo Derecho), quienes han logrado elaborar una cura para la enfermedad. Perteneciendo la película a las sagas juveniles literarias – en este caso escrita por James Dashner– llevadas a la pantalla, el argumento se aleja del análisis o reflejo de la sociedad para concentrarse en la relación que existe entre los personajes y el planteamiento de C.R.U.E.L. como antagonista.

Pasaremos ahora a un filme que contempla la situación de una persona abandonada a su destino después de un apocalipsis zombi en un contexto de soledad casi absoluta: I Am Legend (Soy leyenda, Francis Lawrence, 2007) –inspirada en la novela homónima escrita por Richard Matheson-, en la que el protagonista de nombre Robert Neville (Will Smith) sobrevive en una desértica ciudad de Nueva York que empieza a ser retomada por la naturaleza, después de que una enfermedad ocasionada por una cura contra el cáncer afecta a millones de seres humanos, transformándolos en una suerte de entidades vampírico-zombi que se alimentan de cualquier ser vivo que se atraviese por su camino.

Neville, que es inmune a la enfermedad, es así forzado a utilizar todo su ingenio y recursos con el fin de sobrevivir junto con su fiel compañero canino. En este caso su problema no es de abastecimiento de comida o agua, pues tiene suficiente, sino que debe crear estrategias que le permitan conservar la cordura en un entorno en el cual únicamente “convive” con los animales salvajes o los infectados, de tal manera que sostiene conversaciones triviales e incluso “coquetea” con algunos maniquíes que ha colocado en diversos lugares de la ciudad –como una tienda de renta de películas- para crear la ilusión de compañía, pues además es constantemente atormentado por los recuerdos de la familia que perdió en el momento que se desató el caos ocasionado por el surgimiento de la infección.

En este escenario Robert, a la vez que lleva a cabo incansablemente numerosos intentos para crear una cura para el mal que ha mermado la población mundial en un 90 por ciento, también trata de encontrar a alguna persona no infectada, por lo que diariamente transmite una grabación que indica su ubicación exacta. Eventualmente una mujer, Anna Montez (Alice Braga) y un niño, Ethan (Charlie Tahan) llegan al sitio indicado mientras el solitario Neville se enfrenta a un grupo de los monstruosos infectados, salvándole la vida los recién llegados.

Aquí se muestra entonces cómo tanto Robert como Anna e Ethan, si bien están satisfechos al encontrar a otras personas que comparten su infortunio, también son desconfiados, pues no conocen a ciencia cierta las intenciones del otro. En este caso, sin embargo, son la solidaridad y la generosidad las que ganan al sacrificarse el propio Robert con el fin de que Anna e Ethan puedan llevar a un lugar seguro la cura que ha logrado encontrar.

Las virtudes más excelsas y los instintos más bajos son los que surgen en estos escenarios posapocalípticos, ya sea que estén dominados por millonarias organizaciones con tecnología de última generación o estén habitados por solitarios supervivientes. Por otra parte, en la próxima entrega de esta columna analizaremos algunos contextos en los cuales son comunidades de diversos tamaños las que intentan sobrevivir en mundos dominados por infectados caníbales o muertos vivientes.

FUENTES:

www.imdb.com

www.kansastag.gov/

http://www.rollingstone.com/

[1] El término “apocalipsis zombi” será aquí utilizado para designar a una situación en la que la sociedad se enfrenta a un evento de carácter mundial, tras el cual gran parte de su población se ha visto afectada por una enfermedad que provoca que los cadáveres adquieran movimiento, o bien elimina el uso de las facultades mentales, creando humanos irracionales y extremadamente agresivos, llegando incluso a la deformación física.

[2] Se ha utilizado la palabra haciendo referencia exclusivamente al muerto viviente que se presenta en la ficción, dejando de lado las implicaciones que tal figura tiene en el vudú.

[3] Género cinematográfico que recrea abundantes escenas sangrientas (http://www.oxforddictionaries.com/).


Y ahora resulta que le vamos a los malos: Villanos de T.V. IV

27 septiembre 2014
De izq. a der. Carol, Lizzie, Ned Stark, Gregor Clegane, Sandor Clegane, Oberyn Martell, Theon Greyjoy

De izq. a der. Carol, Lizzie, Ned Stark, Gregor Clegane, Sandor Clegane, Oberyn Martell, Theon Greyjoy

Parte IV

Por: Patricia Díaz Terés

La creencia en algún tipo de maldad sobrenatural no es necesaria. Los hombres por sí solos ya son capaces de cualquier maldad”.

Joseph Conrad

Poco a poco en esta serie de artículos hemos visto cómo el lado oscuro ha tomado una gran fuerza en los personajes televisivos, haciéndose cada vez más difícil diferenciar a los protagonistas de los antagonistas. De este modo, en The Walking Dead, algunos de los personajes han transgredido intencional y conscientemente las normas de la ética que les permiten permanecer del lado del bien, como es el caso de Carol Peletier (Melissa McBride), quien en un intento por salvar a sus compañeros cuando una extraña enfermedad comienza a extenderse en la prisión que habitan, opta por eliminar a los enfermos –aún vivos- antes de que otra cosa suceda. El resultado es que la infección de cualquier manera se expande, convirtiéndose ella en una asesina a sangre fría que es desterrada por Rick (Andrew Lincoln) que no puede tolerar la acción de su compañera, a la vez que intenta salvarla de la ira de Tyreese (Chad L. Coleman), quien había iniciado una relación romántica con Karen (Melissa Ponzio), una de las personas aniquiladas.

También relacionadas con Carol aparecen las hermanas Lizzie (Brighton Sharbino) y Mika (Kyla Kenedy) Samuels. Presentándose al principio como un par de niñas normales, la primera va mostrando poco a poco un muy insano y equívoco convencimiento de que los walkers son personas –que no cadáveres ambulantes- que pueden regresar a su estado original, o bien que se trata de seres con sentimientos y pensamientos. Todos los que la rodean tratan hasta el cansancio de convencer a la chiquilla de que está en un error, pero esta hace todo tipo de retorcidos experimentos con animales con el afán de probar su teoría, hasta que finalmente mata a su hermanita ante el horror de Carol, quien sin querer había fortalecido el lado sociópata de su pequeña pupila al proponerse hacerla fuerte en el violento mundo postapocalíptico en el que tienen que sobrevivir.

Al final Carol no puede ser vista por el espectador como una completa villana –aunque despierte en nosotros un disgusto por el asesinato, no es posible condenarla como al resto de los “malos” declarados de la serie como el Gobernador-, al tiempo que las violentísimas acciones de Rick en la cuarta temporada, cuando la emprende a mordidas –y matándolos eventualmente- contra un grupo de locos sujetos que quieren hacerles daño a él, a su hijo Carl (Chandler Riggs), y a sus amigos Michonne (Danai Gurira) y Daryl (Norman Reedus), nos parecen normales en un héroe que ha tenido que sobrevivir a los zombis, al Gobernador, a la muerte de su esposa y a la constante pérdida de gente bajo su cuidado.

A continuación entraremos en el éticamente confuso y apasionante mundo de Game of Thrones. En el mundo creado por el escritor George R.R. Martin, y llevado a la pantalla chica por la cadena HBO bajo la pluma –principalmente- de los guionistas David Benioff y D.B. Weiss, al parecer la virtud –particularmente el honor- la única recompensa que tiene es la tumba. En un ambiente en el que la mentira, el asesinato, el engaño, el robo y la traición son pan de todos los días, los personajes buenos se las ven en figurillas para permanecer como tales, sin que hasta ahora, con cuatro temporadas, ninguno ha salido avante.

Poniente y las tierras más allá del Mar Angosto, contienen todo un catálogo de villanos espectaculares, y también de protagonistas que pueden considerarse como buenos, pero que en algún momento han tomado decisiones, digamos, no convencionales para los héroes televisivos comunes y corrientes. De este modo, el único personaje que no accedió a torcer sus principios en pro de la supervivencia fue el grandioso Eddard “Ned” Stark (Sean Bean), quien acabó siendo decapitado por haber querido salvar la vida de la traicionera Cercei Lannister (Lena Headey).

Pero vayamos en orden –al menos hasta donde el intrincadísimo nudo de personajes de Martin lo permite-. Los personajes en el universo de Game of Thrones se dividen en familias –representadas con algún animal o figura-, siendo algunas de ellas más importantes que el resto, destacándose así los honorables Stark (lobos), los ambiciosos Lannister (leones), los aguerridos Baratheon (ciervos) y los poderosos Targaryen (dragones), los cuales son circundados por otras casas menos destacadas como; Tully (truchas), Tyrell (rosas), Martell (soles), Greyjoy (krakens), Mormont (osos) y Arryn (halcones), entre otros muchos.

Y aquí nos encontramos con un problema: ¿cómo dividir a los innumerables villanos que aparecen en la serie? Intentaremos hacerlo por “categoría de pecado”, por llamarlo de alguna manera, y empezaremos con lo más sencillo, los simples asesinos. En este prosaico rubro encontramos por ejemplo a los “entrañables” hermanos Clegane, Gregor “La Montaña (Conan Stevens, Ian Shyte, Hafbór Július Bjömsson en las temporadas 1, 2 y 4 respectivamente) y el más joven Sandor “El Perro. El primero de ellos se ha ganado el odio de los espectadores temporada tras temporada, agravándose sus crímenes cada vez más a lo largo de la historia, hasta llegar a matar a uno de los personajes favoritos de la serie –quien para hacer honor a la verdad era también un hábil guerrero y asesino cuyas armas predilectas eran la lanza y el veneno, pero muy simpático, atractivo y ameno-, la Víbora Roja de Dorne, Oberyn Martell (Pedro Pascal).

De esta manera La Montaña aparece como abanderado, lacayo o como quiera llamársele, de los encumbrados Lannister. Mostrándose como todo un psicópata –quemó la cara de su hermano en brasas ardientes cuando era niño por haber tomado aquel prestado uno de sus juguetes- que mata a la menor provocación y viola mujeres en la misma medida –su maldad es exhibida en todo su esplendor cuando se sabe que machacó la cabeza de los pequeñísimos hijos del príncipe heredero Rhaegar Targaryen (hermano de Daenerys), Rhaenys y Aegon, asesinando y ultrajando a su esposa Elia Martell (hermana de Oberyn)-; se trata de un hombre tamaño descomunal, que ejerce su fuerza de manera inmisericorde con los más débiles, atropellando a cuanto humano se cruza por su camino, mostrando cierto respeto únicamente por sus patrones, Cercei y Tywin Lannister (Charles Dance).

Por su parte, su tierno hermanito Sandor, si bien muestra tener más corazón que Gregor, no es mucho mejor, aunque él no asesina a placer o capricho, sino cumpliendo órdenes –o por venganza-, de forma que de lo primero que sabemos de él es que mata a sangre fría al hijo de un carnicero que había pegado con un palo al príncipe Joffrey Baratheon (Jack Gleeson), por supuesto después de que este caprichoso mocoso –a quien volveremos más adelante- se lo ordenara. El Perro se redime en cierta forma ayudando a las hermanas Stark, primero a Sansa (Sophie Turner) a quien salva de una turba enfurecida que está a punto de violarla y eliminarle; y posteriormente a la pequeña Arya (Maisie Williams) a quien, después de encontrarla por el camino tras huir de su patrón Joffrey, la ayuda a sobrevivir durante parte de la historia.

Daremos ahora paso a los traidores y aquí hay mucho de dónde escoger. Iniciaremos con el más pusilánime –que no el peor- de todos, Theon Greyjoy (Alfie Allen). Al inicio de la serie y hasta la segunda temporada, este personaje se coloca en el castillo de Invernalia, hogar de los Stark –o al menos al lado del heredero de Ned, Robb Stark (Richard Madden)- como pretendido rehén, aunque más parece hijo adoptivo de la familia, pues le brindan consideraciones prácticamente iguales a las que recibe Jon Snow (Kit Harington), el hijo bastardo del cabeza de los Stark[1].

Así, habiéndose criado como hermano de Robb, lo traiciona de la manera más vil cuando el Rey en el Norte[2] lo envía como emisario al castillo de Pyke, ante el intransigente rey de las Islas de Hierro, Balon Greyjoy (Patrick Malahide) esperando que este hombre se una a la causa norteña gracias a la intervención de su único hijo. Lejos de lograr que los Greyjoy y los Stark conformen una alianza, el cobarde príncipe Theon marcha hacia Invernalia, con la intención de tomarla por la fuerza para su padre –y así ganar su favor-, aprovechando que únicamente está habitado por los dos Stark más pequeños, Bran (Isaac Hempstead Wright) y Rickon (Art Parkinson), y sus sirvientes.

Al final de esta horrible historia, el rastrero Theon Greyjoy acaba asesinando a todos los que en algún momento cuidaron de él cuando era niño, pasa por la espada a muchos de los habitantes de su antiguo hogar, e incluso hace quemar a dos pequeños granjeros para hacer creer a cuantos le rodean que ha sido tan despiadado que ha matado a los hijitos de Ned Stark, todo esto tan solo para ser vencido y capturado por Ramsay Snow (Iwan Rheon), el bastardo de otro señor norteño, lord Roose Bolton (Michael McElhatton), personajes que requieren su propio espacio en estos artículos.

Tarea titánica parece esta de hablar de la villanía exhibida en Game of Thrones, pero la acometeremos nuevamente en la próxima entrega de esta columna, en la que veremos todo un despliegue de los pecados capitales cometidos en Poniente.

FUENTES:

www.imdb.com

 

 

[1] Teniendo la serie una estructura social medieval, los bastardos eran algo común en las familias nobles y recibían, por lo regular, buen trato.

[2] Robb Stark.


Y ahora resulta que le vamos a los malos: Villanos de T.V. II

13 septiembre 2014
De der. a izq.: Lex Luthor, Lana Lang, Zod, Regina, Rumpelstiltskin, Cora y Hook

De der. a izq.: Lex Luthor, Lana Lang, Zod, Regina, Rumpelstiltskin, Cora y Hook

Parte II

Por: Patricia Díaz Terés

Jamás es excusable ser malvado, pero hay cierto mérito en saber que uno lo es”.

Charles Baudelaire 

Los guiones televisivos y por lo tanto sus personajes, han ido transformándose de acuerdo a los cambios socioculturales que se viven en la época en las cuales se transmiten las decenas de series que aparecen cada temporada. Actualmente parecen estar tomando fuerza dos “corrientes” en las cuales o bien tanto protagonistas como antagonistas tienen a la vez virtudes y defectos –lo cual les proporciona el elemento meramente humano que permite la identificación del espectador con el personaje-; o bien los villanos se convierten en francos protagonistas y por lo tanto son ellos quienes generan las simpatías de la audiencia.

Continuamos pues nuestra revisión con la serie Smallville (2001-2011). En principio el planteamiento de esta serie fue bastante sencillo: la vida de Clark Kent (Tom Welling) antes de convertirse en Superman. De este modo, en las primeras temporadas pudimos observar villanos adolescentes inspirados en los cómics, en este caso cada uno de los “malos” había sido afectado por la lluvia de meteoritos ocasionada por la llegada de la nave de Kal-El[i] a la Tierra, y poseía un “poder”. En estos episodios los villanos eran simples y aparecía, casi por regla general, uno por cada transmisión, mientras veíamos al antagonista por excelencia, Lex Luthor (Michael Rosenbaum), como el mejor amigo de Clark, recayendo entonces en Lionel Luthor[ii] (John Glover) el rol de mente maligna.

En esta serie, conforme pasaron las temporadas, los guionistas tuvieron que darle a Lex un motivo para enemistarse con Kent, de manera que pudieran llevar la historia a su forma original en la que ambos se enfrentan como representantes del bien –el extraterrestre- y del mal –el terrícola-, encontrando el pretexto en la desconfianza que el hijo de Jonathan y Martha Kent mostraba hacia el poderoso Luthor, lleva a este a abrazar su lado oscuro. Aunado a esto, el catalizador que sirve para despertar definitivamente el mal en Lex es su amor por la exnovia de Clark, Lana Lang (Kristin Kreuk).

Haciendo pedazos la historia original de Superman, los escritores tuvieron que torcer y retorcer el argumento para eventualmente llevar a Clark a su lugar en el Daily Planet donde debía compartir escritorio y amores legendarios con Lois Lane (Erica Durance). De esta manera, la única forma que encontraron para alejar a Lang de Kent fue casarla con Luthor, para posteriormente oscurecer el personaje transformándola de doncella virtuosa e inocente en una mujer despiadada y calculadora –quien a pesar de todo siempre tuvo como objetivo el bienestar de Clark-, que sin embargo continuaba alentando los tiernos sentimientos del Hombre de Acero. En una movida descabellada y hasta ridícula, el recurso que eligieron los guionistas para apartar definitivamente a los antiguos e inseparables amantes –en orden de dar cabida al personaje de Lois-, fue impregnar de Kryptonita y maldad –de manera irreversible- el cuerpo y el alma de Lana, de manera que su presencia fuera literalmente un veneno para Clark (!).

En esta serie todos los personajes eventualmente se mueven entre el bien y el mal –particularmente los muy cercanos al futuro Superman, Chloe Sullivan (Allison Mack) y Oliver Queen (Justin Hartley)-, de manera que en diversas ocasiones realizan acciones moralmente cuestionables, justificándolas con la persecución de un bien mayor, siendo el único que se resiste a tales libertades el siempre ético Clark Kent, quien llegó a poner en peligro a su familia, amigos y al mundo entero, siguiendo su inquebrantable código de conducta. A final de cuentas –y para evitarse los problemas de las clonaciones y otros tantos recovecos de los cómics-, tanto Lex como Lionel terminan eventualmente muertos, dejando los escritores la villanía última en manos de Zod (Callum Blue), el general kryptoniano que también ha sido enemigo de la familia El desde antes de la destrucción de Kryptón.

Otra serie en la que se ha tratado de “humanizar” a personajes conocidos ya hasta la saciedad es Once Upon a Time, cuya trama gira en torno a personajes clásicos de cuentos de hadas, siendo los protagonistas Snow White (Ginnifer Goodwin) y Prince Charming (Josh Dallas)[iii]. La particularidad de este argumento es que todos los personajes del “reino” –el mundo de los cuentos- han sido transportados al mundo real por una maldición lanzada por la malvada madrastra de Snow –cuyo nombre en la serie es Regina (Lana Parrilla)-, quien en un irrefrenable deseo de venganza contra su hijastra, transporta a personajes como Rumpelstiltskin  (Robert Carlyle) o Red Riding Hood (Meghan Ory) –y a ella misma- a un pueblo llamado Storybrooke, siendo los guías de la historia la “salvadora” –que de alguna manera debía romper la maldición regresando a todos los habitantes del pueblo su memoria sobre su identidad fantástica- Emma Swan (Jennifer Morrison) –hija a su vez de Snow White y Charming– y su hijo Henry (Jared Gilmore).

Ahora bien, respetándose –aunque con ciertas libertades- las historias de los cuentos, en la serie podemos ver cómo los villanos no son malos per se, sino  que por el contrario, todos y cada uno de ellos tiene un motivo, válido o no, para haber optado por el lado oscuro. De este modo, el maloso por excelencia es Mr. Gold, alter ego de Rumpelstiltskin, quien es un ser prácticamente omnipotente conocido como The Dark One, quien se dedica a hacer tratos con todo aquel que desea obtener algo o hacer un cambio en su vida; pero como “toda la magia tiene un precio”, Gold siempre cobra los “favores” que hace, y normalmente advierte a los interesados sobre las posibles consecuencias de sus mágicos acuerdos, haciendo por lo regular los interfectos caso omiso de tales alertas.

En este sentido, tanto Regina como Gold tienen un pasado que, si bien no justifica su maldad, sí hace que el espectador la comprenda. En el caso de la reina, su realmente malvada madre, Cora (Bárbara Hershey), asesinó a su novio, un humilde plebeyo, para que Regina “accediera” a casarse con el viudo rey, padre de Snow White, en un cruel plan que la ambiciosa mujer ha estructurado minuciosamente, haciendo que su hija rescate a la princesita mientras esta permanece aterrorizada a lomos de un caballo desbocado, ganándose de inmediato el favor del monarca. Por otro lado, Regina culpa a Snow por la muerte de su amado, ya que es la niña quien notifica a Cora la existencia del humilde amado –acarreando con ello su muerte-, por lo que jura cobrar venganza a toda costa, y se dedica a hacerle la vida “complicada” a partir de entonces.

Por su parte Gold había sido toda su vida un hombre cobarde y débil, víctima de numerosos abusos y quien finalmente se daña a sí mismo la pierna, ocasionándose una cojera permanente, con tal de poder evitar la lucha en la guerra contra los ogros, “para que su hijo no se quede sin padre”. Irónicamente, tanto su esposa como su hijo lo ven a partir de entonces como un cobarde pusilánime que es rechazado por todo el pueblo. Buscando una solución a su problema, es como se convierte en The Dark One, de modo que ahora puede vengarse de todos aquellos que le han hecho daño; el problema es que su esposa lo abandona al no soportar su maldad, uniéndose a una tripulación de piratas comandada por Hook (Colin O’Donoghue), mientras que su hijo, que trata de salvarlo de sí mismo, acaba siendo enviado solo a la Tierra, en donde el poder de su padre desaparecería, optando el progenitor por permanecer sin familia –asesina a su propia esposa en un ataque de celos- en el mágico mundo donde ostenta el poder de un dios.

Siguiendo una cadena de eventos desafortunados, los villanos se van transformando unos a otros, de modo que, al igual que Regina descubre su maldad gracias a las intrigas de su madre, Hook descubre su lado poco amable gracias a Rumpelstiltskin, quien asesina delante de sus narices a su amada, que no era otra que la esposa del alter ego de Mr. Gold.

Asesinatos, injusticias, abusos y cualquier tipo de siniestras actividades pueden apreciarse en el nada favorecedor historial de Regina y Rumpelstiltskin; sin embargo, ellos también descubren que también tienen un lado luminoso, el cual es invariablemente traído a flote por el amor: en el caso de la madrastra de Snow es el amor por su hijo adoptivo Henry –hijo natural de Emma-; y por parte de Gold su amor por la inteligente Belle (Emilie de Ravin). Aunque también, por su parte, los buenos no son níveamente puros en esta serie, ese es ciertamente otro tema, por lo que hasta aquí dejaremos a los villanos de las historias infantiles, para que en la próxima entrega nos introduzcamos a las complicaciones de los magníficos personajes de Sherlock y The Walking Dead, entre otros.

 

FUENTES:

www.imdb.com

[i] Nombre kryptoniano de Clark.

[ii] Padre de Lex.

[iii] Blancanieves y Príncipe Encantado (o Encantador).


Un rudo y tenaz talento apasionado: Humphrey Bogart II

12 agosto 2014
Humphrey Bogart y Lauren Bacall

Humphrey Bogart y Lauren Bacall

Parte II

Por: Patricia Díaz Terés

Ser profundamente querido por alguien te da fortaleza, y querer profundamente a alguien te da valor”.

Lao-tsé

Míticos personajes cinematográficos llegó a encarnar en su carrera el gran actor Humphrey Bogart, entre los cuales tal vez haya sido el de Rick Blaine de la película Casablanca, el que lo grabó a fuego en los anales del séptimo arte.

Como hemos ya mencionado, la filmación de esta película de Michael Curtiz estuvo plagada de peculiaridades y situaciones complicadas, contribuyendo algunas coincidencias a permitir la presencia de algunos de los elementos que, con el tiempo, hicieron de esta cinta una película que puede llamarse en toda la extensión de la palabra: clásica. A este respecto, cabría destacar que al autor de la música de la película, Max Steiner, no le convencía demasiado la utilización del tema As Time Goes By, el cual, irónicamente, hoy en día es imposible escuchar sin que nos remita a aquel salón del Café Americain en el que el bonachón pianista Sam (Dooley Wilson) interpreta la melodía a capricho de la bella Ilsa Lund (Ingrid Bergman) provocando violenta reacción en el dueño del lugar, Rick (Humphrey Bogart).

Ahora bien, la caótica vida personal de Humphrey Bogart vino a aumentar un problema más al ya de por sí intrincado rodaje, por lo que Curtiz tenía que soportar la constante presencia en el set de la neurótica esposa de Bogart, Mayo Methot. La dama en cuestión solía por aquel entonces beber en demasía –lo cual a su vez provocaba que Humphrey también inclinase el codo con singular alegría-, desatándose terribles y violentas escenas –no siempre a puertas cerradas, teniendo a veces como escenario lujosos restaurantes o centros nocturnos- entre la pareja al calor de los humores etílicos, durante las cuales, cabe destacar, acostumbraban –al menos ella- lanzar por el aire cuanto objeto llegase a sus manos con el fin de atinar a la cabeza de su flamante cónyuge, llegándose a designar a los esposos como los Battling Bogarts.

De este modo, la celosísima Mayo se apersonaba en el estudio para “supervisar” las escenas de amor entre su esposo e Ingrid Bergman, ya que a su parecer las tomas eran, al gusto de la señora, demasiado reales como para ser meramente actuación. A tal grado llegó la psicosis de Methot que no permitió a Bogart que viese la película. Por supuesto, en este caso, Mrs. Bogart no tenía nada que temer de la entonces esposa de Petter Lindström.

Pero Bogey, a pesar de su desastroso matrimonio, tenía una carrera que iba viento en popa, de manera que aceptó el papel que le ofreció el director Howard Hawks en la película Tener o no tener (To Have and Have Not), en el que nuevamente interpretaría a un tipo rudo, sin imaginar que sería precisamente esta filmación la que cambiaría su vida al compartir créditos con una novata y hermosísima muchachita de diecinueve años llamada Lauren Bacall –cuyo verdadero nombre era Betty Bacal-.

La jovencita era impresionante y tenía una atractiva personalidad, pero tanto el director como sus compañeros debieron hacer acopio de un poco de paciencia porque la chica era tímida hasta el extremo de sufrir pánico escénico, de manera que una sencilla escena necesitaba varios intentos antes de completarse. Ante esta situación, Bogart tomó el control y decidió tener una actitud ligera, de modo que solía bromear –algo que podría considerarse como extraordinario en alguien cuya fama general era de ser un hombre antisocial y agresivo- para que Lauren se calmase, método que funcionó a la perfección.

El trabajo del texto requería que los actores convivieran muchas horas, tiempo en el que poco a poco se creó un vínculo especial entre Bogart y Bacall, a quien sus espectaculares ojos le ganaron el apodo de La Mirada. Tres semanas solamente le tomó a Humphrey animarse a lanzar el anzuelo a la señorita, por lo que una noche en la que ella estaba tranquilamente cepillando su cabello en su camerino, escuchó que alguien tocaba a la puerta, pasando por el umbral nada más y nada menos que su coestrella, quien llegó para darle las buenas noches, aprovechando la ocasión para besarla. A partir de entonces no eran nada extrañas –para horror de Mrs. Bacal, la madre de Lauren, pues consideraba que la incipiente carrera de su hija no necesitaba un escándalo amoroso que involucrara a un hombre casado- las llamadas del nuevo pretendiente a la no particularmente refinada hora de las tres de la mañana.

La relación entre Bogart y Bacall se afianzó hasta alcanzar los niveles de un amor apasionado digno de una novela romántica, del cual Mayo era testigo impotente. Así, un año después de terminar el rodaje de Tener o no tener, Humphrey se divorció de su mujer y once días después hizo de Lauren la nueva Mrs. Bogart (1945), conociéndoseles en el medio como Bogey y Betty, una de las parejas más populares y queridas del Hollywood de la mitad del siglo XX, puesto que al parecer la joven actriz hacía relucir en su compañero sus mejores cualidades entre las cuales estaba una extraordinaria ternura –también se le calificó como un hombre muy honesto-.

Teniendo en común mucho más que los intereses románticos, la pareja engendró dos hijos –Stephen (1948) y Leslie (1952), además de realizar algunos filmes juntos: El sueño eterno (The Big Sleep, Howard Hawks, 1946), La senda tenebrosa (Dark Passage, Delmer Daves, 1947) y Cayo largo (Key Largo, John Huston, 1948). De igual manera se involucraron activamente para luchar en contra del senador Mc Carthy, quien para entonces había ya emprendido su famosa “cacería de brujas” en la que persiguió a cuanto comunista –real o imaginario- veía en Hollywood.

De este modo Bogart continuó filmando una película tras otra, interpretando ahora todo tipo de personajes como Fred C. Dobbs en El tesoro de Sierra Madre (Sierra Madre, John Huston, 1948), llegando incluso a participar en comedias románticas como Sabrina (Billy Wilder, 1954), al lado de Audrey Hepburn y William Holden, quienes no mostraron mucho aprecio por su cinematográfico colaborador, ya que se dice que constantemente estaba ebrio.

Pero la coronación definitiva de la carrera de Bogey –quien fundó su propia compañía cinematográfica, Santana Picture Corps, (en honor a su velero)- vino de la mano de John Huston –aunque hay quien dice que su intervención en En un lugar solitario (In a Lonely Place, 1950) de Nicholas Ray fue aún mejor- y Katherine Hepburn con quienes filmó La reina de África (The African Queen, 1951), basada en la novela de C.S. Forester, en la que encarnó al huraño y borracho capitán de un barco de vapor, Charlie Allnut que traslada por las inhóspitas selvas africanas a una remilgada misionera de nombre Rose Sayer, que pretende hundir un barco de guerra alemán después de que tal ejército destruyera la misión en la que trabajaba su difunto hermano. Este rodaje, si bien le valió a Humphrey su único Óscar, también debió significar para él una auténtica pesadilla, ya que, siendo partidario del realismo en sus cintas, Huston trasladó la producción al Congo Belga, lo cual iba en contra de todas y cada una de las convicciones de Bogart, quien odiaba categóricamente las locaciones, optando entonces el actor, junto con el cineasta, por curar las penas con el alcohol, alegando los caballeros que bebían para evitar contagiarse de disentería, aprovechando las borracheras para jugar pesadas bromas a una escandalizada Katherine.

Excitante y turbulenta fue así la vida del que fue nombrado como la estrella masculina Número Uno de todos los tiempos en 1999 por el American Film Institute, una estrella que se extinguió un 14 de enero de 1957 a causa del cáncer, provocando un gran vacío no solo en el corazón de Lauren Bacall –quien diría “la razón de mi vida fue Bogey. ¿No era yo nadie por mí misma?”-, sino también en la pantalla de plata, en donde dejó no solo memorables actuaciones, sino también estereotipos cinematográficos que siguen siendo emulados y homenajeados por muchos actores contemporáneos que admiran el trabajo del legendario Humphrey Bogart. 

FUENTES:

“El Cine”. Editora Núria Lucena Cayuela. Ed. Larousse. Barcelona, 2002.

“Casablanca”. Serie Luces de la Ciudad. Aut. Guadalupe Loaeza. Periódico Reforma, suplemento El Ángel. 13 de marzo 2011.

“Here’s Looking at You, Dad: Memories”. Aut. Peter M. Nichols. 5 de enero 1997. www.nytimes.com

“Riding the Rapids with Hepburn, Bogart and Huston”. Aut. Dave Kehr. 19 de marzo 2010. www.nytimes.com

 “Tough Without a Gun: The Extraordinary Life of Humphrey Bogart by Stefan Kanfer”. Aut. Philip French. The Observer. 13 de febrero 2011.

nytimes.com

biografiasyvidas.com

tcm.com


Un rudo y tenaz talento apasionado: Humphrey Bogart I

5 agosto 2014
Humphrey Bogart

Humphrey Bogart

Parte I

Por: Patricia Díaz Terés

El talento, en buena medida, es una cuestión de insistencia”.

Francisco Umbral 

Interpretando al dueño de un famoso café en el norte de África durante la Segunda Guerra Mundial, a un detective privado en el bajo mundo de San Francisco o al capitán de un barco de vapor en las selvas africanas, Humphrey Bogart fue un actor que trascendió a sus propios filmes convirtiéndose en todo un ícono del séptimo arte.

Pero la historia de Bogart, que nació el día de Navidad de 1899 en la Gran Manzana[i] –aunque también se ha mencionado el 23 de diciembre como su fecha de nacimiento-, no es la del humilde muchachito trabajador ascendiendo por la vida esforzándose cada día. Por el contrario, Bogart nació en un ambiente de privilegios, en la clase alta neoyorquina, siendo su padre un notable cirujano egresado de Yale que sin embargo era adicto al alcohol y la morfina; mientras su madre era una exitosa ilustradora de revistas que también tenía una marcada afición por la copa. De este modo, el chico vivía en un ambiente acomodado pero violento, ya que era testigo frecuente de las constantes peleas de sus embriagados padres.

Para educar a su hijo, el matrimonio Bogart decidió inscribirlo en la Trinity School, ubicada en la 91st Street, a unas cuantas calles de su domicilio ubicado en el 245 West, 103 Street. Posteriormente, durante su adolescencia fue enviado a la prestigiada Phillips Academy en Massachusetts, donde debía prepararse para poder emular la carrera de su progenitor. No obstante, Humphrey no era un muchacho disciplinado, por lo que fue expulsado de la escuela.

Sin otro proyecto de vida, se enroló en la marina de los Estados Unidos para pelear en la Primera Guerra Mundial, embarcándose así en el USS Leviathan, mismo que fue alcanzado por un torpedo en 1918. Se dice que durante este ataque, fue una esquirla la que le rasgó la boca que le dejara la cicatriz que se convertiría en uno de sus sellos durante su carrera actoral –otras versiones mencionan que tal herida fue ocasionada por una pelea que tuvo con un compañero al que llevaba como prisionero a las celdas del barco-.

Al terminar la guerra el joven Bogart decidió que su vocación estaba en las tablas, por lo que en la siguiente década probó suerte en el teatro. Su fisonomía y educación lo encasillaron en el papel del galancete millonario que acostumbraba aparecer en escena para decir “¿alguien apetece jugar tenis?”, resultando este rol ornamental absolutamente insatisfactorio para el incipiente actor.

En 1927 el sonido alcanzó al cine cuando se estrenó El cantor de jazz (The Jazz Singer, Alan Crosland), y esto hizo que Humphrey decidiese irse a Los Ángeles a probar suerte en Hollywood, donde ciertamente consiguió trabajo, pero nuevamente fue relegado a papeles secundarios que no le agradaron. Volvió al teatro. En 1935 tuvo un golpe de suerte al formar parte de la producción dirigida por Robert Sherwood, en la que representó al asesino Duke Mantee en la obra The Petrified Forest, como antagonista de Leslie Howard –mejor conocido por su papel de Ashley Wilkes en Lo que el viento se llevó (Gone With The Wind, Victor Fleming, 1939).

Por aquel entonces los estudios Warner compraron los derechos de la obra, teniendo entonces Bogart la oportunidad de filmar con Howard y con Bette Davis, bajo la dirección de Archie Mayo, estrenándose la película homónima de la obra teatral en 1936. Después de esta incursión en el séptimo arte, comenzó a interpretar convincentemente a los villanos del hampa, como Bugs Fenner en Balas o votos (Bullets or Ballots, William Keighley, 1936) donde compartió créditos con Edward G. Robinson y Joan Blondell; repitiendo la dupla con Robinson en Kid Galahad (Michael Curtiz, 1937) en la que interpretó a Turkey Morgan, nuevamente al lado de Bette Davis.

El gran cineasta William Wyler también fue testigo de la carrera de la estrella en ciernes, al dirigir a Bogart en Calle sin salida (Dead End, William Wyler, 1937), encarnando nuevamente a un gánster, esta vez  Baby Face Martin. Así continuó filmando incansablemente hasta que tuvo un impulso importante en su carrera gracias a El último refugio (High Sierra, Raoul Walsh, 1941), en la que personificó a Roy Earle junto a Ida Lupino. De esta manera resulta que 1941 y 1942 se convirtieron en dos de los años más importantes de su quehacer artístico, trabajando primero en El halcón maltés (The Maltese Falcon, John Huston, 1941) en la que interpretó de manera magistral al rudo detective privado creado por el escritor Raymond Chandler, Sam Spade, compartiendo pantalla con Mary Astor; y consiguiendo al año siguiente, nuevamente con Michael Curtiz, el papel que lo instalaría como una leyenda de la pantalla de plata: el misterioso exiliado americano Rick Blaine en la película Casablanca.

Este rodaje fue en muchos sentidos, sui generis. En primer lugar, los productores no tenían demasiadas expectativas con respecto a la cinta, de manera que no tenían una producción sólida, comenzando a filmar incluso sin un guion completo –se iba escribiendo, reescribiendo y modificando cada día-, mismo que se basaba en una obra de teatro censurada –por lo que nunca pudo ser representada- y escrita por Murray Brunett, un profesor que había viajado por Europa con su esposa en 1938, llegando a la Austria ocupada por los nazis y quedando impresionado por la estructura del gobierno dictatorial que ahí encontró. La pareja se dirigió entonces a Francia, visitando Niza, sitio en el que al entrar a un café escucharon la ahora famosa canción As Times Goes By, que era interpretada por un pianista de color.

Casablanca se trataba de una película que tenía la intención de convencer al pueblo norteamericano de la necesidad de que su país interviniese en la Segunda Guerra Mundial –como efectivamente sucedió tras el ataque a Pearl Harbor el 7 de diciembre de 1941-, en una etapa en la que el avance de las tropas germanas parecía imparable habiéndose ya ocupado Francia, obligando esta situación a que miles de refugiados emprendieran la huida a través de la ciudad marroquí de Casablanca para posteriormente alcanzar un pasaje hacia Lisboa desde donde partirían hacia la libertad en el continente americano, tal como se refleja en la película.

Para los productores no hubo duda acerca de la contratación de Ingrid Bergman para el papel de Ilsa Lund; sin embargo, la elección de Bogart para Rick Blaine no fue tan obvia, siendo el actor sugerido por Curtiz. Esta propuesta no fue bien acogida por los estudios al principio, llegando un productor a preguntar que quién se atrevería a besar a Humphrey, declarando Bergman que ella lo haría sin problema. No cabe duda de que la elección fue certera, pues la química de ambos en la pantalla es evidente, lo cual bien pudo haber sido facilitado por las relaciones que había tenido Ingrid con dos hombres parecidos al ficticio Rick, el director de cine Roberto Rossellini y el fotógrafo húngaro Robert Capa, caballeros aventureros y desapegados.

Ocupada por los alemanes, Marruecos no era una opción para realizar el rodaje, por lo que tuvieron que montar todos los sets en los estudios Warner. Difícil situación tuvo entonces Curtiz entre manos al ser casi todo su reparto de origen europeo, habiendo muchos de ellos huido del conflicto bélico que aquejaba al Viejo Continente. De este modo, al pronunciarse la palabra “corte” muchos de los participantes estallaban en llanto al recordar a sus familias y sus propias vidas, siendo la cuestión particularmente delicada para los alemanes que debían interpretar a los soldados nazis.

Un factor más vino a afectar la filmación de la legendaria Casablanca, la constante presencia en los estudios de la esposa neurótica de Bogart, Mayo Methot, pero de ella, de Lauren Bacall y otras películas del gran Humphrey Bogart hablaremos con más detenimiento en la próxima entrega de esta columna.

 

FUENTES:

“El Cine”. Editora Núria Lucena Cayuela. Ed. Larousse. Barcelona, 2002.

“Casablanca”. Serie Luces de la Ciudad. Aut. Guadalupe Loaeza. Periódico Reforma, suplemento El Ángel. 13 de marzo 2011.

 “Tough Without a Gun: The Extraordinary Life of Humphrey Bogart by Stefan Kanfer”. Aut. Philip French. The Observer. 13 de febrero 2011.

“You Must Remember This; A Sign Is Not Just a Sign”. Aut. Manny Fernandez. 25 de junio 2006. www.nytimes.com

  1. biografiasyvidas.com
  2. tcm.com

[i] Nueva York.


La soledad del talento: Emily Dickinson

21 julio 2014
Emily Dickinson

Emily Dickinson

Por: Patricia Díaz Terés

Jamás hallé compañera más sociable que la soledad”.

Henry David Thoreau

Rumores y leyendas se levantan comúnmente alrededor de aquellos personajes que han dejado su huella en la historia, sin importar si durante sus vidas experimentaron las más trepidantes y sórdidas aventuras, o bien tuvieron una existencia austera y discreta. Teniendo por lo regular todos los famosos escritores alguna peculiaridad dentro de su personalidad, no fue excepción la poetisa norteamericana Emily Dickinson.

En Amherst, Massachusetts decidieron instalarse en 1813 Samuel Fowler Dickinson y Lucretia Gunn Dickinson, siendo él uno de los fundadores del prestigiado Amherst College, y construyendo la pareja para tal efecto la casa que nombraron Homestead.

En esta misma ciudad su hijo, Edward Dickinson, contrajo a su vez nupcias con Emily Norcross. Tratándose de un lugar en donde el puritanismo era pan de todos los días, Edward fue formado como un hombre severo y tradicional que eventualmente se convirtió en juez de Amherst, luego en senador del estado y posteriormente llegó a representar a Massachusetts en el Congreso de Washington. Así, estando la formación de una familia dentro del esquema prioritario del abogado, la pareja tuvo tres hijos: William Austin Dickinson, Lavinia Norcross Dickinson y la escritora Emily Dickinson.

Siendo la segunda en nacer, Emily vino al mundo un 10 de diciembre de 1830, exhibiendo desde pequeña un espíritu sensible, pero también una voluntad propia y determinada. Tras haber sido educada con esmero en casa, en 1840 fue inscrita por sus progenitores en la Academia de Amherst, una escuela que había vedado la entrada a todas las féminas hasta tan solo un par de años antes. Ahí la chiquilla pudo alimentar su alma y su mente, convirtiéndose en una alumna aventajada, particularmente en cualquier materia que tuviese relación con las letras, complementándose su educación con el aprendizaje tanto del griego como del latín.

Siete años pasó la chica en aquel lugar, para después ser trasladada al Seminario para Señoritas Mary Lyon de Mount Holyoke, un lugar que centraba sus enseñanzas en la religión, y donde el padre de Emily esperaba que a su hija se le despejara la mente de sus “alocadas” ideas y regresara al camino del bien, para ser una señorita dócil y obediente que concentrase su capacidad intelectual en temas sacros. Nada más lejos del carácter de la damisela.

Fascinando a la joven disciplinas tan distintas como la botánica y la música, disfrutaba enormemente el tiempo que podía disponer en su jardín o tocando el piano, aunque su verdadera pasión era escribir poemas, cosa que hacía en cuanto pedazo de papel se cruzaba por su camino. Así, nada sentó peor a su ánimo que la restrictiva escuela para señoritas, saliendo la muchacha de la misma tras un semestre debido a que su cuerpo se rebeló y cayó enferma. Nunca regresaría a tal lugar.

Ahora bien, según las descripciones que se tienen de Emily era una dama frágil y tímida, que tenía un miedo casi patológico al contacto social; sin embargo, su determinación en otros aspectos nos hace pensar que la chica, si bien pudo haber sido introvertida, tenía un espíritu libre que la impulsaba a alejarse de las convenciones sociales. De igual manera, su marcado desarrollo intelectual fue lo que probablemente la llevó a tratar de entablar relaciones románticas con hombres mucho mayores que ella.

Ante el disgusto de su padre, su primer amor fue probablemente Benjamin F. Newton, que le llevaba diez años y para colmo de males era colega del distinguido Edward Dickinson. Viendo un peligro inminente en la amistad entre su compañero y Emily, seguramente Mr. Dickinson tomó cartas en el asunto, pues Benjamin decidió irse de la ciudad y contraer matrimonio con otra mujer, sin cesar sin embargo su contacto con la incipiente escritora, a quien la pena embargó de manera terrible cuando su amor imposible falleció a causa de la tuberculosis un par de años después de su partida, en 1853.

Para 1854 –año en que Emily viajó con su familia a Washington para apoyar la carrera política de su padre- encontró “solaz” para su alma en otro amor prohibido, el reverendo Charles Wadsworth, quien no solo le llevaba 16 años, sino que además era un hombre casado. Siguiendo el patrón de Newton, Wadsworth también optó por poner tierra de por medio y en 1861 se fue con su familia a San Francisco, perdiéndose su rastro para Emily. Siendo una mujer con una paciencia y una tozudez infinitas, logró dar de nuevo con su adorado en 1870, comenzando una relación epistolar que culminó en un encuentro diez años después, en 1880. Nuevamente, al igual que en el caso de Benjamin, Charles falleció dos años después.

Otro hombre que se vincula al corazón de Dickinson es Otis Lord, un juez –y compañero de estudios (!) de su padre- con quien se dice que sostuvo un apasionado romance cuando el hombre quedó viudo. Al parecer en este caso sí hubo intenciones de contraer matrimonio, pero por alguna razón este no se concretó, de modo que la relación entre ambos continuó hasta la muerte del varón en 1884.

De esta manera se cuenta que fueron todas estas penas las que eventualmente llevaron a Emily a recluirse en su casa y posteriormente en su cuarto solamente, rehuyendo cualquier contacto social fuera de su familia, estableciéndose entonces una afectuosa amistad entre ella y su cuñada Sue Gilbert Huntington –con quien algunas fuentes la vinculan romántica y no fraternalmente-. Para entonces la señorita ocupaba todo su tiempo en atender a su madre enferma, cocinar, cuidar su jardín y escribir poemas, los cuales se negaba terminantemente a publicar, particularmente tras una desafortunada crítica que recibió por parte del erudito Thomas W. Higginson –quien tuvo a bien rechazar también a Walt Whitman, y de quien se dice que fue amante de la Bella de Amherst[i]-, quien le comentó que consideraba su poesía como imperfecta aunque atrayente. Esto bastó para minar las ilusiones de la escritora, quien decidió que no publicaría ninguno de sus escritos –únicamente lograron salir a la luz cinco poemas, dos de ellos probablemente sin conocimiento o conocimiento de su autora, y existe la hipótesis de que la negativa a imprimir se debió principalmente al respeto absoluto que sentía por su padre, a quien una publicación por parte de su hija hubiese ofendido gravemente-.

Tras la muerte de Wadsworth, Emily recibió otro duro golpe cuando su sobrino Gilbert, de tan solo 8 años, murió a causa del tifus. Esta pena, sumada a una inactividad constante provocaron un daño en los riñones de la dama quien cayó víctima del mal de Bright. Siendo larga y penosa su agonía, misma que se veía agravada por momentos debido a la preocupación que le ocasionaba el que su hermano le fuera infiel a Sue con una señora de nombre Mabel Loomis Todd, la solitaria dama comenzó a perder la vista y pronto no pudo salir de su cama. Teniendo mucho “tiempo libre”, se dio a la tarea de planear su propio funeral, instruyendo a la pequeña Vinnie[ii] para que la vistiesen de blanco –costumbre que había adquirido años atrás-, le colocaran un ramo de lilas sobre el pecho, la enterrasen en un ataúd blanco y, sobre todo, que nadie la viera –su caja fue sacada de la casa por la puerta trasera y sus restos fueron depositados en una tumba cuyo epitafio reza “Called back”-.

Y así, tras la muerte de la reservada escritora el 15 de mayo de 1886, su hermana Lavinia encontró en la habitación de Emily dos mil poemas –la cantidad varía de acuerdo a la fuente de referencia- que se hallaban preparados en una suerte de fascículos (4) elaborados por la propia autora, como si hubiese pretendido publicarlos en algún momento. Desde que realizó el descubrimiento, Vinnie hizo todo lo posible por que la magnífica obra de Dickinson viese la luz, encontrando innumerables trabas. En tal proceso se inmiscuyó también Mabel Todd, quien junto con Thomas Higginson editó el primer volumen de poesías escritas por la Poeta Reclusa, sin siquiera mencionar el nombre de Lavinia.

Otros dos volúmenes de poesía y algunos de cartas fueron publicados con posterioridad, quedando el nombre de Emily Dickinson grabado a fuego en la historia de la literatura universal, recordándola el gran Jorge Luis Borges con las siguientes palabras: “No hay que yo sepa, una vida más apasionada y solitaria que la de esa mujer. Prefirió soñar el amor y acaso imaginarlo y temerlo”.

 

FUENTES:

“Cartas de Emily Dickinson”. Aut. María Aixa Sanz. www.margencero.com

“Emily Dickinson: el hoy hace que el ayer signifique”. Cultura Colectiva. 15 de mayo 2014.

“La loca de Amherst”. Aut. Paola Kaufmann. www.lamaquinadeltiempo.com

“Emily Dickinson”. Julio 2009. http://vidasfamosas.com

“La poetisa recluida, Emily Dickinson”. 5 de mayo 2014. www.mujeresenlahistoria.com

“The Homestead”. www.coveacultural.com

 

[i]Emily Dickinson ha sido conocida también como la Bella de Amherst, la Mujer de Blanco, la Poeta Reclusa y la Monja de Amherst.

[ii]Lavinia Dickinson.


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