Y después del apocalipsis zombi ¿qué? I

3 octubre 2015
Robert Neville, I Am Legend (izq.) y Thomas, Maze Runner (der.)

Robert Neville, I Am Legend (izq.) y Thomas, Maze Runner (der.)

Parte I

Por: Patricia Díaz Terés

En los contratiempos, sobre todo, es en donde conocemos todos nuestros recursos, para hacer uso de ellos”.

Horacio

Hace pocos días el actual gobernador del estado de Kansas (E.U.), Sam Brownback lanzó un programa llamado Zombie Preparedness Month, cuyo objetivo es motivar a los habitantes del estado en cuestión a estar preparados para emergencias tales como tornados, incendios, tormentas, etc., utilizando la popular figura de los zombis para captar la atención de los ciudadanos, y sosteniendo además el proyecto que si la persona está preparada para un apocalipsis[1] zombi[2], estará sin duda lista para enfrentar para cualquier otro tipo de contingencia.

De este modo y aprovechando el reciente auge de los zombis con el próximo estreno de la sexta temporada de la serie televisiva The Walking Dead, a continuación analizaremos algunos aspectos relacionados con los apocalípticos eventos que incluyen a muertos vivientes (o infectados) y el reacomodo (subsistencia) de la civilización humana, para lo cual utilizaremos algunos filmes y la serie de televisión anteriormente mencionada. Se advierte que a continuación se encontrarán diversos spoilers de las películas y programas referidos.

El séptimo arte ha estado fascinado por la figura de los muertos vivientes desde principios del siglo XX, siendo la primera película al respecto White Zombi (La legión de los hombres sin alma, Victor Halperin, 1932), pasando por numerosos clásicos en las décadas subsiguientes como The Night of the Living Dead (La noche de los muertos vivientes, George A. Romero, 1968), Dawn of the Dead (El amanecer de los muertos vivientes, George A. Romero, 1978) o Shaun of the Dead (El desesperar de los muertos, Edgar Wright, 2004), entre otras muchas, y cuya calidad es calificada por los espectadores de acuerdo con sus gustos -ya que hay quien opina que son obras maestras y otros que las detestan considerándolas bodrios grotescos-, perteneciendo además en su mayoría al género de horror, inclinándose fuertemente hacia el gore[3].

Así, mientras tales películas se empeñaron en mostrar descriptivas escenas de los terroríficos cadáveres ambulantes persiguiendo a infinidad de humanos horrorizados, destacando el momento en que el perseguidor alcanza a su víctima y da inicio a un macabro banquete en el cual los gritos de la presa y sus expuestas entrañas son los protagonistas; por el contrario existe hoy en día otra “corriente”, en la que, si bien los filmes y series enfocados en los zombis exhiben tales elementos, no se centran en los propios monstruos como fundamento del guion, sino que han optado por querer mostrar qué pasaría con la sociedad después de un apocalipsis zombi.

Mucho se ha especulado sobre el comportamiento que tendríamos los seres humanos tras una catástrofe que borrase de la faz del planeta a buena parte de nuestra raza. De este modo, en la pantalla de plata hemos visto los afanes de supervivencia de personas que han logrado subsistir a cataclismos climáticos o incluso tormentas solares, pero que se enfrentan de cualquier manera a cierta clase de zombis, siendo una de las más recientes muestras de este planteamiento la segunda entrega de la saga Maze Runner: The Scorch Trials (Pueba de fuego, Wes Ball, 2015), en la cual un organismo cuyas buenas intenciones o malignidad no han quedado del todo claras, lleva a cabo un experimento con adolescentes con la finalidad de descubrir una cura para una enfermedad a la cual han denominado como Llamarada –ocasionada por un virus diseñado por el hombre como arma biológica-, misma que trastorna la mente del ser humano –convirtiéndolos en seres a los que se refieren como Cranks– a tal grado que lo deja en estado salvaje, eliminando su capacidad de raciocinio y limitando su actuación a una supervivencia animal en extremo agresiva.

En su carácter de superproducción veraniega de ciencia ficción plagada de efectos visuales bastante bien logrados, en el guion se nos muestran personajes cuyo desconocimiento de la situación exacta del mundo los lleva a seguir el esquema marcado por una organización que presuntamente intenta salvar a la humanidad de la extinción llevando a cabo experimentos aparentemente sociales, de los cuales el protagonista Thomas (Dylan O’Brien) y sus amigos son los sujetos de estudio. De esta manera en la película podemos ver el esquema de una organización que parece omnipotente –C.R.U.E.L. en español y W.C.K.D. en inglés- con recursos aparentemente infinitos que tiene la intención de tomar el control de lo que resta de la sociedad, enfrentándose a una organizada pero reducida resistencia que se concentra en los miembros del Right Arm (Brazo Derecho), quienes han logrado elaborar una cura para la enfermedad. Perteneciendo la película a las sagas juveniles literarias – en este caso escrita por James Dashner– llevadas a la pantalla, el argumento se aleja del análisis o reflejo de la sociedad para concentrarse en la relación que existe entre los personajes y el planteamiento de C.R.U.E.L. como antagonista.

Pasaremos ahora a un filme que contempla la situación de una persona abandonada a su destino después de un apocalipsis zombi en un contexto de soledad casi absoluta: I Am Legend (Soy leyenda, Francis Lawrence, 2007) –inspirada en la novela homónima escrita por Richard Matheson-, en la que el protagonista de nombre Robert Neville (Will Smith) sobrevive en una desértica ciudad de Nueva York que empieza a ser retomada por la naturaleza, después de que una enfermedad ocasionada por una cura contra el cáncer afecta a millones de seres humanos, transformándolos en una suerte de entidades vampírico-zombi que se alimentan de cualquier ser vivo que se atraviese por su camino.

Neville, que es inmune a la enfermedad, es así forzado a utilizar todo su ingenio y recursos con el fin de sobrevivir junto con su fiel compañero canino. En este caso su problema no es de abastecimiento de comida o agua, pues tiene suficiente, sino que debe crear estrategias que le permitan conservar la cordura en un entorno en el cual únicamente “convive” con los animales salvajes o los infectados, de tal manera que sostiene conversaciones triviales e incluso “coquetea” con algunos maniquíes que ha colocado en diversos lugares de la ciudad –como una tienda de renta de películas- para crear la ilusión de compañía, pues además es constantemente atormentado por los recuerdos de la familia que perdió en el momento que se desató el caos ocasionado por el surgimiento de la infección.

En este escenario Robert, a la vez que lleva a cabo incansablemente numerosos intentos para crear una cura para el mal que ha mermado la población mundial en un 90 por ciento, también trata de encontrar a alguna persona no infectada, por lo que diariamente transmite una grabación que indica su ubicación exacta. Eventualmente una mujer, Anna Montez (Alice Braga) y un niño, Ethan (Charlie Tahan) llegan al sitio indicado mientras el solitario Neville se enfrenta a un grupo de los monstruosos infectados, salvándole la vida los recién llegados.

Aquí se muestra entonces cómo tanto Robert como Anna e Ethan, si bien están satisfechos al encontrar a otras personas que comparten su infortunio, también son desconfiados, pues no conocen a ciencia cierta las intenciones del otro. En este caso, sin embargo, son la solidaridad y la generosidad las que ganan al sacrificarse el propio Robert con el fin de que Anna e Ethan puedan llevar a un lugar seguro la cura que ha logrado encontrar.

Las virtudes más excelsas y los instintos más bajos son los que surgen en estos escenarios posapocalípticos, ya sea que estén dominados por millonarias organizaciones con tecnología de última generación o estén habitados por solitarios supervivientes. Por otra parte, en la próxima entrega de esta columna analizaremos algunos contextos en los cuales son comunidades de diversos tamaños las que intentan sobrevivir en mundos dominados por infectados caníbales o muertos vivientes.

FUENTES:

www.imdb.com

www.kansastag.gov/

http://www.rollingstone.com/

[1] El término “apocalipsis zombi” será aquí utilizado para designar a una situación en la que la sociedad se enfrenta a un evento de carácter mundial, tras el cual gran parte de su población se ha visto afectada por una enfermedad que provoca que los cadáveres adquieran movimiento, o bien elimina el uso de las facultades mentales, creando humanos irracionales y extremadamente agresivos, llegando incluso a la deformación física.

[2] Se ha utilizado la palabra haciendo referencia exclusivamente al muerto viviente que se presenta en la ficción, dejando de lado las implicaciones que tal figura tiene en el vudú.

[3] Género cinematográfico que recrea abundantes escenas sangrientas (http://www.oxforddictionaries.com/).

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Del paraíso de la ilusión al abismo de la traición: Dante Alighieri I

11 abril 2015
Dante Alighieri

Dante Alighieri

Parte I

Por: Patricia Díaz Terés

El hombre tiene ilusiones como el pájaro alas. Eso es lo que lo sostiene”.

Blaise Pascal

Conocido como uno de los más grandes poetas de todos los tiempos por haber realizado una literaria travesía, de la mano de Virgilio[i], desde lo más profundo del infierno hasta el mismísimo cielo, Dante Alighieri se nos presenta en la Italia medieval como un sabio de gran envergadura y diversos intereses.

Corría el siglo XIII, cuando la ciudad de Florencia precisamente en el año 1265, vio nacer a quien es recordado hasta hoy por haber escrito una de las más grandes obras de la literatura universal, la Divina Comedia. El padre del poeta -cuyo nombre original fue Durante Alighieri-, era el comerciante –se habla también de que era una especie de prestamista- Alighiero di Bellincione, quien quiso dar a su familia un estatus aventajado contrayendo matrimonio con una dama noble llamada Bella degli Abati. Sin embargo poco fue el tiempo que tuvo el pequeño Dante para convivir con su madre, pues ella falleció a los cinco años de haber nacido él, quedando la educación del infante en manos de diversos preceptores hasta que llegó a las manos de dos importantes poetas, Guittone d’Arezzo y Bonagiunta Orbicciani, que fueron los responsables de haber abierto al chico las puertas de la literatura griega y romana.

En la vida de Dante se muestran algunos hechos que marcaron de forma definitiva su existencia, siendo uno de ellos su encuentro con la bellísima Beatriz. De acuerdo con el propio literato florentino, él vio por primera vez a la doncellita de sus sueños a la escasa edad de nueve años, en un bello día primaveral de mayo de 1274, cuando la observó paseando a orillas del río Arno, según relata él en su autobiografía La vita nuova. La pequeña era hija de un acaudalado caballero conocido como Folco Portiniari, y su encanto o belleza, o tal vez ambas, cautivaron a Alighieri a tal grado que el recuerdo se grabó a fuego en su memoria, de modo que el varón no pudo amar nunca a ninguna otra mujer como a ella, a pesar de que no cruzaron palabra alguna.

La mente y el corazón del muchacho se encargaron de formar para ella una personalidad sublime, convirtiéndose en su donna angelicata, mas no en el objeto de un amor pasional. La celestial criaturita le sirvió entonces como guía, aunque ciertamente la personalidad imaginada de la damisela había sido producto de la adoración que por ella sentía el incipiente escritor. De este modo, el joven no volvió a ver a su amada sino hasta una década después, ya que ella había contraído matrimonio con el banquero Simone dei Bardi. Mas pronto la suerte se decidió definitivamente a zanjar por completo las ilusiones de Dante, pues ella abandonó este mundo a los veinticuatro años en 1290.

Por otro lado, el entorno de tan peculiar y unilateral idilio distó mucho de ser pacífico. En el siglo XIII Florencia se vio inmersa en conflictos políticos de gran envergadura que afectaron directamente al poeta y a su familia. El origen de los problemas puede situarse en la lucha que se sostenía por el trono del Sacro Imperio Romano Germánico, por el cual competían los duques de Baviera de la casa de Welf (de ahí que fueran luego conocidos como güelfos) y los Hohenstaufen, duques de Suabia que tenían su asentamiento en Waibling, Franconia (de tal ubicación derivó el que se les llamara gibelinos). El núcleo de la disputa se redujo después a un elemento simple pero definitivo: los güelfos defendían la supremacía de la Iglesia frente al emperador, mientras que los gibelinos defendían exactamente lo opuesto, dando preferencia al dueño de la Corona.

Ahora bien, esta situación no se limitó solo a un territorio, resultando afectadas las ciudades de Florencia, Milán, Mantua, Bolonia, Génova, Rímini y Perugia, que se decantaron por el Papa, mientras que Módena, Arezzo, Siena y Pisa se colocaron a favor del emperador. Asimismo, la confrontación fue haciéndose también local, enfrentándose güelfos y gibelinos incluso por las municipalidades, y subdividiéndose las facciones en lugares como Florencia, donde aparecieron los güelfos blancos capitaneados por la familia Cerchi, quienes aceptaban las demandas de las clases populares por participar en la vida política florentina, deseando el acercamiento del papado y el Imperio; mientras que los güelfos negros, al mando de Corso Donati, proclamaban la supremacía de los nobles y el papado, denostando al emperador.

Por su parte Dante trató en la medida de lo posible de dedicarse a sus estudios, contrayendo además matrimonio con Gemma di Manetto Donati en 1285 –también aparece el año como 1295-. Sin embargo la situación política y el reconocimiento de su privilegiada inteligencia por parte de cuantos le rodeaban le valieron el que se viera inmiscuido en las cuestiones políticas, primero participando como militar activo en la caballería durante la batalla de Campoldino, en la cual fueron derrotados los gibelinos pasando a ser elegido como parte del Consejo especial del pueblo, para lo cual tuvo previamente que inscribirse en un gremio reconocido, eligiendo Alighieri el de los Médicos y Boticarios en 1295, aproximadamente. En estas actividades se destacó por intervenir activamente en la estructuración de una nueva forma para elegir al gobierno local. Igualmente en 1296 formó parte del Consejo de Ciento y posteriormente en 1300 fue elegido como embajador en San Gimignano, a donde acudió con la finalidad de conseguir partidarios para los güelfos. Además, en los meses de junio a agosto de ese mismo año fue nombrado como uno de los seis priores que detentaban formalmente el gobierno de Florencia, conociéndose por entonces la preferencia de Dante por los güelfos blancos. No obstante, tan moderada era su predilección que el caballero no dudó al momento de expulsar de la ciudad a las cabezas de ambos bandos, entre los que iba Guido Cava Cavalcanti, un poeta acusado de provocar una serie de disturbios.

Sin embargo, a pesar de pertenecer al bando que favorecía al pontificado, Alighieri estaba consciente de que las ambiciones del papa Bonifacio VIII podían derivar en perjuicios para su ciudad, de ahí que le tomara cierta animadversión al enviado del Vaticano, Matteo d’Acquasparta, actitud que casi le valió la excomunión. En este sentido, en junio de 1301 el escritor propuso que no se ayudase militarmente al Papa, pero su propuesta fue rápidamente desechada. En tal escenario, el líder de la Iglesia católica envió al territorio florentino a Carlos de Valois, quien en realidad tenía la misión de prestar todo el apoyo a los güelfos negros para lograr la sumisión total de Florencia a la voluntad de Roma. Esta posición alteró a los políticos florentinos, quienes armaron una embajada que acudió a la Ciudad Eterna para averiguar las verdaderas intenciones de Bonifacio. Entre los enviados acudió Dante Alighieri, y de ello se arrepentiría el sabio poeta durante el resto de su vida.

Duras traiciones, exilio y un viaje hasta el séptimo círculo del infierno faltan por relatar en la vida de Dante Alighieri, pero de todo ello hablaremos con más detenimiento en la próxima entrega de esta columna.

 

FUENTES:

“Un hombre de su tiempo, Dante”. Aut. Sergio Raveggi. Revista El mundo medieval no. 17. España. Marzo 2004.

“Dante y su infierno”. Aut. María Pilar Queralt del Hierro. Revista Historia y Vida no. 505.

[i] Poeta romano.


El valor de la adaptación: Sacagawea, madre, exploradora y estandarte

23 noviembre 2014
Estatua de Sacagawea en Bismarck, Dakota del Norte

Estatua de Sacagawea en Bismarck, Dakota del Norte

Por: Patricia Díaz Terés

No puede impedirse el viento. Pero pueden construirse molinos”.

Proverbio holandés

Existen personajes en la historia cuya principal característica es difícil de definir, siendo uno de ellos una mujer india, perteneciente a la tribu shoshone, llamada Sacagawea[1] –-, quien a lo largo de su aventura con la expedición montada por los exploradores Lewis y Clark, mostró no solo ser una mujer sumamente inteligente, sino también hábil negociadora y valerosa madre.

Pero comencemos por el principio. Sacagawea nació a finales del siglo XVIII -existiendo discrepancia sobre su verdadera fecha de nacimiento la cual ha sido especificada en entre 1786 y 1790- posiblemente en el área de Three Forks, Montana -aunque también se menciona Lemhi County en Idaho-. A pesar de todas las imprecisiones que revisten la llegada de esta dama a nuestro mundo, lo cierto es que a muy tierna edad fue separada de su familia y su tribu al ser raptada por los hidatsa, quienes la trasladaron a su campamento ubicado junto al río Missouri, cerca del actual Washburn en Dakota del Norte. En este punto no queda claro si la niña, que a la sazón tenía once o trece años, fue introducida en el grupo como esclava o como hija adoptiva, pero no hay registros de que hubiese sido maltratada.

Ahora bien, haya sido por contrato económico, como intercambio, o cualquier otra razón, el hecho es que Sacagawea pasó a formar parte de un reducido séquito de esposas con las cuales se hizo el comerciante de pieles franco canadiense Toussaint Charbonneau, quien había convivido con las tribus hidatsa y mandan desde 1796, existiendo una considerable diferencia de edad entre marido y mujer ya que la chica contaba con 16 años y él con 37.

Mientras todo ello acontecía en la vida de la joven shoshone, por su parte el entonces presidente Thomas Jefferson se encontraba ansioso por explorar el vasto y aún salvaje territorio norteamericano. Habiendo adquirido Louisiana a los franceses en 1803 –por la nada despreciable cantidad de 15 millones de dólares- el mandatario designó a su secretario Meriwether Lewis para liderar una expedición (Corps of Discovery) en la que trataría de descubrir el supuesto Pasaje Noroeste, una vía acuífera que presuntamente comunicaba el océano Atlántico con el Pacífico. A su vez Lewis eligió a su amigo y antiguo superior en la milicia, William Clark para que fuese su segundo al mando.

Existencias tan distantes como la de Sacagawea y los exploradores se entrelazaron cuando estos llegaron al territorio de la tribu hidatsa –cuya estructura matriarcal en la que, a diferencia de Europa, las mujeres eran quienes poseían las tierras y tomaban las decisiones, formación que había recibido la cautiva- en noviembre de 1804 –aunque en realidad el encuentro con los Charbonneau se dio hasta diciembre de ese año, cuando los visitantes se establecieron en Fort Mandan-. Sacagawea por aquel entonces no llevaba, seguramente, una existencia demasiado feliz, ya que el padre del hijo que estaba esperando había resultado ser un hombre cobarde y golpeador, ignorante por completo de la valía de su mujer –y al parecer de cualquier otra-, misma que no pasó desapercibida para Clark.

La jovencita dio a luz a su hijo Jean Baptiste Charbonneau el 11 de febrero de 1805. Para entonces Lewis y Clark se habían dado cuenta de que ella sería de mucha ayuda en la travesía que tenían por delante, ya que necesitaban alguien que conociera el terreno y pudiera entenderse con los nativos. De este modo, los enviados de Jefferson solicitaron a la pareja que los acompañase a cambio de una justa remuneración -533.33 dólares y 320 acres de tierra, que fueron a parar a manos del franco canadiense, sin que su esposa recibiera compensación alguna-. Así, la cadena de traducción se estableció del inglés hablado por Lewis y Clark al francés entendido por el soldado Francoise Labiche, hablado a su vez por Charbonneau quien transmitía el mensaje a su mujer, siendo ella el enlace directo con los indios.

En un contexto no particularmente pacífico entre blancos y nativos, la expedición de Lewis y Clark había adquirido, sin saberlo, un seguro pasaje con la inclusión de Sacagawea, pues todas las tribus con las que se encontraron dedujeron que, si una mujer y su recién nacido participaban en la comitiva, no podían tener fines bélicos, por lo que su actitud se transformaba de defensiva a cooperativa, facilitando la misión de los líderes de Corps of Discovery.

Un mes después de haber abandonado Fort Mandan, los caballeros a los que Sacagawea acompañaba descubrieron el verdadero carácter de la joven madre. Resulta que el 14 de mayo de 1805, mientras iban a bordo de varias embarcaciones sobre el río Missouri, un grandioso temporal hizo presa de las balsas y piraguas, zarandeadas de manera inclemente por los fuertes vientos comenzando varias de ellas a hacer agua, amenazando con hundirse. Los hombres perdieron la calma, corrían de un lado para el otro sin saber a ciencia cierta qué hacer. Lewis y Clark, solo Dios sabe cómo, dieron con sus huesos en la orilla del río mientras la tripulación de las naves, desesperada y a punto de perder todos sus enseres, provisiones e instrumentos, no atinaba a realizar una acción cuerda.

Ecuánime y valiente, mientras su marido aullaba por el pánico –eventual y eficientemente silenciado por otro hombre que amenazó con dispararle si no cesaba en su desesperación-, Sacagawea, ubicada firmemente en el casco de su piragua, amarró fuerte y seguramente a su bebé en su espalda, mientras se dedicaba a sacar del agua tantos documentos y cajas como flotaban cerca de la borda, tras haberse hundido justamente la embarcación que transportaba el equipaje. Días después, mientras la expedición esperaba a que todo quedara seco para evitar que se pudriese, Lewis y Clark dimensionaron la importancia de las acciones de Sacagawea.

Pero el valor no era lo único que poseía nuestra protagonista. Conocedora de la naturaleza, también fue capaz de aportar cierta variedad a la restringida dieta de los expedicionarios, al encontrar por el camino diversas raíces y tubérculos comestibles que les ayudaron a no mermar de manera considerable sus reservas de alimento. Asimismo fue capaz de proporcionarles ropas adecuadas, pues confeccionó –y les enseñó a confeccionar- ropa y mocasines de piel.

Agosto fue el mes testigo de la, quizá, más memorable escena de aquella travesía que se extendió durante 16 meses a lo largo de cinco mil millas. Resulta que Lewis y Clark encontraron en su camino a un grupo shoshone dispuesto a negociar con caballos, animales que a ellos les resultaban imprescindibles para poder sortear el terreno que tenían por delante. Cuál no sería la sorpresa de los blancos al ver que Sacagaweaa, en cuanto lo vio, corrió a los brazos del imponente líder de los shoshone, Cameahwait. Observando un comportamiento completamente inesperado en la mujer, normalmente reservada y hasta huraña –y seguramente alarmantemente inapropiado a ojos de los expedicionarios-, tras el fraternal abrazo, la chica explicó entre lágrimas que aquel hombre era su largamente añorado hermano. Huelga decir que las negociaciones se llevaron a cabo con éxito rotundo.

Como última anécdota del viaje, se sabe que eventualmente, cuando se encontraban en Fort Clatsop, Clark –protector de Sacagawea, por quien sentía una especial simpatía que extendía a Jean Baptiste a quien cariñosamente llamaba Pompy– dijo que se trasladaría a la costa para ver a las ballenas. Sacagawea, con toda determinación, le anunció que quería ir porque nunca había visto el mar. Por supuesto, logró su cometido.

Tras 21 meses, los Charbonneau se separaron de Lewis y Clark. Al hacer un recuento de toda la ayuda proporcionada por Sacagawea, Clark se sintió culpable al haber entregado el pago completo a Charbonneau sin tomar en cuenta a su esposa. De esta manera, por medio de una carta, sugirió encargarse posteriormente de la educación de Jean Baptiste, compromiso que cumplió cuando la dama falleció a causa de la difteria el 25 de diciembre de 1812 en Fort Manuel; para entonces Toussaint no estaba con ella, como tampoco estuvo presente cuando en medio de una refriega entre indios y británicos la fortaleza fue quemada hasta sus cimientos, rescatando a los huérfanos John C. Luttig, quien los llevó a St. Louis, donde Clark se hizo cargo de ellos, quedando como guardián legal de los niños en agosto de 1813.

Existiendo testimonios posteriores a la fecha de su muerte, de mujeres que clamaron ser Sacagawea, daremos por cierta la versión aquí expuesta. Dama excepcional en tiempos y territorios hostiles, esta india shoshone fue la primera mujer cuyo voto fue tomado en cuenta para algo -ya que en la expedición de Lewis y Clark todos eran iguales, incluyendo a las féminas y a los esclavos de color, que en este caso eran nuestra protagonista y un hombre llamado York-, por lo que su figura ha sido enarbolada por los movimientos sufragistas como el de Susan B. Anthony, tomándola como estandarte y heroína hasta convertirse en la mujer a quien en más estatuas se ha representado en todo el territorio norteamericano, llegando incluso a aparecer su imagen en las monedas de un dólar.

FUENTES:

“Sacagawea”. Aut. Margaret Talbot. Revista Exploring History. National Geographic. Great Women. E.U. 2014.

www.history.com

http://www.monticello.org/

http://www.pbs.org

http://www.sacagawea-biography.org

http://www.sacagawea.com

[1] Existe hasta la fecha una controversia sobre la ortografía original de este nombre y por tanto su significado, ya que hay quien dice que viene del hidatsa sacaga (pájaro) y wea (mujer), coincidiendo esta interpretación con los audios dejados por los expedicionarios que pronuncian “Sah-cah’ gah-we-ah”; mientras que los shoshone insisten en que es “sacajawea”, que significa impulsor de botes


Y ahora resulta que le vamos a los malos: Villanos de T.V. VII

8 noviembre 2014
Frank y Claire Underwood, Zoe Barnes, Doug Stamper, Lucas Goodwin

Frank y Claire Underwood, Zoe Barnes, Doug Stamper, Lucas Goodwin

villanos7b

Walter White, Heisenberg, Jesse Pinkman, Gus Fring, Skyler, Hank

Parte VII

Por: Patricia Díaz Terés

“¿Es usted un demonio? Soy un hombre. Y por lo tanto tengo dentro de mí todos los demonios”.

Gilbert Keith Chesterton

Varios han sido ya los tipos de villanos que hemos revisado en esta serie de artículos, siendo unos de ellos conscientes del mal que perpetran, mientras otros caminan por su ficticia vida pensando que sus malvados actos son correctos. De este modo, antes de abordar a los dos máximos villanos, solo quiero dejar al aire una pregunta: ¿cuál es el peor villano? ¿Aquel que, aun sabiendo que está haciendo el mal, lleva a cabo sus acciones? ¿O aquel que piensa que el mal que está haciendo es realmente un bien? Como le decía yo a mi madre, quien me hizo favor de plantearme tan interesante cuestionamiento, moralmente es posible que aquel que no reconoce el mal en sus acciones tenga menos culpa… sin embargo, prácticamente, aquel que hace algo malo pensando que es una acción legítima, hace más daño… algo para reflexionar.

Pero dejando de lado las filosóficas meditaciones, pasaremos ahora a abordar a los dos máximos villanos que han sido entronizados como francos protagonistas de las series en las que participan: me refiero a Frank Underwood, interpretado por un impecable Kevin Spacey en House of Cards, y Walter White personificado por el grandioso y merecidamente multigalardonado Bryan Cranston en Breaking Bad.

Frank Underwood es un personaje que se desenvuelve en el complejo mundo de la política norteamericana, específicamente en los poderes Legislativo y Ejecutivo. Comenzando la serie como un influyente congresista, pronto este hombre revela su inconmensurable ambición: tiene sus ojos puestos en la presidencia, la cual es ocupada ya por un caballero manipulable y bastante mediocre –aunque de buenas intenciones- llamado Garret Walker (Michael Gill).

En la trama Frank es absolutamente secundado por una maravillosa y pragmática Claire Underwood (Robin Wright), su esposa. Ambos se encuentran completamente en armonía: persiguen el poder, y están dispuestos a hacer absolutamente cualquier cosa para obtenerlo. De este modo Frank Underwood es un extraordinario, astuto y habilísimo manipulador, que se dedica a jugar con sus compañeros de la Casa Blanca y el Congreso cual si fueran las piezas de un juego de ajedrez: dispone su ánimo, lanza sugerencias, los lleva a hacer exactamente lo que él quiere y después, simplemente se lava las manos, cosechando beneficios mientras los otros enfrentan terribles repercusiones.

El personaje es así despiadado y absolutamente carente de moral –miente, asesina, traiciona-, pero es brillante. De igual forma, los guionistas lo han planteado con una personalidad tan atractiva que el espectador se sorprende a sí mismo temiendo que eventualmente la justicia descubra sus fechorías, y tenga que enfrentar las consecuencias de sus antiéticos actos. Como contraparte de su maldad, se le ha revestido de un aire de honorabilidad, el cual le es dado por su amor incondicional hacia Claire, a quien defiende y apoya a pesar de los deslices de infidelidad que la dama ha tenido. La relación de los Underwood es entonces profunda y verdadera, pero en su código particular tienen algunas concesiones, particularmente en el terreno sexual, que les permiten utilizar –en toda la extensión de la palabra- a otras personas para lograr sus fines.

Los personajes secundarios, por otro lado, se encuentran también en zonas moralmente grises en el mejor de los casos. De esta manera, la ambición es el motor de Zoe Barnes (Kate Mara), una periodista que se involucra sexualmente con Frank para obtener información privilegiada, mientras este la usa para plantear en los medios los escenarios que le convienen. Por su parte, el inestable, fidelísimo y hasta cierto punto inteligente Doug Stamper (Michael Kelly), es la mano derecha de Frank, estando este hombre dispuesto a hacer literalmente cualquier cosa por su jefe. Llevando los guionistas a la implícita justificación de la maldad, en los personajes “buenos” la inocencia raya en la imbecilidad, como es el caso del idealista periodista Lucas Goodwin (Sebastian Arcelus), quien acaba con sus huesos en la cárcel por tratar de hacer pagar a los Underwood por sus crímenes. Insoportable resulta también el personaje de Rachel Posner (Rachel Brosnahan), una mujer que, tras haber aceptado de manera voluntaria participar en una de las intrigas del congresista –el asesinato de uno de los supuestos “mejores amigos” de Frank-, acaba, horrorizada, dándose cuenta de que le ha vendido el alma al diablo por unos centavos. Así, en el Washington de House of Cards valores como amistad, honor, veracidad o fidelidad son poco más que palabras impresas en las tarjetas de felicitación.

En el caso de Breaking Bad, el protagonista no es planteado como malvado desde un inicio, como lo es Frank Underwood. En esta serie, Walter White (Bryan Cranston) es un hombre normal, común, corriente, incluso soso. Es un genio que se encuentra dando clases a un hato de jovencitos ignorantes e irreverentes en una preparatoria, a quienes la Química les importa un comino, lo cual conlleva la lógica frustración del brillante catedrático. Cuando White descubre que tiene cáncer de pulmón, probablemente ocasionado por su trabajo prolongado con peligrosas sustancias en el pasado, decide que no puede dejar a su familia desamparada con la escasa pensión que le otorgarían a su esposa Skyler, y a sus hijos Walter Jr. (RJ Mitte) y la aún no nacida Holly. De este modo, el químico decide utilizar sus conocimientos para cocinar metanfetaminas. Siendo un simple maestro de escuela, requiere ayuda para entrar en el mundo del narcotráfico, para lo cual recurre a la ayuda de su exalumno Jesse Pinkman (Aaron Paul), un muchacho atolondrado que sin muchos alicientes circula a tontas y a locas por la vida.

El equipo que forman White y Pinkman se consolida en poco tiempo, en buena parte porque el producto creado por el científico resulta ser de una calidad inigualable, por lo que se cotiza rápidamente en el mercado. Para proteger a su familia, Walter decide utilizar un pseudónimo cuando trata con los poderosos –y no tan poderosos- narcotraficantes, haciéndose llamar Heisenberg.

A lo largo de las cinco temporadas de la serie –la última dividida en dos partes- vemos cómo aquel profesor bonachón y hasta mediocre crece en ego, habilidad y osadía, a la par que acrecienta su poder. El personaje toma decisiones que cambian su perspectiva, su personalidad y su escala de valores. De pronto lo importante ya no es dejar a salvo a sus seres queridos –pues eventualmente su cáncer entra en remisión-, sino la simple y llana acumulación de fortuna; aunque esto se ve aderezado por su ansia de dominio, la cual demuestra al despachar efectivamente a un sinnúmero de adversarios, a cual más peligroso. Así, el personaje se desarrolla entre White, el padre de familia dedicado, esposo devoto y cuñado ejemplar; y en su perverso alter ego. Walter no es un asesino, Heisenberg sí. Walter no es despiadado, Heisenberg sí. Walter no es peligroso, Heisenberg es implacable.

El que experimenta y sufre directamente esta dualidad es Pinkman, el cual se merece en ocasiones un monumento a la estupidez, por su volubilidad. A diferencia de Underwood, cuya lealtad está absolutamente enfocada en su esposa y a nadie más –excepto, tal vez el dueño de su restaurante favorito, Freddy (Reg E. Cathey), Walter-Heisenberg es leal a sus amigos –hasta cierto punto, pues no tiene problema en dejar morir a una de las novias de Jesse que se estaba convirtiendo en un peligro gracias a su codicia e idiotez- y a su familia, a pesar de que tiene un conflicto infranqueable en la persona de su cuñado, Hank Schrader (Dean Norris) que es nada más y nada menos un agente de la DEA –la agencia norteamericana antidrogas-, a quien paradójicamente defiende a capa y espada.

Asimismo, las actividades ilícitas de Walter son eventualmente descubiertas por su atractiva, controladora y bastante desesperante esposa, Skyler (Anna Gunn), quien de pronto se incluye voluntariamente en una vorágine de actos moralmente cuestionables para que su marido no caiga en manos de la justicia, lo cual le ocasiona a la mujer una serie de conflictos espirituales –pues ella no es mala, ni ha elegido tan libremente tal camino- que la llevan al borde de la locura.

Siendo astutamente salvado en incontables ocasiones por un abogado de poca monta, nula moral y bastante habilidad de nombre Saul Goodman (Bob Odenkirk), Walt enfrenta inteligentemente a criminales consagrados como el encantador Gus Fring (Giancarlo Esposito), empleando los odios que este personaje ha despertado en su larga carrera como destacado capo de las drogas, para eliminarlo.

Walter White tuerce entonces las normas morales, hasta que realmente se convierte en el mejor villano que haya pasado por la pantalla chica. No obstante, los guionistas de la serie plantean el argumento y a los personajes de tal manera que, al igual que con Frank Underwood, sufrimos cada vez que White está a punto de ser atrapado, a pesar de que conocemos su enorme listado de crímenes.

¿Qué es pues lo que nos lleva a odiar a unos villanos y amar a otros? Sin duda la primera respuesta es la estructura de los guiones y argumentos. Pero lo que tienen en común todos los villanos que se ganan irremediablemente –y muy a nuestro pesar- nuestras simpatías, es que son inteligentes. Nadie gusta de los villanos estúpidos y caprichosos, pero a todo el mundo le agrada el villano brillante y ecuánime. Al mismo tiempo este tipo de villanos, en todos los casos, presenta un rasgo humano decente –aunque sea uno-, elemento que los hace sin duda, en nuestra manipulada mente, parte de la raza humana y por lo tanto, dignos de consideración, utilizándose aquello que dice el escritor George R.R. Martin en su saga literaria Canción de hielo y fuego: “Una buena acción no lava la mala, ni una mala, lava la buena”.

FUENTES:

www.imdb.com


Y ahora resulta que le vamos a los malos: Villanos de T.V. VI

18 octubre 2014
De izq. a der. Alejandro VI, Cesare, Lucrezia y Juan Borgia

De izq. a der. Alejandro VI, Cesare, Lucrezia y Juan Borgia

De izq. a der. Girolamo Savonarola, Della Rovere, Giovanni y Caterina Sforza

De izq. a der. Girolamo Savonarola, Della Rovere, Giovanni y Caterina Sforza

Parte VI

Por: Patricia Díaz Terés

La ambición no hermana bien con la bondad, sino con el orgullo, la astucia y la crueldad”.

Leon Tolstoi 

A lo largo de esta serie de artículos hemos visto cómo, poco a poco, los guionistas de televisión han logrado transformar a los villanos de seres completamente malvados y repulsivos, a personas que tienen un pasado y “una razón” para sus nefastos comportamientos. Ya en el artículo anterior encontramos uno que otro maloso que no nos resulta tan desagradable, sin embargo ahora abordaremos una serie –antes de llegar al plato principal consistente en Walter White (Breaking Bad) y Frank Underwood (House of Cards)- en la que los escritores nos llevan de la mano hasta que, de pronto y como espectadores, no podemos menos que angustiarnos ante la perspectiva de que nuestros villanos favoritos no salgan avante.

Varias son pues las características que han colocado los creadores en estos siniestros personajes que a nuestra vista resultan verdaderamente irresistibles, de modo que son inteligentes y con una personalidad tan seductora que nos obligan a olvidarnos de sus crímenes, los cuales son tan variados como reprobables.

Así, la serie The Borgias, aborda parte de la vida de la familia encabezada por Rodrigo Borgia (Jeremy Irons), que fue en su momento (1492-1503) designado como el papa Alejandro VI, el cual es acompañado en la pantalla por su brillante y atractivo hijo Cesare (François Arnaud), por su inocente –al inicio- hija Lucrezia (Holliday Grainger) y el pusilánime hermano de ambos, Juan (David Oakes) –en la pantalla chica se eliminó al cuarto Borgia, Jofre-. En este caso no existen “los buenos”, ya que en la trama podemos ver cómo se entretejen las intrigas planeadas por todos y cada uno de los personajes, sin que pueda distinguirse el bien del mal. De esta manera, sabemos que Alejandro VI es un hombre ambicioso e inteligente, cuya mayor preocupación, después del poder, es su amada familia, por la cual haría cualquier cosa, excepto abandonar el trono pontificio por supuesto.

En este sentido, y siempre “por el bien de la familia”, el pontífice designa un estilo de vida para cada uno de sus vástagos –a quienes ha engendrado con la inteligente y paciente cortesana, ahora ya entrada en años, Vanozza Cattaneo (Joanne Whalley)-, de modo que Cesare es nombrado cardenal, mientras que su cobarde hermano Juan es designado como jefe del ejército del Vaticano, puesto que es ansiado por el primogénito de los Borgia. Por su parte a Lucrezia le toca jugar el papel de peón para facilitar a su familia alianzas estratégicas a través de enlaces matrimoniales.

En realidad, a lo largo de las tres temporadas que duró la serie –puesto que ya fue cancelada-, Rodrigo ve cómo ninguno de sus hijos está dispuesto a cumplir sin chistar con sus arbitrarios designios, de modo que mientras Juan huye cobardemente de las batallas que supuestamente debería liderar, Cesare, con todo y su toga cardenalicia se las arregla para defender al Vaticano de diversos ataques perpetrados por ancestrales enemigos como la aguerrida Caterina Sforza (Gina McKee), sin querer entrar en el juego político al que su padre lo trata de introducir por todos los medios. Al mismo tiempo, la familia completa debe “luchar” contra los embates orquestados por antipáticos personajes como Girolamo Savonarola (Steven Berkoff), enemigo acérrimo de Niccolo Machiavelli (Julian Bleach) -quien a su vez se sabe que escribió parte de su famosa obra El príncipe, basándose en el cardenal Borgia-, que denuncia a voz en cuello los pecados de los Borgia. Aquí sabemos que el hombre tiene razón, que los Borgia son malos, viciosos, y no nos importa, en realidad obtenemos descanso cuando el implacable Cesare consigue que Savonarola arda en una pira.

Pero veamos a los personajes de la serie por separado. Alejandro VI dista mucho de ser el dechado de virtudes ejemplar que debía haber sido para ocupar el puesto de líder de la Iglesia Católica. En una época por demás oscura en el Vaticano, el colegio cardenalicio era un buen caldo de cultivo para toda suerte de traiciones y desenfrenos. En este escenario se presenta el virtuoso y ascético cardenal Giuliano Della Rovere (Colm Feore). Sabemos que él es quien tiene la razón al enfrentarse a los perversos Borgia, y sin embargo, es tal la forma en la que se presenta al cardenal, que nos frustramos cuando el veneno con el que el papa –obviamente por manos de terceros- ha tratado de despacharlo no funciona, dejando simplemente al prelado gravemente enfermo, para posteriormente volverse un hombre paranoico que depende de un monito encaramado en su hombro al que da a probar cualquier alimento que se le presente –y como la venganza es un plato que se sirve frío, el propio Della Rovere tiempo después trata de matar a Rodrigo Borgia, impidiendo el éxito del plan la rápida e ingeniosa acción de Lucrezia, quien llena de carbón el estómago de su padre envenenado-.

Pasaremos ahora a Lucrezia. Hermosa y enamoradiza damisela con cara de ángel, la pobre debe sufrir cada vez que su padre o su hermano mayor deciden que su galán no es del todo conveniente y simplemente lo “eliminan” de la situación –como es el príncipe Shahzadeh Djem (Elyes Gabes)-. En una decisión por demás infortunada, Rodrigo opta por casarla con el cruel y terrible Giovanni Sforza (Ronan Vibert), quien desea herir el orgullo Borgia en la persona de su nueva y jovencísima esposa, a quien somete sin misericordia en su noche de bodas. Por supuesto esta situación hace por demás infeliz a Lucrezia y no nos sorprende –ni nos acongoja- cuando la damita derrama agua sobre el suelo de la habitación para que su marido caiga y se lastime gravemente, con lo cual conseguirá unos cuantos días de paz. Tampoco la juzgamos cuando consigue un joven y tierno amante en la persona del humilde Paolo (Luke Pasqualino), de quien resulta embarazada, escapando a continuación del castillo Sforza, a quien se regocija en acusar de impotencia sexual para anular el matrimonio con la venia del pontífice –se añade un poco de condimento a la venganza Borgia cuando se da la opción a Giovanni de realizar un acto sexual con una prostituta ante todos los cardenales para demostrar la mentira de Lucrezia, a lo que por supuesto el caballero no accede, en detrimento de su honor y virilidad-. No obstante y de manera paulatina, el personaje de Lucrezia se va oscureciendo, sin que por esto nos resulte deleznable. En la última temporada vemos a la chica meterse sin recato en la cama de su hermano Cesare –pues su nuevo y pazguato esposo, Alfonso de Aragón (Sebastian de Souza), no le resulta satisfactorio- y envenenar a cuanto personaje le resulta estorboso, todo esto después de haber tratado de asesinar –quemando la cuerda de un pesado candelabro que pendía sobre su cama- a su hermano Juan por haber este a su vez aniquilado al inocente e inconveniente Paolo.

En toda esta pléyade de villanías destaca sin embargo el personaje de Juan Borgia. Este ser rastrero, rencoroso y envidioso es el mayor de los hermanos y preferido de su padre, quien lo ha consentido hasta el extremo, creando en su hijo a un hombre que pocas cualidades tiene para poder llamarse tal. Estúpido, caprichoso, vengativo, colérico, cruel e inmisericorde, no nos quejamos en absoluto cuando su hermano Cesare le da un pase seguro para el otro mundo después de que ha amenazado al hijito de Lucrezia y ha dado claras muestras de locura, probablemente ocasionada por la sífilis de la que sufría. Sabiéndose poseedor del cariño absoluto de su padre, Juan se convierte en una suerte de verdugo en el destino de los Borgia, llevando a cabo una acción nefasta tras otra hasta que debe ser detenido por Cesare antes de que acarree una desgracia mayor sobre su poderosa dinastía. Nada  más que alivio sentimos cuando el cuerpo sin vida de Juan es arrojado al río por su inteligente hermano.

Llegamos así al que bien puede ser catalogado como protagonista de la serie –particularmente de la tercera temporada-: Cesare Borgia. Cesare es un hombre amable, guapo, brillante estratega, valiente hasta el extremo, leal y astuto, que adora a su hermana por encima de todas las cosas y desea ser el general de las fuerzas pontificias –lugar que ocupa tras suprimir a su hermano después de suplicar este puesto a su padre, asegurándole que, con él al frente, nadie osará alzar su espada contra el Vaticano-. Así, con el paso de los episodios vemos cómo es un tierno amante –aunque de vez en cuando elegía para tales menesteres a mujeres casadas- que a la vez es lo suficientemente inteligente para desenvolverse entre el viperino ambiente cardenalicio, observándolo también en accesos de ira que lo llevan, por ejemplo, a arrancar –literalmente- el corazón de Giovanni Sforza. A Cesare no le importa acabar con cuanta vida sea necesario con tal de conseguir sus fines, proteger a los que ama y dejar en alto el nombre de los Borgia, comprándose una rencilla particular con la fiera Caterina Sforza, a quien también detestamos aunque sabemos que es implacablemente atropellada por los encumbrados residentes vaticanos.

Hemos visto por fin en esta serie cómo los escritores han dado en el clavo haciéndonos olvidar los pecados de los Borgia. A través de un elenco físicamente atractivo y con unas buenas dotes de actuación, los televidentes nos vemos absorbidos por la trama y nos descubrimos a nosotros mismos animando a asesinos taimados, quienes sin embargo, nos resultan irresistibles hasta el extremo. ¿Cuál puede ser la razón? Creo que la lógica de los personajes nos da la respuesta. ¿Por qué amamos a Cesare, a Lucrezia y a Alejandro VI mientras denostamos a Juan? Simple: los tres primeros son inteligentes y son presentados como humanos sensatos, mientras que Juan es un simple niño berrinchudo e idiota en el cual se suman además, el resto de los vicios tanto de su padre como de sus hermanos, haciéndolo así, el villano perfecto para odiar en una serie donde los héroes y la virtud no existen.

FUENTES:

www.imdb.com


Y ahora resulta que le vamos a los malos: Villanos de T.V. IV

27 septiembre 2014
De izq. a der. Carol, Lizzie, Ned Stark, Gregor Clegane, Sandor Clegane, Oberyn Martell, Theon Greyjoy

De izq. a der. Carol, Lizzie, Ned Stark, Gregor Clegane, Sandor Clegane, Oberyn Martell, Theon Greyjoy

Parte IV

Por: Patricia Díaz Terés

La creencia en algún tipo de maldad sobrenatural no es necesaria. Los hombres por sí solos ya son capaces de cualquier maldad”.

Joseph Conrad

Poco a poco en esta serie de artículos hemos visto cómo el lado oscuro ha tomado una gran fuerza en los personajes televisivos, haciéndose cada vez más difícil diferenciar a los protagonistas de los antagonistas. De este modo, en The Walking Dead, algunos de los personajes han transgredido intencional y conscientemente las normas de la ética que les permiten permanecer del lado del bien, como es el caso de Carol Peletier (Melissa McBride), quien en un intento por salvar a sus compañeros cuando una extraña enfermedad comienza a extenderse en la prisión que habitan, opta por eliminar a los enfermos –aún vivos- antes de que otra cosa suceda. El resultado es que la infección de cualquier manera se expande, convirtiéndose ella en una asesina a sangre fría que es desterrada por Rick (Andrew Lincoln) que no puede tolerar la acción de su compañera, a la vez que intenta salvarla de la ira de Tyreese (Chad L. Coleman), quien había iniciado una relación romántica con Karen (Melissa Ponzio), una de las personas aniquiladas.

También relacionadas con Carol aparecen las hermanas Lizzie (Brighton Sharbino) y Mika (Kyla Kenedy) Samuels. Presentándose al principio como un par de niñas normales, la primera va mostrando poco a poco un muy insano y equívoco convencimiento de que los walkers son personas –que no cadáveres ambulantes- que pueden regresar a su estado original, o bien que se trata de seres con sentimientos y pensamientos. Todos los que la rodean tratan hasta el cansancio de convencer a la chiquilla de que está en un error, pero esta hace todo tipo de retorcidos experimentos con animales con el afán de probar su teoría, hasta que finalmente mata a su hermanita ante el horror de Carol, quien sin querer había fortalecido el lado sociópata de su pequeña pupila al proponerse hacerla fuerte en el violento mundo postapocalíptico en el que tienen que sobrevivir.

Al final Carol no puede ser vista por el espectador como una completa villana –aunque despierte en nosotros un disgusto por el asesinato, no es posible condenarla como al resto de los “malos” declarados de la serie como el Gobernador-, al tiempo que las violentísimas acciones de Rick en la cuarta temporada, cuando la emprende a mordidas –y matándolos eventualmente- contra un grupo de locos sujetos que quieren hacerles daño a él, a su hijo Carl (Chandler Riggs), y a sus amigos Michonne (Danai Gurira) y Daryl (Norman Reedus), nos parecen normales en un héroe que ha tenido que sobrevivir a los zombis, al Gobernador, a la muerte de su esposa y a la constante pérdida de gente bajo su cuidado.

A continuación entraremos en el éticamente confuso y apasionante mundo de Game of Thrones. En el mundo creado por el escritor George R.R. Martin, y llevado a la pantalla chica por la cadena HBO bajo la pluma –principalmente- de los guionistas David Benioff y D.B. Weiss, al parecer la virtud –particularmente el honor- la única recompensa que tiene es la tumba. En un ambiente en el que la mentira, el asesinato, el engaño, el robo y la traición son pan de todos los días, los personajes buenos se las ven en figurillas para permanecer como tales, sin que hasta ahora, con cuatro temporadas, ninguno ha salido avante.

Poniente y las tierras más allá del Mar Angosto, contienen todo un catálogo de villanos espectaculares, y también de protagonistas que pueden considerarse como buenos, pero que en algún momento han tomado decisiones, digamos, no convencionales para los héroes televisivos comunes y corrientes. De este modo, el único personaje que no accedió a torcer sus principios en pro de la supervivencia fue el grandioso Eddard “Ned” Stark (Sean Bean), quien acabó siendo decapitado por haber querido salvar la vida de la traicionera Cercei Lannister (Lena Headey).

Pero vayamos en orden –al menos hasta donde el intrincadísimo nudo de personajes de Martin lo permite-. Los personajes en el universo de Game of Thrones se dividen en familias –representadas con algún animal o figura-, siendo algunas de ellas más importantes que el resto, destacándose así los honorables Stark (lobos), los ambiciosos Lannister (leones), los aguerridos Baratheon (ciervos) y los poderosos Targaryen (dragones), los cuales son circundados por otras casas menos destacadas como; Tully (truchas), Tyrell (rosas), Martell (soles), Greyjoy (krakens), Mormont (osos) y Arryn (halcones), entre otros muchos.

Y aquí nos encontramos con un problema: ¿cómo dividir a los innumerables villanos que aparecen en la serie? Intentaremos hacerlo por “categoría de pecado”, por llamarlo de alguna manera, y empezaremos con lo más sencillo, los simples asesinos. En este prosaico rubro encontramos por ejemplo a los “entrañables” hermanos Clegane, Gregor “La Montaña (Conan Stevens, Ian Shyte, Hafbór Július Bjömsson en las temporadas 1, 2 y 4 respectivamente) y el más joven Sandor “El Perro. El primero de ellos se ha ganado el odio de los espectadores temporada tras temporada, agravándose sus crímenes cada vez más a lo largo de la historia, hasta llegar a matar a uno de los personajes favoritos de la serie –quien para hacer honor a la verdad era también un hábil guerrero y asesino cuyas armas predilectas eran la lanza y el veneno, pero muy simpático, atractivo y ameno-, la Víbora Roja de Dorne, Oberyn Martell (Pedro Pascal).

De esta manera La Montaña aparece como abanderado, lacayo o como quiera llamársele, de los encumbrados Lannister. Mostrándose como todo un psicópata –quemó la cara de su hermano en brasas ardientes cuando era niño por haber tomado aquel prestado uno de sus juguetes- que mata a la menor provocación y viola mujeres en la misma medida –su maldad es exhibida en todo su esplendor cuando se sabe que machacó la cabeza de los pequeñísimos hijos del príncipe heredero Rhaegar Targaryen (hermano de Daenerys), Rhaenys y Aegon, asesinando y ultrajando a su esposa Elia Martell (hermana de Oberyn)-; se trata de un hombre tamaño descomunal, que ejerce su fuerza de manera inmisericorde con los más débiles, atropellando a cuanto humano se cruza por su camino, mostrando cierto respeto únicamente por sus patrones, Cercei y Tywin Lannister (Charles Dance).

Por su parte, su tierno hermanito Sandor, si bien muestra tener más corazón que Gregor, no es mucho mejor, aunque él no asesina a placer o capricho, sino cumpliendo órdenes –o por venganza-, de forma que de lo primero que sabemos de él es que mata a sangre fría al hijo de un carnicero que había pegado con un palo al príncipe Joffrey Baratheon (Jack Gleeson), por supuesto después de que este caprichoso mocoso –a quien volveremos más adelante- se lo ordenara. El Perro se redime en cierta forma ayudando a las hermanas Stark, primero a Sansa (Sophie Turner) a quien salva de una turba enfurecida que está a punto de violarla y eliminarle; y posteriormente a la pequeña Arya (Maisie Williams) a quien, después de encontrarla por el camino tras huir de su patrón Joffrey, la ayuda a sobrevivir durante parte de la historia.

Daremos ahora paso a los traidores y aquí hay mucho de dónde escoger. Iniciaremos con el más pusilánime –que no el peor- de todos, Theon Greyjoy (Alfie Allen). Al inicio de la serie y hasta la segunda temporada, este personaje se coloca en el castillo de Invernalia, hogar de los Stark –o al menos al lado del heredero de Ned, Robb Stark (Richard Madden)- como pretendido rehén, aunque más parece hijo adoptivo de la familia, pues le brindan consideraciones prácticamente iguales a las que recibe Jon Snow (Kit Harington), el hijo bastardo del cabeza de los Stark[1].

Así, habiéndose criado como hermano de Robb, lo traiciona de la manera más vil cuando el Rey en el Norte[2] lo envía como emisario al castillo de Pyke, ante el intransigente rey de las Islas de Hierro, Balon Greyjoy (Patrick Malahide) esperando que este hombre se una a la causa norteña gracias a la intervención de su único hijo. Lejos de lograr que los Greyjoy y los Stark conformen una alianza, el cobarde príncipe Theon marcha hacia Invernalia, con la intención de tomarla por la fuerza para su padre –y así ganar su favor-, aprovechando que únicamente está habitado por los dos Stark más pequeños, Bran (Isaac Hempstead Wright) y Rickon (Art Parkinson), y sus sirvientes.

Al final de esta horrible historia, el rastrero Theon Greyjoy acaba asesinando a todos los que en algún momento cuidaron de él cuando era niño, pasa por la espada a muchos de los habitantes de su antiguo hogar, e incluso hace quemar a dos pequeños granjeros para hacer creer a cuantos le rodean que ha sido tan despiadado que ha matado a los hijitos de Ned Stark, todo esto tan solo para ser vencido y capturado por Ramsay Snow (Iwan Rheon), el bastardo de otro señor norteño, lord Roose Bolton (Michael McElhatton), personajes que requieren su propio espacio en estos artículos.

Tarea titánica parece esta de hablar de la villanía exhibida en Game of Thrones, pero la acometeremos nuevamente en la próxima entrega de esta columna, en la que veremos todo un despliegue de los pecados capitales cometidos en Poniente.

FUENTES:

www.imdb.com

 

 

[1] Teniendo la serie una estructura social medieval, los bastardos eran algo común en las familias nobles y recibían, por lo regular, buen trato.

[2] Robb Stark.


Y ahora resulta que le vamos a los malos: Villanos de T.V. III

20 septiembre 2014
De izq. a der. Thomas, Mrs. O'Brien, Sherlock, Moriarty, Rick, Merle, Shane y el Gobernador

De izq. a der. Thomas, Mrs. O’Brien, Sherlock, Moriarty, Rick, Merle, Shane y el Gobernador

Parte III

Por: Patricia Díaz Terés

Ningún hombre conoce lo malo que es hasta que no ha tratado de esforzarse por ser bueno. Solo podrás conocer la fuerza de un viento tratando de caminar contra él, no dejándote llevar”.

Clive Staples Lewis 

Personajes buenos y malos, claramente definidos hemos visto hasta ahora en nuestro análisis de series como Stargate Atlantis, X-Files, Smallville y Once Upon a Time. Ahora comenzaremos a introducirnos en ámbitos donde la “humanidad” de los personajes les permite tener cualidades y defectos, sea que el programa en cuestión pertenezca o no al género de la fantasía.

En esta tercera parte de los artículos sobre villanos televisivos, comenzaremos revisando la serie británica Downton Abbey. Alejada de los extraterrestres y los cuentos de hadas, este argumento se sitúa en la Inglaterra de principios del siglo XX, dando inicio justamente el día en que se hunde el Titanic -14 de abril de 1912-, la historia que se narra es la de una familia aristocrática, los Crawley, y la servidumbre que trabaja en la monumental propiedad conocida justamente como Downton AbbeyHighclere Castle-. Dentro del guion los malos aparecen y desaparecen de acuerdo a las necesidades de la historia, permaneciendo sin embargo a lo largo de las cuatro temporadas –hasta ahora- dos de ellos: Thomas Barrow (Rob James-Collier) y Sarah O’Brien (Siobhan Finneran), siendo el primero un pillo de poca monta, envidioso e intrigante que junto con su compinche Mrs. O’Brien planean y llevan a cabo toda clase de fechorías para hacerle la vida pesada a todos los habitantes de la casa, sean los Crawley -a quienes utilizan de manera descarada como instrumentos involuntarios para torturar a su enemigo acérrimo John Bates (Brendan Coyle), el valet personal del jefe de la familia, Robert Crawley o Lord Grantham (Hugh Boneville)- o cualquiera de los criados que los hubiese ofendido.

Sin haber una maldad proveniente del mismísimo averno o de la magia negra, aquí lo que observamos es mezquindad y cobardía puras y llanas, características que llevan a Thomas y a O’Brien a levantar falsas acusaciones de robo, casi asesinar al perro de Lord Grantham, provocar la pérdida del bebé de Lady Cora (Elizabeth McGovern) –esposa de Lord Grantham– y otras lindezas similares. No obstante, la que sí parece haber dejado un sitio vacante al lado del mismísimo Satanás es la esposa de John Bates, Vera Bates (Maria Doyle Kennedy), quien sin amar a su marido, desea retenerlo con el único afán de hacerlo infeliz por el resto de su vida al separarlo de la dulce e inteligente doncella de las señoritas Crawley, Anna Smith (Joanne Froggatt), urdiendo toda clase de viles estratagemas para lograr su cometido, sacrificando la propia vida en el intento al cometer –al parecer- suicidio, endilgándole la culpa de manera póstuma a su viudo.

Pasemos ahora a otra serie británica, Sherlock, la brillante adaptación de la obra de Sir Arthur Conan Doyle a la época actual. Protagonizado por Benedict Cumberbatch y Martin Freeman, quienes encarnan al famosísimo detective y a su fiel amigo John Watson respectivamente, en este programa podemos ver en primer lugar a un Holmes que se pasea con singular alegría en los límites de la ética, transgrediéndola flagrantemente en algunas ocasiones, si es que la resolución del caso lo amerita, ante el horror del honorable Watson, quien hace hasta lo indecible para que su mejor amigo permanezca en el lado del bien. No obstante, estas “pequeñas” licencias que en ocasiones se toma Sherlock parecen juegos de niños cuando aparece en escena el villano por excelencia de la obra de Conan Doyle, el profesor James Moriarty (Andrew Scott).

Haciendo magistralmente los guionistas una recreación de un personaje que en los relatos originales (Problema final y La casa deshabitada) se deja ver como una figura casi improvisada, traída a cuento únicamente para poder matar a Holmes en las cataratas de Reichenbach –por entonces el autor estaba harto de su detective y quiso eliminarlo sin éxito, pues recibió incluso amenazas de muerte si no lo revivía, cosa que eventualmente y muy a su pesar tuvo que hacer-; en la pantalla chica se nos presenta como un extraordinario psicópata cuyo único objetivo en la vida es reconocer en otro individuo a alguien de su misma categoría intelectual para que le sirva a manera de némesis[i]. Sobra decir que el brillante Sherlock es justamente este digno adversario tan largamente esperado por el frío, cruel y calculador Moriarty, quien se divierte asesinando o poniendo en riesgo la vida de cualquiera con tal de obtener una “agradable” competencia con el detective residente en el 221 B de Baker Street.

A continuación entraremos nuevamente en el género fantástico para abordar la tan amada como odiada serie de The Walking Dead. El argumento de este programa se centra en un escenario postapocalíptico en el que los pocos humanos que quedan sobre la faz de la tierra han de habérselas en contra de ejércitos de zombis, los cuales “nacen” cuando las funciones motoras de los cadáveres son reactivadas, deambulando por bosques, ciudades y carreteras hordas enteras de monstruos come-hombres. Como es de suponer, mantener una conducta recta e intachable en este panorama resulta prácticamente imposible, como lo descubren la mayoría de los protagonistas, empezando por Rick Grimes (Andrew Lincoln), líder del grupo de sobrevivientes, quien habiendo tenido un estricto código de conducta sobre el asesinato de personas vivas –valga la aclaración-, tiene que transgredirlo en orden de defender tanto a su hijo como a sus amigos -siempre y cuando la amenaza sea directa e ineludible-.

Por otra parte, a lo largo de la serie tenemos algunos personajes que se muestran como “conciencias” activas del grupo protagónico, fungiendo como tal en las primeras temporadas Dale Horvath (Jeffrey DeMunn) y después Hershel Greene (Scott Wilson), quienes tratan de mantener a los sobrevivientes dentro de los límites del bien y la moral, dejando los dos la vida en el intento. Asimismo, el mal está perfectamente representado en esta serie y en distintos niveles. De este modo, el primer villano que encontramos es Merle Dixon (Michael Rooker), el vicioso hermano de Daryl Dixon (Norman Reedus), la mano derecha de Rick. Este hombre tiene la habilidad para cometer todo tipo de crímenes, a veces por el simple placer de llevarlos a cabo, redimiéndose únicamente en el momento de su muerte, cuando comprende que su hermano vale más que cualquier otra lealtad que pudiese haber entablado en el camino. El siguiente villano será Shane Walsh (Jon Bernthal) –mejor amigo de Rick– quien comienza la serie como líder del grupo de sobrevivientes al cual se integra poco después el erróneamente dado por muerto Grimes. Aquí podemos observar cómo el personaje no era malvado per se, sino que va trasladándose hacia el lado oscuro guiado por la envidia –pues el recién llegado es inmediatamente acogido-elegido como líder de facto- y los celos –durante la “muerte” de Rick, Shane se había involucrado con la esposa de este, Lori (Sarah Wayne Callies)-, tratando al final de matar a su ex mejor amigo –habiendo despachado previamente al otro mundo al inocente Otis para salvarse él mismo-.

Y aquí es cuando nos topamos con el villano por excelencia en esta tierra de zombis, tan magnífico y despreciable como Moriarty: el Gobernador, Brian Blake (David Morrisey), quien es también un psicópata, habiendo tenido a bien conservar a su hija en estado zombi, encadenada dentro de un armario, en una habitación que está “encantadoramente” decorada con cabezas humanas metidas en formol (!). Brillante estratega y embaucador espectacular, este personaje se introduce en la trama con una fachada inocente que engaña en primera instancia a la bastante estrangulable –a causa de su desmesurada estupidez- Andrea (Laurie Holden) y no así a su valiente y sagaz compañera Michonne (Danai Gurira), quien desconfía de Blake desde el primer momento. Teniendo como objetivo aparente la dominación de lo que queda del mundo para someter a todos los supervivientes bajo sus propias normas, el Gobernador tiene una banda de esbirros y sicarios –uno de ellos Merle Dixon– que se pliegan completamente a sus deseos, cometiendo desde robos hasta asesinatos y secuestros –siendo sus víctimas Maggie Greene (Lauren Cohan), Glenn Rhee (Steven Yeun) y la propia Andrea cuando esta se da cuenta de la maldad de su ahora amante-.

Huelga decir que cuando este personaje se encuentra con Rick saltan las chispas en la pantalla, creándose la dicotomía del bien y el mal, dando siempre el bueno la opción al malo de dejar las cosas por la paz, sin que el ambicioso gobernante del pueblo de Woodbury acceda a los deseos del líder apostado en la prisión sin nombre. De este modo el Gobernador toma como objetivo inmediato el deshacer el “reino” de Rick, ante el descontento de su propio pueblo, algunos de cuyos integrantes cuestionan el ataque a sangre fría a gente que no los ha agredido primero –Grimes y compañía se limitan a preparar la defensa-. Desesperado ante la obtusidad de sus seguidores, Brian Blake toma la salida fácil y los elimina a todos a media carretera para después desaparecer temporalmente antes de asestar el golpe final, en el que destierra a Rick y compañía de su emplazamiento en la cárcel, y acabando por fin con su miserable vida la aguerrida Michonne con un tajo de su katana y la ayuda de los walkers.

Despiadado, traicionero, inteligente e inconmensurablemente ambicioso, el Gobernador es uno de los mejores villanos que han aparecido en la televisión –aunque aún revisaremos a un par de personajes de The Walking Dead que han navegado entre el bien y el mal en esta serie-; sin embargo en la próxima entrega entraremos ya en las “grandes ligas” de la villanía, por lo que abarcaremos el traicionero mundo de Game of Thrones y el retorcido Renacimiento de The Borgias.

 

FUENTES:

www.imdb.com

[i] Enemigo.


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