Del paraíso de la ilusión al abismo de la traición: Dante Alighieri I

11 abril 2015
Dante Alighieri

Dante Alighieri

Parte I

Por: Patricia Díaz Terés

El hombre tiene ilusiones como el pájaro alas. Eso es lo que lo sostiene”.

Blaise Pascal

Conocido como uno de los más grandes poetas de todos los tiempos por haber realizado una literaria travesía, de la mano de Virgilio[i], desde lo más profundo del infierno hasta el mismísimo cielo, Dante Alighieri se nos presenta en la Italia medieval como un sabio de gran envergadura y diversos intereses.

Corría el siglo XIII, cuando la ciudad de Florencia precisamente en el año 1265, vio nacer a quien es recordado hasta hoy por haber escrito una de las más grandes obras de la literatura universal, la Divina Comedia. El padre del poeta -cuyo nombre original fue Durante Alighieri-, era el comerciante –se habla también de que era una especie de prestamista- Alighiero di Bellincione, quien quiso dar a su familia un estatus aventajado contrayendo matrimonio con una dama noble llamada Bella degli Abati. Sin embargo poco fue el tiempo que tuvo el pequeño Dante para convivir con su madre, pues ella falleció a los cinco años de haber nacido él, quedando la educación del infante en manos de diversos preceptores hasta que llegó a las manos de dos importantes poetas, Guittone d’Arezzo y Bonagiunta Orbicciani, que fueron los responsables de haber abierto al chico las puertas de la literatura griega y romana.

En la vida de Dante se muestran algunos hechos que marcaron de forma definitiva su existencia, siendo uno de ellos su encuentro con la bellísima Beatriz. De acuerdo con el propio literato florentino, él vio por primera vez a la doncellita de sus sueños a la escasa edad de nueve años, en un bello día primaveral de mayo de 1274, cuando la observó paseando a orillas del río Arno, según relata él en su autobiografía La vita nuova. La pequeña era hija de un acaudalado caballero conocido como Folco Portiniari, y su encanto o belleza, o tal vez ambas, cautivaron a Alighieri a tal grado que el recuerdo se grabó a fuego en su memoria, de modo que el varón no pudo amar nunca a ninguna otra mujer como a ella, a pesar de que no cruzaron palabra alguna.

La mente y el corazón del muchacho se encargaron de formar para ella una personalidad sublime, convirtiéndose en su donna angelicata, mas no en el objeto de un amor pasional. La celestial criaturita le sirvió entonces como guía, aunque ciertamente la personalidad imaginada de la damisela había sido producto de la adoración que por ella sentía el incipiente escritor. De este modo, el joven no volvió a ver a su amada sino hasta una década después, ya que ella había contraído matrimonio con el banquero Simone dei Bardi. Mas pronto la suerte se decidió definitivamente a zanjar por completo las ilusiones de Dante, pues ella abandonó este mundo a los veinticuatro años en 1290.

Por otro lado, el entorno de tan peculiar y unilateral idilio distó mucho de ser pacífico. En el siglo XIII Florencia se vio inmersa en conflictos políticos de gran envergadura que afectaron directamente al poeta y a su familia. El origen de los problemas puede situarse en la lucha que se sostenía por el trono del Sacro Imperio Romano Germánico, por el cual competían los duques de Baviera de la casa de Welf (de ahí que fueran luego conocidos como güelfos) y los Hohenstaufen, duques de Suabia que tenían su asentamiento en Waibling, Franconia (de tal ubicación derivó el que se les llamara gibelinos). El núcleo de la disputa se redujo después a un elemento simple pero definitivo: los güelfos defendían la supremacía de la Iglesia frente al emperador, mientras que los gibelinos defendían exactamente lo opuesto, dando preferencia al dueño de la Corona.

Ahora bien, esta situación no se limitó solo a un territorio, resultando afectadas las ciudades de Florencia, Milán, Mantua, Bolonia, Génova, Rímini y Perugia, que se decantaron por el Papa, mientras que Módena, Arezzo, Siena y Pisa se colocaron a favor del emperador. Asimismo, la confrontación fue haciéndose también local, enfrentándose güelfos y gibelinos incluso por las municipalidades, y subdividiéndose las facciones en lugares como Florencia, donde aparecieron los güelfos blancos capitaneados por la familia Cerchi, quienes aceptaban las demandas de las clases populares por participar en la vida política florentina, deseando el acercamiento del papado y el Imperio; mientras que los güelfos negros, al mando de Corso Donati, proclamaban la supremacía de los nobles y el papado, denostando al emperador.

Por su parte Dante trató en la medida de lo posible de dedicarse a sus estudios, contrayendo además matrimonio con Gemma di Manetto Donati en 1285 –también aparece el año como 1295-. Sin embargo la situación política y el reconocimiento de su privilegiada inteligencia por parte de cuantos le rodeaban le valieron el que se viera inmiscuido en las cuestiones políticas, primero participando como militar activo en la caballería durante la batalla de Campoldino, en la cual fueron derrotados los gibelinos pasando a ser elegido como parte del Consejo especial del pueblo, para lo cual tuvo previamente que inscribirse en un gremio reconocido, eligiendo Alighieri el de los Médicos y Boticarios en 1295, aproximadamente. En estas actividades se destacó por intervenir activamente en la estructuración de una nueva forma para elegir al gobierno local. Igualmente en 1296 formó parte del Consejo de Ciento y posteriormente en 1300 fue elegido como embajador en San Gimignano, a donde acudió con la finalidad de conseguir partidarios para los güelfos. Además, en los meses de junio a agosto de ese mismo año fue nombrado como uno de los seis priores que detentaban formalmente el gobierno de Florencia, conociéndose por entonces la preferencia de Dante por los güelfos blancos. No obstante, tan moderada era su predilección que el caballero no dudó al momento de expulsar de la ciudad a las cabezas de ambos bandos, entre los que iba Guido Cava Cavalcanti, un poeta acusado de provocar una serie de disturbios.

Sin embargo, a pesar de pertenecer al bando que favorecía al pontificado, Alighieri estaba consciente de que las ambiciones del papa Bonifacio VIII podían derivar en perjuicios para su ciudad, de ahí que le tomara cierta animadversión al enviado del Vaticano, Matteo d’Acquasparta, actitud que casi le valió la excomunión. En este sentido, en junio de 1301 el escritor propuso que no se ayudase militarmente al Papa, pero su propuesta fue rápidamente desechada. En tal escenario, el líder de la Iglesia católica envió al territorio florentino a Carlos de Valois, quien en realidad tenía la misión de prestar todo el apoyo a los güelfos negros para lograr la sumisión total de Florencia a la voluntad de Roma. Esta posición alteró a los políticos florentinos, quienes armaron una embajada que acudió a la Ciudad Eterna para averiguar las verdaderas intenciones de Bonifacio. Entre los enviados acudió Dante Alighieri, y de ello se arrepentiría el sabio poeta durante el resto de su vida.

Duras traiciones, exilio y un viaje hasta el séptimo círculo del infierno faltan por relatar en la vida de Dante Alighieri, pero de todo ello hablaremos con más detenimiento en la próxima entrega de esta columna.

 

FUENTES:

“Un hombre de su tiempo, Dante”. Aut. Sergio Raveggi. Revista El mundo medieval no. 17. España. Marzo 2004.

“Dante y su infierno”. Aut. María Pilar Queralt del Hierro. Revista Historia y Vida no. 505.

[i] Poeta romano.

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El valor de la adaptación: Sacagawea, madre, exploradora y estandarte

23 noviembre 2014
Estatua de Sacagawea en Bismarck, Dakota del Norte

Estatua de Sacagawea en Bismarck, Dakota del Norte

Por: Patricia Díaz Terés

No puede impedirse el viento. Pero pueden construirse molinos”.

Proverbio holandés

Existen personajes en la historia cuya principal característica es difícil de definir, siendo uno de ellos una mujer india, perteneciente a la tribu shoshone, llamada Sacagawea[1] –-, quien a lo largo de su aventura con la expedición montada por los exploradores Lewis y Clark, mostró no solo ser una mujer sumamente inteligente, sino también hábil negociadora y valerosa madre.

Pero comencemos por el principio. Sacagawea nació a finales del siglo XVIII -existiendo discrepancia sobre su verdadera fecha de nacimiento la cual ha sido especificada en entre 1786 y 1790- posiblemente en el área de Three Forks, Montana -aunque también se menciona Lemhi County en Idaho-. A pesar de todas las imprecisiones que revisten la llegada de esta dama a nuestro mundo, lo cierto es que a muy tierna edad fue separada de su familia y su tribu al ser raptada por los hidatsa, quienes la trasladaron a su campamento ubicado junto al río Missouri, cerca del actual Washburn en Dakota del Norte. En este punto no queda claro si la niña, que a la sazón tenía once o trece años, fue introducida en el grupo como esclava o como hija adoptiva, pero no hay registros de que hubiese sido maltratada.

Ahora bien, haya sido por contrato económico, como intercambio, o cualquier otra razón, el hecho es que Sacagawea pasó a formar parte de un reducido séquito de esposas con las cuales se hizo el comerciante de pieles franco canadiense Toussaint Charbonneau, quien había convivido con las tribus hidatsa y mandan desde 1796, existiendo una considerable diferencia de edad entre marido y mujer ya que la chica contaba con 16 años y él con 37.

Mientras todo ello acontecía en la vida de la joven shoshone, por su parte el entonces presidente Thomas Jefferson se encontraba ansioso por explorar el vasto y aún salvaje territorio norteamericano. Habiendo adquirido Louisiana a los franceses en 1803 –por la nada despreciable cantidad de 15 millones de dólares- el mandatario designó a su secretario Meriwether Lewis para liderar una expedición (Corps of Discovery) en la que trataría de descubrir el supuesto Pasaje Noroeste, una vía acuífera que presuntamente comunicaba el océano Atlántico con el Pacífico. A su vez Lewis eligió a su amigo y antiguo superior en la milicia, William Clark para que fuese su segundo al mando.

Existencias tan distantes como la de Sacagawea y los exploradores se entrelazaron cuando estos llegaron al territorio de la tribu hidatsa –cuya estructura matriarcal en la que, a diferencia de Europa, las mujeres eran quienes poseían las tierras y tomaban las decisiones, formación que había recibido la cautiva- en noviembre de 1804 –aunque en realidad el encuentro con los Charbonneau se dio hasta diciembre de ese año, cuando los visitantes se establecieron en Fort Mandan-. Sacagawea por aquel entonces no llevaba, seguramente, una existencia demasiado feliz, ya que el padre del hijo que estaba esperando había resultado ser un hombre cobarde y golpeador, ignorante por completo de la valía de su mujer –y al parecer de cualquier otra-, misma que no pasó desapercibida para Clark.

La jovencita dio a luz a su hijo Jean Baptiste Charbonneau el 11 de febrero de 1805. Para entonces Lewis y Clark se habían dado cuenta de que ella sería de mucha ayuda en la travesía que tenían por delante, ya que necesitaban alguien que conociera el terreno y pudiera entenderse con los nativos. De este modo, los enviados de Jefferson solicitaron a la pareja que los acompañase a cambio de una justa remuneración -533.33 dólares y 320 acres de tierra, que fueron a parar a manos del franco canadiense, sin que su esposa recibiera compensación alguna-. Así, la cadena de traducción se estableció del inglés hablado por Lewis y Clark al francés entendido por el soldado Francoise Labiche, hablado a su vez por Charbonneau quien transmitía el mensaje a su mujer, siendo ella el enlace directo con los indios.

En un contexto no particularmente pacífico entre blancos y nativos, la expedición de Lewis y Clark había adquirido, sin saberlo, un seguro pasaje con la inclusión de Sacagawea, pues todas las tribus con las que se encontraron dedujeron que, si una mujer y su recién nacido participaban en la comitiva, no podían tener fines bélicos, por lo que su actitud se transformaba de defensiva a cooperativa, facilitando la misión de los líderes de Corps of Discovery.

Un mes después de haber abandonado Fort Mandan, los caballeros a los que Sacagawea acompañaba descubrieron el verdadero carácter de la joven madre. Resulta que el 14 de mayo de 1805, mientras iban a bordo de varias embarcaciones sobre el río Missouri, un grandioso temporal hizo presa de las balsas y piraguas, zarandeadas de manera inclemente por los fuertes vientos comenzando varias de ellas a hacer agua, amenazando con hundirse. Los hombres perdieron la calma, corrían de un lado para el otro sin saber a ciencia cierta qué hacer. Lewis y Clark, solo Dios sabe cómo, dieron con sus huesos en la orilla del río mientras la tripulación de las naves, desesperada y a punto de perder todos sus enseres, provisiones e instrumentos, no atinaba a realizar una acción cuerda.

Ecuánime y valiente, mientras su marido aullaba por el pánico –eventual y eficientemente silenciado por otro hombre que amenazó con dispararle si no cesaba en su desesperación-, Sacagawea, ubicada firmemente en el casco de su piragua, amarró fuerte y seguramente a su bebé en su espalda, mientras se dedicaba a sacar del agua tantos documentos y cajas como flotaban cerca de la borda, tras haberse hundido justamente la embarcación que transportaba el equipaje. Días después, mientras la expedición esperaba a que todo quedara seco para evitar que se pudriese, Lewis y Clark dimensionaron la importancia de las acciones de Sacagawea.

Pero el valor no era lo único que poseía nuestra protagonista. Conocedora de la naturaleza, también fue capaz de aportar cierta variedad a la restringida dieta de los expedicionarios, al encontrar por el camino diversas raíces y tubérculos comestibles que les ayudaron a no mermar de manera considerable sus reservas de alimento. Asimismo fue capaz de proporcionarles ropas adecuadas, pues confeccionó –y les enseñó a confeccionar- ropa y mocasines de piel.

Agosto fue el mes testigo de la, quizá, más memorable escena de aquella travesía que se extendió durante 16 meses a lo largo de cinco mil millas. Resulta que Lewis y Clark encontraron en su camino a un grupo shoshone dispuesto a negociar con caballos, animales que a ellos les resultaban imprescindibles para poder sortear el terreno que tenían por delante. Cuál no sería la sorpresa de los blancos al ver que Sacagaweaa, en cuanto lo vio, corrió a los brazos del imponente líder de los shoshone, Cameahwait. Observando un comportamiento completamente inesperado en la mujer, normalmente reservada y hasta huraña –y seguramente alarmantemente inapropiado a ojos de los expedicionarios-, tras el fraternal abrazo, la chica explicó entre lágrimas que aquel hombre era su largamente añorado hermano. Huelga decir que las negociaciones se llevaron a cabo con éxito rotundo.

Como última anécdota del viaje, se sabe que eventualmente, cuando se encontraban en Fort Clatsop, Clark –protector de Sacagawea, por quien sentía una especial simpatía que extendía a Jean Baptiste a quien cariñosamente llamaba Pompy– dijo que se trasladaría a la costa para ver a las ballenas. Sacagawea, con toda determinación, le anunció que quería ir porque nunca había visto el mar. Por supuesto, logró su cometido.

Tras 21 meses, los Charbonneau se separaron de Lewis y Clark. Al hacer un recuento de toda la ayuda proporcionada por Sacagawea, Clark se sintió culpable al haber entregado el pago completo a Charbonneau sin tomar en cuenta a su esposa. De esta manera, por medio de una carta, sugirió encargarse posteriormente de la educación de Jean Baptiste, compromiso que cumplió cuando la dama falleció a causa de la difteria el 25 de diciembre de 1812 en Fort Manuel; para entonces Toussaint no estaba con ella, como tampoco estuvo presente cuando en medio de una refriega entre indios y británicos la fortaleza fue quemada hasta sus cimientos, rescatando a los huérfanos John C. Luttig, quien los llevó a St. Louis, donde Clark se hizo cargo de ellos, quedando como guardián legal de los niños en agosto de 1813.

Existiendo testimonios posteriores a la fecha de su muerte, de mujeres que clamaron ser Sacagawea, daremos por cierta la versión aquí expuesta. Dama excepcional en tiempos y territorios hostiles, esta india shoshone fue la primera mujer cuyo voto fue tomado en cuenta para algo -ya que en la expedición de Lewis y Clark todos eran iguales, incluyendo a las féminas y a los esclavos de color, que en este caso eran nuestra protagonista y un hombre llamado York-, por lo que su figura ha sido enarbolada por los movimientos sufragistas como el de Susan B. Anthony, tomándola como estandarte y heroína hasta convertirse en la mujer a quien en más estatuas se ha representado en todo el territorio norteamericano, llegando incluso a aparecer su imagen en las monedas de un dólar.

FUENTES:

“Sacagawea”. Aut. Margaret Talbot. Revista Exploring History. National Geographic. Great Women. E.U. 2014.

www.history.com

http://www.monticello.org/

http://www.pbs.org

http://www.sacagawea-biography.org

http://www.sacagawea.com

[1] Existe hasta la fecha una controversia sobre la ortografía original de este nombre y por tanto su significado, ya que hay quien dice que viene del hidatsa sacaga (pájaro) y wea (mujer), coincidiendo esta interpretación con los audios dejados por los expedicionarios que pronuncian “Sah-cah’ gah-we-ah”; mientras que los shoshone insisten en que es “sacajawea”, que significa impulsor de botes


Un rudo y tenaz talento apasionado: Humphrey Bogart I

5 agosto 2014
Humphrey Bogart

Humphrey Bogart

Parte I

Por: Patricia Díaz Terés

El talento, en buena medida, es una cuestión de insistencia”.

Francisco Umbral 

Interpretando al dueño de un famoso café en el norte de África durante la Segunda Guerra Mundial, a un detective privado en el bajo mundo de San Francisco o al capitán de un barco de vapor en las selvas africanas, Humphrey Bogart fue un actor que trascendió a sus propios filmes convirtiéndose en todo un ícono del séptimo arte.

Pero la historia de Bogart, que nació el día de Navidad de 1899 en la Gran Manzana[i] –aunque también se ha mencionado el 23 de diciembre como su fecha de nacimiento-, no es la del humilde muchachito trabajador ascendiendo por la vida esforzándose cada día. Por el contrario, Bogart nació en un ambiente de privilegios, en la clase alta neoyorquina, siendo su padre un notable cirujano egresado de Yale que sin embargo era adicto al alcohol y la morfina; mientras su madre era una exitosa ilustradora de revistas que también tenía una marcada afición por la copa. De este modo, el chico vivía en un ambiente acomodado pero violento, ya que era testigo frecuente de las constantes peleas de sus embriagados padres.

Para educar a su hijo, el matrimonio Bogart decidió inscribirlo en la Trinity School, ubicada en la 91st Street, a unas cuantas calles de su domicilio ubicado en el 245 West, 103 Street. Posteriormente, durante su adolescencia fue enviado a la prestigiada Phillips Academy en Massachusetts, donde debía prepararse para poder emular la carrera de su progenitor. No obstante, Humphrey no era un muchacho disciplinado, por lo que fue expulsado de la escuela.

Sin otro proyecto de vida, se enroló en la marina de los Estados Unidos para pelear en la Primera Guerra Mundial, embarcándose así en el USS Leviathan, mismo que fue alcanzado por un torpedo en 1918. Se dice que durante este ataque, fue una esquirla la que le rasgó la boca que le dejara la cicatriz que se convertiría en uno de sus sellos durante su carrera actoral –otras versiones mencionan que tal herida fue ocasionada por una pelea que tuvo con un compañero al que llevaba como prisionero a las celdas del barco-.

Al terminar la guerra el joven Bogart decidió que su vocación estaba en las tablas, por lo que en la siguiente década probó suerte en el teatro. Su fisonomía y educación lo encasillaron en el papel del galancete millonario que acostumbraba aparecer en escena para decir “¿alguien apetece jugar tenis?”, resultando este rol ornamental absolutamente insatisfactorio para el incipiente actor.

En 1927 el sonido alcanzó al cine cuando se estrenó El cantor de jazz (The Jazz Singer, Alan Crosland), y esto hizo que Humphrey decidiese irse a Los Ángeles a probar suerte en Hollywood, donde ciertamente consiguió trabajo, pero nuevamente fue relegado a papeles secundarios que no le agradaron. Volvió al teatro. En 1935 tuvo un golpe de suerte al formar parte de la producción dirigida por Robert Sherwood, en la que representó al asesino Duke Mantee en la obra The Petrified Forest, como antagonista de Leslie Howard –mejor conocido por su papel de Ashley Wilkes en Lo que el viento se llevó (Gone With The Wind, Victor Fleming, 1939).

Por aquel entonces los estudios Warner compraron los derechos de la obra, teniendo entonces Bogart la oportunidad de filmar con Howard y con Bette Davis, bajo la dirección de Archie Mayo, estrenándose la película homónima de la obra teatral en 1936. Después de esta incursión en el séptimo arte, comenzó a interpretar convincentemente a los villanos del hampa, como Bugs Fenner en Balas o votos (Bullets or Ballots, William Keighley, 1936) donde compartió créditos con Edward G. Robinson y Joan Blondell; repitiendo la dupla con Robinson en Kid Galahad (Michael Curtiz, 1937) en la que interpretó a Turkey Morgan, nuevamente al lado de Bette Davis.

El gran cineasta William Wyler también fue testigo de la carrera de la estrella en ciernes, al dirigir a Bogart en Calle sin salida (Dead End, William Wyler, 1937), encarnando nuevamente a un gánster, esta vez  Baby Face Martin. Así continuó filmando incansablemente hasta que tuvo un impulso importante en su carrera gracias a El último refugio (High Sierra, Raoul Walsh, 1941), en la que personificó a Roy Earle junto a Ida Lupino. De esta manera resulta que 1941 y 1942 se convirtieron en dos de los años más importantes de su quehacer artístico, trabajando primero en El halcón maltés (The Maltese Falcon, John Huston, 1941) en la que interpretó de manera magistral al rudo detective privado creado por el escritor Raymond Chandler, Sam Spade, compartiendo pantalla con Mary Astor; y consiguiendo al año siguiente, nuevamente con Michael Curtiz, el papel que lo instalaría como una leyenda de la pantalla de plata: el misterioso exiliado americano Rick Blaine en la película Casablanca.

Este rodaje fue en muchos sentidos, sui generis. En primer lugar, los productores no tenían demasiadas expectativas con respecto a la cinta, de manera que no tenían una producción sólida, comenzando a filmar incluso sin un guion completo –se iba escribiendo, reescribiendo y modificando cada día-, mismo que se basaba en una obra de teatro censurada –por lo que nunca pudo ser representada- y escrita por Murray Brunett, un profesor que había viajado por Europa con su esposa en 1938, llegando a la Austria ocupada por los nazis y quedando impresionado por la estructura del gobierno dictatorial que ahí encontró. La pareja se dirigió entonces a Francia, visitando Niza, sitio en el que al entrar a un café escucharon la ahora famosa canción As Times Goes By, que era interpretada por un pianista de color.

Casablanca se trataba de una película que tenía la intención de convencer al pueblo norteamericano de la necesidad de que su país interviniese en la Segunda Guerra Mundial –como efectivamente sucedió tras el ataque a Pearl Harbor el 7 de diciembre de 1941-, en una etapa en la que el avance de las tropas germanas parecía imparable habiéndose ya ocupado Francia, obligando esta situación a que miles de refugiados emprendieran la huida a través de la ciudad marroquí de Casablanca para posteriormente alcanzar un pasaje hacia Lisboa desde donde partirían hacia la libertad en el continente americano, tal como se refleja en la película.

Para los productores no hubo duda acerca de la contratación de Ingrid Bergman para el papel de Ilsa Lund; sin embargo, la elección de Bogart para Rick Blaine no fue tan obvia, siendo el actor sugerido por Curtiz. Esta propuesta no fue bien acogida por los estudios al principio, llegando un productor a preguntar que quién se atrevería a besar a Humphrey, declarando Bergman que ella lo haría sin problema. No cabe duda de que la elección fue certera, pues la química de ambos en la pantalla es evidente, lo cual bien pudo haber sido facilitado por las relaciones que había tenido Ingrid con dos hombres parecidos al ficticio Rick, el director de cine Roberto Rossellini y el fotógrafo húngaro Robert Capa, caballeros aventureros y desapegados.

Ocupada por los alemanes, Marruecos no era una opción para realizar el rodaje, por lo que tuvieron que montar todos los sets en los estudios Warner. Difícil situación tuvo entonces Curtiz entre manos al ser casi todo su reparto de origen europeo, habiendo muchos de ellos huido del conflicto bélico que aquejaba al Viejo Continente. De este modo, al pronunciarse la palabra “corte” muchos de los participantes estallaban en llanto al recordar a sus familias y sus propias vidas, siendo la cuestión particularmente delicada para los alemanes que debían interpretar a los soldados nazis.

Un factor más vino a afectar la filmación de la legendaria Casablanca, la constante presencia en los estudios de la esposa neurótica de Bogart, Mayo Methot, pero de ella, de Lauren Bacall y otras películas del gran Humphrey Bogart hablaremos con más detenimiento en la próxima entrega de esta columna.

 

FUENTES:

“El Cine”. Editora Núria Lucena Cayuela. Ed. Larousse. Barcelona, 2002.

“Casablanca”. Serie Luces de la Ciudad. Aut. Guadalupe Loaeza. Periódico Reforma, suplemento El Ángel. 13 de marzo 2011.

 “Tough Without a Gun: The Extraordinary Life of Humphrey Bogart by Stefan Kanfer”. Aut. Philip French. The Observer. 13 de febrero 2011.

“You Must Remember This; A Sign Is Not Just a Sign”. Aut. Manny Fernandez. 25 de junio 2006. www.nytimes.com

  1. biografiasyvidas.com
  2. tcm.com

[i] Nueva York.


La soledad del talento: Emily Dickinson

21 julio 2014
Emily Dickinson

Emily Dickinson

Por: Patricia Díaz Terés

Jamás hallé compañera más sociable que la soledad”.

Henry David Thoreau

Rumores y leyendas se levantan comúnmente alrededor de aquellos personajes que han dejado su huella en la historia, sin importar si durante sus vidas experimentaron las más trepidantes y sórdidas aventuras, o bien tuvieron una existencia austera y discreta. Teniendo por lo regular todos los famosos escritores alguna peculiaridad dentro de su personalidad, no fue excepción la poetisa norteamericana Emily Dickinson.

En Amherst, Massachusetts decidieron instalarse en 1813 Samuel Fowler Dickinson y Lucretia Gunn Dickinson, siendo él uno de los fundadores del prestigiado Amherst College, y construyendo la pareja para tal efecto la casa que nombraron Homestead.

En esta misma ciudad su hijo, Edward Dickinson, contrajo a su vez nupcias con Emily Norcross. Tratándose de un lugar en donde el puritanismo era pan de todos los días, Edward fue formado como un hombre severo y tradicional que eventualmente se convirtió en juez de Amherst, luego en senador del estado y posteriormente llegó a representar a Massachusetts en el Congreso de Washington. Así, estando la formación de una familia dentro del esquema prioritario del abogado, la pareja tuvo tres hijos: William Austin Dickinson, Lavinia Norcross Dickinson y la escritora Emily Dickinson.

Siendo la segunda en nacer, Emily vino al mundo un 10 de diciembre de 1830, exhibiendo desde pequeña un espíritu sensible, pero también una voluntad propia y determinada. Tras haber sido educada con esmero en casa, en 1840 fue inscrita por sus progenitores en la Academia de Amherst, una escuela que había vedado la entrada a todas las féminas hasta tan solo un par de años antes. Ahí la chiquilla pudo alimentar su alma y su mente, convirtiéndose en una alumna aventajada, particularmente en cualquier materia que tuviese relación con las letras, complementándose su educación con el aprendizaje tanto del griego como del latín.

Siete años pasó la chica en aquel lugar, para después ser trasladada al Seminario para Señoritas Mary Lyon de Mount Holyoke, un lugar que centraba sus enseñanzas en la religión, y donde el padre de Emily esperaba que a su hija se le despejara la mente de sus “alocadas” ideas y regresara al camino del bien, para ser una señorita dócil y obediente que concentrase su capacidad intelectual en temas sacros. Nada más lejos del carácter de la damisela.

Fascinando a la joven disciplinas tan distintas como la botánica y la música, disfrutaba enormemente el tiempo que podía disponer en su jardín o tocando el piano, aunque su verdadera pasión era escribir poemas, cosa que hacía en cuanto pedazo de papel se cruzaba por su camino. Así, nada sentó peor a su ánimo que la restrictiva escuela para señoritas, saliendo la muchacha de la misma tras un semestre debido a que su cuerpo se rebeló y cayó enferma. Nunca regresaría a tal lugar.

Ahora bien, según las descripciones que se tienen de Emily era una dama frágil y tímida, que tenía un miedo casi patológico al contacto social; sin embargo, su determinación en otros aspectos nos hace pensar que la chica, si bien pudo haber sido introvertida, tenía un espíritu libre que la impulsaba a alejarse de las convenciones sociales. De igual manera, su marcado desarrollo intelectual fue lo que probablemente la llevó a tratar de entablar relaciones románticas con hombres mucho mayores que ella.

Ante el disgusto de su padre, su primer amor fue probablemente Benjamin F. Newton, que le llevaba diez años y para colmo de males era colega del distinguido Edward Dickinson. Viendo un peligro inminente en la amistad entre su compañero y Emily, seguramente Mr. Dickinson tomó cartas en el asunto, pues Benjamin decidió irse de la ciudad y contraer matrimonio con otra mujer, sin cesar sin embargo su contacto con la incipiente escritora, a quien la pena embargó de manera terrible cuando su amor imposible falleció a causa de la tuberculosis un par de años después de su partida, en 1853.

Para 1854 –año en que Emily viajó con su familia a Washington para apoyar la carrera política de su padre- encontró “solaz” para su alma en otro amor prohibido, el reverendo Charles Wadsworth, quien no solo le llevaba 16 años, sino que además era un hombre casado. Siguiendo el patrón de Newton, Wadsworth también optó por poner tierra de por medio y en 1861 se fue con su familia a San Francisco, perdiéndose su rastro para Emily. Siendo una mujer con una paciencia y una tozudez infinitas, logró dar de nuevo con su adorado en 1870, comenzando una relación epistolar que culminó en un encuentro diez años después, en 1880. Nuevamente, al igual que en el caso de Benjamin, Charles falleció dos años después.

Otro hombre que se vincula al corazón de Dickinson es Otis Lord, un juez –y compañero de estudios (!) de su padre- con quien se dice que sostuvo un apasionado romance cuando el hombre quedó viudo. Al parecer en este caso sí hubo intenciones de contraer matrimonio, pero por alguna razón este no se concretó, de modo que la relación entre ambos continuó hasta la muerte del varón en 1884.

De esta manera se cuenta que fueron todas estas penas las que eventualmente llevaron a Emily a recluirse en su casa y posteriormente en su cuarto solamente, rehuyendo cualquier contacto social fuera de su familia, estableciéndose entonces una afectuosa amistad entre ella y su cuñada Sue Gilbert Huntington –con quien algunas fuentes la vinculan romántica y no fraternalmente-. Para entonces la señorita ocupaba todo su tiempo en atender a su madre enferma, cocinar, cuidar su jardín y escribir poemas, los cuales se negaba terminantemente a publicar, particularmente tras una desafortunada crítica que recibió por parte del erudito Thomas W. Higginson –quien tuvo a bien rechazar también a Walt Whitman, y de quien se dice que fue amante de la Bella de Amherst[i]-, quien le comentó que consideraba su poesía como imperfecta aunque atrayente. Esto bastó para minar las ilusiones de la escritora, quien decidió que no publicaría ninguno de sus escritos –únicamente lograron salir a la luz cinco poemas, dos de ellos probablemente sin conocimiento o conocimiento de su autora, y existe la hipótesis de que la negativa a imprimir se debió principalmente al respeto absoluto que sentía por su padre, a quien una publicación por parte de su hija hubiese ofendido gravemente-.

Tras la muerte de Wadsworth, Emily recibió otro duro golpe cuando su sobrino Gilbert, de tan solo 8 años, murió a causa del tifus. Esta pena, sumada a una inactividad constante provocaron un daño en los riñones de la dama quien cayó víctima del mal de Bright. Siendo larga y penosa su agonía, misma que se veía agravada por momentos debido a la preocupación que le ocasionaba el que su hermano le fuera infiel a Sue con una señora de nombre Mabel Loomis Todd, la solitaria dama comenzó a perder la vista y pronto no pudo salir de su cama. Teniendo mucho “tiempo libre”, se dio a la tarea de planear su propio funeral, instruyendo a la pequeña Vinnie[ii] para que la vistiesen de blanco –costumbre que había adquirido años atrás-, le colocaran un ramo de lilas sobre el pecho, la enterrasen en un ataúd blanco y, sobre todo, que nadie la viera –su caja fue sacada de la casa por la puerta trasera y sus restos fueron depositados en una tumba cuyo epitafio reza “Called back”-.

Y así, tras la muerte de la reservada escritora el 15 de mayo de 1886, su hermana Lavinia encontró en la habitación de Emily dos mil poemas –la cantidad varía de acuerdo a la fuente de referencia- que se hallaban preparados en una suerte de fascículos (4) elaborados por la propia autora, como si hubiese pretendido publicarlos en algún momento. Desde que realizó el descubrimiento, Vinnie hizo todo lo posible por que la magnífica obra de Dickinson viese la luz, encontrando innumerables trabas. En tal proceso se inmiscuyó también Mabel Todd, quien junto con Thomas Higginson editó el primer volumen de poesías escritas por la Poeta Reclusa, sin siquiera mencionar el nombre de Lavinia.

Otros dos volúmenes de poesía y algunos de cartas fueron publicados con posterioridad, quedando el nombre de Emily Dickinson grabado a fuego en la historia de la literatura universal, recordándola el gran Jorge Luis Borges con las siguientes palabras: “No hay que yo sepa, una vida más apasionada y solitaria que la de esa mujer. Prefirió soñar el amor y acaso imaginarlo y temerlo”.

 

FUENTES:

“Cartas de Emily Dickinson”. Aut. María Aixa Sanz. www.margencero.com

“Emily Dickinson: el hoy hace que el ayer signifique”. Cultura Colectiva. 15 de mayo 2014.

“La loca de Amherst”. Aut. Paola Kaufmann. www.lamaquinadeltiempo.com

“Emily Dickinson”. Julio 2009. http://vidasfamosas.com

“La poetisa recluida, Emily Dickinson”. 5 de mayo 2014. www.mujeresenlahistoria.com

“The Homestead”. www.coveacultural.com

 

[i]Emily Dickinson ha sido conocida también como la Bella de Amherst, la Mujer de Blanco, la Poeta Reclusa y la Monja de Amherst.

[ii]Lavinia Dickinson.


La Abadía de Westminster: Hogar permanente de los grandes II

14 julio 2014
Poet's Corner

Poet’s Corner

Parte II

Por: Patricia Díaz Terés

El objetivo último de la arquitectura es la creación de un paraíso”.

Alvar Aalto

Como testigo monumental de la historia de Inglaterra se alza impresionante la Abadía de Westminster a un lado del Palacio de Westminster, mejor conocido como las Casas del Parlamento, cuya famosa Torre Elizabeth es uno de los símbolos que identifican a todo el Reino Unido alrededor del mundo al ser comúnmente conocida como Big Ben –que en realidad es como se llama la campana que se encuentra en el interior de la torre y cuyo nombre se lo debe, probablemente, a Sir Benjamin Hall-.

De este modo la Abadía de Westminster ha albergado en sus impresionantes naves eventos que han marcado de un modo u otro la historia británica, destacando entre ellos las coronaciones de los monarcas, ceremonia que se ha modificado con el pasar de los siglos. Así, hasta la Edad Media los servicios fueron realizados en latín, mientras que Isabel I decidió hacer una mezcla de inglés y latín en 1558, siendo Jaime I en 1603 quien determinó que la liturgia debería realizarse por completo en inglés. Un pequeño ajuste a la ceremonia tuvo que hacerse en 1689 ante la eventualidad de la coronación simultánea de dos monarcas, Guillermo III y María II. Durante las dos centurias siguientes, el espectáculo opacó a la dignidad religiosa, por lo que los asistentes a la ceremonia llegaron a confundirse a tal grado que incluso comían adentro de la abadía durante el rito –coronación de Jorge III en 1761-, cual si de un simple evento social se tratase.

De igual manera, la fastuosidad del ritual ha variado de acuerdo a la personalidad del personaje entronizado, encontrándose los extremos de la más extravagante grandiosidad y la más simple austeridad, ubicándose en la primera el rey Jorge VI y la segunda su sucesor inmediato Guillermo IV, a quien incluso tuvieron que convencer para que permitiese hacer lo que se conoció como la “coronación del penique”. No fue si no hasta el siglo XIX cuando la reina Victoria retomó el significado y la proporción de la dignidad del rito de investidura, convirtiéndose en el siglo posterior las ceremonias en eventos internacionales que reunieron a gran cantidad de dignatarios de todo el orbe. Asimismo, con la aparición de la televisión, el suceso que siempre había estado vedado a los ojos de los plebeyos fue expuesto ante todo el mundo durante la última coronación que ha visto la Abadía, la de Isabel II en 1953.

Pero más allá de ser un escenario para los reales eventos, la Abadía de Westminster es también un santuario. En su interior se encuentran miles de tumbas en las cuales descansan los restos de ilustres personajes que van desde el descubridor de las cataratas Victoria, Sir David Livingstone y Sir Isaac Newton, hasta el escritor Geoffrey Chaucer, autor de Los cuentos de Canterbury.

Y así llegamos a uno de los sitios más representativos de la abadía, el Poet’s Corner o Rincón de los poetas. Para cualquier amante de la literatura, pisar la placa que ostenta el nombre de Charles Dickens, al tiempo que ve la imponente escultura que recuerda a William Shakespeare, es una experiencia sobrecogedora. Deambular por el Rincón de los poetas es como trasladarse en el tiempo o meterse entre las páginas de todos aquellos libros que esos ilustres literatos escribieron en vida, sensación que no es disminuida al tener el conocimiento de que los restos de los escritores no se encuentran, en muchas ocasiones, exactamente en el lugar donde se ha levantado su monumento, como es el caso del Bardo[1], quien permanece en Stratford-upon-Avon o de Lord Byron cuyos restos presuntamente se encuentran en la Iglesia de Santa María Magdalena en Hucknall, Nottinghamshire.

Numerosos músicos también han encontrado aquí su último lugar de descanso, entre ellos el compositor George Frederic Handel, en cuyo funeral tres mil personas abarrotaron la abadía; además de que en el Musician’s Aisle o Pasillo de los músicos están enterrados compositores como Henry Purcell, John Blow o Ralph Vaughan Williams.

Ahora bien, la Abadía de Westminster ha desempeñado otros papeles en los momentos más álgidos de la historia, como por ejemplo durante la Segunda Guerra Mundial. En esta etapa, después de que Inglaterra declarase la guerra a Alemania el 3 de septiembre de 1939, lo primero que se hizo en el sagrado recinto, como en tantos otros lugares históricos, fue resguardar sus tesoros –varios procedentes de la Lady Chapel-, muchos de los cuales fueron enviados a casas de campo como Mentmore, mientras que el Trono de Coronación fue depositado en la catedral de Gloucester[2]; una colección de efigies funerarias hechas en cera fueron escondidas en la estación del metro de Picadilly. Por su parte, el problema de las tumbas fue resuelto resguardándolas con sesenta mil bolsas de arena.

Una vez resuelto el asunto de las maravillas resguardadas, la abadía fue empleada para usos útiles en la bélica temporada. De este modo la Pyx Chamber fue usada como cuartel por la Comisión de Precauciones para Incursiones Aéreas, a la vez que un dispensario fue colocado en el museo. Pero la abadía no corrió con la misma suerte que el Castillo de Windsor –el cual fue deliberadamente evitado por la temida Luftwaffe[3]-, por lo que fue efectivamente alcanzada por algunos proyectiles, ocasionándose el mayor daño en su estructura el 11 de mayo de 1941, día en que los londinenses contemplaron horrorizados cómo llamaradas de doce metros se alzaban desde el techo de la catedral.

Por otro lado, la alegría desatada por toda Europa al terminar la Segunda Guerra el 8 de mayo de 1945 también fue contenida en la Abadía de Westminster, realizándose durante el Día de la Victoria continuos servicios que comenzaron a las nueve de la mañana y concluyeron a las diez de la noche, asistiendo en total unas veinticinco mil personas.

El folklore popular tampoco ha dejado de lado a la Abadía de Westminster, existiendo alrededor de ella toda una serie de historias y leyendas que, en su mayoría, involucran la participación de algunos espectros e incluso de santos. De esta forma, la leyenda más antigua se remonta a la víspera de la consagración de la iglesia original, día en que un pescador quien navegaba en su bote por el Támesis se encontró con un desconocido que solicitó su ayuda para cruzar el río. Siendo un buen hombre y sin tener motivos para recelar del solicitante, el barquero aceptó. Se dice que el dueño de la barca quedóse estupefacto cuando vio cómo la nueva iglesia se iluminaba con celestial brillo al momento que escuchaba el canto de los mismísimos ángeles, develándose su pasajero como san Pedro en persona, quien procedió a consagrar él mismo su propio templo con agua bendita.

Un fantasma más reciente, y al parecer constante, en la abadía es el padre Benedictus, quien flota alegremente entre los claustros entre las cinco y seis de la tarde, siendo tan amigable que incluso sostiene conversaciones con los testigos que lo toman como un monje común. Al parecer, el cortés fraile tuvo a bien entretener a un grupo de extranjeros durante veinticinco minutos por allá del 1900, antes de dejar a sus oyentes atónitos cuando atravesó la pared y desapareció.

Otro sitio que supuestamente alberga su propia aparición es la Tumba del Guerrero Desconocido, un monumento que conmemora a los soldados fallecidos durante la Primera Guerra Mundial, habiendo sido enterrado en el lugar en 1920 el cuerpo de un militar anónimo. Así, algunas personas cuentan que el alma de este valiente se materializa junto a la tumba durante unos minutos en cuanto sabe que el último turista ha abandonado el recinto.

Lugar de historia, leyenda y magia, la Abadía de Westminster ha visto pasar debajo de sus impresionantes techos lo mismo a Enrique VIII que a Kate Middleton, siendo actualmente una de las catedrales más visitadas del mundo, y cuya sola presencia constituye un motivo de orgullo para todos los súbditos de Gran Bretaña.

 

 

FUENTES:

Lord Byron, una muerte precoz”. www.nationalgeographic.com.e

www.discoverbritainmag.com

www.ghost-story.co.uk

http://www.pagina12.com.ar/

http://www.parliament.uk/

www.westminster-abbey.org

[1]Así se conoce a Shakespeare.

[2]La Piedra del Destino fue cuidadosamente ocultada en el interior de la abadía.

[3]Fuerza aérea alemana.


La Abadía de Westminster: Hogar permanente de los grandes I

7 julio 2014
Abadía de Westminster (foto: Patricia Díaz)

Abadía de Westminster (foto: Patricia Díaz)

Parte I

Por: Patricia Díaz Terés

La arquitectura es el gran libro de la humanidad”.

Victor Hugo

Existen ciertos lugares en el mundo en los cuales, al entrar, una sensación sobrecogedora atrapa al visitante cuando percibe el peso de las historias ahí contenidas. Uno de estos majestuosos emplazamientos es la Abadía de Westminster, ubicada en Londres, en el Reino Unido.

Portentoso edificio cuya magnificencia puede apreciarse en todo su esplendor desde Parliament Square, la Abadía es una construcción que alberga en sus entrañas a más de tres mil eminentes personajes de la historia británica –entre ellos diecisiete monarcas-, sin contar con todos aquellos que, sin que sus restos descansen ahí, están representados con monumentos y esculturas.

Fue en el siglo XIII, en 1245 cuando el rey Enrique III decidió comenzar a erigir lo que con los años se convertiría en una de las catedrales góticas más famosas del mundo -cuyo nombre oficial es Iglesia Colegiada de San Pedro, Westminster-, tomando como base el monasterio benedictino dedicado al rey Edgar y a san Dunstan, fundado alrededor del año 960 D.C y renovado por el rey Eduardo el Confesor en 1040 denominándose como el ministerio del oeste, para distinguirlo de la catedral de San Pablo, a la cual se conocía como ministerio del este.

A pesar del gran empeño que Eduardo el Confesor –canonizado después de que sus restos fueran exhumados tras de un año de su fallecimiento, encontrándose su cuerpo incorrupto- puso en la edificación del nuevo monasterio, el monarca no pudo ver cristalizado su sueño, ya que para el 28 de diciembre de 1065, fecha en que fue consagrada la nueva construcción, el soberano estaba demasiado enfermo para asistir a la ceremonia, muriendo poco después –5 de enero de 1066– y siendo sus restos depositados enfrente del altar mayor.

La importancia del recinto pronto se hizo evidente, teniendo ahí lugar la coronación de Guillermo I el Conquistador en la Navidad de 1066 –no se sabe a ciencia cierta si el sucesor inmediato del Confesor, Harold Godwineson, se realizó en la abadía-, después de que este conquistara el trono tras la batalla de Hastings en octubre del mismo año.

Fue el rey Enrique III, tomando en cuenta las ceremonias que solían llevarse a cabo en la abadía, quien decidió otorgarle un diseño que permitiese que tales eventos se realizaran con toda la pompa que les correspondía –se construyó la bóveda más alta de Inglaterra con 31 m, además de un “teatro” en donde los numerosos asistentes pudieran acomodarse adecuadamente-. De esta manera, la tarea fue encargada a tres maestros: Henry de Reyns, John de Gloucester y Robert de Beverley, quienes tomaron como inspiración las catedrales francesas de Reims, Amiens y Chartres. De igual forma, el monarca encargó en 1230 que se elaborara la más grande campana jamás vista para que se anunciaran con dignidad los diferentes ritos que se albergaban en la abadía. Para 1255 en las torres de la catedral eran cinco las campanas que tañían los miembros de la Brethren of the Guild of Westminster, incluyendo aquella elaborada por Richard Wimbis y que está grabada con la inscripción “Christe Audi Nos”, misma que hasta nuestros días se puede admirar en el museo de la abadía.

De esta manera, y tras ser consagrada Westminster el 13 de octubre de 1269, fue Eduardo I el primer soberano en ser coronado ahí en 1274 –que no estaba terminada, faltando la construcción del ala oeste-, mandando el estadista a construir el original Trono de Coronación o Trono de San Eduardo en 1298 -mismo que sigue empleándose en la actualidad, habiendo sido únicamente omitido en la ceremonia de coronación de María I, que eligió utilizar un trono obsequiado por el papa; mientras que María II debió ser coronada en una réplica al compartir la ceremonia con Guillermo II, cuando ambos entronizados como monarcas simultáneos en 1689, y que aparece por ejemplo en la película El discurso del rey (Tom Hooper,2010)- para contener la Piedra del Destino o piedra de Scone, que el monarca había tomado de la escocesa del mismo nombre.

Para el siglo XIV el abad Nicholas Litlyngton, gracias a las generosas donaciones del cardenal Simon Langham, pudo continuar los trabajos de construcción en la abadía, mismos que se extendieron durante los siguientes 150 años. Ahora bien, en 1222 la abadía fue declarada Papal Peculiar, es decir un templo libre de la jurisdicción del obispo de Londres y del arzobispo de Canterbury; sin embargo en 1533 fue declarada, por medio del Acta de Licencias Eclesiásticas, una Royal Peculiar –al igual que la Capilla de san Jorge en el Castillo de Windsor-, quedando totalmente bajo el dominio de la monarquía y a cargo de un Lord gran chambelán –siete años después, el 16 de enero de 1540, Enrique VIII convirtió a Westminster en una catedral que estaría a cargo de un obispo, en aquel tiempo Thomas Thirlby, un decano y doce prebendados-.

La grandiosidad de la Abadía de Westminster se vio aumentada con la adición que le hizo Enrique VII, la Lady Chapel, cuyos arquitectos probablemente fueron Robert Janyns y William Vertue, y que comenzó a ser construida en 1503 siendo consagrada el 19 de febrero de 1516 y cuyos muros albergan 91 estatuas de santos, además de que las tumbas del monarca que la inició y de su esposa Elizabeth de York –cuyas efigies fueron esculpidas por Pietro Torrigiano, un artista que presuntamente huyó hacia Inglaterra después de haber roto la nariz al famosísimo Miguel Ángel– fueron ubicadas tras el altar mayor.

Actualmente dentro de la Lady Chapel se encuentra a su vez la Royal Airforce Chapel -develada por el rey Jorge VI el 10 de julio de 1947, y construida por iniciativa de Mr. N. Viner-Brady, con la ayuda de un comité encabezado por Lord Trenchard, comisario de la RAF y Lord Dowding, quien dirigió el Mando de Caza durante la batalla-, la cual está dedicada a todos los pilotos de la RAF [1]que pelearon durante la Batalla de Inglaterra entre julio y octubre de 1940 durante la Segunda Guerra Mundial. Este sitio está engalanado con un impresionante vitral diseñado por Hugh Easton, en el cual pueden apreciarse, además de las insignias de los diferentes escuadrones que participaron en la lucha, la imagen del líder de un escuadrón arrodillado ante la Virgen María y el Niño Jesús, así como otros motivos religiosos. Asimismo en este lugar puede verse el altar diseñado por A. E. Richardson, en el cual se exhiben extraordinarias esculturas del Rey Arturo y de san Jorge. Una cruz de plata y exquisitos candelabros creados por J. Seymour Lindsay completan la parte ornamental más importante del recinto.

Lugar para festejar la gloria o para sufrir dignamente las penas, la Abadía de Westminster ha albergado a lo largo de su historia tanto coronaciones como funerales de grandes personajes, teniendo cada uno de estos rituales estrictos ceremoniales. De esta manera, 38 han sido las ceremonias de coronación que han visto los muros de la abadía desde los tiempos de Guillermo el Conquistador –anteriormente se habían utilizado otros lugares como Bath, Canterbury o Winchester-, siendo la última la de Isabel II en 1953. Así, en el siglo XIII era la costumbre que el futuro rey se trasladase de la Torre de Londres a la Abadía en la víspera de la coronación, realizándose luego una procesión desde Westminster Hall, lugar al cual se retornaba después de la ceremonia para ofrecer un gran banquete. Fue Jaime II quien eliminó la procesión, mientras que el banquete y todas las ceremonias previas a que el monarca fuese coronado las erradicó Jorge IV en 1821.

Pero aún quedan por tratar muchos asuntos en torno a la hermosa Abadía de Westminster, en la cual descansan no solo los grandes monarcas, sino las grandes mentes de muchos siglos atrás, pero de todo ello hablaremos con más detenimiento en la próxima entrega de esta columna.

 

FUENTES:

www.westminster-abbey.org

www.discoverbritainmag.com

http://www.pagina12.com.ar/

 

[1]Royal Air Force.


Un temible reformador: Pedro I el Grande III

30 junio 2014
Pedro I el Grande

Pedro I el Grande

Parte III

Por: Patricia Díaz Terés

El carácter es la fuerza sorda y constante de la voluntad”.

Herni Dominique Lacordaire 

El zar Pedro I de Rusia, el Grande, era un hombre temible en más de un sentido. Para empezar era un caballero de impresionante figura, con gran estatura y anchos hombros, cuya fortaleza física le permitía realizar pesados trabajos en uno de sus lugares favoritos: los astilleros, pues le agradaba en gran medida la construcción de los barcos. De igual manera, tal fuerza le hizo posible trabajar activamente para ver realizado su más grande sueño: la construcción –literalmente hablando- de una nueva capital cosmopolita que representara dignamente a su vasto imperio.

Por otra parte, sus capacidades físicas se veían complementadas por un férreo y apasionado carácter que aterrorizaba a sus cortesanos, ya que todos sabían que no debían contrariar al soberano, porque que este podía estallar en cualquier momento en uno de sus legendarios accesos de cólera, en los cuales no lograba medir el alcance de sus acciones, comenzando a vociferar y llegando incluso a los golpes a la menor provocación. No obstante, su inteligencia era también considerable –de hecho estudió ciencias como la mecánica, la medicina y la astronomía, y disfrutó de audiencias con grandes mentes de su tiempo como Gottfried Wilhelm Leibnitz o Sir Isaac Newton, llegando a ser miembro honorario de la Academia Francesa de Ciencias (1717)-, por lo que también podía llegar a ser el más hábil de los negociadores, característica que lo convirtió en un notable diplomático.

Para el levantamiento de su ansiada capital, San Petersburgo, Pedro I tuvo que aplicar cada una de sus capacidades. Primero que nada, tuvo que conseguir el lugar, encontrando el sitio idóneo en un territorio ganado durante la Gran Guerra del Norte –que duró 20 años-, en la que el monarca ruso se enfrentó a Carlos XII de Suecia, siendo este último derrotado. Posteriormente decidió que lo segundo que tenía que hacer, era levantar una fortificación que pudiese defender eficazmente la desembocadura del río Neva, construyendo además un puerto comercial. Tal fortaleza fue la de San Pedro y San Pablo, cuyos trabajos iniciaron el 16 de mayo de 1703 –en este mismo año el zar comenzó a vivir, después de haberse divorciado de su primera esposa, con Martha Skowronska, una campesina que le fue entregada como regalo por el príncipe Alexander Menshikov, y que con el tiempo se convertiría en Catalina Alexeyevna, nombre con el cual desposó a Pedro en 1712, dándole la dama diez hijos de los cuales sobrevivieron tres: Anna, Elizabeth y Pedro Petrovich-, trasladándose en este tiempo el zar una pequeña covacha, que le servía de refugio mientras él participaba activamente en la construcción de su fuerte.

A finales de ese año, nuestro protagonista capitaneó la nave Estandarte por el golfo de Finlandia, siendo este el primer barco ruso en lograr tal hazaña. Continuó así Pedro con el levantamiento del Almirantazgo, un astillero que en algún momento albergaría el cuartel general de la flota rusa. Pero el zar no deseaba contentarse con una ciudad estratégica y deslustrada, por lo que la llegada del arquitecto Domenico Trezzini le vino como anillo al dedo, pues tenía este hombre ya gran fama por haber construido el hermoso palacio de Federico IV de Dinamarca, convirtiéndose así de inmediato en maestro de edificaciones de Rusia el 1 de abril de 1703.

Diez años más tarde comenzó la construcción de la catedral de Pedro y Pablo, complicándose la erección de la ciudad en general por el complicado terreno en el cual se asentaba, ya que era muy similar a Venecia: pantanos que se cobraban con demasiada facilidad la vida de los trabajadores llegados de todas las partes del territorio ruso –la cantidad de muertes hicieron que se dijera que San Petersburgo era una “ciudad edificada sobre huesos”-.

A pesar de la reticencia de los nobles para trasladar su residencia a la nueva ciudad, Pedro el Grande consiguió doblegarlos. La primera en ser convocada fue su hermana Natalia, siguiéndola otros tantos aristócratas y cortesanos –a quienes se les solicitó que construyeran sus viviendas al estilo inglés, con planos diseñados por Trezzini, a lo largo de la orilla izquierda del Neva-, mismos que fueron “acompañados” por gran cantidad de comerciantes, funcionarios y otro tipo de trabajadores, cuyas casas fueron ubicadas en la ribera derecha del Neva con características mucho más modestas que las de la clase alta.

Para 1712 el zar pudo establecer oficialmente a San Petersburgo como capital de Rusia, convirtiéndose en capital de todo un imperio cuando Pedro se proclamó emperador el 22 de octubre de 1721. La población pronto se multiplicó y para 1714 el asentamiento contaba ya con 34 mil 500 edificios, mismos que fueron colocados de manera ordenada y hermosa, basándose primero su disposición en la ciudad de Ámsterdam, cambiando después de idea Pedro al conocer París en 1717, basando los diseños posteriores en la capital francesa. Habiendo quedado considerablemente impresionado por la magnificencia de Versalles, el soberano decidió que su grandiosa capital no podía parecer inferior, por lo que contrató al arquitecto Alexandre Leblond, cuyo nuevo plan urbanístico incluyó la construcción de tres grandes avenidas que desembocarían en el Neva, siendo la principal de ellas la Nevsky Prospekt, que llevaba desde el Almirantazgo hasta el monasterio de Alejandro Nevsky.

Miles de vicisitudes tuvieron que soportar los primeros habitantes de San Petersburgo por la obstinación de su monarca, ya que el hecho de que no hubiese terrenos adecuados para la agricultura en sitios cercanos, provocaron que se tuviesen que trasladar todo tipo de alimentos desde todos los rincones de la Madre Rusia. Al mismo tiempo, el hecho de que gran parte de las construcciones, particularmente las más humildes, estuviesen hechas con madera dio origen constantes incendios. Para colmo de males, las inundaciones eran un peligro constante, ya que el río se desbordaba llevándose tanto a las construcciones como a los humanos, siendo el peor desastre de tal tipo registrado en 1721, evento que le costó a la corona dos millones de rublos.

Sin embargo Pedro el Grande se salió con la suya y finalmente coronó su adorada capital, también conocida como La Venecia del Norte, con la magna construcción de su palacio de Peterhof a orillas del mar Báltico, de cuyo diseño se encargó Trezzini, mientras Leblond ideó unos hermosos jardines geométricos y terrazas decoradas con esculturas y fuentes.

Por otra parte, y dejando de lado todos estos logros arquitectónicos, el zar encontró un gran punto de conflicto en su propia familia. Su hijo Alexis –hijo de Eudoxia Lopukhina-, el heredero del trono, había resultado tener un carácter completamente contrario al de su padre, por lo que se le percibía como un chico reservado e intelectual, que no gustaba de la actividad física y mucho menos de las acciones bélicas, para horror de su padre. De este modo el implacable monarca lo amenazó de todas las maneras que se le ocurrieron para que su hijo cambiara su actitud, logrando únicamente que el joven huyese despavorido hacia Viena. Finalmente, con promesas de cambio y uno que otro halago, Pedro I logró que su vástago retornase a Moscú, tan solo con el objetivo de ubicarlo como cómplice en una conspiración para dar un golpe de Estado, ordenando el zar que se apresara y torturara a su propio retoño, para luego programar su ejecución, misma que no llegó a llevarse a cabo debido a que el muchacho falleció en extrañas circunstancias en la prisión el 26 de junio de 1718.

Pero ¿cómo acabaría la vida de un hombre tan tenaz, aguerrido, cruel y errático como Pedro el Grande? Por un acto heroico –o al menos eso se piensa-. Se cuenta que en 1724, mientras el zar navegaba de Kronstadt a la capital, en una fría y tormentosa noche de octubre, su embarcación encontró un naufragio no lejos de la villa de Lakhta. Sin dudarlo un momento, el emperador se lanzó al rescate, participando él mismo en el salvamento de los hombres, hundiéndose sin temor en las heladas aguas hasta la cintura. De este modo, se dice que fue este evento el que provocó que su majestad cayese gravemente enfermo –aunque se sabe que tenía serios problemas con la vejiga y las vías urinarias-, sufriendo una horrible agonía que concluyó el 28 de enero de 1725, cayendo el peso del gobierno en manos de su esposa Catalina.

Hombre tenaz, brillante y despiadado, Pedro I el Grande ha pasado a la historia como uno de los más grandes zares de Rusia, que ayudó a levantar un imperio que perduraría durante siglos, perpetuándose su dinastía –Romanov– hasta el día en que Nicolás II fuera asesinado durante la Revolución de 1917.

 

FUENTES:

“Pedro el Grande. El modernizador de Rusia”. Aut. Pedro Rueda Ramírez. Revista Historia National Geographic no. 43. España, septiembre 2007.

“Pedro el Grande. Artífice de San Petersburgo”. Aut. María de los Ángeles Pérez Samper. Revista Historia y Vida no. 396. Marzo, 2001.

 “Peter the Great”. www.rusartnet.com

“Peter the Great”. www.rmg.co.uk


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