Del paraíso de la ilusión al abismo de la traición: Dante Alighieri I

11 abril 2015
Dante Alighieri

Dante Alighieri

Parte I

Por: Patricia Díaz Terés

El hombre tiene ilusiones como el pájaro alas. Eso es lo que lo sostiene”.

Blaise Pascal

Conocido como uno de los más grandes poetas de todos los tiempos por haber realizado una literaria travesía, de la mano de Virgilio[i], desde lo más profundo del infierno hasta el mismísimo cielo, Dante Alighieri se nos presenta en la Italia medieval como un sabio de gran envergadura y diversos intereses.

Corría el siglo XIII, cuando la ciudad de Florencia precisamente en el año 1265, vio nacer a quien es recordado hasta hoy por haber escrito una de las más grandes obras de la literatura universal, la Divina Comedia. El padre del poeta -cuyo nombre original fue Durante Alighieri-, era el comerciante –se habla también de que era una especie de prestamista- Alighiero di Bellincione, quien quiso dar a su familia un estatus aventajado contrayendo matrimonio con una dama noble llamada Bella degli Abati. Sin embargo poco fue el tiempo que tuvo el pequeño Dante para convivir con su madre, pues ella falleció a los cinco años de haber nacido él, quedando la educación del infante en manos de diversos preceptores hasta que llegó a las manos de dos importantes poetas, Guittone d’Arezzo y Bonagiunta Orbicciani, que fueron los responsables de haber abierto al chico las puertas de la literatura griega y romana.

En la vida de Dante se muestran algunos hechos que marcaron de forma definitiva su existencia, siendo uno de ellos su encuentro con la bellísima Beatriz. De acuerdo con el propio literato florentino, él vio por primera vez a la doncellita de sus sueños a la escasa edad de nueve años, en un bello día primaveral de mayo de 1274, cuando la observó paseando a orillas del río Arno, según relata él en su autobiografía La vita nuova. La pequeña era hija de un acaudalado caballero conocido como Folco Portiniari, y su encanto o belleza, o tal vez ambas, cautivaron a Alighieri a tal grado que el recuerdo se grabó a fuego en su memoria, de modo que el varón no pudo amar nunca a ninguna otra mujer como a ella, a pesar de que no cruzaron palabra alguna.

La mente y el corazón del muchacho se encargaron de formar para ella una personalidad sublime, convirtiéndose en su donna angelicata, mas no en el objeto de un amor pasional. La celestial criaturita le sirvió entonces como guía, aunque ciertamente la personalidad imaginada de la damisela había sido producto de la adoración que por ella sentía el incipiente escritor. De este modo, el joven no volvió a ver a su amada sino hasta una década después, ya que ella había contraído matrimonio con el banquero Simone dei Bardi. Mas pronto la suerte se decidió definitivamente a zanjar por completo las ilusiones de Dante, pues ella abandonó este mundo a los veinticuatro años en 1290.

Por otro lado, el entorno de tan peculiar y unilateral idilio distó mucho de ser pacífico. En el siglo XIII Florencia se vio inmersa en conflictos políticos de gran envergadura que afectaron directamente al poeta y a su familia. El origen de los problemas puede situarse en la lucha que se sostenía por el trono del Sacro Imperio Romano Germánico, por el cual competían los duques de Baviera de la casa de Welf (de ahí que fueran luego conocidos como güelfos) y los Hohenstaufen, duques de Suabia que tenían su asentamiento en Waibling, Franconia (de tal ubicación derivó el que se les llamara gibelinos). El núcleo de la disputa se redujo después a un elemento simple pero definitivo: los güelfos defendían la supremacía de la Iglesia frente al emperador, mientras que los gibelinos defendían exactamente lo opuesto, dando preferencia al dueño de la Corona.

Ahora bien, esta situación no se limitó solo a un territorio, resultando afectadas las ciudades de Florencia, Milán, Mantua, Bolonia, Génova, Rímini y Perugia, que se decantaron por el Papa, mientras que Módena, Arezzo, Siena y Pisa se colocaron a favor del emperador. Asimismo, la confrontación fue haciéndose también local, enfrentándose güelfos y gibelinos incluso por las municipalidades, y subdividiéndose las facciones en lugares como Florencia, donde aparecieron los güelfos blancos capitaneados por la familia Cerchi, quienes aceptaban las demandas de las clases populares por participar en la vida política florentina, deseando el acercamiento del papado y el Imperio; mientras que los güelfos negros, al mando de Corso Donati, proclamaban la supremacía de los nobles y el papado, denostando al emperador.

Por su parte Dante trató en la medida de lo posible de dedicarse a sus estudios, contrayendo además matrimonio con Gemma di Manetto Donati en 1285 –también aparece el año como 1295-. Sin embargo la situación política y el reconocimiento de su privilegiada inteligencia por parte de cuantos le rodeaban le valieron el que se viera inmiscuido en las cuestiones políticas, primero participando como militar activo en la caballería durante la batalla de Campoldino, en la cual fueron derrotados los gibelinos pasando a ser elegido como parte del Consejo especial del pueblo, para lo cual tuvo previamente que inscribirse en un gremio reconocido, eligiendo Alighieri el de los Médicos y Boticarios en 1295, aproximadamente. En estas actividades se destacó por intervenir activamente en la estructuración de una nueva forma para elegir al gobierno local. Igualmente en 1296 formó parte del Consejo de Ciento y posteriormente en 1300 fue elegido como embajador en San Gimignano, a donde acudió con la finalidad de conseguir partidarios para los güelfos. Además, en los meses de junio a agosto de ese mismo año fue nombrado como uno de los seis priores que detentaban formalmente el gobierno de Florencia, conociéndose por entonces la preferencia de Dante por los güelfos blancos. No obstante, tan moderada era su predilección que el caballero no dudó al momento de expulsar de la ciudad a las cabezas de ambos bandos, entre los que iba Guido Cava Cavalcanti, un poeta acusado de provocar una serie de disturbios.

Sin embargo, a pesar de pertenecer al bando que favorecía al pontificado, Alighieri estaba consciente de que las ambiciones del papa Bonifacio VIII podían derivar en perjuicios para su ciudad, de ahí que le tomara cierta animadversión al enviado del Vaticano, Matteo d’Acquasparta, actitud que casi le valió la excomunión. En este sentido, en junio de 1301 el escritor propuso que no se ayudase militarmente al Papa, pero su propuesta fue rápidamente desechada. En tal escenario, el líder de la Iglesia católica envió al territorio florentino a Carlos de Valois, quien en realidad tenía la misión de prestar todo el apoyo a los güelfos negros para lograr la sumisión total de Florencia a la voluntad de Roma. Esta posición alteró a los políticos florentinos, quienes armaron una embajada que acudió a la Ciudad Eterna para averiguar las verdaderas intenciones de Bonifacio. Entre los enviados acudió Dante Alighieri, y de ello se arrepentiría el sabio poeta durante el resto de su vida.

Duras traiciones, exilio y un viaje hasta el séptimo círculo del infierno faltan por relatar en la vida de Dante Alighieri, pero de todo ello hablaremos con más detenimiento en la próxima entrega de esta columna.

 

FUENTES:

“Un hombre de su tiempo, Dante”. Aut. Sergio Raveggi. Revista El mundo medieval no. 17. España. Marzo 2004.

“Dante y su infierno”. Aut. María Pilar Queralt del Hierro. Revista Historia y Vida no. 505.

[i] Poeta romano.


La soledad del talento: Emily Dickinson

21 julio 2014
Emily Dickinson

Emily Dickinson

Por: Patricia Díaz Terés

Jamás hallé compañera más sociable que la soledad”.

Henry David Thoreau

Rumores y leyendas se levantan comúnmente alrededor de aquellos personajes que han dejado su huella en la historia, sin importar si durante sus vidas experimentaron las más trepidantes y sórdidas aventuras, o bien tuvieron una existencia austera y discreta. Teniendo por lo regular todos los famosos escritores alguna peculiaridad dentro de su personalidad, no fue excepción la poetisa norteamericana Emily Dickinson.

En Amherst, Massachusetts decidieron instalarse en 1813 Samuel Fowler Dickinson y Lucretia Gunn Dickinson, siendo él uno de los fundadores del prestigiado Amherst College, y construyendo la pareja para tal efecto la casa que nombraron Homestead.

En esta misma ciudad su hijo, Edward Dickinson, contrajo a su vez nupcias con Emily Norcross. Tratándose de un lugar en donde el puritanismo era pan de todos los días, Edward fue formado como un hombre severo y tradicional que eventualmente se convirtió en juez de Amherst, luego en senador del estado y posteriormente llegó a representar a Massachusetts en el Congreso de Washington. Así, estando la formación de una familia dentro del esquema prioritario del abogado, la pareja tuvo tres hijos: William Austin Dickinson, Lavinia Norcross Dickinson y la escritora Emily Dickinson.

Siendo la segunda en nacer, Emily vino al mundo un 10 de diciembre de 1830, exhibiendo desde pequeña un espíritu sensible, pero también una voluntad propia y determinada. Tras haber sido educada con esmero en casa, en 1840 fue inscrita por sus progenitores en la Academia de Amherst, una escuela que había vedado la entrada a todas las féminas hasta tan solo un par de años antes. Ahí la chiquilla pudo alimentar su alma y su mente, convirtiéndose en una alumna aventajada, particularmente en cualquier materia que tuviese relación con las letras, complementándose su educación con el aprendizaje tanto del griego como del latín.

Siete años pasó la chica en aquel lugar, para después ser trasladada al Seminario para Señoritas Mary Lyon de Mount Holyoke, un lugar que centraba sus enseñanzas en la religión, y donde el padre de Emily esperaba que a su hija se le despejara la mente de sus “alocadas” ideas y regresara al camino del bien, para ser una señorita dócil y obediente que concentrase su capacidad intelectual en temas sacros. Nada más lejos del carácter de la damisela.

Fascinando a la joven disciplinas tan distintas como la botánica y la música, disfrutaba enormemente el tiempo que podía disponer en su jardín o tocando el piano, aunque su verdadera pasión era escribir poemas, cosa que hacía en cuanto pedazo de papel se cruzaba por su camino. Así, nada sentó peor a su ánimo que la restrictiva escuela para señoritas, saliendo la muchacha de la misma tras un semestre debido a que su cuerpo se rebeló y cayó enferma. Nunca regresaría a tal lugar.

Ahora bien, según las descripciones que se tienen de Emily era una dama frágil y tímida, que tenía un miedo casi patológico al contacto social; sin embargo, su determinación en otros aspectos nos hace pensar que la chica, si bien pudo haber sido introvertida, tenía un espíritu libre que la impulsaba a alejarse de las convenciones sociales. De igual manera, su marcado desarrollo intelectual fue lo que probablemente la llevó a tratar de entablar relaciones románticas con hombres mucho mayores que ella.

Ante el disgusto de su padre, su primer amor fue probablemente Benjamin F. Newton, que le llevaba diez años y para colmo de males era colega del distinguido Edward Dickinson. Viendo un peligro inminente en la amistad entre su compañero y Emily, seguramente Mr. Dickinson tomó cartas en el asunto, pues Benjamin decidió irse de la ciudad y contraer matrimonio con otra mujer, sin cesar sin embargo su contacto con la incipiente escritora, a quien la pena embargó de manera terrible cuando su amor imposible falleció a causa de la tuberculosis un par de años después de su partida, en 1853.

Para 1854 –año en que Emily viajó con su familia a Washington para apoyar la carrera política de su padre- encontró “solaz” para su alma en otro amor prohibido, el reverendo Charles Wadsworth, quien no solo le llevaba 16 años, sino que además era un hombre casado. Siguiendo el patrón de Newton, Wadsworth también optó por poner tierra de por medio y en 1861 se fue con su familia a San Francisco, perdiéndose su rastro para Emily. Siendo una mujer con una paciencia y una tozudez infinitas, logró dar de nuevo con su adorado en 1870, comenzando una relación epistolar que culminó en un encuentro diez años después, en 1880. Nuevamente, al igual que en el caso de Benjamin, Charles falleció dos años después.

Otro hombre que se vincula al corazón de Dickinson es Otis Lord, un juez –y compañero de estudios (!) de su padre- con quien se dice que sostuvo un apasionado romance cuando el hombre quedó viudo. Al parecer en este caso sí hubo intenciones de contraer matrimonio, pero por alguna razón este no se concretó, de modo que la relación entre ambos continuó hasta la muerte del varón en 1884.

De esta manera se cuenta que fueron todas estas penas las que eventualmente llevaron a Emily a recluirse en su casa y posteriormente en su cuarto solamente, rehuyendo cualquier contacto social fuera de su familia, estableciéndose entonces una afectuosa amistad entre ella y su cuñada Sue Gilbert Huntington –con quien algunas fuentes la vinculan romántica y no fraternalmente-. Para entonces la señorita ocupaba todo su tiempo en atender a su madre enferma, cocinar, cuidar su jardín y escribir poemas, los cuales se negaba terminantemente a publicar, particularmente tras una desafortunada crítica que recibió por parte del erudito Thomas W. Higginson –quien tuvo a bien rechazar también a Walt Whitman, y de quien se dice que fue amante de la Bella de Amherst[i]-, quien le comentó que consideraba su poesía como imperfecta aunque atrayente. Esto bastó para minar las ilusiones de la escritora, quien decidió que no publicaría ninguno de sus escritos –únicamente lograron salir a la luz cinco poemas, dos de ellos probablemente sin conocimiento o conocimiento de su autora, y existe la hipótesis de que la negativa a imprimir se debió principalmente al respeto absoluto que sentía por su padre, a quien una publicación por parte de su hija hubiese ofendido gravemente-.

Tras la muerte de Wadsworth, Emily recibió otro duro golpe cuando su sobrino Gilbert, de tan solo 8 años, murió a causa del tifus. Esta pena, sumada a una inactividad constante provocaron un daño en los riñones de la dama quien cayó víctima del mal de Bright. Siendo larga y penosa su agonía, misma que se veía agravada por momentos debido a la preocupación que le ocasionaba el que su hermano le fuera infiel a Sue con una señora de nombre Mabel Loomis Todd, la solitaria dama comenzó a perder la vista y pronto no pudo salir de su cama. Teniendo mucho “tiempo libre”, se dio a la tarea de planear su propio funeral, instruyendo a la pequeña Vinnie[ii] para que la vistiesen de blanco –costumbre que había adquirido años atrás-, le colocaran un ramo de lilas sobre el pecho, la enterrasen en un ataúd blanco y, sobre todo, que nadie la viera –su caja fue sacada de la casa por la puerta trasera y sus restos fueron depositados en una tumba cuyo epitafio reza “Called back”-.

Y así, tras la muerte de la reservada escritora el 15 de mayo de 1886, su hermana Lavinia encontró en la habitación de Emily dos mil poemas –la cantidad varía de acuerdo a la fuente de referencia- que se hallaban preparados en una suerte de fascículos (4) elaborados por la propia autora, como si hubiese pretendido publicarlos en algún momento. Desde que realizó el descubrimiento, Vinnie hizo todo lo posible por que la magnífica obra de Dickinson viese la luz, encontrando innumerables trabas. En tal proceso se inmiscuyó también Mabel Todd, quien junto con Thomas Higginson editó el primer volumen de poesías escritas por la Poeta Reclusa, sin siquiera mencionar el nombre de Lavinia.

Otros dos volúmenes de poesía y algunos de cartas fueron publicados con posterioridad, quedando el nombre de Emily Dickinson grabado a fuego en la historia de la literatura universal, recordándola el gran Jorge Luis Borges con las siguientes palabras: “No hay que yo sepa, una vida más apasionada y solitaria que la de esa mujer. Prefirió soñar el amor y acaso imaginarlo y temerlo”.

 

FUENTES:

“Cartas de Emily Dickinson”. Aut. María Aixa Sanz. www.margencero.com

“Emily Dickinson: el hoy hace que el ayer signifique”. Cultura Colectiva. 15 de mayo 2014.

“La loca de Amherst”. Aut. Paola Kaufmann. www.lamaquinadeltiempo.com

“Emily Dickinson”. Julio 2009. http://vidasfamosas.com

“La poetisa recluida, Emily Dickinson”. 5 de mayo 2014. www.mujeresenlahistoria.com

“The Homestead”. www.coveacultural.com

 

[i]Emily Dickinson ha sido conocida también como la Bella de Amherst, la Mujer de Blanco, la Poeta Reclusa y la Monja de Amherst.

[ii]Lavinia Dickinson.


Amor de hielo y fuego: Parejas en los Siete Reinos II

11 marzo 2014
danydrogo

Khal Drogo (Jason Momoa) y Daenerys Targaryen (Emilia Clarke)

Parte II

Por: Patricia Díaz Terés

“Las cosas que hago por amor”.

George R. R. Martin

El amor platónico es uno de los más difíciles de sobrellevar para uno de los involucrados, el enamorado, y George R. R. Martin en su saga literaria Canción de hielo y fuego nos plantea dos ejemplos bastante desgarradores del mismo. Continuando con la secuencia familiar presentada en el artículo anterior, tenemos que seguir con la familia Baratheon, estando relacionado en el caso que nos ocupa el hermano menor del rey Robert, Renly.

Tras la misteriosa muerte de Robert, la cual podemos suponer con bastante certeza que ha sido obra de su magnífica esposa Cercei Lannister, los Siete Reinos se sumen en un caos de guerras en el cual surgen varios pretendientes al Trono de Hierro ocupado ahora por el desalmado Joffrey Baratheon. De esta manera, Renly, tras haberse autonombrado rey[1], se dirige hacia la capital, Desembarco del Rey, al mando de su ejército que es complementado por los hombres de la familia de su esposa, Margaery Tyrell. Así, vemos cómo este atractivo y sensible caballero es custodiado por una mujer que dista mucho de ser una damisela en peligro, ya que la Doncella de Tarth, Brienne, es una fémina guerrera que es capaz de derrotar a los mejores caballeros de la guardia de Baratheon, hecho que le gana un puesto como guardaespaldas personal del pretenso soberano.

De lo que Renly parece no estar consciente -pues sus pensamientos están puestos en el Trono y su corazón probablemente en el despampanante Loras Tyrell-, es que su fidelísima custodia está perdidamente enamorada de él, teniendo conocimiento la chica de que la consumación de tal amor es absolutamente imposible. Tal certeza, provoca que la dama sea capaz de enfrentar cualquier peligro por su amo, sin ser recompensada nada más que con una esporádica sonrisa o alguna palabra atenta del objeto de su afecto. Por muy frustrante que pudiera ser la situación para ella, Brienne decide jamás declararle su amor, pero sí defenderlo hasta la muerte, aceptando ella con honor su destino.

Caso diferente es el del desterrado caballero Sir Jorah Mormont, quien acaba siendo el consejero de la hermosa y valiente Daenerys Targaryen más allá del Mar Angosto en las lejanas tierras de Vaes Dothrak, donde la damita ha contraído matrimonio con el monumental guerrero llamado Khal Drogo[2]. Habiendo caído Mormont bajo el hechizo de la dulzura y belleza de su ama, el hombre, sabiendo también que su amor es imposible, decide cuidar a Dany de los peligros que la acechan por ser la verdadera y legítima heredera del Trono de Hierro tras la muerte de su padre Aerys II el “rey loco” y su hermano mayor Rhaegar. Sin embargo, tras la muerte de Drogo[3], Jorah se autodenomina protector absoluto de Daenerys, cosa que a ella no le agrada en absoluto. Animándose el veterano varón a declararle su apasionado amor, no recibe de su dulcinea otra cosa que un portazo en la nariz, puesto que ella le deja claro que no tiene intenciones de corresponder jamás a sus sentimientos, considerándolo su mejor amigo y consejero. Esto, una vez asimilado por el rechazado enamorado, lo lleva a aceptar cualquier reto con tal de asegurarle a su dama el tan ansiado ascenso al poder.

Nos hemos topado así con los matrimonios por conveniencia, los cuales aparecen con mucha frecuencia en los libros de Martin. Y siguiendo con la línea propuesta en el párrafo anterior comencemos con Daenerys y Khal Drogo. Cuando Viserys Targaryen, hermano mayor de Dany, optó por vender a su hermana al líder de los temibles Dothraki, su intención era que su nuevo cuñado le proporcionase un ejército tremendo para “reconquistar” el Trono de Hierro, sin haber calculado primero que estos valerosos jinetes le tenían pavor al mar, lo cual hacía punto menos que imposible la utilización del Khalasar[4] como legión conquistadora. Pero esto no le importó al momento de entregar a su pequeña hermana al fiero guerrero, entrando la niña con un temor reverencial en la obligada unión.

El destino sonríe y Dany y Drogo se enamoran cuando ella le demuestra que más que una chiquilla, es una dama guerrera con la sangre del dragón, con pasión, ternura e inteligencia, elementos que conquistan irremediablemente al que ahora considera su “Sol y estrellas”. De este modo George Martin nos muestra un amor legendario con su ineludible final trágico, que lleva a los amantes a ser separados por la muerte, para postergar la promesa del reencuentro hasta la siguiente vida.

Esponsales forzados también fueron los de Sansa Stark y Tyrion Lannister. Tras haber sido la hermosa norteña pelirroja repudiada –afortunadamente- por Joffrey al preferir este a Margaery Tyrell[5], la recatada damita debe ser prudentemente colocada en matrimonio para que el norte regrese a estar bajo el control de Desembarco del Rey, cosa que el implacable Tywin Lannister pretende lograr casándola con su brillante –aunque despreciado- hijo. Habiendo Sansa toda su vida soñado que se casaría con un gallardo y hermoso caballero, gran desilusión se lleva al conocer la decisión que para su vida se ha tomado, aceptándola sin embargo en su afán de supervivencia. Resulta así, que nada mejor ha podido pasarle a Stark, pues es precisamente su feo marido el único capaz de mantener a raya la crueldad del nuevo niño rey –por su parte Tyrion ha tenido que sacrificar su amor por la prostituta Shae-; a la vez que el caballero, que dignamente puede llamarse tal, respeta a su esposa y sus deseos, dejando de lado la consumación del matrimonio, a pesar de las posibles consecuencias[6].

Pero el premio al más terrible matrimonio arreglado en Canción de hielo y fuego bien podría entregársele a Cercei Lannister y Robert Baratheon. Habiendo sido ella educada como una dama arrogante y caprichosa, aunque razonablemente inteligente, a la leona[7] se le había prometido que se casaría con un dragón[8], de modo que se sintió levemente decepcionada al tener que desposar al ciervo[9]. No obstante, cuando los Targaryen son derrocados precisamente por Robert Baratheon, a Cercei se le abre la puerta al poder que siempre ha ansiado. Siendo aún una chiquilla soñadora, está encantada al desposarse con aquel fiero y guapo caballero que ha vencido a todos sus oponentes, sin darse cuenta de que su flamante marido ha entregado ya su corazón a otra mujer –Lyanna Stark-, quien desde la tumba[10], se interpone entre ellos –sumado a la desmedida afición del monarca por la bebida y las mujeres-. La desazón de ambos provoca que se enrolen en una relación de odio mutuo que los lleva a cometer las peores atrocidades el uno en contra del otro, con el único objetivo de lastimarse.

No obstante -y con esto terminaremos-, Cercei era una mujer apasionada que de alguna manera necesitaba compensar sus necesidades afectivas -y otras un tanto más prosaicas- absolutamente descuidadas por su cónyuge, teniendo a bien desafiar para ello a los Siete Dioses[11] al aceptar una incestuosa e ígnea relación con su hermano Jaime, a quien ama por sobre todas las cosas, engendrando estos particulares amantes a los tres herederos al trono: Joffrey, Myrcella y Tommen Baratheon –evidentemente con el desconocimiento del dueño del Trono de Hierro-. Vemos pues, cómo Jaime y Cercei no miden las consecuencias de su amor y están dispuestos a llevar a cabo cualquier crimen –incluyendo el intento de asesinato de Bran Stark– con tal de mantener oculta y vigente su prohibida relación.

Amores pragmáticos, amores platónicos, amores sosegados y verdaderos, amores apasionados y amores prohibidos, todos ellos son tratados pues con maestría en la saga literaria Canción de hielo y fuego, donde George R. R. Martin ha mostrado un análisis del comportamiento de los seres humanos en sus relaciones de pareja en las que, a diferencia de Tolkien que exhibe damas angelicales y varones incorruptibles, exhibe que las personas tienen defectos y virtudes y que también, de vez en cuando, pueden cambiar su concepción del concepto “Amor”.

 

FUENTES:

“Juego de tronos: Canción de hielo y fuego I”. Aut. George R.R. Martin. Plaza & Janes Editores. México, 2011.

  “Choque de reyes: Canción de hielo y fuego II”. Aut. George R.R. Martin. Plaza & Janes Editores. México, 2012.

  “Tormenta de espadas: Canción de hielo y fuego III”. Aut. George R.R. Martin. Plaza & Janes Editores. México, 2012.


[1] Lo mismo hace su hermano mayor, el rígido Stannis Baratheon, quien es ayudado en su pretensión por su amante, la bruja roja Melissandre, adoradora del temible dios-demonio, Señor de la Luz, R’llhor.

[2] Líder más poderoso entre los Dothraki, los jinetes señores de los caballos, tribu que se dedica a la guerra y al saqueo.

[3] Khal Drogo muere a causa de la infección de una herida, después de haber sido agravada su condición por una maegi (bruja) que odiaba a los Dothraki, quien a su vez toma la vida del hijo de Drogo y Dany, Rhaego, al momento de nacer.

[4] Gran grupo dothraki nómada liderado por un jefe llamado Khal, cuyo poder se transfiere por herencia a su primer hijo varón.

[5] Que ahora es viuda de Renly, después de haber sido él asesinado por una criatura espantosa engendrada por su hermano Stannis y Melissandre.

[6] El plan de Tywin únicamente daría resultado si Sansa y Tyrion tienen un hijo.

[7] El león es el emblema de los Lannister.

[8] Rhaegar Targaryen.

[9] Robert Baratheon.

[10] Lyanna muere debido a las acciones de Rhaegar Targaryen, aunque no se ha detallado la situación en los libros.

[11] En una de las religiones que hay en los Siete Reinos, la Fe de los Siete que profesa Cercei, se cree en siete dioses: El Padre, la Madre, la Doncella, la Vieja, el Herrero, el Guerrero y el Desconocido.


Amor de hielo y fuego: Parejas en los Siete Reinos I

4 marzo 2014
Robb Stark (Richard Madden) y Talisa Maegyr (Oona Chaplin)

Robb Stark (Richard Madden) y Talisa Maegyr (Oona Chaplin)

Parte I

Por: Patricia Díaz Terés

“Solo somos humanos, y los dioses nos hicieron para el amor”.

George R. R. Martin

En su saga fantástica Canción de hielo y fuego, el autor George Raymond Richard Martin ha planteado toda una gama de relaciones de pareja que se basan en la estructura medieval, principalmente, encontrándose entre sus personajes situaciones reales, en las cuales se destacan los sentimientos y emociones de los involucrados. Antes de continuar, he de hacer la advertencia de que en este artículo abordaré únicamente la trama de los libros Juego de tronos, Choque de reyes y la primera mitad de Tormenta de espadas, con la intención de no arruinar, para los aficionados a la serie que se transmite por HBO (Game of Thrones), las temporadas que aún están por estrenarse. Sin embargo he de destacar que este artículo contiene spoilers.

Dividir en categorías las relaciones que aparecen en Canción de hielo y fuego[1] puede ser tarea titánica, debido a la cantidad de personajes que ha creado Martin, de modo que iremos abordándolas por familias[2] –en este caso elegiremos a los Stark, Baratheon, Lannister, Tyrell y Targaryen-, siendo la primera de ellas los Stark, encabezados por el matrimonio de Eddard (Ned) Stark y Catelyn Tully.

Siendo el noble, justo y siempre honesto Ned Stark el heredero de Invernalia (el castillo y feudo familiar) al morir su hermano mayor Brandon, él debió tomar todos los compromisos del difunto, incluyéndose la promesa de matrimonio con los señores de Aguasdulces, los Tully, hecho que lo lleva a desposarse con una mujer a la que apenas conoce, Cat; ella, por su parte, acepta amablemente su destino, aun cuando su nuevo prometido no es tan vistoso como el original. En este sentido, ambos acuden al lecho matrimonial, a la vista de todo aquel que deseara ser testigo de una temible –al menos para la novia- ceremonia a la que llaman “encamamiento”, como un par de perfectos desconocidos que, a lo sumo, sienten respeto el uno por el otro al consumar el enlace.

La guerra desencadenada por el belicoso Robert Baratheon para recuperar a su amadísima Lyanna Stark (hermana de Ned) de las garras del atractivo dragón[3] Rhaegar Targaryen –que la ha secuestrado, protagonizando estos personajes el único y fundamental episodio[4] que es conducido por un amor legítimo y una pasión arrebatadora-, arranca a Eddard de las tierras del norte y lo arrastran en diversas aventuras hasta la capital de los Siete Reinos, Desembarco del Rey. En alguno de los lugares que él visita con su amigo Robert, encuentra a una mujer –de la que se entiende que se enamora- con quien engendra a su bastardo Jon Snow. Cuando al cabo del tiempo, y tras ganar el Trono de Hierro para Robert eliminando a Rhaegar y a su padre el rey Aerys II –pero muriendo Lyanna-, Ned regresa a Invernalia con el niño en brazos. Catelyn recibe amorosamente a su marido, aunque no hace otro tanto con el niño, a quien desprecia.

Poco a poco, Eddard y Cat van consolidando su relación hasta encontrar el amor verdadero, conformando una de las parejas más estables que aparecen en la saga, respaldándose siempre el uno al otro, a pesar de las acciones irreflexivas de ambos cuando Ned es llamado por el rey Robert para tomar el puesto de Mano –una suerte de primer ministro-.

Otra relación que aparece en la familia Stark es la de Rob con Jeyne Westerling -planteada con mayor empuje en la serie, pues ahí se muestra que la dama que captura el corazón del Joven Lobo[5], Talisa Maegyr, es una dama inteligente e independiente, procedente de la exótica tierra de Volantis, que ha acudido a la guerra en Poniente para fungir como enfermera-. Habiéndose el primogénito de Eddard, comprometido con una hija de los ambiciosos y traicioneros Frey, el chico acaba rompiendo su promesa para casarse con Westerling tras una noche de pasión, con el objetivo de hacer de ella una mujer honorable. Tal decisión acarrea un funesto destino tanto para él como para su madre, quienes acaban siendo asesinados por Walder Frey, el señor de Los Gemelos, durante lo que se conoció como la Boda Roja –el que se casaba era Edmure Tully, hermano de Cat, con Roslin Frey-. Mostrándose en la serie la relación de Rob con Talisa como un amor inconmensurable que no escucha razones, en el libro aparece como un tanto incomprensible que el Joven Lobo arriesgue todo su futuro –y su cabeza- por una muchachita que se describe más bien como simplona y sumisa.

Para terminar con los Stark, mencionaremos la relación que surge entre Jon Snow, miembro de la menguada Guardia de la Noche[6], y una mujer libre de nombre Ygritte. Consciente de su juramento, Jon se embarca sin querer en una relación con la voluntariosa pelirroja. Mientras él está cumpliendo las órdenes que le diera un superior, para infiltrarse entre los salvajes y así ayudar a la Guardia, la chica se enamora de él y lo “obliga” a romper sus votos de celibato, debatiéndose él constantemente entre el deber y el amor. En esta relación, el joven se muestra reticente, mientras que su compañera se empeña en enseñarle las realidades de la vida, regañándolo constantemente y diciéndole “no sabes nada, Jon Snow”. Esta pasión se forja en las aventuras y batallas que sobreviven, teniendo ambos el mutuo deseo de que el otro comprenda un mundo –los Siete Reinos de donde proviene Jon y las tierras salvajes donde nació Ygritte– ajeno y extraño.

Comenzaremos ahora con las relaciones entre las casas destacadas, tomando a Sansa Stark como el hilo que nos llevará a los Lannister con su compromiso con el odioso y terrible Joffrey Baratheon. El amor inocente, utópico y caballeresco es lo que la jovencita Sansa añora para su vida. Teniendo en su padre el ejemplo de un guerrero amoroso y preocupado por su familia, la damita espera que del cielo le caiga su príncipe encantado, un caballero que debe ser hermoso, valiente, galante, amable e inteligente, que sea capaz de enfrentarse a los mismísimos dragones por ella. Lamentablemente para ella, en lugar de tan fantástico varón, consigue caer en las garras del primogénito del rey Robert Baratheon y su esposa Cercei Lannister –aunque en realidad el rubio muchachito es fruto de la incestuosa relación entre Cercei y su hermano Jaime, de la cual hablaremos más adelante-, debido a que el monarca ha forzado a su amigo Ned a aceptar el compromiso.

Con más ilusiones que neuronas en la cabeza, Sansa trata desesperadamente de pasar por alto los abominables defectos de su flamante prometido, quien desde el inicio se exhibe como un ser –tiene solo doce años- cobarde, cruel, mentiroso, prepotente, caprichoso y voluntarioso, envolviendo a este dechado de “virtudes” el atractivo exterior que le había sido heredado por su madre, pues el muchachito tenía un brillante cabello rubio que enmarcaba unas finas y hermosas facciones. Aferrándose a su sueño –la chica Stark incluso le da la espalda a su familia-, no es sino hasta que Joffrey –habiendo sido coronado como rey de los Siete Reinos tras la muerte de Robert– manda a matar a su futuro suegro, cuando ella cae en la cuenta de que sus deseos no son nada más que eso, teniendo la chiquilla que madurar de la noche a la mañana para salvar su vida, pues debe casarse con el niño rey.

Entra aquí entonces, otro tipo de relación, aquella que se centra en el poder, el “amor pragmático”, cuando aparece la figura de Margaery Tyrell. Esta damisela que tiene solamente dieciséis primaveras, es la esposa de Renly Baratheon, hermano menor de Robert que tiene la intención de arrebatar el trono a Joffrey. Describiéndosele como una muchachita alegre y vivaz, Margaery tiene una difícil relación con su guapo marido, pues  es homosexual –se implica en el libro y se explicita en la serie que el hombre tiene una relación con su cuñado, Loras Tyrell-, permaneciendo a su lado con el afán de ser reina, sin importarle un comino el amor verdadero.

Faltan aún varias tipologías amorosas por describir, pero con el resto de las peculiares parejas escritas por George R. R. Martin, continuaremos en la próxima entrega de esta columna.

FUENTES:

“Juego de tronos: Canción de hielo y fuego I”. Aut. George R.R. Martin. Plaza & Janes Editores. México, 2011.

  “Choque de reyes: Canción de hielo y fuego II”. Aut. George R.R. Martin. Plaza & Janes Editores. México, 2012.

  “Tormenta de espadas: Canción de hielo y fuego III”. Aut. George R.R. Martin. Plaza & Janes Editores. México, 2012.


[1] Esta saga tiene lugar en Poniente, continente donde se ubican los Siete Reinos (el Norte de los Stark; el Valle de los Arryn; las Islas y los Ríos de los Greyjoy y los Baelish, respectivamente; la Roca de los Lannister; el Dominio de los Tyrell; el Reino de las Tormentas de los Baratheon; y Dorne de los Martell), gobernados por un solo rey que ocupa el Trono de Hierro. También aparecen las tierras de más allá del Mar Angosto, donde se desarrolla la historia de Daenerys Targaryen y las tierras salvajes más allá del Muro.

[2] Para dar mayor referencia a los lectores se hace aquí un compendio de los nombres que serán utilizados.

Stark: Eddard (Ned), Catelyn y sus hijos Rob (primogenitor), Sansa, Bran y Arya.

Targaryen: Rhaegar, Daenerys (Dany) y Viserys (todos hermanos).

Lannister: Tywyn y sus hijos Jaime, Cercei y Tyrion.

Baratheon: Robert, Stannis y Renly (todos hermanos).

Tyrell: Margaery y Loras (hermanos).

[3] Cada casa o familia tiene un animal u objeto que la representa: el dragón de los Targaryen, el ciervo de los Baratheon, el lobo de los Stark, la trucha de los Tully, la flor de los Tyrell y el león de los Lannister, son los más importantes.

[4] Entiéndase por episodio una parte de la historia, no un capítulo de la serie televisiva.

[5] Rob Stark, quien tras la muerte de su padre, se convierte en heredero de Invernalia y eventualmente en el Rey en el Norte (Choque de reyes).

[6] En el libro el mundo civilizado se separa de las tierras salvajes con un muro de hielo monumental que es vigilado por la Guardia de la Noche, cuyos miembros hacen un juramento de celibato y perpetuo servicio, y que se dedican a proteger al Reino de los salvajes (hombres y mujeres libres que obedecen por decisión propia al Rey de Más Allá del Muro) y de los Otros (creaturas malvadas que lideran un ejército de cadáveres errantes).


Parejas de palabras: Amor en las páginas II

24 febrero 2014
Eowyn y Faramir (David Wenham y Miranda Otto)

Eowyn y Faramir (David Wenham y Miranda Otto)

Parte II

Por: Patricia Díaz Terés

El amor más fuerte y más puro no es el que sube desde la impresión, sino el que desciende desde la admiración“.
Santa Catalina de Siena

Diversas son las formas que el amor ha tomado en la literatura a lo largo de los años, estableciéndose como un hecho que para un escritor es muy sencillo hacer que sus personajes actúen en la manera que ellos desean, proporcionando a los integrantes de las parejas características y diálogos que, en ocasiones, son tan irreales que son increíbles, siendo precisamente esto lo que dota a damas y caballeros con un aura de deseabilidad tal, que se convierten en los hombres y mujeres que los lectores buscan muchas veces, y sin resultados satisfactorios, en la realidad.

Una de las “culpables” de haber creado un hombre tan magnífico que es imposible encontrarlo fue Jane Austen, de cuya hábil e imaginativa pluma surgieron los célebres Mr. Darcy y Ms. Elizabeth Bennet, protagonistas de la novela Orgullo y Prejuicio (1813), en cuya trama se nos presenta la vida de una familia conformada por unos peculiares padres y sus cinco hijas –Jane, Lizzy, Mary, Lydia y Kitty-, quienes en sus enredos amorosos nos muestran los tipos de relaciones románticas que eran deseadas, no solo en el siglo XIX, sino también hasta nuestros días.

Fitzwilliam Darcy es pues un caballero de noble cuna de carácter distante y fríos modales, quien se tiene en gran estima –orgulloso hasta rayar en lo soberbio, pero no petulante-, exigiendo de su prójimo una pulcritud de carácter que se acerca a lo imposible; mientras que su contraparte, Elizabeth, es una muchachita inteligente y resuelta, quien coloca en el pináculo de sus afectos a su familia, y sobre todo, a su hermana Jane. Así, la historia nos lleva desde la llegada de los hermanos Bingley – el cándido Charles, Louisa y la altiva Caroline– a Hertfordshire, lugar de residencia de los Bennet, donde nuestros protagonistas se conocen, generándose una atracción casi instantánea, que se mezcla con un rechazo provocado por los prejuicios que ambos guardan acerca del otro.

Dejando de lado todos los pormenores del argumento, baste decir que con el paso del tiempo los dos personajes tienen que despojarse de su orgullo para admitir sus verdaderos sentimientos, convirtiéndose la mutua atracción en un amor apasionado, que lleva tanto a Darcy como a Lizzy a descubrirse como amantes platónicos que desean hacer realidad sus deseos románticos, teniendo, para ello, que llevar a cabo una serie de acciones que remedian errores pasados y desafortunados discursos, tanto de ellos mismos como de otras personas, demostrándose finalmente que la dama y el varón están hechos el uno para el otro, presentándose el ansiado final feliz en el cual ambos, tras su matrimonio, se instalan en la hermosísima residencia de Darcy, Pemberley.

En esta pareja, Jane Austen ensalza una serie de cualidades varoniles que, si bien no son inverosímiles por separado –ecuanimidad, inteligencia, entrega, ternura, firmeza de carácter, honorabilidad y heroísmo, entre otras-, sí han creado un estereotipo, que en conjunto, resulta bastante difícil de alcanzar por el hombre común; mientras que Lizzy es una chica que sí puede encontrarse –si bien no “en cada esquina”-, en el mundo real, mostrándose la autora más justa en cuanto a la realidad de las féminas que de los caballeros.

Siguiendo con el género de romance-aventura, mencionaremos a una pareja menos conocida, pero bastante interesante: Emma Wyncliffe y Damien Granville. Estos personajes aparecen en la novela Shalimar (2000) escrita por Rebecca Ryman, desarrollándose la acción entre Nueva Dehli y Cachemira. En la trama resulta que Emma es una mujer muy decidida, inteligente e independiente –muy adelantada a su época, pues la historia tiene lugar a finales del siglo XIX- que vive en la capital de la India junto con su padre. Manteniéndose la joven bastante ajena a las cuestiones del corazón, un caballero de dudosa reputación de nombre Damien la fuerza a casarse con él. Accediendo al matrimonio en favor del bienestar de su familia –pues Granville la ha amenazado-, la indómita Wyncliffe tiene que descubrir quién es el verdadero hombre a quien ha jurado amar hasta que la muerte los separe. Enfrentándose ambos al principio a su carácter explosivo, los personajes –como en cualquier novela romántica que se precie de serlo- descubren el juego del ceder-exigir que los llevará a tener éxito como pareja, encontrándose poco a poco como cómplices y no como rivales. Repitiéndose la fórmula de la dama extraordinaria de Austen, Ryman prefiere hacer de Damien un hombre atractivo pero con defectos y secretos, hecho que realza aún más al ficticio galán.

Amores fantásticos capaces de destrozar cualquier barrera que en su camino encuentran aparecen en las obras de J.R.R. Tolkien, El Silmarillion (1977) y la trilogía El Señor de los Anillos (1954-1955), –cabe mencionar que él mismo tuvo que atravesar numerosas dificultades para poder contraer matrimonio con su amadísima Edith-; de esta manera, en El Silmarillion, la dupla más destacada es la de Beren y Lúthien –en las lápidas del matrimonio Tolkien se leen estos nombres-, en la cual siendo él humano y ella elfa, se encuentran con el obstáculo de la eternidad que le ha sido concedida a ella, pero no a él, viéndose forzado el hombre a realizar proezas inimaginables para merecer el corazón de su amada. Infortunadamente, el destino no quiere que compartan su existencia en el mundo terrenal, teniendo que esperar a reunirse –ahora sí hasta el fin de los tiempos- en Valinor, allende el mar –una suerte de paraíso dentro de la narración de Tolkien-.

Repitiendo Tolkien la fórmula en El Señor de los Anillos en los personajes de Arwen y Aragorn –apareciendo la primera únicamente mencionada en un par de ocasiones a lo largo de los varios cientos de páginas que conforman la obra, mientras Aragorn y Frodo se convierten en los ejes centrales de la historia-, pasaremos ahora a la otra pareja importante que se conforma hasta El retorno del rey[i], Faramir y Eowyn[ii]. En este caso, el escritor nos deja ver cómo los corazones pueden ser sanados por el amor, pues la Dama de Rohan[iii], rechazada por el Heredero de Isildur[iv], ha querido librarse de su dolor encontrando una muerte gloriosa en la Batalla de los Campos del Pelennor –donde los ejércitos de Sauron son derrotados por los pueblos libres-, eliminando al mismísimo Rey Brujo de Angmar –líder de los Nazgul[v]-, pero sin haber logrado su propósito, pues sobrevive. De esta forma, la doncella conoce al hombre que juntará los pedazos de su roto corazón mientras ambos convalecen –él ha sido herido en batalla- en las Casas de Sanación, ya que el Señor Oscuro[vi] ha sido derrotado. En un encuentro tan hermoso como irreal, Faramir nuevo senescal de Gondor[vii] queda perdidamente enamorado de Eowyn con tan solo mirarla, correspondiendo ella inmediatamente el sentimiento, dándose cuenta milagrosamente de que Aragorn representa una ilusión y nada más, mientras que el caballero que tiene ante sí la hará completamente feliz (?).

Aquí podemos ver cómo Tolkien –a pesar de su propia experiencia, pues él se enfrentó al hecho de que su esposa era anglicana mientras él era un católico convencido y practicante (a veces, hay que decirlo, rayano en lo intransigente), logrando eventualmente que ella, a la fuerza, se convirtiera- muestra relaciones románticas etéreas, perfectas, en donde los involucrados representan ideales de valores y virtudes, pero que no muestran la naturaleza verdadera de las interacciones de pareja.

Y ahora hemos de pasar a personajes más humanos, que, si bien se encuentran inmersos en historias de ciencia ficción y fantasía, han sido revestidos por sus autores de cualidades y defectos adjudicables a cualquier mortal, pero de ellos hablaremos con más detenimiento en la próxima entrega de esta columna.

 

*Este artículo lo dedico con cariño a mis queridísimas amigas Mich y Jeca, y a sus magníficos maridos e hijos, con toda mi admiración.

 

FUENTES:

“Shalimar”. Aut. Rebecca Ryman. Ediciones B. España, 2000.

  “El Silmarillion”. Aut. J.R.R. Tolkien. Ed. Minotauro.  España, 2001.

  “El retorno del rey”. Aut. J.R.R. Tolkien. Ed. Minotauro.  España, 2002.

 “Orgullo y prejuicio”. Aut. Jane Austen. Alianza Editorial. España, 2009.


[i] Tercera parte de El Señor de los Anillos.

[ii] También conocida como la Dama de Rohan o la Dama Blanca.

[iii] Eowyn.

[iv] Aragorn.

[v] Sirvientes malvados de Sauron, espectros, anteriormente reyes de los hombres.

[vi] Sauron.

[vii] Reino libre más poderoso de la Tierra Media (lugar fantástico donde se desarrolla toda la historia).


Parejas de palabras: Amor en las páginas I

17 febrero 2014
Elinor (Hattie Morahan) y Edward (Dan Stevens) en la miniserie de T.V. Sense & Sensibility (2008)

Elinor (Hattie Morahan) y Edward (Dan Stevens) en la miniserie de T.V. Sense & Sensibility (2008)

Parte I

Por: Patricia Díaz Terés

Ama un solo día y el mundo habrá cambiado”.

Robert Browning

Habiendo pasado hace pocos días la fecha tan celebrada conocida como San Valentín, en esta ocasión revisaremos algunos de los romances que, desde el papel, han marcado la imaginación de miles de personas en todo el mundo, y en ocasiones, durante cientos de años.

Me permito en este punto hacer la aclaración cotidiana en este tipo de escritos, advirtiendo a mi amable lector que la selección de obras que aquí se presenta es de carácter meramente arbitrario, sirviendo únicamente a los fines de la autora, por lo que no se consideran necesariamente por su calidad literaria o popularidad, del mismo modo que no se trata a los autores en orden cronológico. Asimismo me permito avisar cordialmente que este artículo contiene spoilers literarios.

Comencemos pues con aquella pareja que ha sido abordada hasta el cansancio desde todos los puntos de vista que puedan existir, haciéndose de la misma tantas versiones como autores, cineastas, directores de cine, dibujantes y pintores decidieron tomarla como punto de referencia, hablamos por supuesto de Romeo y Julieta (escrita presuntamente en la última década del siglo XVI). Sin ser aquí la intención hacer un análisis de ningún tipo sobre la obra escrita por William Shakespeare, mencionaremos únicamente que esta emblemática pieza colocó las bases de una fórmula recurrente tanto en la literatura como en el séptimo arte: el amor imposible; y es que Romeo y Julieta se presentan como dos adolescentes apasionados, impresionables y bastante atolondrados, quienes a primera vista se enamoran el uno del otro, importándoles poco o nada el hecho de que sus poderosas familias –los Montesco y los Capuleto, respectivamente-, residentes en Verona, Italia, encontrábanse en un estado de enemistad permanente, lo cual convierte la relación de los enamorados en imposible. Dejando de lado el terrible final de la historia, en la que a causa de un mensaje perdido el “brillante” Romeo decide quitarse la vida al ver a su adoradísima Julieta en brazos de la Muerte, deceso que a su vez lleva a la devastada Julieta a dejar este mundo terrenal para siempre cuando descubre a su lado el cadáver de su amado y tonto caballero; Romeo y Julieta presenta el amor inocente e ignorante, aquel que hace que los involucrados piensen que pueden vencer al mundo, no con acciones lógicas, sino con acciones de una pasión arrebatadora, coronándose con un trágico final que inmortaliza a la pareja.

Mucho más mesurados resultan los personajes creados por la autora Jane Austen (1775-1817). Hablaremos aquí de dos de sus obras: Sentido y sensibilidad –también conocida como Sensatez y sentimiento–  (1811) y Orgullo y prejuicio (1813). En el primer caso encontramos la historia de la familia Dashwood, conformada por una madre recientemente viuda y tres hermanas: Elinor, Marianne y Margaret. Dándole las cualidades dominantes de las dos hermanas mayores el nombre a la novela, Elinor Dashwood es una dama ecuánime y discreta, quien tiene como norma para su vida el colocar siempre el pensamiento por encima del sentimiento, centrándose su personalidad en el deber y el honor. Por su parte, su hermana Marianne es una chica vivaz y espontánea, quien cree en los amores eternos y apabullantes, que despiertan en el alma de los amantes una serie de ígneas emociones que consumen a la dama o al caballero, quienes han de llegar, según su soñadora perspectiva, a necesitarse tan desesperadamente que no puedan vivir el uno sin el otro.

En la trama de Orgullo y prejuicio, Elinor se enamora de Edward Ferrars, hermano de su detestable cuñada Fanny. Edward, por su parte, es un hombre cabal, íntegro, honesto y decente, pero que tiene un pequeñísimo inconveniente en cuanto a la señorita Dashwood se refiere, pues nuestro flamante protagonista está ya comprometido -en secreto por supuesto ya que la posición social de ambos es absolutamente dispar- desde hace algunos años con la caprichosa Lucy Steele. Sin haber dicho nada ni Dashwood ni Ferrars sobre el mutuo afecto y atracción que sienten, Elinor se convierte involuntariamente en la confidente de Steele, debiendo soportar las narraciones de esta sobre el gran y triste amor que vive junto a su común amado. Antes de que el final feliz los lleve al altar, Elinor y Edward, cada uno de manera independiente, llegan a la conclusión absurda de que lo más importante es cumplir con la palabra dada, la cual llevaría a Ferrars, sin remedio, a embarcarse en un odioso matrimonio en el que ni él ni Lucy alcanzarían la felicidad, salvando sin querer la situación el hermano menor de Ferrars, Robert, quien termina quedándose con la herencia -que le es arrebatada al primogénito tras hacerse el compromiso de dominio público ante la furia implacable de su conservadora madre y su ambiciosa hermana- y con la novia de Edward.

El honor y el deber –además de la “insensatez emocional”- son los elementos presentes en la pareja de Elinor y Edward, quienes estaban dispuestos a renunciar a su amor legítimo con el único objetivo de no romper un compromiso hecho de manera precipitada tiempo atrás. Afortunadamente, ambos entran en sus cabales –por eventos circunstanciales únicamente, pues para ser felices debían haber tomado tal decisión aún sin existir la intervención de Robert– y pueden compartir una vida sencilla, haciéndose él pastor en la propiedad de su amigo, el coronel Brandon, mientras ella, ahora convertida en una hacendosa y consciente esposa, cuida de su modesto pero hermoso hogar.

Más accidentada todavía resulta la historia de la audaz Marianne, quien pone sus ojos en un galante caballero que la rescata de un infortunio que ella tiene en la campiña cercana a su hogar, siendo el salvador un hombre de rancio abolengo de nombre John Willoughby. En menos de un parpadeo la jovencita se enamora de su príncipe encantado, quien a su vez capta el candor de la damisela. Atrapados en una vorágine de emociones insensatas, pues poco han hablado de un futuro real y compartido, ambos dan paso a la pasión –en la medida del recato que Jane Austen muestra en todas sus obras-, quedando ambos prendados el uno del otro. Sin embargo, el oscuro pasado de Willoughby lo alcanza, dándose a conocer que no es hombre cabal, sino un canalla que ha dejado abandonada a una joven que él ha embarazado. Despojándolo tal hecho de su fortuna al desheredarlo su tía, el “caballero” sopesa su futuro contemplando una pobreza inevitable con el amor de su vida, o una abundancia tentadora en brazos de una dama de alta alcurnia de apellido Grey.

Resulta aquí que las ideas románticas de Marianne y todo su cariño nada pueden hacer en contra de la cartera vacía de su amado, quien abandona a la señorita Dashwood sin una palabra sobre la razón de su alejamiento, hasta que ella se entera de que su adorado está próximo a contraer matrimonio con una dote –que no con la mujer- sustanciosa. Ahogada por la pena, la jovencita pesca una terrible enfermedad salvándose de milagro, otorgando entonces sus energías a un amor mucho más sosegado con el coronel Brandon quien, a pesar de ser varios años mayor que ella –poco más de una década-, le profesa un devoto y tierno cariño que lo llevaría a atravesar las puertas del Averno por ella de ser necesario, aun cuando su flemática apariencia poco deja entrever de tan grandiosa pasión.

De este modo, la pareja sensata es conquistada por la sensibilidad y la dama sensible es capturada por la sensatez, demostrando entonces Austen que no es sino un equilibrio de ambas condiciones la que lleva a las parejas a tener aquel  final feliz que le fue negado a Romeo y a Julieta.

Avasalladoras pasiones y famosos amores cuasi imposibles han sido hasta aquí abordados, dejando para la próxima entrega la revista de otras parejas que se han hecho un lugar en los corazones lectores de todo el mundo.

 

FUENTES:

“Romeo y Julieta”. Aut. William Shakespeare. Panamericana Editorial. Colombia, 2013.

 “Orgullo y prejuicio”. Aut. Jane Austen. Alianza Editorial. España, 2009.

 “Sensatez y sentimiento”. Aut. Jane Austen. Grupo Editorial Tomo. México, 2012.


Entre la pasión y las letras: Mary Shelley III

2 julio 2013
Mary Wollstonecraft Godwin

Mary Shelley

Parte III

Por: Patricia Díaz Terés

Ordinariamente las dichas han venido sin desearse; ordinariamente, las desgracias han sucedido sin temerse”.

Francisco de Quevedo

Muy joven era Mary Shelley cuando escribió la obra que la colocó entre las celebridades literarias que son conocidas hasta el día de hoy, siendo tal historia el resultado de un reto lanzado por el legendario poeta Lord Byron en una lluviosa, y tal vez aburrida, tarde de verano.

Nunca se imaginó la chica de diecinueve años que el terrorífico relato que tal día escribiese, llamado Frankenstein o el moderno Prometeo, seguiría siendo vigente más de un siglo después, cautivando la imaginación de niños y adultos. Pero en muchos sentidos, la propia existencia de Shelley resultó mucho más escabrosa que aquella historia surgida de sus sueños.

Para 1822, Mary había ya tenido que soportar la muerte de cuatro hijos, Clara, Clara Everina, William y un pequeño nonato cuyo malogrado alumbramiento había tenido lugar más o menos en junio de tal año –salvándola de la muerte su indiferente cónyuge, al atenderla cuando se estaba desangrando-, hallándose la dama para el mes de julio en una profunda depresión que acompañaba a un precario estado de salud física, siendo aquella la condición que le impidiese acompañar a su marido, Percy Shelley y a su amigo Edward Williams, en una travesía marítima a bordo del Don Juan en el golfo de Spezia.

Un tanto inquieta vio entonces la melancólica literata cómo su esposo abandonaba la Villa Magni en San Terenzo y abordaba el navío, sin imaginarse entonces que poco después una terrible tormenta atraparía a la embarcación en altamar provocando la muerte de los dos caballeros, aterrorizando incomparablemente la desaparición a la dama -de acuerdo con las palabras de George Byron-, ya que los cuerpos sin vida fueron hallados más de dos semanas después, el 18 de julio.

Abatida y en compañía de sus más allegados amigos, Mary le dio el último adiós a su escritor bienamado el 14 de agosto, día en que fue incinerado en Via Reggio, encontrándose entonces la viuda con otra desagradable sorpresa, ya que siendo su intención que las cenizas del difunto fuesen enterradas junto a su hijo William, descubrieron en la tumba del niño los huesos de un adulto, por lo que ella decidió trasladar los restos mortales de su marido a un cementerio protestante en Roma.

Gran soledad tuvo que haber sufrido entonces nuestra protagonista, haciéndole sin embargo frente con valentía, pues aún tenía que velar por su hijo Percy Florence. Por él, Shelley, de tan solo 24 años, se volcó en la escritura por encargo, lo cual le permitía ganar lo suficiente como para poder mantenerse. Asimismo pudo ver publicada, en febrero de 1823, su obra Valperga o la vida y aventuras de Castruccio, príncipe de Lucca, tras lo cual decidió volver a su tierra natal.

Acompañada de su pequeño, llegó a tierras británicas, donde no cejó en sus intentos por obtener de su suegro una pensión, que le ayudase a dar una educación adecuada al pequeño Percy Florence, logrando finalmente que Sir Timothy Shelley le concediera cien libras al año.

Pero Mary no podía olvidar a su perdido poeta, por lo que decidió publicar los Poemas póstumos de Percy Bysshe Shelley (1824), en el cual incluyó gran cantidad de las obras inéditas del bardo, provocando esto la ira del noble padre de este, obligando entonces Sir Timothy a la viuda a prometer que abandonaría cualquier intento ulterior de publicar las obras de su libertino hijo, so pena de perder la pensión asignada a Percy Florence, ante lo cual la fémina se vio obligada a ceder.

Dedicóse entonces la autora de Frankenstein a estructurar y escribir diversas obras, a la vez que encontró nuevas y reconfortantes amistades, como la que estableció en 1825 con Mary Diana Dods, quien publicaba con el nombre de David Lindsay. De igual manera, siendo una chica bella e inteligente, todavía despertó varias pasiones, estando entre sus enamorados el actor, autor y director teatral John Howard Payne, quien llegó a proponerle matrimonio, declinando ella el ofrecimiento. Se dice también que conquistó el corazón de Washington Irving, autor –entre otras cosas- del célebre cuento La leyenda de Sleepy Hollow -aunque sobre esta historia, circula una versión en la que se indica que era realmente la señora quien estaba encandilada con el autor, y que si este hubiese correspondido a su afecto, habrían tal vez contraído matrimonio-.

El 23 de enero de 1826 se publicó la siguiente novela de Mary Shelley, El último hombre, en la cual plantea un mundo futurista con una perspectiva más bien pesimista. Por otra parte, en septiembre de aquel mismo año, su hijo Percy Florence se convirtió en el heredero legítimo del título nobiliario y las tierras del ilustre Sir Timothy Shelley, cuando el hijo de Harriet y Percy, Charles, falleció el 14 de septiembre.

Además, queriendo hacer de su vástago un caballero respetable, Mary lo inscribió en 1828 en la Edward Slater’s Gentlemen’s Academy en Kensington, aprovechando ella su nueva libertad para viajar a Francia, en donde conoció al arqueólogo y escritor Prosper Mérimêe[1] y al general La Fayette[2], acarreándole su estancia un contagio de viruela que la forzó a retornar pronto a Inglaterra y alojarse en casa de unos amigos, los Robinson, durante un año.

Con su salud bastante afectada por el ataque de la insidiosa enfermedad, publicó en los años sucesivos algunos títulos más como El destino de Perkin Warbeck (1830), Lodore (1835) y Falkner (1837), junto con un libro de viajes titulado Paseos por Alemania e Italia (1844), escribiendo a la par diversos artículos para la Lardner’s Cabinet Cyclopedia. Todo ello le proporcionó el dinero suficiente para vivir de manera más o menos holgada, con lo cual echó por tierra el mito de que una autora no podía subsistir gracias únicamente a su talento.

En 1836, Percy Florence fue retirado por su madre de la escuela y asignado a un tutor particular, para que al año siguiente se incorporase al muy prestigiado Trinity College de Cambridge. Por otro lado y después de mucha insistencia, Mary logró que su estricto suegro le concediese su venia para publicar los poemas del finado Percy Shelley, editando la viuda un libro que incluía varias notas biográficas de su autoría, y que vio la luz en 1839 con el nombre de Obras poéticas[3], siendo el volumen dedicado al único hijo sobreviviente de la pareja.

Pasaron algunos años y en 1844, Percy Florence pudo asumir el título nobiliario que le correspondía y tomar posesión de su herencia, cuando su abuelo Sir Timothy falleció el 24 de abril, contrayendo entonces matrimonio el joven, cuatro años más tarde, con una damisela de nombre Jane St. John. Tomando en cuenta los constantes esfuerzos y sacrificios de su madre, Percy la llevó a vivir con ellos a su nueva casa en Field Place.

Agotada por las secuelas de la viruela, Mary abandonó poco a poco su pasión literaria, encontrándose constantemente demasiado cansada como para tomar la pluma, por lo que tuvo que conformarse con recrearse en sus recuerdos, prefiriendo para ello felices memorias de tiempos compartidos con amigos, y no los tristes acontecimientos que también marcaron su existencia.

Falleció entonces nuestra valerosa y apasionada Mary Shelley el 1 de febrero de 1851 dejando como legado no solo su famosísimo libro de horror –del cual regaló una copia a Lord Byron, misma que fue encontrada recientemente en la biblioteca del economista inglés Lord Jay-, sino ediciones de buenas novelas, relatos de viajes y decentes ediciones de los escritos de su controversial marido.

FUENTES:

“Frankenstein. La fantasía de Mary W. Shelley”. Aut. Mar Abella. Revista Historia y vida no. 389.

“Mary W. Shelley; o la mujer que fabricó al monstruo”. Aut. Denis Montejo. www.pasadizo.com

 “Mary Shelley”. www.ccgediciones.com

“Women and Empire – Mary Shelley”. Aut. Allegra Geller. Abril 2012. http://britishscholar.org

“Lake Geneva as Shelley and Byron Knew It”. Aut. Tony Perrottet. Mayo 2011. www.nytimes.com

 “Discovered: Lord Byron’s Copy of Frankenstein, With Love From Mary Shelley.” Huffington Post. Junio 2012.


[1] Autor de la novela corta Carmen (1845) en la cual George Bizet basó su ópera homónima.

[2] General en la Guerra de Independencia Norteamericana y actor importante en la Revolución Francesa.

[3] Poetical Words of Percy Bysshe Shelley.


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