Y ahora resulta que le vamos a los malos: Villanos de T.V. VII

8 noviembre 2014
Frank y Claire Underwood, Zoe Barnes, Doug Stamper, Lucas Goodwin

Frank y Claire Underwood, Zoe Barnes, Doug Stamper, Lucas Goodwin

villanos7b

Walter White, Heisenberg, Jesse Pinkman, Gus Fring, Skyler, Hank

Parte VII

Por: Patricia Díaz Terés

“¿Es usted un demonio? Soy un hombre. Y por lo tanto tengo dentro de mí todos los demonios”.

Gilbert Keith Chesterton

Varios han sido ya los tipos de villanos que hemos revisado en esta serie de artículos, siendo unos de ellos conscientes del mal que perpetran, mientras otros caminan por su ficticia vida pensando que sus malvados actos son correctos. De este modo, antes de abordar a los dos máximos villanos, solo quiero dejar al aire una pregunta: ¿cuál es el peor villano? ¿Aquel que, aun sabiendo que está haciendo el mal, lleva a cabo sus acciones? ¿O aquel que piensa que el mal que está haciendo es realmente un bien? Como le decía yo a mi madre, quien me hizo favor de plantearme tan interesante cuestionamiento, moralmente es posible que aquel que no reconoce el mal en sus acciones tenga menos culpa… sin embargo, prácticamente, aquel que hace algo malo pensando que es una acción legítima, hace más daño… algo para reflexionar.

Pero dejando de lado las filosóficas meditaciones, pasaremos ahora a abordar a los dos máximos villanos que han sido entronizados como francos protagonistas de las series en las que participan: me refiero a Frank Underwood, interpretado por un impecable Kevin Spacey en House of Cards, y Walter White personificado por el grandioso y merecidamente multigalardonado Bryan Cranston en Breaking Bad.

Frank Underwood es un personaje que se desenvuelve en el complejo mundo de la política norteamericana, específicamente en los poderes Legislativo y Ejecutivo. Comenzando la serie como un influyente congresista, pronto este hombre revela su inconmensurable ambición: tiene sus ojos puestos en la presidencia, la cual es ocupada ya por un caballero manipulable y bastante mediocre –aunque de buenas intenciones- llamado Garret Walker (Michael Gill).

En la trama Frank es absolutamente secundado por una maravillosa y pragmática Claire Underwood (Robin Wright), su esposa. Ambos se encuentran completamente en armonía: persiguen el poder, y están dispuestos a hacer absolutamente cualquier cosa para obtenerlo. De este modo Frank Underwood es un extraordinario, astuto y habilísimo manipulador, que se dedica a jugar con sus compañeros de la Casa Blanca y el Congreso cual si fueran las piezas de un juego de ajedrez: dispone su ánimo, lanza sugerencias, los lleva a hacer exactamente lo que él quiere y después, simplemente se lava las manos, cosechando beneficios mientras los otros enfrentan terribles repercusiones.

El personaje es así despiadado y absolutamente carente de moral –miente, asesina, traiciona-, pero es brillante. De igual forma, los guionistas lo han planteado con una personalidad tan atractiva que el espectador se sorprende a sí mismo temiendo que eventualmente la justicia descubra sus fechorías, y tenga que enfrentar las consecuencias de sus antiéticos actos. Como contraparte de su maldad, se le ha revestido de un aire de honorabilidad, el cual le es dado por su amor incondicional hacia Claire, a quien defiende y apoya a pesar de los deslices de infidelidad que la dama ha tenido. La relación de los Underwood es entonces profunda y verdadera, pero en su código particular tienen algunas concesiones, particularmente en el terreno sexual, que les permiten utilizar –en toda la extensión de la palabra- a otras personas para lograr sus fines.

Los personajes secundarios, por otro lado, se encuentran también en zonas moralmente grises en el mejor de los casos. De esta manera, la ambición es el motor de Zoe Barnes (Kate Mara), una periodista que se involucra sexualmente con Frank para obtener información privilegiada, mientras este la usa para plantear en los medios los escenarios que le convienen. Por su parte, el inestable, fidelísimo y hasta cierto punto inteligente Doug Stamper (Michael Kelly), es la mano derecha de Frank, estando este hombre dispuesto a hacer literalmente cualquier cosa por su jefe. Llevando los guionistas a la implícita justificación de la maldad, en los personajes “buenos” la inocencia raya en la imbecilidad, como es el caso del idealista periodista Lucas Goodwin (Sebastian Arcelus), quien acaba con sus huesos en la cárcel por tratar de hacer pagar a los Underwood por sus crímenes. Insoportable resulta también el personaje de Rachel Posner (Rachel Brosnahan), una mujer que, tras haber aceptado de manera voluntaria participar en una de las intrigas del congresista –el asesinato de uno de los supuestos “mejores amigos” de Frank-, acaba, horrorizada, dándose cuenta de que le ha vendido el alma al diablo por unos centavos. Así, en el Washington de House of Cards valores como amistad, honor, veracidad o fidelidad son poco más que palabras impresas en las tarjetas de felicitación.

En el caso de Breaking Bad, el protagonista no es planteado como malvado desde un inicio, como lo es Frank Underwood. En esta serie, Walter White (Bryan Cranston) es un hombre normal, común, corriente, incluso soso. Es un genio que se encuentra dando clases a un hato de jovencitos ignorantes e irreverentes en una preparatoria, a quienes la Química les importa un comino, lo cual conlleva la lógica frustración del brillante catedrático. Cuando White descubre que tiene cáncer de pulmón, probablemente ocasionado por su trabajo prolongado con peligrosas sustancias en el pasado, decide que no puede dejar a su familia desamparada con la escasa pensión que le otorgarían a su esposa Skyler, y a sus hijos Walter Jr. (RJ Mitte) y la aún no nacida Holly. De este modo, el químico decide utilizar sus conocimientos para cocinar metanfetaminas. Siendo un simple maestro de escuela, requiere ayuda para entrar en el mundo del narcotráfico, para lo cual recurre a la ayuda de su exalumno Jesse Pinkman (Aaron Paul), un muchacho atolondrado que sin muchos alicientes circula a tontas y a locas por la vida.

El equipo que forman White y Pinkman se consolida en poco tiempo, en buena parte porque el producto creado por el científico resulta ser de una calidad inigualable, por lo que se cotiza rápidamente en el mercado. Para proteger a su familia, Walter decide utilizar un pseudónimo cuando trata con los poderosos –y no tan poderosos- narcotraficantes, haciéndose llamar Heisenberg.

A lo largo de las cinco temporadas de la serie –la última dividida en dos partes- vemos cómo aquel profesor bonachón y hasta mediocre crece en ego, habilidad y osadía, a la par que acrecienta su poder. El personaje toma decisiones que cambian su perspectiva, su personalidad y su escala de valores. De pronto lo importante ya no es dejar a salvo a sus seres queridos –pues eventualmente su cáncer entra en remisión-, sino la simple y llana acumulación de fortuna; aunque esto se ve aderezado por su ansia de dominio, la cual demuestra al despachar efectivamente a un sinnúmero de adversarios, a cual más peligroso. Así, el personaje se desarrolla entre White, el padre de familia dedicado, esposo devoto y cuñado ejemplar; y en su perverso alter ego. Walter no es un asesino, Heisenberg sí. Walter no es despiadado, Heisenberg sí. Walter no es peligroso, Heisenberg es implacable.

El que experimenta y sufre directamente esta dualidad es Pinkman, el cual se merece en ocasiones un monumento a la estupidez, por su volubilidad. A diferencia de Underwood, cuya lealtad está absolutamente enfocada en su esposa y a nadie más –excepto, tal vez el dueño de su restaurante favorito, Freddy (Reg E. Cathey), Walter-Heisenberg es leal a sus amigos –hasta cierto punto, pues no tiene problema en dejar morir a una de las novias de Jesse que se estaba convirtiendo en un peligro gracias a su codicia e idiotez- y a su familia, a pesar de que tiene un conflicto infranqueable en la persona de su cuñado, Hank Schrader (Dean Norris) que es nada más y nada menos un agente de la DEA –la agencia norteamericana antidrogas-, a quien paradójicamente defiende a capa y espada.

Asimismo, las actividades ilícitas de Walter son eventualmente descubiertas por su atractiva, controladora y bastante desesperante esposa, Skyler (Anna Gunn), quien de pronto se incluye voluntariamente en una vorágine de actos moralmente cuestionables para que su marido no caiga en manos de la justicia, lo cual le ocasiona a la mujer una serie de conflictos espirituales –pues ella no es mala, ni ha elegido tan libremente tal camino- que la llevan al borde de la locura.

Siendo astutamente salvado en incontables ocasiones por un abogado de poca monta, nula moral y bastante habilidad de nombre Saul Goodman (Bob Odenkirk), Walt enfrenta inteligentemente a criminales consagrados como el encantador Gus Fring (Giancarlo Esposito), empleando los odios que este personaje ha despertado en su larga carrera como destacado capo de las drogas, para eliminarlo.

Walter White tuerce entonces las normas morales, hasta que realmente se convierte en el mejor villano que haya pasado por la pantalla chica. No obstante, los guionistas de la serie plantean el argumento y a los personajes de tal manera que, al igual que con Frank Underwood, sufrimos cada vez que White está a punto de ser atrapado, a pesar de que conocemos su enorme listado de crímenes.

¿Qué es pues lo que nos lleva a odiar a unos villanos y amar a otros? Sin duda la primera respuesta es la estructura de los guiones y argumentos. Pero lo que tienen en común todos los villanos que se ganan irremediablemente –y muy a nuestro pesar- nuestras simpatías, es que son inteligentes. Nadie gusta de los villanos estúpidos y caprichosos, pero a todo el mundo le agrada el villano brillante y ecuánime. Al mismo tiempo este tipo de villanos, en todos los casos, presenta un rasgo humano decente –aunque sea uno-, elemento que los hace sin duda, en nuestra manipulada mente, parte de la raza humana y por lo tanto, dignos de consideración, utilizándose aquello que dice el escritor George R.R. Martin en su saga literaria Canción de hielo y fuego: “Una buena acción no lava la mala, ni una mala, lava la buena”.

FUENTES:

www.imdb.com


Y ahora resulta que le vamos a los malos: Villanos de T.V.

19 agosto 2014
The Cigarette Smoking Man (William B. Davis)

The Cigarette Smoking Man (William B. Davis)

Parte I

Por: Patricia Díaz Terés

Es extraña la ligereza con que los malvados creen que todo les saldrá bien”.

Victor Hugo

Hasta hace algún tiempo, resultaba sumamente fácil detectar en las series televisivas el tipo de personaje al cual nos enfrentábamos: estaban los buenos y los malos, llevándonos el propio guion a favorecer con nuestra buena voluntad a los protagonistas antes que a los antagonistas. Sin embargo todo esto ha cambiado. Actualmente, en la pantalla chica, y cada vez con mayor frecuencia, son los personajes “malos” hacia los que hábiles guionistas inclinan nuestras simpatías.

En la presente serie de artículos haremos una revisión sobre algunos villanos de la televisión, sus motivaciones, orígenes, similitudes y diferencias. Advierto, como siempre en este tipo de escritos, que la selección de las series de televisión ha sido totalmente arbitraria, a la vez que me permito anunciar que en el texto se encontrarán diversos spoilers de las siguientes series (entre paréntesis se encontrará el número de temporadas que serán abarcadas de cada uno de los programas tratados): The Walking Dead (4), Downton Abbey (4), Breaking Bad (6), Game of Thrones (4), The Borgias (3), Once Upon a Time (2), The X-Files (9), House of Cards (2), Sherlock (3), Smallville (9), Stargate Atlantis (5).

De esta manera, veremos cómo atrás han quedado aquellos esquemas en los que los buenos eran incapaces de transgredir las leyes –naturales o establecidas por un canon social- y mucho menos de cometer crímenes como el asesinato, el robo, etc., teniéndose actualmente héroes que, de acuerdo con su propia historia y contexto, son capaces de “flexibilizar” las normas, pero siempre con un objetivo que a fin de cuentas repercutirá, al menos, en el bien común –o no tan común-. Por otra parte, cabe mencionar que dejaremos de lado las series policiacas como CSI, Castle, Law & Order y otras muchas, en las que generalmente los buenos pertenecen a las fuerzas de policía o similares, mientras que los malos son casi invariablemente criminales; de igual forma se dejarán fuera aquellas series en donde este esquema de bondad y maldad simplemente no aplica, por lo que los géneros comedia y juvenil han sido obviados.

Comenzaremos pues con un programa de ciencia ficción en donde el bien y el mal están perfectamente definidos, X-Files (Los Expedientes Secretos X, 1993-2002), programa que tuvo su auge en los noventas –terminó en 2002, estrenándose su segunda película, I Want to Believe, en 2008- y que invadió las pantallas con un sinfín de teorías conspiratorias. En este argumento, los buenos eran los detectives del FBI Fox Mulder (David Duchovny) y Dana Scully (Gillian Anderson), quienes se dedicaban a investigar exclusivamente casos de naturaleza paranormal, siendo el eje conductor de la serie la existencia y próxima invasión de los extraterrestres. En este caso, los villanos –los cuales a veces parecen omnipresentes y omnipotentes en su malévolo afán- estaban empeñados en ocultar a toda costa y a cualquier precio “la verdad”, siendo el máximo maloso un misterioso hombre conocido en las primeras temporadas como The Cigarette Smoking Man (William B. Davis), cuyo nombre es CGB Spender, quien al parecer ocupa todo su tiempo en entorpecer la labor del crédulo Mulder y la escéptica Scully, quienes a su vez se empeñan en descubrir la realidad sobre la existencia de vida fuera de nuestro planeta. Al mismo tiempo encontramos en la serie algunos personajes ambiguos, coconspiradores de Spender, a quienes eventualmente su conciencia les indica que ocultar una inminente invasión extraterrestre a la Tierra no es el proceder más adecuado para el completo de la raza humana, y por lo tanto tratan de ayudar a la pareja de detectives dándoles algunas pistas. En este sentido encontramos a Mr. X (Steven Williams), Deep Throat (Jerry Hardin) o The Well Manicured Man (John Neville), los cuales por supuesto terminan siendo asesinados como castigo por su traición. Por último, en la línea entre unos y otros se balancea el personaje de Walter Skinner (Mitch Pileggi), el director adjunto del FBI y jefe de Mulder y Scully. Este hombre se ubica entre su amistad y su conciencia que le dictan manifestarse en favor de sus subordinados, y el yugo burocrático-político impuesto por Spender, quien lo utiliza de manera descarada e inmisericorde como arma en contra de la pareja de detectives.

Vemos pues cómo, al final, en el universo de los Expedientes X triunfan la honestidad y la tenacidad de Mulder–quien sin embargo desaparece durante las últimas temporadas para reaparecer en los capítulos finales de la serie- y Scully, frente al taimado fumador, desembocando la serie en un final bastante estrambótico y un tanto confuso -pero en resumidas cuentas satisfactorio- en el cual la humanidad queda más o menos a salvo.

Otra serie regida por este sencillo esquema, donde es clara la división de los buenos y los malos, es Stargate Atlantis (2004-2009). Aquí el asunto es muy simple, los buenos son los humanos, particularmente el equipo de investigadores y aliados asentados en la mítica y tecnológica ciudad de Atlantis –equipo comandado por un coronel de nombre John Sheppard (Joe Flannigan) y sus compañeros inseparables Teyla (Rachel Lutrell), Ronon (Jason Momoa) y McKay (David Hewlett), principalmente-, base desde la cual estos hombres y mujeres luchan incansablemente contra una especie extraterrestre conocida como los Wraith (espectros), criaturas monstruosas que absorben la energía del cuerpo humano para alimentarse, importándoles muy poco si en el proceso acaban con los homo sapiens –particularmente con los que no residen en el planeta Tierra, siendo este último un ansiado objetivo-. Aun cuando en la serie podemos ver algunos humanos perversos, que suelen atacar a los de su misma especie normalmente por ambición, la trama principal plantea a la maldad unida a los espectros, seres desarrollados y organizados en una sociedad de “colmenas” –como los insectos- dominadas por una reina, es decir, con un esquema jerárquico rígido donde una manda y el resto obedece sin cuestionamientos, con la finalidad de sobrevivir, que no de dominar, aparentemente.

El problema con esta serie fue que los guionistas, productores y directores no lograron finalizarla adecuadamente, siendo la quinta temporada una franca afrenta a la inteligencia del espectador –incluso visualmente, ya que de haber manejado en las cuatro primeras temporadas unos recursos adecuados, la quinta temporada parece sacada de los peores capítulos de la serie infantil Power Rangers-, en la que a ojos vistas los realizadores conocían ya la inminencia de la cesión de recursos, por lo que los guionistas también perdieron el rumbo, haciendo a los personajes, que venían siendo congruentes, convincentes e inteligentes, unos verdaderos inútiles –a la vez que la trama se hizo ambigua y absurda-, forzando al final un “regreso” de toda Atlantis –cabe destacar que en la serie se trata de una ciudad que puede transportarse tranquilamente a través del espacio al tratarse, a la vez, de una nave espacial- a la Tierra, “venciendo” de manera abrupta, milagrosa e increíble –por no ser creíble incluso dentro de los parámetros de la ciencia ficción, no por buena- a los temibles espectros. A final de cuentas, “gana” el bien.

Hasta este momento hemos hablado de la ciencia ficción, un terreno en el que resulta bastante sencillo plantear una estructura más o menos maniquea[1] con posturas definidas, y dentro de la cual es posible detectar plenamente a los protagonistas y destacar sus diferencias de los antagonistas. Con el paso de los años, y en otros géneros, estas líneas divisorias van difuminándose hasta francamente desaparecer, como veremos en la siguiente entrega de esta columna.

FUENTES:

www.imdb.com

[1] Se dice de quien sigue las doctrinas de Manes, pensador persa del siglo III, que admitía dos principios creadores, uno para el bien y otro para el mal (DRAE).


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