El valor de la adaptación: Sacagawea, madre, exploradora y estandarte

23 noviembre 2014
Estatua de Sacagawea en Bismarck, Dakota del Norte

Estatua de Sacagawea en Bismarck, Dakota del Norte

Por: Patricia Díaz Terés

No puede impedirse el viento. Pero pueden construirse molinos”.

Proverbio holandés

Existen personajes en la historia cuya principal característica es difícil de definir, siendo uno de ellos una mujer india, perteneciente a la tribu shoshone, llamada Sacagawea[1] –-, quien a lo largo de su aventura con la expedición montada por los exploradores Lewis y Clark, mostró no solo ser una mujer sumamente inteligente, sino también hábil negociadora y valerosa madre.

Pero comencemos por el principio. Sacagawea nació a finales del siglo XVIII -existiendo discrepancia sobre su verdadera fecha de nacimiento la cual ha sido especificada en entre 1786 y 1790- posiblemente en el área de Three Forks, Montana -aunque también se menciona Lemhi County en Idaho-. A pesar de todas las imprecisiones que revisten la llegada de esta dama a nuestro mundo, lo cierto es que a muy tierna edad fue separada de su familia y su tribu al ser raptada por los hidatsa, quienes la trasladaron a su campamento ubicado junto al río Missouri, cerca del actual Washburn en Dakota del Norte. En este punto no queda claro si la niña, que a la sazón tenía once o trece años, fue introducida en el grupo como esclava o como hija adoptiva, pero no hay registros de que hubiese sido maltratada.

Ahora bien, haya sido por contrato económico, como intercambio, o cualquier otra razón, el hecho es que Sacagawea pasó a formar parte de un reducido séquito de esposas con las cuales se hizo el comerciante de pieles franco canadiense Toussaint Charbonneau, quien había convivido con las tribus hidatsa y mandan desde 1796, existiendo una considerable diferencia de edad entre marido y mujer ya que la chica contaba con 16 años y él con 37.

Mientras todo ello acontecía en la vida de la joven shoshone, por su parte el entonces presidente Thomas Jefferson se encontraba ansioso por explorar el vasto y aún salvaje territorio norteamericano. Habiendo adquirido Louisiana a los franceses en 1803 –por la nada despreciable cantidad de 15 millones de dólares- el mandatario designó a su secretario Meriwether Lewis para liderar una expedición (Corps of Discovery) en la que trataría de descubrir el supuesto Pasaje Noroeste, una vía acuífera que presuntamente comunicaba el océano Atlántico con el Pacífico. A su vez Lewis eligió a su amigo y antiguo superior en la milicia, William Clark para que fuese su segundo al mando.

Existencias tan distantes como la de Sacagawea y los exploradores se entrelazaron cuando estos llegaron al territorio de la tribu hidatsa –cuya estructura matriarcal en la que, a diferencia de Europa, las mujeres eran quienes poseían las tierras y tomaban las decisiones, formación que había recibido la cautiva- en noviembre de 1804 –aunque en realidad el encuentro con los Charbonneau se dio hasta diciembre de ese año, cuando los visitantes se establecieron en Fort Mandan-. Sacagawea por aquel entonces no llevaba, seguramente, una existencia demasiado feliz, ya que el padre del hijo que estaba esperando había resultado ser un hombre cobarde y golpeador, ignorante por completo de la valía de su mujer –y al parecer de cualquier otra-, misma que no pasó desapercibida para Clark.

La jovencita dio a luz a su hijo Jean Baptiste Charbonneau el 11 de febrero de 1805. Para entonces Lewis y Clark se habían dado cuenta de que ella sería de mucha ayuda en la travesía que tenían por delante, ya que necesitaban alguien que conociera el terreno y pudiera entenderse con los nativos. De este modo, los enviados de Jefferson solicitaron a la pareja que los acompañase a cambio de una justa remuneración -533.33 dólares y 320 acres de tierra, que fueron a parar a manos del franco canadiense, sin que su esposa recibiera compensación alguna-. Así, la cadena de traducción se estableció del inglés hablado por Lewis y Clark al francés entendido por el soldado Francoise Labiche, hablado a su vez por Charbonneau quien transmitía el mensaje a su mujer, siendo ella el enlace directo con los indios.

En un contexto no particularmente pacífico entre blancos y nativos, la expedición de Lewis y Clark había adquirido, sin saberlo, un seguro pasaje con la inclusión de Sacagawea, pues todas las tribus con las que se encontraron dedujeron que, si una mujer y su recién nacido participaban en la comitiva, no podían tener fines bélicos, por lo que su actitud se transformaba de defensiva a cooperativa, facilitando la misión de los líderes de Corps of Discovery.

Un mes después de haber abandonado Fort Mandan, los caballeros a los que Sacagawea acompañaba descubrieron el verdadero carácter de la joven madre. Resulta que el 14 de mayo de 1805, mientras iban a bordo de varias embarcaciones sobre el río Missouri, un grandioso temporal hizo presa de las balsas y piraguas, zarandeadas de manera inclemente por los fuertes vientos comenzando varias de ellas a hacer agua, amenazando con hundirse. Los hombres perdieron la calma, corrían de un lado para el otro sin saber a ciencia cierta qué hacer. Lewis y Clark, solo Dios sabe cómo, dieron con sus huesos en la orilla del río mientras la tripulación de las naves, desesperada y a punto de perder todos sus enseres, provisiones e instrumentos, no atinaba a realizar una acción cuerda.

Ecuánime y valiente, mientras su marido aullaba por el pánico –eventual y eficientemente silenciado por otro hombre que amenazó con dispararle si no cesaba en su desesperación-, Sacagawea, ubicada firmemente en el casco de su piragua, amarró fuerte y seguramente a su bebé en su espalda, mientras se dedicaba a sacar del agua tantos documentos y cajas como flotaban cerca de la borda, tras haberse hundido justamente la embarcación que transportaba el equipaje. Días después, mientras la expedición esperaba a que todo quedara seco para evitar que se pudriese, Lewis y Clark dimensionaron la importancia de las acciones de Sacagawea.

Pero el valor no era lo único que poseía nuestra protagonista. Conocedora de la naturaleza, también fue capaz de aportar cierta variedad a la restringida dieta de los expedicionarios, al encontrar por el camino diversas raíces y tubérculos comestibles que les ayudaron a no mermar de manera considerable sus reservas de alimento. Asimismo fue capaz de proporcionarles ropas adecuadas, pues confeccionó –y les enseñó a confeccionar- ropa y mocasines de piel.

Agosto fue el mes testigo de la, quizá, más memorable escena de aquella travesía que se extendió durante 16 meses a lo largo de cinco mil millas. Resulta que Lewis y Clark encontraron en su camino a un grupo shoshone dispuesto a negociar con caballos, animales que a ellos les resultaban imprescindibles para poder sortear el terreno que tenían por delante. Cuál no sería la sorpresa de los blancos al ver que Sacagaweaa, en cuanto lo vio, corrió a los brazos del imponente líder de los shoshone, Cameahwait. Observando un comportamiento completamente inesperado en la mujer, normalmente reservada y hasta huraña –y seguramente alarmantemente inapropiado a ojos de los expedicionarios-, tras el fraternal abrazo, la chica explicó entre lágrimas que aquel hombre era su largamente añorado hermano. Huelga decir que las negociaciones se llevaron a cabo con éxito rotundo.

Como última anécdota del viaje, se sabe que eventualmente, cuando se encontraban en Fort Clatsop, Clark –protector de Sacagawea, por quien sentía una especial simpatía que extendía a Jean Baptiste a quien cariñosamente llamaba Pompy– dijo que se trasladaría a la costa para ver a las ballenas. Sacagawea, con toda determinación, le anunció que quería ir porque nunca había visto el mar. Por supuesto, logró su cometido.

Tras 21 meses, los Charbonneau se separaron de Lewis y Clark. Al hacer un recuento de toda la ayuda proporcionada por Sacagawea, Clark se sintió culpable al haber entregado el pago completo a Charbonneau sin tomar en cuenta a su esposa. De esta manera, por medio de una carta, sugirió encargarse posteriormente de la educación de Jean Baptiste, compromiso que cumplió cuando la dama falleció a causa de la difteria el 25 de diciembre de 1812 en Fort Manuel; para entonces Toussaint no estaba con ella, como tampoco estuvo presente cuando en medio de una refriega entre indios y británicos la fortaleza fue quemada hasta sus cimientos, rescatando a los huérfanos John C. Luttig, quien los llevó a St. Louis, donde Clark se hizo cargo de ellos, quedando como guardián legal de los niños en agosto de 1813.

Existiendo testimonios posteriores a la fecha de su muerte, de mujeres que clamaron ser Sacagawea, daremos por cierta la versión aquí expuesta. Dama excepcional en tiempos y territorios hostiles, esta india shoshone fue la primera mujer cuyo voto fue tomado en cuenta para algo -ya que en la expedición de Lewis y Clark todos eran iguales, incluyendo a las féminas y a los esclavos de color, que en este caso eran nuestra protagonista y un hombre llamado York-, por lo que su figura ha sido enarbolada por los movimientos sufragistas como el de Susan B. Anthony, tomándola como estandarte y heroína hasta convertirse en la mujer a quien en más estatuas se ha representado en todo el territorio norteamericano, llegando incluso a aparecer su imagen en las monedas de un dólar.

FUENTES:

“Sacagawea”. Aut. Margaret Talbot. Revista Exploring History. National Geographic. Great Women. E.U. 2014.

www.history.com

http://www.monticello.org/

http://www.pbs.org

http://www.sacagawea-biography.org

http://www.sacagawea.com

[1] Existe hasta la fecha una controversia sobre la ortografía original de este nombre y por tanto su significado, ya que hay quien dice que viene del hidatsa sacaga (pájaro) y wea (mujer), coincidiendo esta interpretación con los audios dejados por los expedicionarios que pronuncian “Sah-cah’ gah-we-ah”; mientras que los shoshone insisten en que es “sacajawea”, que significa impulsor de botes

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Caridad, coraje y entrega: Mary Slessor IV

20 agosto 2013
Mary Slessor

Mary Slessor

Parte IV

Por: Patricia Díaz Terés

“Si se siembra la semilla con fe y se cuida con perseverancia, solo será cuestión de recoger sus frutos”.

Thomas Carlyle

Situaciones en las que se jugaban la vida, eran cotidianas para los misioneros que se aventuraron en los más inhóspitos rincones del África durante el siglo XIX. Después de su traslado definitivo a la región de Okoyong, esa mujer de minúscula figura y gigantesco espíritu llamada Mary Slessor, miró a los ojos a la muerte en más de una ocasión, siendo la primera de ellas cuando el jefe Krupka enfermó de gravedad –si no lograba curarlo probablemente el rey Edem y su gente pagarían las consecuencias-, solicitando al instante la presencia de la curandera blanca que tenía fama de remediar cualquier mal que a los nativos aquejara.

Sin estar muy convencido de dejar ir a su invitada en medio de la noche a curar al líder de una tribu vecina, el rey Edem le asignó a Mary una escolta para que realizara de un modo un poco más seguro la azarosa travesía de ocho horas. Nerviosa pero sin miedo, la dama acudió al llamado del moribundo, encontrándose un camino fangoso y lleno de matorrales espinosos. Ante la dificultad que representaba su vestimenta para avanzar con facilidad, la mujer sin mayor preocupación se despojó de las estorbosas ropas y de las pesadas botas, quedándose descalza y con una confortable camisa larga por única cubierta –moda que adoptó en lo sucesivo-. Finalmente, tras esfuerzos extraordinarios, alcanzó su destino, encontrando una aldea llena de desconsuelo y ansiedad. Sin tardanza, Slessor administró al jefe Krupka las sales, la quinina y el láudano, remedios insuficientes para la terrible infección que lo abatía, por lo que tuvo que solicitar otras medicinas a la misión vecina de Ikorofiong.

Angustiosas horas pasaron, pero el paciente se recuperó. Tras este “milagro”, la fama de la “curandera blanca” –capaz de darle un fuerte zape a los nativos que la superaban evidentemente en fuerza y estatura, cuando estos se negaban a tomar sus medicinas- se extendió a lo largo y ancho del territorio, regresando entonces ella a Ekenge. Ya en la aldea, el rey Edem tras mencionar muchos obstáculos, finalmente accedió a que su huésped construyera su propia casa. Mientras tanto, la escocesa no cejaba en sus intentos por apartar de sus vicios a los indígenas, siendo su principal enemigo en esta tarea el comercio de ginebra. Para evitar que los jefes tribales se emborracharan, y con ellos sus súbditos, la damisela no vacilaba un instante en subirse sobre los barriles de la bebida para impedir el consumo, sin arredrarse ante las amenazas que seguramente recibía.

Buscando opciones para dar una ocupación a los ociosos nativos, Slessor, en colaboración con su buen amigo el rey Eyo Honesty, convocaron a todos los jefes a una importante reunión, siendo recibidos regiamente por el monarca en su propia casa. Gran impacto causó en sus invitados Eyo cuando apareció ricamente ataviado con un brillante tocado adornado con plumas y un cetro de plata, ofreciéndoles además un suculento banquete lleno de platillos para aquellos desconocidos. El anfitrión aprovechó el momento para explicar las intenciones del Imperio Británico de convertir a toda la región en el Protectorado de la Costa del Níger, en el cual se intercambiaría el mercado del alcohol por el del aceite de palma; a la vez que les advirtió de la presencia de soldados ingleses que patrullarían el territorio para prevenir los sacrificios humanos, principalmente los de los gemelos.

De regreso en Okoyong, Mary recibió poca ayuda del jefe Edem para comenzar la construcción de su vivienda, por lo que fue ella misma quien empezó a limpiar el terreno y gestionó la asistencia de un carpintero de nombre Charles Ovens quien, habiendo trabajado en otros ambientes adversos, aceptó gustoso la misión, encontrándose a su llegada con que la misionera era una persona agradable con quien entabló casi de inmediato una amistad que duraría toda la vida, siendo el único inconveniente de tan amistosa relación la afición del caballero por las melodías escocesas, que sumían a Slessor en el más nostálgico estado de ánimo, por lo que Charles accedió a prescindir de este gusto.

Con adobe y paja levantaron entonces una modesta pero espaciosa casa con fuertes puertas y ventanas, en donde todos sabían que encontrarían la ayuda y protección de White Ma. Así, ya con un lugar adecuado para descansar, Mary pudo enfocar renovados esfuerzos en su misión, logrando incluso destruir una tradición ancestral de venganza, ya que cuando el hijo mayor de Edem fue asesinado, la misionera intervino para que el deudo no tomara la vida de los asesinos, interrumpiendo así el círculo sangriento en el cual, de otra forma, se hubiesen ineludiblemente encerrado.

Tras cinco años de ininterrumpida labor, Mary necesitó un descanso, siéndole este facilitado por la intervención de la señorita Dunlop, quien la suplió temporalmente en sus tareas. En 1891, Mary regresó a Inglaterra, conociendo antes de partir a un joven misionero y profesor, también procedente de Escocia, de nombre Charles Morrison. Estando a sobre aviso de las actividades de Slessor y habiéndola admirado largamente, le propuso matrimonio a la señorita que a la sazón rondaba los cuarenta años –mientras él se encontraba aún en sus veintitantos-. Explicando la versión más romántica de la historia que ambos se enamoraron perdidamente a primera vista –otros autores indican que Mary, quien efectivamente se sentía atraída por las cualidades intelectuales del profesor, apreció en gran medida la ventaja de tener un compañero que pudiese asistirla cuando los ataques de malaria la obligaban a tomar reposo-, nuestra protagonista aceptó gustosa la propuesta de matrimonio del joven.

Pero el destino no tenía para ellos un feliz final. De acuerdo con algunas fuentes, Charles era una valiosa pieza en el sistema educativo misionero, por lo que la solicitud para contraer nupcias fue rechazada por su Iglesia debido a que no deseaban que se trasladara a la lejana Okoyong, ofreciéndole acercarlo a tal sitio trasladándolo de Calabar a Duke Town –otros especifican que el deficiente estado de salud del muchacho lo obligó a regresar a Inglaterra, como efectivamente sucedió poco tiempo después, sin mencionar la prohibición de sus jefes-. Mary, sin estar dispuesta a dejar la aldea del rey Edem, puso fin al compromiso –Morrison tuvo un triste final, ya que no continuó en la Iglesia y se retiró a Carolina del Norte, donde falleció de pena tras incendiarse su casa perdiendo su trabajo literario-, y quedarse únicamente en compañía de su hija adoptiva Janie, quien tenía nueve años de edad.

Por otra parte, el nuevo cónsul general del Protectorado de la Costa del Níger, Claude MacDonald, decidió en 1891 –ante el absoluto descontento de la Foreign Office según la cual una mujer no era capaz de desempeñar adecuadamente un cargo público- nombrar a Mary vicecónsul y magistrada del distrito de Okoyong. Tras algunas negativas, Slessor vio la conveniencia de tener un poco de poder para ayudar a su gente, por lo que aceptó con la condición de no recibir sueldo alguno. Así, incansable, comenzó su peregrinar para asistir a las diversas sesiones en las aldeas más remotas.

Cuatro años después, una agradable e inesperada visita de Mary Kinglsey –la científica que se abría paso por la selva africana, luchando con remos y paraguas contra cocodrilos e hipopótamos-, una escéptica que sentía curiosidad por conocer a la devota mujer que convivía con los “caníbales”, le proporcionó a Mary Slessor una respetuosa amistad que conservaría hasta la muerte de la exploradora.

Slessor continuó sus trabajos, construyó misiones en Akpap, Ikaot Obong e Ikpe, siendo para entonces (1909 aprox.) aquejada por un terrible reumatismo, cuyos síntomas se agravaron en 1914 cuando recibió la noticia del estallamiento de la Primera Guerra Mundial.

Finalmente, el 13 de enero de 1915 los africanos vieron partir de este mundo a su defensora y protectora, quien fue despedida con honores y mucho amor por parte de todos aquellos a quienes su luz había iluminado, permaneciendo sus apreciados restos en su querido Continente Negro, en donde aún hoy es recordada como la “Madre de Todos los Pueblos”.

 

 

FUENTES:

“Las reinas de África”. Aut. Cristina Morató. Ed. Plaza y Janés. España 2003.

“Mary Slessor”. Aut. Sally Toms. www.scotlandmag.com

“Dies At The Age Of 66 In Mud Hut”. Aut. Rebecca Hickman. www.historymakers.info

 “Mary Slessor of Calabar: Pioneer Missionary”. Aut. W.P. Livingstone. www.wholesomewords.org


Caridad, coraje y entrega: Mary Slessor III

13 agosto 2013
maryslessor

Mary Slessor

Parte III

Por: Patricia Díaz Terés

“La injusticia, siempre mala, es horrible ejercida contra un desdichado”.

Concepción Arenal

El poder  y atracción de las grandes almas se extiende rápidamente, sin ser la misionera Mary Slessor la excepción. Cuando esta menuda mujercita pelirroja fue convocada por el jefe Okon del pueblo Ibaka en James Town, el monarca nativo le aseguró que le enviaría su canoa real para que la dama se trasladase de acuerdo a su fama y posición; humilde como era, Mary trató de rechazar el ofrecimiento, objetando el soberano que la “Ma” debía llegar a su encuentro con toda la dignidad de una gran dama, ya que era una madre amada por todos.

Dejando de lado las bárbaras costumbres que tenían por lo regular como consecuencia la muerte de algún inocente, a Slessor muy pocas cosas del Continente Negro la arredraban, por lo que cuando se embarcó en el río Cross para atender a la invitación recibida, lo hizo con gran entusiasmo, haciéndose además acompañar por varios de sus “hijos” adoptivos, a quienes eventualmente tuvo que consolar debido a que se llevaron tremendo susto al toparse con una violenta tormenta que obligó a la comitiva a refugiarse en una cueva, siendo además amenazados por enormes cocodrilos los cuales eran ahuyentados por los remeros, que luchaban a brazo partido con los reptiles como mejor podían.

Ahora bien, además de su enorme coraje, nuestra protagonista contaba con un talento magnífico para la negociación, el cual había utilizado a lo largo de toda su vida y que, en territorios africanos, significó la diferencia entre la vida y la muerte para muchos indígenas. De este modo, la mujer no dudó un segundo en ir a interponerse entre el mismísimo rey Okon y un par de sus esposas, cuando el hombre las sentenció a perder las dos orejas como castigo por haberse ido del harén y visitar la zona de hombres; si bien la europea no logró eliminar la pena, sí la intercambió por una decena de latigazos, lo cual parecía misericordioso en comparación con la alternativa (!).

No obstante, a pesar de los años transcurridos, muchas de las tradiciones del África resultaban para Mary bastante incomprensibles aún, y así lo decía, de tal suerte que hizo saber a Okon que le parecía una verdadera aberración el obligar a jovencitas a casarse con ancianos, ya que con ello se fomentaba justamente la infidelidad que era castigada con los más espantosos suplicios, o bien “simplemente” se condenaba a la chica a vivir una existencia miserable y solitaria.

Por otra parte, la estancia en el continente africano solía pasar elevadas facturas a los europeos que en él se adentraban, y por aquellos tiempos Mary se enfrentó a un mal que aquejó a la mayoría de los blancos, la malaria, cuyos embates la obligaban a permanecer en cama de vez en cuando y que con el tiempo mermó tanto su salud que en 1883 tuvo que regresar a Escocia para restablecerse, sin que fuera la valerosa señorita capaz de subir por su propio pie al barco. En este viaje la acompañó la pequeña Janie, una bebita de seis meses a la que abandonaron frente a su puerta –había nacido con un hermano gemelo a quien su madre tuvo que dar muerte, sin atreverse después a hacer lo propio con su pequeñita- y a quien Slessor cuidó si fuese su verdadera hija. Tres años permaneció la misionera en su tierra natal, dedicándose en este tiempo tanto a cuidar a su madre y hermanas –a quienes trasladó a Devonshire, con un clima mucho más amable que Dundee-, que se encontraban muy enfermas –una de ellas, Susan, falleció-, como a relatar sus vivencias ante públicos que se mostraban extasiados escuchando las aventuras de la viajera.

Los días pasaron y Mary tuvo que regresar a Calabar para poder seguir sustentando a su familia sobreviviente. Pero 1886 fue un año funesto para ella, ya que debió asimilar la noticia de la muerte tanto de su madre como de la pequeña Janie, pérdidas que la abatieron cruelmente, pero que sin embargo, le dieron la fuerza suficiente para emprender una nueva aventura ya que era su propósito internarse en la selva para llegar a las aldeas más recónditas del distrito de Okoyong, situado entre los ríos Calabar y Cross, en donde los europeos no eran bien recibidos.

Dos años más pasaron y Slessor realizó tres expediciones con la finalidad de conocer su destino, el cual percibió como bastante lúgubre ya que el terreno estaba cubierto por infectas ciénagas. Reconociendo que nunca obtendría el respeto de los nativos si no demostraba de alguna manera su audacia, optó por visitar completamente sola al jefe Edem en la aldea de Ekenge –para el traslado su amigo el rey Eyo le prestó su canoa real-, deslumbrando su portentosa llegada a todos los habitantes del lugar, quienes se concentraron en las riberas del río Calabar para poder observar a White Ma[i]. Tal como había previsto la misionera, el líder nativo quedó impresionado y le concedió su venia para que se asentase en sus territorios, imponiéndole “únicamente” la condición de permanecer un año en su propia casa –confinada de cierto modo en el harén-, periodo tras el cual le cedería un espacio para que construyera una habitación propia y a su gusto, además de una escuela.

Sin ser enemiga de las incomodidades, Mary accedió a las demandas de Edem, partiendo definitivamente hacia Okoyong en verano de 1888, acompañada por cinco de sus chicos adoptivos cuyas edades oscilaban entre uno y once años. Tras un accidentado viaje, durante el cual fue acompañada y asistida por un hombre de apellido Bishop -un impresor que se encontraba en Old Town-, llegó a Ekenge, lugar que para su sorpresa se encontraba desierto tras haberse trasladado todo el pueblo a un funeral en el cual estaban, sin duda, disfrutando de los efectos de la ginebra.

Estando acostumbrada a una existencia sencilla –aunque no miserable- en la que se rodeaba únicamente de infantes, fue muy duro para Mary acostumbrarse a vivir durante todo un año en una choza hacinada en la cual se conjuntaban varias mujeres y otros tantos niños, compartiendo espacio con los más variados animales de corral y numerosos perros. Habiendo conocido nuestra dama el aspecto “amable” del rey Edem, ella se horrorizó profundamente cuando contempló cómo las mujeres eran víctimas de las más espeluznantes vejaciones, los esclavos eran inferiores a los animales y los chiquillos eran obligados a ingerir bebidas alcohólicas para después hacer las funciones de bufones ante los visitantes.

De esta forma, Slessor que poco o nada descansaba en su “cama” hecha con resecas y sucias hojas de maíz, -en la cual estaba también a merced de ratas y cucarachas-, debía enfrentarse día a día a las bárbaras costumbres de sus anfitriones, quienes impartían justicia de una manera bastante sanguinaria, teniendo entre sus procedimientos para dictar sentencia el “juicio del pollo blanco”, el cual consistía en degollar a un gallo o una gallina y, dependiendo de la dirección en la que corriese la sangre, se determinaba la inocencia o culpabilidad del acusado; teniendo además otros métodos judiciales igualmente escalofriantes como el “juicio de Dios”, en el cual se coaccionaba a la persona para ingerir veneno, o la inmersión en aceite hirviendo.

Determinada a suprimir tan terribles procedimientos, Mary acudía a los juicios tanto como podía –llegando a ser convocada por los angustiados familiares de la víctima-acusado a todas horas del día o la noche- para permutar los castigos o argumentar en favor del acusado, teniendo éxito en la mayoría de las ocasiones, ya que amos y jefes tribales se quedaban estupefactos ante su espléndida oratoria –había aprendido eficientemente los dialectos pertinentes- y sorprendente entereza.

Mary Slessor se nos plantea ahora no solo como una misionera devota y entregada, sino como una mujer comprometida con los pueblos africanos, intrépida defensora de los inocentes y faro de esperanza para los oprimidos. Pero sus vaivenes por tan inhóspitas tierras aún no terminan, por lo que concluiremos su interesante historia en la próxima entrega de esta columna.

 

FUENTES:

“Las reinas de África”. Aut. Cristina Morató. Ed. Plaza y Janés. España 2003.

“Mary Slessor”. Aut. Sally Toms. www.scotlandmag.com

“Dies At The Age Of 66 In Mud Hut”. Aut. Rebecca Hickman. www.historymakers.info

 “Mary Slessor of Calabar: Pioneer Missionary”. Aut. W.P. Livingstone. www.wholesomewords.org


[i] Madre Blanca.


Caridad, coraje y entrega: Mary Slessor II

13 agosto 2013
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Mary Slessor

Parte II

Por: Patricia Díaz Terés

“Dame, Señor, coraje y alegría para escalar la cumbre de este día”.

Jorge Luis Borges

Muy diversos propósitos arrastraron a hombres y mujeres al Continente Negro durante el siglo XIX, y mientras algunos fueron motivados por afanes puramente científicos o llevados por el espíritu aventurero, otros más como la escocesa Mary Slessor, sintieron el llamado para hacer el bien entre aquellos seres humanos que eran sometidos por la superstición y las bárbaras costumbres que prevalecían entre las tribus olvidadas de las selvas africanas.

Para hacer frente a tan temible tarea hacía falta un espíritu fuerte, pero también alegre, ya que Mary Slessor se distanció bastante del estereotipo de las misioneras de apacible carácter entregadas por completo a la oración y la educación más o menos formal de las tribus nativas. Por el contrario, nuestra dama tenía una férrea voluntad que la llevó a despreciar su comodidad y en muchas ocasiones su propia salud, con la finalidad de poder ejercer una influencia real entre aquellos pueblos. Así, Mary tuvo su primer contacto con el que sería su hogar durante el resto de su vida, desde la cubierta de un destartalado navío llamado Ethiopia, desde el cual vio cómo las costas africanas variaban desde el blanco deslumbrante de las playas de Costa de Oro, hasta el gris verdoso de los nauseabundos pantanos de Calabar (Nigeria), que era su verdadero destino.

El territorio africano recibió entonces a la misionera con un calor aplastante y una humedad asfixiante, los cuales abrumaron sus sentidos desde que puso pie en Duke Town, territorio que tan solo cuatro décadas antes había sido base para los barcos negreros dedicados al nefando tráfico de esclavos, mismo que para el año en que Mary partió del puerto de Liverpool, 1876, había sido ya prohibido y sustituido por el comercio de aceite de palma.

Mission Hill, sitio dirigido por el matrimonio Anderson, fue pues el lugar en el que residió Mary a su llegada a Calabar, situándose la estación misionera en lo alto de una colina donde habíanse construido una escuela y una iglesia rodeadas de hermosos jardines con cuidados huertos. En las habitaciones de la casa principal, Mami Anderson explicó a la recién llegada que en las tribus vecinas se llevaban a cabo brutales costumbres como el asesinato de los gemelos –se consideraba un acontecimiento prácticamente infernal, debiéndose eliminar con presteza a los recién nacidos, a quienes arrancaban del seno de sus horrorizadas madres, quienes a su vez eran exiliadas y apartadas de la comunidad, como portadoras de un mal superior-, así como crueles castigos físicos a los que eran sometidas las mujeres –abatidas hasta el extremo por sus esposos o amos- por nimias faltas; a la vez que la impartición de justicia –el veredicto de inocencia o culpabilidad por diversos crímenes- estaba supeditada a bárbaros actos como el envenenamiento o el empleo de aceite hirviendo sobre los presuntos malhechores.

Ahora bien, la visión de Mary Slessor sobre las situaciones que le fueron descritas por su anfitriona fue más bien crítica, de modo que lejos de angustiarse o asustarse, firmemente decidió que haría cuanto estuviera en su mano para erradicar tan espantosas acciones. Siendo consciente de que muy pocos nativos habían abrazado la fe cristiana –entre los cuales se encontraba el hijo del rey nativo Eyo Honesty-, y conociendo que esta conversión era obstaculizada por costumbres prohibidas para los cristianos como la poligamia o la esclavitud doméstica, mismas que los indígenas no deseaban abandonar, determinó que primero era necesario conocer la forma de vida y pensamiento de aquellos a quienes deseaba salvar. Para ello, se impuso la tarea de visitar aldea por aldea y vivienda por vivienda, encontrando en muchas de ellas que lo que prevalecía era el gusto por el alcohol traído por los europeos, especialmente la ginebra, de la cual encontraba multitud de envases vacíos que compartían el piso de las chozas con calaveras humanas y amuletos mágicos.

Pero a Slessor le resultaba complicada la convivencia con los nativos al desconocer su idioma, por lo que otra de sus metas primarias fue aprender la lengua local, el efik, en la escuela de Mission Hill, empresa en la que progresó rápidamente. Asimismo, deseaba conocer los caminos y ser capaz de explorar el territorio por cuenta propia, por lo que cuando salía de “excursión”, solía trepar sin miramientos a los árboles para poder apreciar de mejor manera cuanto le rodeaba, ante la mirada estupefacta de sus guías, quienes no estaban acostumbrados a observar tal conducta en una dama europea, que seguramente hubiera acarreado la reprobación absoluta de sus congéneres victorianas.

Las injusticias sufridas por los más débiles en las tribus africanas llenaban casi la totalidad de los pensamientos de Mary, pero también se hallaba genuinamente preocupada por la familia que había dejado tierras británicas, ya que tanto su madre como sus hermanos sobrevivientes prácticamente no tenían otro medio de sustento que las poco menos de 60 libras que la valiente misionera podía aportarles. De este modo, en 1879 decidió abandonar momentáneamente su labor, para volver a su tierra y proporcionar un mejor acomodo a sus seres queridos, trasladándolos a un pueblito en las afueras de Dundee, donde pretendía que se vieran librados de los tóxicos efluvios industriales que tantos males les causaban. De igual manera, aprovechó la ocasión para expresar al consejo misionero de su Iglesia, que no era su intención regresar al África para colaborar en un sitio donde había ya suficientes personas que se hacían cargo de la escuela y la iglesia locales, y que era su deseo adentrarse en la selva para llegar a los nativos que no habían escuchado aún la Palabra de Dios.

El consejo accedió y cuando Mary regresó a Calabar en 1880 pudo hacerse cargo de la misión de Old Town, lugar en donde cambió su cómoda estancia en una casa misionera, por una humilde chocita edificada con adobe y hojas de palma, en donde acomodó solamente un camastro para descansar tras sus largas jornadas. Podemos imaginar entonces a esta joven escocesa menuda y pelirroja, abriéndose camino en su quehacer cotidiano entre la selva, machete en mano, eliminando de su ruta la maleza trataba de obstaculizar su cometido, pero que ella abatía tranquila y sistemáticamente.

Difícil como era hacerse con el respeto de los nativos, fue precisamente su desparpajo lo que le permitió conseguirlo, ya que haciendo añicos la estampa de la dama victoriana cubierta con severos vestidos, Mary Slessor había decidido que podía moverse mejor a través de la selva vistiendo amplias y frescas túnicas de algodón, que a su vez le permitían prescindir del estorboso corsé tan apreciado por otras aventureras un poco más “conservadoras” como Mary Kingley. Así, la damita libre, accesible y valiente, alegre y dicharachera, se convirtió en una oradora que todos los nativos deseaban escuchar en los servicios del domingo, y a quienes muchos atendían en las lecciones que impartía en la improvisada escuelita.

Ademá, considerada como una persona de suma confianza, pronto acabó por encargarse de una gran cantidad de niños abandonados por sus padres –algunos infantes fueron rescatados por la misionera de la misma selva-, en su puerta, muchos de ellos no por negligencia o falta de cariño, sino porque sus progenitores apreciaban en Mary una mejor guía para sus pequeños que ellos mismos.

Poco a poco Mary Slessor iba conquistando el rudo corazón de los nativos africanos, pero aún falta por conocer sus vaivenes en el mundo de la política, sus triunfos ante los fieros jefes tribales y algunas otras peripecias que le valieron el nombre de “Madre de Todos los Pueblos”, pero sobre todo ello hablaremos con más detalle en la siguiente entrega de esta columna.

 

FUENTES:

“Las reinas de África”. Aut. Cristina Morató. Ed. Plaza y Janés. España 2003.

“Mary Slessor”. Aut. Sally Toms. www.scotlandmag.com

“Dies At The Age Of 66 In Mud Hut”. Aut. Rebecca Hickman. www.historymakers.info

 “Mary Slessor of Calabar: Pioneer Missionary”. Aut. W.P. Livingstone. www.wholesomewords.org


Caridad, coraje y entrega: Mary Slessor I

13 agosto 2013
maryslessor

Mary Slessor

Parte I

Por: Patricia Díaz Terés

“Puedes llegar a cualquier parte, siempre que andes lo suficiente”.

Lewis Carroll

El siglo XIX fue testigo de la exploración de uno de los continentes más fascinantes y conflictivos del mundo, el África. Repartiéndose durante esta centuria los poderosos imperios las grandes extensiones territoriales cual si fueran trozos de un pastel, cada nación “hizo suya” la tierra tanto a través de la colonización -proceso en el cual valientes familias, maestros, empresarios, soldados etc., pusieron rumbo hacia lugares desconocidos y habitualmente hostiles- como de la evangelización de los nativos. Durante este tiempo, surgieron diversos personajes cuyos nombres están plasmados en la historia del descubrimiento del Continente Negro, siendo ya populares apellidos como Livingstone, Stanley o Baker[i].

Y admiradora apasionada de David Livingstone era una jovencita escocesa de nombre Mary Slessor, quien, anhelando difundir el Evangelio a todo aquel que quisiese escucharlo, decidió el día de la muerte del famoso explorador que su destino sería asentarse en lo más recóndito del África para poder ayudar a cuanto nativo le fuera posible.

Pero habiendo sido muchos los que tuvieron el mismo sueño que Slessor, ciertamente no cualquiera podía llevar a cabo tal empresa y mucho menos tener éxito en la misma, siendo requisitos indispensables para la aventura un carácter férreo, un espíritu austero[ii] y una decisión inquebrantable. “Afortunadamente” para nuestra dama, ella tuvo en su infancia un duro entrenamiento para afrontar los avatares de la vida, ya que Mary Mitchell Slessor que nació un 2 de diciembre de 1848 en la ciudad de Aberdeen, fue la segunda hija en una familia que crecería hasta tener siete retoños, que eran educados por la señora Mary Slessor, ya que su marido Robert era un hombre aficionado a la bebida que poco o nada aportaba al hogar, situación que la madre de familia –cuyo carácter ha sido descrito de maneras opuestas por distintas fuentes como rígido aunque cariñoso, mientras que otros la retratan como una dulce mujer de gentiles formas, que no poseía ningún rasgo característico que hubiese podido heredar a su valiente hija- sobrellevaba gracias a su fe –perteneció a la Iglesia Presbiteriana Unida de Belmont Street y luego a la Iglesia Wishart- y las ocasionales conferencias a las que asistía con su incondicional Mary, en las cuales escuchaba embelesada las palabras de los tenaces misioneros que llegaban de exóticos países lugares como India, China, Japón o África.

Con una complicadísima situación económica, ocasionada por un más que desconsiderado Mr. Slessor quien gastaba cada penique en alcohol y se daba el lujo de arrojar al fuego los alimentos que Mary y su madre preparaban para él, la pequeña se vio forzada a entrar a trabajar a sus escasos once años en el Baxter Brothers’ Mill, ubicado en Dundee –lugar al que la familia Slessor había llegado en 1859-, un molino en el cual, tras levantarse a las cinco de la mañana, pasaba doce horas diarias dentro de una sala con escasa ventilación, ensordecida por completo gracias al atronador sonido de las máquinas, trabajando pues sin descanso para ganar tres dólares semanales, que servirían para aliviar a sus hermanitos quienes sufrían de un precario estado de salud –de hecho murieron tres de ellos, sobreviviendo únicamente Susan, John y Janie-.

En sus primeros años y como preadolescente Mary no mostró mucho entusiasmo por las actividades religiosas, haciendo incluso una que otra travesurilla los domingos en el templo; sin embargo, el episodio que marcó su destino fue un día en que una anciana viuda que vivía cerca de su casa y acostumbraba hablar sobre cuestiones trascendentales, enseñó a la pequeña el hogar de su chimenea afirmando que, si no se acercaba a Jesús, su alma ardería durante toda la eternidad en llamas mucho más abrasadoras que aquellas. Por supuesto tales palabras aterrorizaron a la muchachita, quien tras días de no dormir, decidió que enmendaría su “errado” camino y haría las paces con Dios.

No obstante, cuando el terror pasó y descubrió en su religión un remanso de paz y alegría, se convirtió en una devota e incansable evangelizadora urbana –aunque debido a su viva inteligencia, siempre tuvo por costumbre debatir y cuestionar los conceptos, hasta que su curiosidad y deseo de conocimiento eran satisfechos-, de modo que no fue raro verla enfrentando a temibles pandilleros que deseaban la disolución de la misión en la que ella trabajaba en Wishart Pend, a quienes retó a que blandieran delante de ella una bola de metal atada a una cuerda, consistiendo el desafío en que si la señorita no se arredraba ante el muchacho, él y toda su banda acudirían a la escuela dominical. Huelga decir que los rudos jóvenes terminaron dócilmente sentados en la iglesia los domingos siguientes.

Otro episodio revelador de su carácter y determinación, se mostró cuando la damisela se enfrentó a un joven que hacía restallar un látigo afuera del sitio donde ella daba sus charlas religiosas, obligando así a los atemorizados transeúntes a entrar al salón. Cuando Mary se dio cuenta de la situación, se acercó al hombre y le preguntó qué ocurriría si cambiaban lugares, respondiendo el interpelado que en ese caso el látigo pegaría en su espalda. En ese momento la decidida jovencita le ofreció su propia espalda, invitándolo a que le diera un latigazo a cambio de que él entrase en la conferencia. Asombradísimo, el muchacho le preguntó si ella realmente estaba dispuesta a sufrir tal castigo con la finalidad de que él se beneficiara y ella firmemente respondió que aguantaría eso y más. Ante tan arrolladora generosidad y fuerza de carácter, el agresor ingresó mansamente en el recinto.

Así, esta valiente mujer, habiendo sido ya atraída por la vida misionera a través de su fallecido hermano Robert (otras fuentes mencionan a John) –quien en vida le contaba a su fascinada hermanita sobre las innumerables virtudes de tal existencia, prometiéndole que cuando fuera un hombre y misionero, la llevaría a su púlpito puesto que no era propio de una chica sola aventurarse en los peligrosos terrenos africanos-, comenzó a seguir de cerca la trayectoria del misionero y explorador David Livingstone –cuyos libros leía en los escasos momentos libres que le quedaban-, quien junto con su esposa había partido hacia los peligrosos territorios con afanes tanto científicos como religiosos.

Informada además de la terrible situación que se vivía en las regiones más salvajes de Calabar (Nigeria), en donde la brujería y los sacrificios humanos estaban tan a la orden del día como como las enfermedades ocasionadas por un ambiente insano, la pequeña pelirroja de rasgos asiáticos y cabello corto que se reconocía en el espejo como Mary Slessor, decidió que partiría hacia África para ayudar a mejorar las condiciones de vida de aquellas tribus olvidadas y despreciadas.

Difícil debió haber sido la despedida de Mary de su querida madre y hermanas, ya que era nuestra protagonista el sostén del hogar -mismo que no abandonaría puesto que tenía planeado enviar a su familia cada penique de su sueldo del que pudiese disponer, una vez cubiertos sus gastos absolutamente necesarios-. No obstante, con un nimio equipaje, partió hacia el puerto de Liverpool en donde abordó una destartalada embarcación mercante de nombre Ethiopia, en la cual Slessor se vio ya privada de cualquier comodidad, teniendo que ir encaramada sobre los barriles de ginebra que –para su sorpresa- constituían la carga del navío.

Pero la aventura apenas había comenzado para la temeraria Mary Slessor, esperándola en su destino gran cantidad de aventuras, éxitos y fracasos, de los cuales hablaremos con más detenimiento en la próxima entrega de esta columna. 

 

FUENTES:

“Las reinas de África”. Aut. Cristina Morató. Ed. Plaza y Janés. España 2003.

“Mary Slessor”. Aut. Sally Toms. www.scotlandmag.com

“Mary Slessor of Calabar: Pioneer Missionary”. Aut. W.P. Livingstone. www.wholesomewords.org


[i] David Livingstone descubrió las cataratas Victoria en 1855. Henry Stanley hizo una importante expedición en el río Congo entre 1874 y 1877. Samuel Baker descubrió en compañía de su dama Florence Baker el lago Alberto.

[ii] Aunque hubo otros espíritus más “frívolos” que intentaron la aventura, obteniendo un éxito parcial como Alexinne Tinne, su madre y su tía, quienes a mediados del siglo XIX cargaron con vestidos de lujo, vajillas de porcelana china y hasta un piano para adentrarse en el corazón del África.


El león no es como lo pintan: William Dampier, el pirata científico II

26 marzo 2012

William Dampier

Parte II

Por: Patricia Díaz Terés

“El talento se cultiva en calma; el carácter se forma en las tempestuosas oleadas del mundo”.

Johann Wolfgang von Goethe

Piratas, corsarios, bucaneros y filibusteros, todos ellos fueron bravos y temibles hombres que cruzaron los siete mares en busca de riquezas –y a veces gloria-, desafiando a los gobiernos y la justicia –aunque no en el caso de los corsarios que tenían el consentimiento de su gobierno para efectuar actos de piratería-, enfrentándose posiblemente a la horca si eran atrapados y juzgados.

Concibiéndose normalmente a este tipo de personas como asesinos o ladrones que en cuanto podían se empinaban una botella de ron, difícil resulta comprender a un personaje como William Dampier, quien si bien participó en numerosos pillajes, también tenía una extraordinaria sensibilidad para el registro de datos científicos –sobre los vientos y las corrientes del Pacífico-, mismos que han sido utilizados hasta el día de hoy por meteorólogos, geógrafos y otros expertos en disciplinas similares.

Junto con el descubrimiento de tierras ignotas, el mayor sueño de Dampier era participar en la captura de un galeón de Manila cargado de inimaginables tesoros; no obstante tal empresa resultaba bastante complicada, ya que tales embarcaciones eran increíblemente escurridizas y la mayor parte de las veces contaban con mejor suerte que los aguerridos piratas.

En busca de tan magnífica presa, la tripulación del Cygnet –en el que navegaba William– comenzó a sufrir los rigores del hambre por no haberse abastecido adecuadamente. Tras haber tenido estrepitosos fracasos en poblaciones como Santa Pecaque -al noroeste de Guadalajara- donde murieron cincuenta hombres –entre los que se encontraba Basil Ringrose-; el capitán Charles Swan lo único que anhelaba era llegar a su patria, mientras que su navegante Dampier deseaba continuar con sus expediciones en las islas Filipinas. A punto de sucumbir por inanición, los fieros marineros comenzaron a fraguar un macabro plan que consistía en cocinar como plato principal a su famélico capitán, obteniendo así una ración de carne (!) como la que no habían comido en meses. Poco faltó para que tan espeluznante proyecto se llevase a cabo, salvando al líder el grito de “¡tierra a la vista!” cuando por fin, el 2 de mayo de 1686, apareció en el horizonte la isla de Guam, en donde obtuvieron suministros entre los que se incluían cocos, limas y los frutos del árbol del pan.

Después de varios meses tratando de atrapar un galeón de Manila, John Read –capitán del Cygnet tras haber ocurrido un motín contra Swan y  haber sido destituido su sucesor Josiah Teat– optó por atracar durante un mes en las islas Condore, para continuar hacia las islas Célebes, donde fueron agasajados por los locales. Para 1688 llegaron al lugar más olvidado del planeta Tierra –o al menos así parecía a los ojos de Dampier-, King Sound –o tal vez Collier Bay-, un sitio cuyos habitantes no tenían aparente medio de supervivencia al escasear la caza y ser imposible la agricultura. Abandonaron este inhóspito sitio y partieron hacia el mar de Arabia, siendo desviados en el camino hacia Sumatra.

William, inquieto ya por la situación y los constantes periodos de inactividad, comenzó a pensar en desertar; pero hábilmente Read leyó sus intenciones, temiendo de inmediato que el rebelde pudiese revelar a oídos inconvenientes los planes del Cygnet. Fue por esto que el capitán agradeció la petición de Dampier para quedarse en la isla de Nicobar, que los piratas abandonaron el 6 de mayo de 1688.

Ahora bien, Dampier parecía pensar que la exploración de territorios desconocidos era tan sencilla como abrir las páginas de un libro. Con desagradable sorpresa se encontró, cuando al poco tiempo de haberse embarcado él y sus compañeros –siete en total- en una canoa con rumbo a Malaya, fueron atrapados por una violenta tormenta que rápidamente los apartó de su rumbo original. Enfermos y agotados, los aventureros tras haber logrado corregir su trayectoria, fueron rescatados por pescadores malayos que vivían en las proximidades de Achin, siendo trasladados a este último sitio al ver la gravedad de los síntomas. Sintiéndose morir, William tomó dócilmente los remedios que les proporcionó un médico –o tal vez curandero-, los cuales a poco estuvieron de matarlo.

Para julio de 1688 nuestro protagonista, teniendo ya gran cantidad de valiosas anotaciones en sus preciados diarios, optó por servir en cuanto barco pudo, dirigiéndose a sitios como Vietnam, Camboya y la India. Seguramente harto ya de aventuras malogradas, Dampier decidió regresar a casa, tocando puerto el 16 de septiembre de 1691, breve ocasión que aprovechó para saludar a su esposa. Pero al parecer nuestro buen navegante tenía un pésimo tino para elegir sus empresas, embarcándose ahora en el Dove, cuya tripulación se amotinó en Coruña, permaneciendo William en la región española. Seis años después, tras haber tenido el tiempo suficiente para poner sus notas en orden, nuestro letrado pirata publicó el libro Un viaje alrededor del mundo –que alcanzó su cuarta edición en tan solo dos años-, con cuya aparición fue inmediatamente aceptado en las élites científicas –ya que se encontraba escrito con precisión y era ameno en su lectura-, “lavándose” –al menos de la memoria de sus nuevos colegas- de inmediato sus anteriores faltas y crímenes en altamar.

Reconociendo su extraordinaria habilidad para navegar, el Almirantazgo cometió un error garrafal, cediéndole el mando de una embarcación llamada HMS Roebuck, con el cual Dampier debía explorar la Terra Australis, es decir, le dieron recursos para cumplir con el otro sueño de su vida. Con lo que no contaban sus empleadores era con que William tenía tanto cerebro como pocas cualidades para mandar sobre marineros veteranos, por lo que en un santiamén comenzó a cometer error tras error, siendo el más terrible la designación de su antiguo conocido George Fisher como lugarteniente, para que posteriormente la vergonzosa conducta de este hiciese que el novel capitán lo agrediese y abandonase en Bahía –Brasil-, hecho que le acarreó a Dampier una corte marcial, en la cual se le designó como incapaz de capitanear un barco de Su Majestad; tan infortunado final tal vez valió la pena para nuestro héroe, ya que había ya logrado llegar a Shark’s Bay en la costa oeste de Australia, al Archipiélago Dampier y descubrir las islas de Nueva Bretaña y Nueva Irlanda-. No obstante, cuando de corsarios se trataba la cosa cambiaba, por lo que volvió a dirigir las tripulaciones del St. George y el Cinque Ports, con el fin de pelear contra franceses y españoles; igualmente intentó sin éxito asaltar al Rosario –galeón de Manila-. Tras haber logrado capturar un solo barco español y habiéndolo abandonado la mayor parte de su tripulación –que se marchó en el Cinque Ports– volvió a Inglaterra.

Liberado por fin del –para él- odioso mando, regresó a su legítimo puesto como navegante  bajo las órdenes de un caballero íntegro e intrépido corsario de nombre Woodes Rogers, en las embarcaciones Duke y Duchess, con quien participó en el imprevisto rescate de Alexander Selkirk en la isla Juan Fernández, en donde el desdichado llevaba viviendo solo cuatro o cinco años,-historia que inspiró a Daniel Dafoe para que escribiese su novela Robinson Crusoe (1719)-; y por fin capturó –gracias a la tenacidad y valentía de su líder- (1709) a un galeón de Manila llamado Nuestra Señora de la Encarnación y Desengaño, sufriendo Rogers en el ataque severas heridas en la cara y la pierna, pero logrando su cometido.

1715 fue el año que marcó el final de la existencia de William Dampier, un hombre que si bien no murió rodeado de riquezas, sí falleció con la satisfacción de haber obtenido el reconocimiento de  honorables científicos y también habiendo cumplido su sueño pirata, complaciendo esa tan inusual mezcla de su espíritu reflexivo y aventurero, aunque tal vez también podría ser un ejemplo de las palabras de Diógenes Laercio: “La cultura es un adorno en la prosperidad y un refugio en la adversidad”

FUENTES:

“Piratas del Pacífico”. Aut. Antonio Martín-Nieto. Ediciones Moreton S.A. Bilbao, España, 1968. 

“Los intrépidos: Aventura y triunfo de los grandes exploradores”. Selecciones Reader’s Digest. México, 1979. 

“La fuerza y el viento: La piratería en los mares de la Nueva España”. Aut. Marita Martínez del Río de Redo. Ed. México Desconocido. México, 2002. 

 “Los piratas de las islas británicas”. Aut. Joel Baer. Grupo editorial Tomo. México, 2007.

 “William Dampier”. http://gutenberg.net.au

“William Dampier”. www.nndb.com   

  


El león no es como lo pintan: William Dampier, el pirata científico I

21 marzo 2012

William Dampier

Parte I

Por: Patricia Díaz Terés

“El deseo de conocimiento, como la sed de riqueza, aumenta a medida que se va adquiriendo”.

Laurence Sterne

Cuando pensamos en los piratas –entendidos como aventureros que se hacen a la mar-, hoy en día casi siempre se presentan dos imágenes en nuestra mente, la del extravagante Jack Sparrow de la saga de películas de Disney, Piratas del Caribe; o bien rememoramos los dibujos incluidos en aquellos libros leídos en la infancia o la juventud como La isla del tesoro de Robert Louis Stevenson, en donde aparecía un feroz Long John Silver, normalmente presentando una “pata” de palo y con un perico al hombro. No obstante, cualquiera de las dos presentaciones implica a un sujeto ignorante, rudo y cruel, normalmente dado al alcohol y las mujeres, que dedicaba su vida a asaltar a cuanto barco –normalmente cargado de asombrosas riquezas- atravesase su camino.

No se puede negar que muchos de los piratas que han pasado a la historia cumplen con al menos parte de este estereotipo, caracterizándose estos individuos por sus actividades criminales; pero también existieron otros hombres que con un perfil más de aventureros que de malandrines, cruzaron los siete mares combinando la ciencia y la piratería, siendo uno de estos peculiares personajes William Dampier.

Dampier nació en East Coker, Inglaterra, el 5 de septiembre de 1651 –algunas fuentes establecen la fecha, aunque con imprecisión, en 1652-, como fruto del matrimonio entre un granjero de nombre George Dampier y su esposa Ann. Aún no terminaba William la escuela primaria, cuando el destino decidió arrebatarle a sus padres lo que provocó que el terrateniente William Heylar se hiciese cargo de él, decidiendo el chiquillo hacerse a la mar, siendo consentida la decisión por su tutor.

De este modo el avispado jovencito se enroló en la marina, llevando consigo no más que su gran capacidad de observación, su insaciable curiosidad y gusto desmedido por la naturaleza. En este periodo (1673) participó en un par de batallas durante la Tercera Guerra Anglo Holandesa, en una embarcación comandada por Sir Edward Sprague, hasta que cayó enfermo y tuvo que desembarcar.

Posteriormente y después de navegar en algunos barcos de comercio, el muchacho resolvió probar suerte en otras actividades y aceptó el ofrecimiento de Heylar para ser ayudante en la administración de una plantación de azúcar en Jamaica. Detectando Dampier inmediatamente que los menesteres de oficina no eran su ocupación preferida, se lanzó nuevamente a la aventura esta vez en una nave que comerciaba suministros de Palo de Campeche[i].

De este modo el chico permaneció en la Nueva España un tiempo, tomando nota de la naturaleza que lo rodeaba y de las costumbres de los taladores; pero desde el punto de vista práctico esta tarea no fue redituable, el clima caótico le impedía cumplir su cometido, siendo orillado a elegir la piratería como medio de sustento, lo cual al principio tampoco funcionó. Regresando a Inglaterra en busca de un poco de solaz, se enamoró de Judith, una chica al servicio de la duquesa de Grafton, y contrajeron matrimonio.

Su nueva situación le requería encontrar una manera para sostenerse, de manera que se embarcó nuevamente hacia Jamaica y probó suerte en la actividad comercial asociándose con un hombre de apellido Hoby, quien pretendía establecer intercambios con los indios mosquito de Honduras y Nicaragua, desertando Dampier aun antes de comenzar. Optó entonces por unirse a la flota comandada por los capitanes John Sharp y Bartholomew Watling, cuyos ataques e incursiones se encontraban tan mal organizados que provocaron la muerte de Watling en Arica –Chile-, huyendo muchos de los bucaneros hacia el istmo de Darien, incluidos Dampier y su amigo el doctor Lionel Wafer.

En esta travesía tuvieron que enfrentar numerosos obstáculos, pero recibieron la ayuda de una tribu indígena, los cuna, quienes particularmente prestaron su ayuda a Wafer cuando este tuvo un grave accidente al estallar un montón de pólvora que le despedazó la rodilla. Al principio el inválido no fue bien recibido por la comunidad, situación que se modificó cuando el herido logró a su vez curar la fiebre que padecía la esposa principal del jefe, ganándose así el favor de sus anfitriones.

Siendo la cultura y la sapiencia dos cualidades excepcionales en los bucaneros, destacan con ellas algunos hombres como Basil Ringrose, Lionel Wafer, Richard Gopson y William Dampier –quien, cabe mencionar, no había sido empujado hacia la vida en alta mar tanto por su interés en fascinantes descubrimientos, como por la historia del capitán Thomas Cavendish quien en 1587 había logrado capturar un galeón de Manila llamado Santa Ana, asalto que le redituó en varios miles de pesos en oro, además de gran cantidad de joyas-, entre quienes surgió una camaradería particular animada por el interés de todos ellos en la ciencia, sus abundantes lecturas y afán por la escritura. Por supuesto en el difícil oficio del pirata, una sociedad como esta se vio rápidamente disuelta por los intereses monetarios, eligiendo cada quien tomar su propio rumbo –excepto Gopson, quien falleció-.

William decidió entonces ir a Virginia, donde permaneció un año en el cual halló la prosperidad tan pronto como la perdió. La desaparición de sus recursos lo hizo unirse a la tripulación del capitán John Cook, quien a bordo del Revenge partió hacia África. El primer éxito de la misión lo tuvieron cerca de Cabo Verde, en donde capturaron un barco negrero holandés que se dirigía a Virginia; continuando con sus victorias al capturar en las proximidades de Sierra Leona un barco danés de 36 cañones al cual bautizaron como Batchelor’s Delight y que se convirtió en el barco insignia.

Dirigiéronse entonces a la isla Juan Fernández donde rescataron de manera impremeditada a William, un indio mosquito que había sido olvidado en este lugar tres años atrás. Continuaron entonces hacia las islas Galápagos, las cuales hicieron la delicia del afán científico de Dampier, quien se dedicó a registrar minuciosamente todos los detalles sobre la vegetación, la fauna y otros elementos –tales anotaciones captaron años después la atención de Charles Darwin hacia este sitio particular-. Siguieron de esta manera su camino a El Salvador, falleciendo repentinamente el capitán Cook y sucediéndole en el mando Edward Davis quien ordenó desembarcar en la isla Ampolla, donde fueron recibidos por unos amistosos indígenas que los invitaron a una folklórica cena. Poco les duró la paz a los piratas al concluir abruptamente el banquete, cuando alguien de la tripulación tuvo a bien disparar accidentalmente al único nativo que hablaba su idioma. Los invitados se vieron forzados entonces a poner pies en polvorosa, saliendo a toda la velocidad que el Batchelor’s Delight fue capaz de alcanzar.

Tras el infortunado incidente pusieron rumbo hacia Ecuador, encontrando así al capitán Charles Swan a bordo del Cygnet a cuya tripulación se unió Dampier como como oficial de navegación. Habiendo tenido algunas empresas exitosas, un ataque malogrado hizo que Charles y Edward se enemistaran, lo que separó sus fuerzas, encaminándose entonces el Cygnet con el propósito de interceptar un galeón de Manila –con lo cual Dampier esperaba cumplir finalmente su sueño-, que transportaba valiosos artículos de Filipinas a Acapulco.  

Carácter curioso tenía nuestro protagonista, un hombre que en su azaroso recorrido por el istmo de Darien, luchando por su vida, hizo meticulosas anotaciones en unos diarios que guardaba como preciados tesoros, dentro de tubos de bambú taponados con cera en ambos extremos. Pero las aventuras de nuestro letrado pirata no han concluido aún, por lo que en la próxima entrega relataremos cómo un excéntrico pirata se convirtió en una referencia casi obligada para los hombres de ciencia de los siglos venideros.   

FUENTES:

“La fuerza y el viento: La piratería en los mares de la Nueva España”. Aut. Marita Martínez del Río de Redo. Ed. México Desconocido. México, 2002. 

“Los piratas de las islas británicas”. Aut. Joel Baer. Grupo editorial Tomo. México, 2007.

“The English reprise: Fenton and Cavendish en The Spanish Lake. The Pacific Since Maguellan, volume I”. Aut. Oskar Hermann Khristian Spate. http://epress.anu.edu.au 

“William Dampier”. http://gutenberg.net.au

“William Dampier”. www.nndb.com   

  


[i] Planta de la cual se obtenía un tinte muy valorado en el siglo XVII.


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