Del paraíso de la ilusión al abismo de la traición: Dante Alighieri I

11 abril 2015
Dante Alighieri

Dante Alighieri

Parte I

Por: Patricia Díaz Terés

El hombre tiene ilusiones como el pájaro alas. Eso es lo que lo sostiene”.

Blaise Pascal

Conocido como uno de los más grandes poetas de todos los tiempos por haber realizado una literaria travesía, de la mano de Virgilio[i], desde lo más profundo del infierno hasta el mismísimo cielo, Dante Alighieri se nos presenta en la Italia medieval como un sabio de gran envergadura y diversos intereses.

Corría el siglo XIII, cuando la ciudad de Florencia precisamente en el año 1265, vio nacer a quien es recordado hasta hoy por haber escrito una de las más grandes obras de la literatura universal, la Divina Comedia. El padre del poeta -cuyo nombre original fue Durante Alighieri-, era el comerciante –se habla también de que era una especie de prestamista- Alighiero di Bellincione, quien quiso dar a su familia un estatus aventajado contrayendo matrimonio con una dama noble llamada Bella degli Abati. Sin embargo poco fue el tiempo que tuvo el pequeño Dante para convivir con su madre, pues ella falleció a los cinco años de haber nacido él, quedando la educación del infante en manos de diversos preceptores hasta que llegó a las manos de dos importantes poetas, Guittone d’Arezzo y Bonagiunta Orbicciani, que fueron los responsables de haber abierto al chico las puertas de la literatura griega y romana.

En la vida de Dante se muestran algunos hechos que marcaron de forma definitiva su existencia, siendo uno de ellos su encuentro con la bellísima Beatriz. De acuerdo con el propio literato florentino, él vio por primera vez a la doncellita de sus sueños a la escasa edad de nueve años, en un bello día primaveral de mayo de 1274, cuando la observó paseando a orillas del río Arno, según relata él en su autobiografía La vita nuova. La pequeña era hija de un acaudalado caballero conocido como Folco Portiniari, y su encanto o belleza, o tal vez ambas, cautivaron a Alighieri a tal grado que el recuerdo se grabó a fuego en su memoria, de modo que el varón no pudo amar nunca a ninguna otra mujer como a ella, a pesar de que no cruzaron palabra alguna.

La mente y el corazón del muchacho se encargaron de formar para ella una personalidad sublime, convirtiéndose en su donna angelicata, mas no en el objeto de un amor pasional. La celestial criaturita le sirvió entonces como guía, aunque ciertamente la personalidad imaginada de la damisela había sido producto de la adoración que por ella sentía el incipiente escritor. De este modo, el joven no volvió a ver a su amada sino hasta una década después, ya que ella había contraído matrimonio con el banquero Simone dei Bardi. Mas pronto la suerte se decidió definitivamente a zanjar por completo las ilusiones de Dante, pues ella abandonó este mundo a los veinticuatro años en 1290.

Por otro lado, el entorno de tan peculiar y unilateral idilio distó mucho de ser pacífico. En el siglo XIII Florencia se vio inmersa en conflictos políticos de gran envergadura que afectaron directamente al poeta y a su familia. El origen de los problemas puede situarse en la lucha que se sostenía por el trono del Sacro Imperio Romano Germánico, por el cual competían los duques de Baviera de la casa de Welf (de ahí que fueran luego conocidos como güelfos) y los Hohenstaufen, duques de Suabia que tenían su asentamiento en Waibling, Franconia (de tal ubicación derivó el que se les llamara gibelinos). El núcleo de la disputa se redujo después a un elemento simple pero definitivo: los güelfos defendían la supremacía de la Iglesia frente al emperador, mientras que los gibelinos defendían exactamente lo opuesto, dando preferencia al dueño de la Corona.

Ahora bien, esta situación no se limitó solo a un territorio, resultando afectadas las ciudades de Florencia, Milán, Mantua, Bolonia, Génova, Rímini y Perugia, que se decantaron por el Papa, mientras que Módena, Arezzo, Siena y Pisa se colocaron a favor del emperador. Asimismo, la confrontación fue haciéndose también local, enfrentándose güelfos y gibelinos incluso por las municipalidades, y subdividiéndose las facciones en lugares como Florencia, donde aparecieron los güelfos blancos capitaneados por la familia Cerchi, quienes aceptaban las demandas de las clases populares por participar en la vida política florentina, deseando el acercamiento del papado y el Imperio; mientras que los güelfos negros, al mando de Corso Donati, proclamaban la supremacía de los nobles y el papado, denostando al emperador.

Por su parte Dante trató en la medida de lo posible de dedicarse a sus estudios, contrayendo además matrimonio con Gemma di Manetto Donati en 1285 –también aparece el año como 1295-. Sin embargo la situación política y el reconocimiento de su privilegiada inteligencia por parte de cuantos le rodeaban le valieron el que se viera inmiscuido en las cuestiones políticas, primero participando como militar activo en la caballería durante la batalla de Campoldino, en la cual fueron derrotados los gibelinos pasando a ser elegido como parte del Consejo especial del pueblo, para lo cual tuvo previamente que inscribirse en un gremio reconocido, eligiendo Alighieri el de los Médicos y Boticarios en 1295, aproximadamente. En estas actividades se destacó por intervenir activamente en la estructuración de una nueva forma para elegir al gobierno local. Igualmente en 1296 formó parte del Consejo de Ciento y posteriormente en 1300 fue elegido como embajador en San Gimignano, a donde acudió con la finalidad de conseguir partidarios para los güelfos. Además, en los meses de junio a agosto de ese mismo año fue nombrado como uno de los seis priores que detentaban formalmente el gobierno de Florencia, conociéndose por entonces la preferencia de Dante por los güelfos blancos. No obstante, tan moderada era su predilección que el caballero no dudó al momento de expulsar de la ciudad a las cabezas de ambos bandos, entre los que iba Guido Cava Cavalcanti, un poeta acusado de provocar una serie de disturbios.

Sin embargo, a pesar de pertenecer al bando que favorecía al pontificado, Alighieri estaba consciente de que las ambiciones del papa Bonifacio VIII podían derivar en perjuicios para su ciudad, de ahí que le tomara cierta animadversión al enviado del Vaticano, Matteo d’Acquasparta, actitud que casi le valió la excomunión. En este sentido, en junio de 1301 el escritor propuso que no se ayudase militarmente al Papa, pero su propuesta fue rápidamente desechada. En tal escenario, el líder de la Iglesia católica envió al territorio florentino a Carlos de Valois, quien en realidad tenía la misión de prestar todo el apoyo a los güelfos negros para lograr la sumisión total de Florencia a la voluntad de Roma. Esta posición alteró a los políticos florentinos, quienes armaron una embajada que acudió a la Ciudad Eterna para averiguar las verdaderas intenciones de Bonifacio. Entre los enviados acudió Dante Alighieri, y de ello se arrepentiría el sabio poeta durante el resto de su vida.

Duras traiciones, exilio y un viaje hasta el séptimo círculo del infierno faltan por relatar en la vida de Dante Alighieri, pero de todo ello hablaremos con más detenimiento en la próxima entrega de esta columna.

 

FUENTES:

“Un hombre de su tiempo, Dante”. Aut. Sergio Raveggi. Revista El mundo medieval no. 17. España. Marzo 2004.

“Dante y su infierno”. Aut. María Pilar Queralt del Hierro. Revista Historia y Vida no. 505.

[i] Poeta romano.

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El valor de la adaptación: Sacagawea, madre, exploradora y estandarte

23 noviembre 2014
Estatua de Sacagawea en Bismarck, Dakota del Norte

Estatua de Sacagawea en Bismarck, Dakota del Norte

Por: Patricia Díaz Terés

No puede impedirse el viento. Pero pueden construirse molinos”.

Proverbio holandés

Existen personajes en la historia cuya principal característica es difícil de definir, siendo uno de ellos una mujer india, perteneciente a la tribu shoshone, llamada Sacagawea[1] –-, quien a lo largo de su aventura con la expedición montada por los exploradores Lewis y Clark, mostró no solo ser una mujer sumamente inteligente, sino también hábil negociadora y valerosa madre.

Pero comencemos por el principio. Sacagawea nació a finales del siglo XVIII -existiendo discrepancia sobre su verdadera fecha de nacimiento la cual ha sido especificada en entre 1786 y 1790- posiblemente en el área de Three Forks, Montana -aunque también se menciona Lemhi County en Idaho-. A pesar de todas las imprecisiones que revisten la llegada de esta dama a nuestro mundo, lo cierto es que a muy tierna edad fue separada de su familia y su tribu al ser raptada por los hidatsa, quienes la trasladaron a su campamento ubicado junto al río Missouri, cerca del actual Washburn en Dakota del Norte. En este punto no queda claro si la niña, que a la sazón tenía once o trece años, fue introducida en el grupo como esclava o como hija adoptiva, pero no hay registros de que hubiese sido maltratada.

Ahora bien, haya sido por contrato económico, como intercambio, o cualquier otra razón, el hecho es que Sacagawea pasó a formar parte de un reducido séquito de esposas con las cuales se hizo el comerciante de pieles franco canadiense Toussaint Charbonneau, quien había convivido con las tribus hidatsa y mandan desde 1796, existiendo una considerable diferencia de edad entre marido y mujer ya que la chica contaba con 16 años y él con 37.

Mientras todo ello acontecía en la vida de la joven shoshone, por su parte el entonces presidente Thomas Jefferson se encontraba ansioso por explorar el vasto y aún salvaje territorio norteamericano. Habiendo adquirido Louisiana a los franceses en 1803 –por la nada despreciable cantidad de 15 millones de dólares- el mandatario designó a su secretario Meriwether Lewis para liderar una expedición (Corps of Discovery) en la que trataría de descubrir el supuesto Pasaje Noroeste, una vía acuífera que presuntamente comunicaba el océano Atlántico con el Pacífico. A su vez Lewis eligió a su amigo y antiguo superior en la milicia, William Clark para que fuese su segundo al mando.

Existencias tan distantes como la de Sacagawea y los exploradores se entrelazaron cuando estos llegaron al territorio de la tribu hidatsa –cuya estructura matriarcal en la que, a diferencia de Europa, las mujeres eran quienes poseían las tierras y tomaban las decisiones, formación que había recibido la cautiva- en noviembre de 1804 –aunque en realidad el encuentro con los Charbonneau se dio hasta diciembre de ese año, cuando los visitantes se establecieron en Fort Mandan-. Sacagawea por aquel entonces no llevaba, seguramente, una existencia demasiado feliz, ya que el padre del hijo que estaba esperando había resultado ser un hombre cobarde y golpeador, ignorante por completo de la valía de su mujer –y al parecer de cualquier otra-, misma que no pasó desapercibida para Clark.

La jovencita dio a luz a su hijo Jean Baptiste Charbonneau el 11 de febrero de 1805. Para entonces Lewis y Clark se habían dado cuenta de que ella sería de mucha ayuda en la travesía que tenían por delante, ya que necesitaban alguien que conociera el terreno y pudiera entenderse con los nativos. De este modo, los enviados de Jefferson solicitaron a la pareja que los acompañase a cambio de una justa remuneración -533.33 dólares y 320 acres de tierra, que fueron a parar a manos del franco canadiense, sin que su esposa recibiera compensación alguna-. Así, la cadena de traducción se estableció del inglés hablado por Lewis y Clark al francés entendido por el soldado Francoise Labiche, hablado a su vez por Charbonneau quien transmitía el mensaje a su mujer, siendo ella el enlace directo con los indios.

En un contexto no particularmente pacífico entre blancos y nativos, la expedición de Lewis y Clark había adquirido, sin saberlo, un seguro pasaje con la inclusión de Sacagawea, pues todas las tribus con las que se encontraron dedujeron que, si una mujer y su recién nacido participaban en la comitiva, no podían tener fines bélicos, por lo que su actitud se transformaba de defensiva a cooperativa, facilitando la misión de los líderes de Corps of Discovery.

Un mes después de haber abandonado Fort Mandan, los caballeros a los que Sacagawea acompañaba descubrieron el verdadero carácter de la joven madre. Resulta que el 14 de mayo de 1805, mientras iban a bordo de varias embarcaciones sobre el río Missouri, un grandioso temporal hizo presa de las balsas y piraguas, zarandeadas de manera inclemente por los fuertes vientos comenzando varias de ellas a hacer agua, amenazando con hundirse. Los hombres perdieron la calma, corrían de un lado para el otro sin saber a ciencia cierta qué hacer. Lewis y Clark, solo Dios sabe cómo, dieron con sus huesos en la orilla del río mientras la tripulación de las naves, desesperada y a punto de perder todos sus enseres, provisiones e instrumentos, no atinaba a realizar una acción cuerda.

Ecuánime y valiente, mientras su marido aullaba por el pánico –eventual y eficientemente silenciado por otro hombre que amenazó con dispararle si no cesaba en su desesperación-, Sacagawea, ubicada firmemente en el casco de su piragua, amarró fuerte y seguramente a su bebé en su espalda, mientras se dedicaba a sacar del agua tantos documentos y cajas como flotaban cerca de la borda, tras haberse hundido justamente la embarcación que transportaba el equipaje. Días después, mientras la expedición esperaba a que todo quedara seco para evitar que se pudriese, Lewis y Clark dimensionaron la importancia de las acciones de Sacagawea.

Pero el valor no era lo único que poseía nuestra protagonista. Conocedora de la naturaleza, también fue capaz de aportar cierta variedad a la restringida dieta de los expedicionarios, al encontrar por el camino diversas raíces y tubérculos comestibles que les ayudaron a no mermar de manera considerable sus reservas de alimento. Asimismo fue capaz de proporcionarles ropas adecuadas, pues confeccionó –y les enseñó a confeccionar- ropa y mocasines de piel.

Agosto fue el mes testigo de la, quizá, más memorable escena de aquella travesía que se extendió durante 16 meses a lo largo de cinco mil millas. Resulta que Lewis y Clark encontraron en su camino a un grupo shoshone dispuesto a negociar con caballos, animales que a ellos les resultaban imprescindibles para poder sortear el terreno que tenían por delante. Cuál no sería la sorpresa de los blancos al ver que Sacagaweaa, en cuanto lo vio, corrió a los brazos del imponente líder de los shoshone, Cameahwait. Observando un comportamiento completamente inesperado en la mujer, normalmente reservada y hasta huraña –y seguramente alarmantemente inapropiado a ojos de los expedicionarios-, tras el fraternal abrazo, la chica explicó entre lágrimas que aquel hombre era su largamente añorado hermano. Huelga decir que las negociaciones se llevaron a cabo con éxito rotundo.

Como última anécdota del viaje, se sabe que eventualmente, cuando se encontraban en Fort Clatsop, Clark –protector de Sacagawea, por quien sentía una especial simpatía que extendía a Jean Baptiste a quien cariñosamente llamaba Pompy– dijo que se trasladaría a la costa para ver a las ballenas. Sacagawea, con toda determinación, le anunció que quería ir porque nunca había visto el mar. Por supuesto, logró su cometido.

Tras 21 meses, los Charbonneau se separaron de Lewis y Clark. Al hacer un recuento de toda la ayuda proporcionada por Sacagawea, Clark se sintió culpable al haber entregado el pago completo a Charbonneau sin tomar en cuenta a su esposa. De esta manera, por medio de una carta, sugirió encargarse posteriormente de la educación de Jean Baptiste, compromiso que cumplió cuando la dama falleció a causa de la difteria el 25 de diciembre de 1812 en Fort Manuel; para entonces Toussaint no estaba con ella, como tampoco estuvo presente cuando en medio de una refriega entre indios y británicos la fortaleza fue quemada hasta sus cimientos, rescatando a los huérfanos John C. Luttig, quien los llevó a St. Louis, donde Clark se hizo cargo de ellos, quedando como guardián legal de los niños en agosto de 1813.

Existiendo testimonios posteriores a la fecha de su muerte, de mujeres que clamaron ser Sacagawea, daremos por cierta la versión aquí expuesta. Dama excepcional en tiempos y territorios hostiles, esta india shoshone fue la primera mujer cuyo voto fue tomado en cuenta para algo -ya que en la expedición de Lewis y Clark todos eran iguales, incluyendo a las féminas y a los esclavos de color, que en este caso eran nuestra protagonista y un hombre llamado York-, por lo que su figura ha sido enarbolada por los movimientos sufragistas como el de Susan B. Anthony, tomándola como estandarte y heroína hasta convertirse en la mujer a quien en más estatuas se ha representado en todo el territorio norteamericano, llegando incluso a aparecer su imagen en las monedas de un dólar.

FUENTES:

“Sacagawea”. Aut. Margaret Talbot. Revista Exploring History. National Geographic. Great Women. E.U. 2014.

www.history.com

http://www.monticello.org/

http://www.pbs.org

http://www.sacagawea-biography.org

http://www.sacagawea.com

[1] Existe hasta la fecha una controversia sobre la ortografía original de este nombre y por tanto su significado, ya que hay quien dice que viene del hidatsa sacaga (pájaro) y wea (mujer), coincidiendo esta interpretación con los audios dejados por los expedicionarios que pronuncian “Sah-cah’ gah-we-ah”; mientras que los shoshone insisten en que es “sacajawea”, que significa impulsor de botes


La soledad del talento: Emily Dickinson

21 julio 2014
Emily Dickinson

Emily Dickinson

Por: Patricia Díaz Terés

Jamás hallé compañera más sociable que la soledad”.

Henry David Thoreau

Rumores y leyendas se levantan comúnmente alrededor de aquellos personajes que han dejado su huella en la historia, sin importar si durante sus vidas experimentaron las más trepidantes y sórdidas aventuras, o bien tuvieron una existencia austera y discreta. Teniendo por lo regular todos los famosos escritores alguna peculiaridad dentro de su personalidad, no fue excepción la poetisa norteamericana Emily Dickinson.

En Amherst, Massachusetts decidieron instalarse en 1813 Samuel Fowler Dickinson y Lucretia Gunn Dickinson, siendo él uno de los fundadores del prestigiado Amherst College, y construyendo la pareja para tal efecto la casa que nombraron Homestead.

En esta misma ciudad su hijo, Edward Dickinson, contrajo a su vez nupcias con Emily Norcross. Tratándose de un lugar en donde el puritanismo era pan de todos los días, Edward fue formado como un hombre severo y tradicional que eventualmente se convirtió en juez de Amherst, luego en senador del estado y posteriormente llegó a representar a Massachusetts en el Congreso de Washington. Así, estando la formación de una familia dentro del esquema prioritario del abogado, la pareja tuvo tres hijos: William Austin Dickinson, Lavinia Norcross Dickinson y la escritora Emily Dickinson.

Siendo la segunda en nacer, Emily vino al mundo un 10 de diciembre de 1830, exhibiendo desde pequeña un espíritu sensible, pero también una voluntad propia y determinada. Tras haber sido educada con esmero en casa, en 1840 fue inscrita por sus progenitores en la Academia de Amherst, una escuela que había vedado la entrada a todas las féminas hasta tan solo un par de años antes. Ahí la chiquilla pudo alimentar su alma y su mente, convirtiéndose en una alumna aventajada, particularmente en cualquier materia que tuviese relación con las letras, complementándose su educación con el aprendizaje tanto del griego como del latín.

Siete años pasó la chica en aquel lugar, para después ser trasladada al Seminario para Señoritas Mary Lyon de Mount Holyoke, un lugar que centraba sus enseñanzas en la religión, y donde el padre de Emily esperaba que a su hija se le despejara la mente de sus “alocadas” ideas y regresara al camino del bien, para ser una señorita dócil y obediente que concentrase su capacidad intelectual en temas sacros. Nada más lejos del carácter de la damisela.

Fascinando a la joven disciplinas tan distintas como la botánica y la música, disfrutaba enormemente el tiempo que podía disponer en su jardín o tocando el piano, aunque su verdadera pasión era escribir poemas, cosa que hacía en cuanto pedazo de papel se cruzaba por su camino. Así, nada sentó peor a su ánimo que la restrictiva escuela para señoritas, saliendo la muchacha de la misma tras un semestre debido a que su cuerpo se rebeló y cayó enferma. Nunca regresaría a tal lugar.

Ahora bien, según las descripciones que se tienen de Emily era una dama frágil y tímida, que tenía un miedo casi patológico al contacto social; sin embargo, su determinación en otros aspectos nos hace pensar que la chica, si bien pudo haber sido introvertida, tenía un espíritu libre que la impulsaba a alejarse de las convenciones sociales. De igual manera, su marcado desarrollo intelectual fue lo que probablemente la llevó a tratar de entablar relaciones románticas con hombres mucho mayores que ella.

Ante el disgusto de su padre, su primer amor fue probablemente Benjamin F. Newton, que le llevaba diez años y para colmo de males era colega del distinguido Edward Dickinson. Viendo un peligro inminente en la amistad entre su compañero y Emily, seguramente Mr. Dickinson tomó cartas en el asunto, pues Benjamin decidió irse de la ciudad y contraer matrimonio con otra mujer, sin cesar sin embargo su contacto con la incipiente escritora, a quien la pena embargó de manera terrible cuando su amor imposible falleció a causa de la tuberculosis un par de años después de su partida, en 1853.

Para 1854 –año en que Emily viajó con su familia a Washington para apoyar la carrera política de su padre- encontró “solaz” para su alma en otro amor prohibido, el reverendo Charles Wadsworth, quien no solo le llevaba 16 años, sino que además era un hombre casado. Siguiendo el patrón de Newton, Wadsworth también optó por poner tierra de por medio y en 1861 se fue con su familia a San Francisco, perdiéndose su rastro para Emily. Siendo una mujer con una paciencia y una tozudez infinitas, logró dar de nuevo con su adorado en 1870, comenzando una relación epistolar que culminó en un encuentro diez años después, en 1880. Nuevamente, al igual que en el caso de Benjamin, Charles falleció dos años después.

Otro hombre que se vincula al corazón de Dickinson es Otis Lord, un juez –y compañero de estudios (!) de su padre- con quien se dice que sostuvo un apasionado romance cuando el hombre quedó viudo. Al parecer en este caso sí hubo intenciones de contraer matrimonio, pero por alguna razón este no se concretó, de modo que la relación entre ambos continuó hasta la muerte del varón en 1884.

De esta manera se cuenta que fueron todas estas penas las que eventualmente llevaron a Emily a recluirse en su casa y posteriormente en su cuarto solamente, rehuyendo cualquier contacto social fuera de su familia, estableciéndose entonces una afectuosa amistad entre ella y su cuñada Sue Gilbert Huntington –con quien algunas fuentes la vinculan romántica y no fraternalmente-. Para entonces la señorita ocupaba todo su tiempo en atender a su madre enferma, cocinar, cuidar su jardín y escribir poemas, los cuales se negaba terminantemente a publicar, particularmente tras una desafortunada crítica que recibió por parte del erudito Thomas W. Higginson –quien tuvo a bien rechazar también a Walt Whitman, y de quien se dice que fue amante de la Bella de Amherst[i]-, quien le comentó que consideraba su poesía como imperfecta aunque atrayente. Esto bastó para minar las ilusiones de la escritora, quien decidió que no publicaría ninguno de sus escritos –únicamente lograron salir a la luz cinco poemas, dos de ellos probablemente sin conocimiento o conocimiento de su autora, y existe la hipótesis de que la negativa a imprimir se debió principalmente al respeto absoluto que sentía por su padre, a quien una publicación por parte de su hija hubiese ofendido gravemente-.

Tras la muerte de Wadsworth, Emily recibió otro duro golpe cuando su sobrino Gilbert, de tan solo 8 años, murió a causa del tifus. Esta pena, sumada a una inactividad constante provocaron un daño en los riñones de la dama quien cayó víctima del mal de Bright. Siendo larga y penosa su agonía, misma que se veía agravada por momentos debido a la preocupación que le ocasionaba el que su hermano le fuera infiel a Sue con una señora de nombre Mabel Loomis Todd, la solitaria dama comenzó a perder la vista y pronto no pudo salir de su cama. Teniendo mucho “tiempo libre”, se dio a la tarea de planear su propio funeral, instruyendo a la pequeña Vinnie[ii] para que la vistiesen de blanco –costumbre que había adquirido años atrás-, le colocaran un ramo de lilas sobre el pecho, la enterrasen en un ataúd blanco y, sobre todo, que nadie la viera –su caja fue sacada de la casa por la puerta trasera y sus restos fueron depositados en una tumba cuyo epitafio reza “Called back”-.

Y así, tras la muerte de la reservada escritora el 15 de mayo de 1886, su hermana Lavinia encontró en la habitación de Emily dos mil poemas –la cantidad varía de acuerdo a la fuente de referencia- que se hallaban preparados en una suerte de fascículos (4) elaborados por la propia autora, como si hubiese pretendido publicarlos en algún momento. Desde que realizó el descubrimiento, Vinnie hizo todo lo posible por que la magnífica obra de Dickinson viese la luz, encontrando innumerables trabas. En tal proceso se inmiscuyó también Mabel Todd, quien junto con Thomas Higginson editó el primer volumen de poesías escritas por la Poeta Reclusa, sin siquiera mencionar el nombre de Lavinia.

Otros dos volúmenes de poesía y algunos de cartas fueron publicados con posterioridad, quedando el nombre de Emily Dickinson grabado a fuego en la historia de la literatura universal, recordándola el gran Jorge Luis Borges con las siguientes palabras: “No hay que yo sepa, una vida más apasionada y solitaria que la de esa mujer. Prefirió soñar el amor y acaso imaginarlo y temerlo”.

 

FUENTES:

“Cartas de Emily Dickinson”. Aut. María Aixa Sanz. www.margencero.com

“Emily Dickinson: el hoy hace que el ayer signifique”. Cultura Colectiva. 15 de mayo 2014.

“La loca de Amherst”. Aut. Paola Kaufmann. www.lamaquinadeltiempo.com

“Emily Dickinson”. Julio 2009. http://vidasfamosas.com

“La poetisa recluida, Emily Dickinson”. 5 de mayo 2014. www.mujeresenlahistoria.com

“The Homestead”. www.coveacultural.com

 

[i]Emily Dickinson ha sido conocida también como la Bella de Amherst, la Mujer de Blanco, la Poeta Reclusa y la Monja de Amherst.

[ii]Lavinia Dickinson.


Un temible reformador: Pedro I el Grande II

23 junio 2014
Pedro I el Grande

Pedro I el Grande

Parte II

Por: Patricia Díaz Terés

Ojo por ojo y todo el mundo acabará ciego”.

Mahatma Gandhi

En una nación basada en la fuerza de sus tradiciones, la apabullante personalidad y las intenciones reformadoras del zar Pedro I generaron sentimientos encontrados y polarizados en la sociedad rusa de los siglos XVII y XVIII. De esta manera, podían encontrarse en la misma ciudad gran cantidad de personas que pensaban que era la esperanza personificada para alcanzar a un futuro mejor, y aquellos que opinaban que se trataba del mismísimo Anticristo que había llegado a la Madre Rusia para castigarla por sus pecados pasados.

Pero pocos hombres, por no decir ninguno, pueden situarse sin empacho en los extremos del bien y del mal -eliminándose sus defectos en el primer caso y sus virtudes en el segundo-, sin ser Pedro la excepción. Cuando el joven monarca salió de Moscú en la Gran Embajada en 1697, lo hizo con la intención de recolectar información en diversos países europeos sobre la mejor forma en la que podría modernizar su propio territorio, además de buscar apoyo para emprender una guerra que le permitiese derrotar a los otomanos. De esta forma, durante su viaje fue recibido por las cortes de Varsovia, Viena, Amsterdam y Londres.

La estancia en las tierras británicas durante 1698 resultó particularmente beneficiosa para nuestro aguerrido protagonista, lo cual se debió en buena parte a que los británicos requerían de la aprobación del zar para restablecer las fructíferas relaciones comerciales que se habían perdido, de modo que Pedro recibió por parte de tal gremio miles de libras. Asimismo, el soberano disfrutó de su estancia en casa del escritor John Evelyn, cuyo hogar estaba convenientemente situado a una prudente distancia de Londres y cercano a los muelles que el joven estadista gustaba de visitar, con la finalidad de aprender cuanto pudiese sobre la elaboración de los planos de los barcos.

Pero ya en las tierras shakespearianas, Pedro I dio muestras de las conductas inciviles que lo harían un hombre un tanto desagradable para cuanto extranjero llegara a la corte rusa. Sin tomar en cuenta el derecho que sobre las habitaciones en las que se alojaba tenía realmente, el zar y sus compañeros hicieron gran cantidad de destrozos en la casa de Evelyn. De este modo, gran pesar sintió el literato al ver sus alfombras manchadas con grasa, sus sillas quemadas en el patio, sus ventanas rotas y sus pinturas agujereadas tras haber sido utilizadas como blancos de tiro.

Las noticias sobre el carácter de la comitiva rusa pronto se difundió por la corte inglesa, por lo que en la Torre de Londres buen cuidado tuvieron de no mostrarle al zar el hacha que fue utilizada para decapitar al rey Carlos I el 30 de enero de 1649, evento que había causado en el entonces zar Alexis I una gran impresión, montando el padre de Pedro en gran cólera por el suceso. Así, los responsables de los objetos históricos resguardados en la Torre decidieron que era demasiado arriesgado mostrarle el arma al visitante, ya que probablemente la tomaría entre sus manos para posteriormente arrojarla sin miramientos al Támesis para desquitar la ira sufrida antaño por su padre.

No obstante las alocadas y descorteses conductas de sus huéspedes, el rey Guillermo III –Guillermo II de Escocia- sabía cómo tratarlos. Conociendo la debilidad que Pedro sentía por los barcos, optó por regalarle el Royal Transport, una de las naves más modernas de la época, la cual fue convenientemente decorada con algunos ornamentos de oro y otras extravagancias para hacerla digna de un zar. El joven soberano se mostró sumamente entusiasmado con el regalo, haciéndose también amigo del diseñador de la embarcación, Peregrine Osborne, marqués de Carmarthen, con quien disfrutó numerosas y alegres veladas que eran generosamente bañadas con las más exquisitas bebidas alcohólicas.

El barco regalado por el monarca inglés tenía ya para la fecha del obsequio un capitán de nombre William Ripley, quien se había hecho una oscura fama por maltratar cruelmente a su tripulación, noticia que no removió el ánimo del zar, por lo que el marinero optó por quedarse al servicio del nuevo dueño del navío, trasladándose junto con la embarcación a Rusia. De igual forma, Pedro decidió “invitar” a sesenta especialistas en la construcción y diseño de barcos para que regresasen con él a su patria, arrepintiéndose después aquellos que aceptaron ya que pronto se hallaron en las tierras rusas en calidad poco menos que de prisioneros, ya que demasiado trabajo les costó obtener un permiso para regresar a Inglaterra con sus familias.

Al concluir las aventuras en Londres, Pedro el Grande se trasladó entonces a Viena para tratar de obtener de Leopoldo I la ayuda que le había sido negada por Augusto III de PoloniaFederico I de Prusia había accedido a apoyarlo en sus empresas, pero no militarmente-, enterándose de que el austriaco únicamente deseaba firmar la paz con los turcos.

Estando en la corte de Viena, el zar recibió un mensaje urgente por parte del príncipe Fyodor Romodanovsky, quien le anunciaba una nueva revuelta por parte de los odiados Streltsy. Sin tardanza, Pedro I volvió a toda prisa a Moscú en septiembre de 1698, encontrándose con que la rebelión había sido sofocada por sus fieles ministros. No obstante, el monarca se juró que nunca más ocurriría algo similar, por lo que apresó a tantos streltsy como pudo. Convencido como estaba de que tras este hecho se encontraba la mente de su hermana Sofía, Pedro decidió zanjar la cuestión de una vez por todas –probablemente sus acciones también fueron guiadas por una sed de venganza instalada en su interior desde su niñez- y dirigió en persona muchos de los interrogatorios, participando activamente en la tortura de los detenidos. Los prisioneros streltsy fueron aniquilados. Mientras muchos fueron decapitados –el propio zar cortó varias cabezas-, ciento noventa y seis fueron colgados afuera del convento en el cual estaba encerrada Sofía, encargándose el soberano ruso de que tres de los cabecillas fuesen situados exactamente frente a la ventana de su hermana, donde permanecieron durante todo el invierno.

Con esta acción Pedro el Grande se deshizo sus enemigos a través de la erradicación del cuerpo de los Streltsy en febrero de 1699, habiendo ya eliminado anteriormente el obstáculo que le representaba su esposa Eudoxia –o EudokiaLopukhina, con quien había contraído matrimonio en 1689 y a quien detestaba con todas sus fuerzas –a pesar de haber engendrado con ella tres hijos de los cuales solo sobreviviría el mayor, Alexis-, por lo que decidió divorciarse de ella en agosto de 1698 y encerrarla después en el convento de la Intercesión de la Virgen en Suzdal a orillas del río Kamenka.

Sintiéndose ahora completamente en libertad, Pedro I se dio a la tarea de occidentalizar a su país, pero como todo buen hombre de armas, utilizó la fuerza en lugar de la diplomacia. De esta manera, muchas de las reformas impuestas por el zar –estas abarcaron todos los ámbitos desde el gobierno, el sistema financiero, el comercio, la industria, la educación y el arte hasta las formas sociales- no fueron bien recibidas en los diferentes círculos de la sociedad moscovita –y rusa en general-, a quienes trató de arrebatarles costumbres ancestrales. Como ultraje pues sintieron, por ejemplo, los boyardos[1] cuando su soberano les ordenó cortar sus ancestrales barbas –en 1705 el voluntarioso Pedro permitió que utilizaran su barba nuevamente, pero únicamente después de pagar un elevado impuesto-.

De este modo, de los subsiguientes esfuerzos del zar por modernizar su país y su decisión de construir una nueva capital cosmopolita, hablaremos más extensamente en la próxima entrega de esta columna.

 

 FUENTES:

“Pedro el Grande. El modernizador de Rusia”. Aut. Pedro Rueda Ramírez. Revista Historia National Geographic no. 43. España, septiembre 2007.

 “Peter the Great”. www.rusartnet.com

“Peter the Great”. www.rmg.co.uk

[1]Alta nobleza más próxima al zar.


Un temible reformador: Pedro I el Grande I

16 junio 2014
Pedro I el Grande

Pedro I el Grande

Parte I

Por: Patricia Díaz Terés

La estrategia es el uso del encuentro para alcanzar el objetivo de la guerra. Por lo tanto, debe imprimir un propósito a toda la acción militar, propósito que debe concordar con el objetivo de la guerra.

Carl Von Clausewitz

Aquellos que pueden preciarse de haber cambiado el rumbo de toda una nación por lo regular son individuos de peculiar carácter. Pareciendo ser común una fuerte personalidad en todos aquellos que ocuparon el trono ruso forjándose un nombre memorable, aquel que podemos considerar como uno de los más importantes -si no el más importante de todos ellos-, tuvo una personalidad que logró aterrorizar a sus contemporáneos, particularmente a los extranjeros, nos referimos a Pedro Alexéievich, mejor conocido como Pedro I el Grande –fundador de San Petersburgo-.

Pedro fue el primer hijo del zar Alexis Mikhailovich (Alexis I, 1645-1676) y su segunda esposa Natalia Naryshkina –de su anterior matrimonio con Maria Miloslavskaya, fallecida en 1669, tenía trece hijos-, y nació el 30 de mayo de 1672 siendo bautizado en el monasterio del Milagro el 29 de junio del mismo año. Desde su más tierna infancia el zarévich demostró tener una viva inteligencia y una inquietud física poco usual, por lo que empezó a caminar a la escasa edad de seis meses, comenzando su educación formal a los cinco años con un tutor de nombre Nikita Zotov, un hombre letrado pero aparentemente poco dotado para la docencia.

Para cuando Pedro inició las clases con Zotov, su padre ya tenía un año de haber muerto, dejando como sucesor –después de varios conflictos- a su hijo Fiódor Alekséievich (Teodoro III, 1676-1682). Sin embargo los verdaderos problemas en la élite gobernante rusa surgieron al morir Fiódor sin descendencia. Entraron entonces en el juego tres personajes: Sofía Alexéievna e Iván Alekséievich (Iván V, 1682-1696) por un lado y Pedro por el otro. De este modo, el derecho de sucesión le correspondía a Iván, no obstante, sus capacidades tanto físicas como mentales no le permitían sentarse en el trono y ejercer debidamente el poder –estaba casi ciego, era cojo y apenas podía hablar, además de presentar deficiencias mentales-. Al mismo tiempo esta contienda se convirtió en una competencia directa entre las familias maternas de los chicos, los Miloskavsky y los Naryshkin, pues también fue nombrado zar Pedro a sus diez años, a quien, siguiendo el protocolo, el patriarca de la Iglesia ortodoxa le dijo “En el nombre del pueblo entero de fe ortodoxa, te pido que seas nuestro zar”, siendo el chico aclamado a voces en la plaza de la Catedral de Moscú.

Los Miloskavsky empezaron entonces un juego sucio, esparciendo el rumor de que Iván había sido estrangulado, lo cual provocó que se alzaran en armas los Streltsy –un cuerpo de arcabuceros de élite instituido por Iván el Terrible-, quienes en mayo de 1682 irrumpieron por la fuerza en el Kremlin, asesinando a muchos allegados y parientes de la familia Naryshkin. El 29 de mayo, para poner un poco de orden en la situación, fue nombrada regente Sofía, quien ocupó el puesto hasta 1689.

Natalia Naryshkina comenzó a temer por la vida de su hijo en la corte, por lo que decidió trasladarse a una villa en las afueras de la capital en Preobrazhénskoie, donde creció Pedro lleno de rencor contra los Streltsy –mismo que derivó en un rechazo a las tradiciones rusas, surgiendo en él a tan tierna edad un profundo deseo de modernizar su país-, al tiempo que el terror que había sufrido durante la invasión de su hogar le ocasionó un trauma que lo acompañó durante toda su vida, siendo probablemente la causa de los diversos tics nerviosos que el zar manifestó en su vida adulta.

En el campo el muchachito creció prácticamente sin tutores que lo guiasen en la educación formal, por lo que dio rienda suelta a sus aficiones, las cuales incluían gran cantidad de trabajos manuales como la forja y la talla de madera, constituyendo su principal pasión los juegos de guerra. Con una mente estratégica y brillante, el chiquillo comenzó a organizar regimientos con los niños de la localidad, a los cuales ponía a combatir. Eventualmente, para su décimo primer cumpleaños su madre le concedió permiso para utilizar armas genuinas, lo cual eventualmente provocó la muerte –aunque no en esa fecha- de veinticuatro personas, incluido su administrador el príncipe Iván Dolgoruky, y muchos heridos, sufriendo el propio zar quemaduras medianamente graves en el rostro.

Al parecer el objetivo de Pedro durante estos juegos era conformar una guardia que lo pudiese defender en caso de que se viera envuelto en otra refriega, con lo cual pretendía disminuir el riesgo tanto para él como para su familia. Por esta razón, además de los enfrentamientos en campo abierto, mandaron a construir miniaturas de algunas fortificaciones –como el de Bratislava-, en las cuales sus “maestros” le enseñaron cómo manejar –presumiblemente en ataque y defensa- un sitio. Para 1687 los niños habían crecido transformándose en jóvenes soldados. Se estructuraron entonces formalmente los regimientos Preobrazhensky –este se mantuvo hasta la Revolución Rusa de 1917- y Semyonovsky, en los cuales se encontraban trabajando activamente cuatrocientos oficiales –casi todos extranjeros- al mando del general Avtamon Golovin. Para 1690 el primer regimiento tenía ya diez compañías.

En 1689 los enemigos de Sofía difundieron el rumor de que los Streltsy habían organizado otro complot en contra de Pedro, por lo que el muchacho decidió atacar primero –aun cuando debía enfrentar a sus seiscientos hombres contra su hermana que tenía a su favor a veinte mil guardias-. Marchó entonces al monasterio de La Trinidad junto con sus regimientos, logrando salvar también a su hermanastro Iván V. La regente fue apresada y confinada en el convento Novodevichy, quedando al frente del gobierno Natalia Naryshkina apoyada por el príncipe Vasily Golitsyn, un hábil político y su no tan inteligente hermano Lev. También cercano a la nueva regente se encontró Tikhon Streshnev, de quien muchos creían que era el verdadero progenitor de Pedro, idea que se reforzó porque el muchacho se dirigía a él como “padre”, nombrándolo eventualmente ministro de Guerra en 1701.

Después de que Natalia tomase varias decisiones por cuenta propia –como el destierro de los jesuitas o la ejecución pública de Kulman el Místico en la Plaza Roja-, finalmente Pedro se sentó en el trono ruso en 1694, tras la muerte de su madre. Tenía diecisiete años.

Pero el gobierno de la Madre Rusia no parecía representar para Pedro una prioridad, por lo que en los primeros años dedicó su tiempo a su gran pasión –después de la guerra-: la navegación. Siguiendo tales inclinaciones trabajó en los astilleros de Arjánguelsk, el único puerto marítimo ruso ubicado en el mar Blanco. Poco después deseó tener una salida también al mar Negro, por lo que se enfrentó a los turcos por el puerto de Azov, mismo que consiguió en 1696, procediendo a formar una flota que inició con la construcción de la galera Principium, en cuya manufactura el zar intervino personalmente. Asimismo recibió de Holanda una fragata de cuarenta y cuatro cañones, cuya bandera le inspiró el diseño de la insignia tricolor del Imperio ruso con sus colores azul, blanco y rojo.

A este punto Pedro estaba ya convencido de la necesidad de occidentalizar su país, por lo que decidió explorar Europa por su cuenta en lo que llamó la Gran Embajada, iniciada en marzo de 1697 –convirtiéndose este hombre en el primer zar que abandonaba su patria en tiempos de paz-, y durante la cual pretendió –no siempre con éxito- viajar de incógnito bajo el nombre de Peter Mikhailov, sargento del regimiento Preobrashensky.

De este modo, el joven zar dirigió sus pasos hacia Prusia, Holanda e Inglaterra, recibiendo en esta última el apoyo del rey Guillermo III quien esperaba que, impresionando al gobernante ruso, este le permitiría restaurar los privilegios comerciales de los que había gozado antaño, de lo cual hablaremos, junto con otros grandes acontecimientos del reinado de Pedro el Grande, en la próxima entrega de esta columna.

FUENTES:

“Pedro el Grande. El modernizador de Rusia”. Aut. Pedro Rueda Ramírez. Revista Historia National Geographic no. 43. España, septiembre 2007.

 “Peter the Great”. www.rusartnet.com

“Peter the Great”. www.rmg.co.uk


La voluble y caprichosa ambición del poder: Madame Mao III

29 mayo 2014
Lan Ping

Lan Ping

Parte III

Por: Patricia Díaz Terés

Las pasiones son como los vientos, que son necesarios para dar movimiento a todo, aunque a menudo sean causa de huracanes”.

Bernard Le Bouvier de Fontenelle 

Li Yunhe, era una mujer caprichosa, irreflexiva y voluntariosa. Apasionada actriz que recién había descubierto los atractivos brillos de la política, la joven se embarcó en una aventura en la que lograría mezclar las dos actividades por el resto de su vida, de modo que en innumerables ocasiones utilizó, por ejemplo, sus histriónicos dotes para salir de algún resquicio en el que sus rebeldes actividades clandestinas la habían metido, logrando escapar de los nacionalistas a fuerza de representar a una dulcísima damisela o a una fiera aulladora, según requiriese el guardia con intenciones de apresarla. Tales prácticas, sin embargo, no la salvaron el día en que, en 1934, un joven con quien paseaba románticamente en el parque Zaofen, le dio un ejemplar de una revista extremista, Saber Mundial, mismo que ella guardó.

Habiendo sido seguido el compañero de Yunhe por la policía nacionalista, los guardias apresaron a la joven con el prohibido material, trasladándola de inmediato a una celda en la comisaría. Sobre tal episodio hay muchas versiones, siendo la de la futura madame Mao la más dramática de todas, en la que se pinta a sí misma como una heroína del comunismo que no cejó un instante en sus ocho meses de condena, y que sufrió todo tipo de vejaciones, mientras era cuidada con fervorosa devoción por sus compañeros del partido, quienes le enviaban comida y ropa, cosa curiosa para alguien que a tal fecha no estaba siquiera inscrita oficialmente en el partido –una versión un tanto más creíble indica que la chica confesó sus crímenes como le era requerido, logrando obtener su libertad tras tres meses de encierro, después de hacer una promesa sobre su comportamiento en el futuro-.

Al salir de la cárcel decidió que la política bien podía pasar a segundo plano, dedicando nuevamente la mayor parte de sus energías a su quehacer teatral, para lo cual optó, a sus veinte años, por labrarse un nuevo nombre: Lan Ping (Manzana Azul). En esta nueva faceta, la actriz seducía a los hombres con agresividad, siendo su primera víctima un jugador de futbol de nombre Li, con quien concluyó una velada consistente en una ida al cine y una cena, en el hotel Hui Zhong.

Lan Ping consiguió por fin la tan ansiada fama gracias a su papel favorito, Nora, de la obra Casa de muñecas, cuya personificación durante el estreno en el Teatro de la Ciudad Dorada fue todo un éxito, manteniéndose en cartelera durante dos meses, lo cual era extraordinario en una obra de talante izquierdista. No obstante, los críticos se decantaron tanto a su favor como en su contra, siendo de los primeros Tsui Wan-chiu y de los segundos el director Zhang Geng, quien a su vez había sido rechazado por la dama algunos años atrás y seguramente estaba expresando con tinta su amargura.

Un contrato de tres meses con el Estudio Dian Tong le significó a la floreciente histriónica una entrada segura de veinticinco yuan mensuales, estando ella empleada en producciones mediocres de tinte político, en las cuales fungía no como actriz, sino como cualquier otra cosa como costurera o personal de apoyo en el armado de las escenografías. En aquella época tuvo también un embarazoso episodio con el director Yuan Muzhi quien, después de que ella llegase ebria tras una cena con sus amigos, optó por llevar a la inconsciente muchachita a su habitación donde, después de despojarla de su blusa, tuvo a bien escribir sobre su vientre “tenga cuidado la próxima vez, ansiosa bebedora”.

Curiosamente, el atrevido caballero pasó a formar parte de su corte de admiradores, compitiendo por los favores de Lan Ping contra un crítico de arte llamado Ci Zhao, el crítico de cine Tang Na y otro hombre, Zhou Boxun. Sin tener particular afición por ninguno de los candidatos, Lan se inclinó por Tang, quien le resultaba el menos intolerable de todos, trasladándose eventualmente a la residencia del novio. Al enterarse del fallo final de la dramática situación, los galanes rechazados no tomaron bien la noticia, siendo así que Yuan trató de incendiarse a sí mismo, Zi Zhao se dedicó a la bebida durante toda una noche y Zhou se internó en un burdel por tres días.

Las Mansiones de Arden se convirtieron pues en el escenario del tormentoso romance entre Tang Na y Lan Ping, quienes convivieron en perfecta armonía durante brevísimo tiempo, para luego dar lugar a violentas escenas en las que los celos y las recriminaciones formaban parte cotidiana de la orden del día. Sin embargo, fue este hombre quien enseñó a Lan las virtudes de la cultura occidental, presentándole a los primeros europeos que conoció en su vida, a la vez que la introdujo en el mundo del arte, el cine y la literatura de tal inclinación al haber sido él mismo educado en la universidad Saint John.

La pareja decidió que compartir un mismo espacio era nocivo para su relación, por lo que la dama alquiló un cuarto en una casa de la Concesión Internacional, en donde sus derroches de dinero la llevaron nuevamente a padecer hambre, situación que era en ocasiones paliada por una amable vecina de nombre Ai Jui, quien le conseguía fruta y otros alimentos, los cuales eran “generosamente” retribuidos por la inconsciente actriz con fotografías de sí misma en el escenario, pago que ella consideraba equitativo por las atenciones de su amiga.

Después de un episodio en el que Tang Na amenazó con suicidarse si Lan Ping lo abandonaba, y después de que ella recobrase la salud perdida en casa de la familia de su “amado”, la pareja no encontró mejor opción para restablecer sus diferencias que contraer matrimonio (!) en una triple ceremonia en la que las otras parejas contrayentes eran Zhao Dan –director de Casa de muñecas– y la actriz Yi Louxi; y el director Gu Eryi y la también actriz Du Lulu, llevándose a cabo el evento en la Pagoda de las Armonías.

Ahora bien, tanto Tang como Lan tenían espíritus excesivamente libres, por lo que no consideraban necesario hacer sus afectos exclusivos el uno del otro, tomando ambos diversos amantes durante su relación, cuestión que, invariablemente, era objeto de violentas discusiones. Siendo los dos personajes propensos al melodrama, de manera intermitente se pusieron en jaque mutuamente, él con constantes amenazas de suicidio –que llegaron a tentativas en una ingesta excesiva de somníferos y un lanzamiento al río Whangpu-, y ella exponiendo apasionadamente sus crueles sufrimientos a la menor provocación, protagonizando ambos con demasiada frecuencia escenas dignas de una telenovela.

Cuando finalmente Lan Ping logró terminar la relación con Tang Na, decidió, después de un breve tiempo, alejarse, tomando un tren que la llevó a la provincia de Xian a finales de 1937. Dos bultos con sus pertenencias y un bolso con sus nimios ahorros eran su única compañía cuando se apersonó en la Oficina de Enlace del Octavo Ejército de Ruta de los comunistas, donde le dieron alojamiento y encontró a la que había sido su guía política en Shanghai, la nada agraciada hermana Xu.

La nueva vida de Lan Ping la llevó a prescindir de las costosas y llamativas ropas de que gustaba, orillándola a utilizar un soso uniforme gris, que sin embargo, su vanidad le impedía llevar como si fuese cualquiera, de modo que agregó a los pantalones unisex un cinturón de lienzo, así como cintas azules en su largo cabello que peinaba en dos coletas.

Dándose muy pronto cuenta de que la actitud altanera que había utilizado en Shanghai en Xian la llevaría a la ruina, la astuta dama cambió de estrategia, atacándose a sí misma en cualquier conversación. De este modo surge una nueva y “humilde” Lan Ping, aquella que en breve cautivaría al gran caudillo Mao Zedong, historia que trataremos en la próxima entrega de esta columna.

 

FUENTES:

“Madame Mao”. Aut. Ross Terrill. Javier Vergara Editor. Argentina, 1984.

 “Las mujeres de los dictadores”. Aut. Diane Ducret. Ed. Aguilar. México, 2012.


Amor en rojo, las damas de Mao: He Zizhen

21 abril 2014
He Zizhen

He Zizhen

Por: Patricia Díaz Terés

El sufrimiento depende no tanto de lo que se padece cuanto de nuestra imaginación, que aumenta nuestros males”.

Fénelon 

En desgracia terminó la primera historia amorosa del dictador chino Mao Zedong, cuando su segunda esposa –pues era viudo de la mujer con quien sus padres lo habían desposado- Yang Kaihui, cayó bajo la espada de los nacionalistas chinos después de que a su marido se le ocurrió sitiar la ciudad sin poner antes a salvo a su propia familia. A pesar de que se dice que Mao sufrió realmente la muerte de la dulce Kaihui, tuvo buen reposo en aquella dama, de nombre He Zizhen, a quien había tenido a bien tomar por esposa durante el largo tiempo que dejó a su cónyuge principal.

Repitiendo en cierta medida el patrón de educación de la familia de Kaihui, Zizhen, nacida en 1909, es hija de un combatiente e intelectual comunista de buena posición económica, y traba conocimiento con Mao gracias a las visitas que él hace frecuentemente a su familia, que reside en el distrito de Yongxin. También siguiendo la rebelde cualidad de la primera compañera del futuro dictador, la linda chica de dieciocho años se manifiesta en contra de los convencionalismos a los cuales están sujetas las mujeres chinas a principios del siglo XX.

Con una tendencia hacia el hedonismo, pues la jovencita quiere gozar los placeres de la vida, Zizhen seguramente no lo ha pasado demasiado bien en la escuela misionera dirigida por misioneros finlandeses a la cual asistió; sin embargo, la llegada de la Expedición del Norte que llevaba a cabo el ejército, durante el verano de 1926, le viene como anillo al dedo, pues le permite afiliarse al partido comunista, del cual no se conforma con ser un miembro regular, sino que se destaca a tal grado que se le asigna la tarea de recibir a las tropas y realizar discursos públicos.

He Zizhen tiene tan solo diecisiete años cuando le otorgan el liderazgo del Servicio de las Mujeres, lo cual es acompañado con un cambio de imagen que la lleva a cortar su cabello y tener el honor de ser llamada camarada. Es entonces cuando Mao llega a la ciudad, encargándole Yuan Wencai -líder comunista local-, a la joven camarada que sirva de intérprete durante las entrevistas con el distinguido huésped.

De este modo, si bien Mao se enamora de la chiquilla en cuanto la ve, esta tarda un poco más en encontrarle el encanto, pues considera que el hombre, a sus treinta y cuatro años, es demasiado viejo para ella, prefiriendo al hermano menor, Zedan quien carece, sin embargo, de las dotes de liderazgo de Mao, característica que para Zizhen es fundamental en el caballero que elegirá para compartir su vida. Habiendo sido, tal vez, esta ambición un factor importante en la decisión de la mujer, Mao y Zizhen se convierten en esposos de facto, ya que con la realización tan solo de un banquete “de bodas”, se consideraron oficialmente unidos. Pronto los problemas personales comienzan a agobiar a la pareja, ya que el “alma gemela revolucionaria” de Mao pierde tres hijos, abandonando ella las actividades políticas para enfocarse en el cuidado del cuarto vástago, el único sobreviviente, Lin Min.

Corría el año de 1934 cuando, en el mes de octubre, Mao Zedong emprende la Larga Marcha[i] y su mujer, embarazada de cinco meses, se niega a quedarse atrás. Intenta caminar y montar a caballo, pero la dificultad de estas actividades hace que tenga que ser llevada en una silla con porteadores, principalmente para garantizar la seguridad del bebé. Es apenas febrero cuando las contracciones comienzan a alertar a Zizhen sobre el inminente nacimiento de su hijo, cuando se encuentra en el pueblo Arena Blanca. Con ayuda de su cuñada, da a luz a una hermosa niñita a la cual tiene que dejar encargada con una familia local, ya que debe enfrentar la dura decisión de abandonar a su hija o a su marido, a quien le es preciso continuar el camino. Así, con el corazón desgarrado y sin decirle nada a Mao, la valiente fémina se une a la marcha. Tras unos días de marcha, seguramente inquieta por haber tomado una importante decisión en solitario, le confiesa a su esposo que ha dejado a la pequeña, a lo que él, sin inmutarse, replica: “Has hecho muy bien, era lo que había que hacer”.

Una vez recuperadas todas sus capacidades físicas, Zizhen se convierte en enfermera y participa activamente en el cuidado de los heridos y enfermos. En un momento en que se vieron en grave peligro por un ataque aéreo por parte del Kuomintang[ii], la chica no duda en arrojarse sobre uno de los soldados para cubrirlo con su propio cuerpo de las explosiones. Como resultado, la metralla se incrustó dolorosamente en la espalda de la esposa de Mao, quien fue atendida de inmediato por un médico que tardó varias horas en retirar los trozos de metal. Cuando el caudillo es avisado de lo acontecido, de manera indolente se niega a visitar a su “amada”, porque se siente muy cansado, pero tiene el “delicado” gesto de enviarle a su galeno personal para que la asista, además de unos porteadores con una silla que la sacarían de aquel lugar. Pasaron tres días antes de que la herida pudiera ver a su galán, pero no pudo hablarle puesto que tenía unas esquirlas en el cráneo las cuales no habían podido ser sacadas. La mujer sufre atroces dolores, pero se va con Mao cuando este ordena continuar la marcha. La abnegada esposa del líder ha sido tan valiente como el más fiero de los soldados, pero ahora implora a gritos que la maten, las esquirlas que permanecen en su cuerpo se han convertido en instrumentos constantes de tortura.

Para octubre de 1935 ya la noticia de la terrible de Zizhen, así como de su tenacidad, ha recorrido toda China y es proclamada mártir de la revolución. Sin embargo, poco a poco, ella también ha sufrido el abandono de Mao, de modo que cuando 1937, se embaraza nuevamente, ella está renuente a su nueva condición, ya que su pequeño solo se convertirá en un vínculo con aquel hombre que ahora es un extraño para ella. La afición desmedida del revolucionario por las lindas damitas saca de quicio a su fiel compañera, de manera que, en una ocasión cuando lo sigue y lo encuentra sonriente, cenando con la atractiva Lily Wu de veintiséis años, y los periodistas americanos Edgar Snow y Agnes Smedley. Zizhen entra como una tromba a la casa, emprendiéndola a golpes con las dos mujeres. Mao sabía que la furia de su “alma gemela” era terrible, por lo que se mantiene al margen -ella le daba más miedo que todos los ejércitos nacionalistas-. No obstante, la traicionada esposa no es buena combatiente y la americana le da una paliza. Impávido, al terminar la trifulca, Mao ordena a sus guardaespaldas que ayuden a su magullada consorte a volver a su casa, pero todavía se necesitan tres hombres para contenerla, pues a pesar de los golpes, su ira se impone.

En agosto de 1937 Zizhen decide que ha sido suficiente y abandona a Mao, yéndose a Urumqi, al noroeste de China, y continuando camino hasta alcanzar la U.R.S.S.[iii], llegando a Moscú y recibiendo el tratamiento adecuado para sus heridas. El sufrimiento del alma reemplaza entonces al físico cuando, tras nacer su hijo y avisarle a Mao, no recibe siquiera una línea de su parte. La ha ignorado. Por si esto fuera poco, se entera por la prensa que su flamante marido ha encontrado a una sustituta para ella y él, con todo el cariño que le profesaba a aquella que lo había acompañado en las penurias inimaginables de la Larga Marcha, le informa: “ahora ya no somos más que dos camaradas” (!).

He Zizhen se sume así en una terrible depresión que eventualmente la lleva al manicomio, del cual sale hasta 1947 cuando Mao se acuerda de ella y la manda a traer, tan solo para internarla nuevamente en una institución psiquiátrica, en la que la pobre mujer insiste en que los médicos de Mao tratan de matarla.

Triste es la historia de esta aguerrida fémina amada, valorada y despreciada por el gran líder chino del siglo XX. Pero esta no fue la última fémina importante para Mao, y aún nos queda por tratar a la más relevante, la legendaria Madame Mao, pero de ella hablaremos en un futuro no muy lejano.

 

FUENTES:

“Las mujeres de los dictadores”. Aut. Diane Ducret. Ed. Aguilar. México, 2012.

 

[i]Entre 1934 y 1935 Mao Zedong condujo a su ejército de 200 mil hombres (aunque otras fuentes indican que fueron 130 mil) desde Kiangsi en el sudeste de China hacia las montañas del norte, en cuyo transcurso murieron aproximadamente 50 mil de sus hombres (otras fuentes hablan de 30 mil almas perdidas). http://www.elmundo.es/larevista/num193

[ii] Partido nacionalista chino liderado por Chiang Kai-shek.

[iii] Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.


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