El valor de la adaptación: Sacagawea, madre, exploradora y estandarte

23 noviembre 2014
Estatua de Sacagawea en Bismarck, Dakota del Norte

Estatua de Sacagawea en Bismarck, Dakota del Norte

Por: Patricia Díaz Terés

No puede impedirse el viento. Pero pueden construirse molinos”.

Proverbio holandés

Existen personajes en la historia cuya principal característica es difícil de definir, siendo uno de ellos una mujer india, perteneciente a la tribu shoshone, llamada Sacagawea[1] –-, quien a lo largo de su aventura con la expedición montada por los exploradores Lewis y Clark, mostró no solo ser una mujer sumamente inteligente, sino también hábil negociadora y valerosa madre.

Pero comencemos por el principio. Sacagawea nació a finales del siglo XVIII -existiendo discrepancia sobre su verdadera fecha de nacimiento la cual ha sido especificada en entre 1786 y 1790- posiblemente en el área de Three Forks, Montana -aunque también se menciona Lemhi County en Idaho-. A pesar de todas las imprecisiones que revisten la llegada de esta dama a nuestro mundo, lo cierto es que a muy tierna edad fue separada de su familia y su tribu al ser raptada por los hidatsa, quienes la trasladaron a su campamento ubicado junto al río Missouri, cerca del actual Washburn en Dakota del Norte. En este punto no queda claro si la niña, que a la sazón tenía once o trece años, fue introducida en el grupo como esclava o como hija adoptiva, pero no hay registros de que hubiese sido maltratada.

Ahora bien, haya sido por contrato económico, como intercambio, o cualquier otra razón, el hecho es que Sacagawea pasó a formar parte de un reducido séquito de esposas con las cuales se hizo el comerciante de pieles franco canadiense Toussaint Charbonneau, quien había convivido con las tribus hidatsa y mandan desde 1796, existiendo una considerable diferencia de edad entre marido y mujer ya que la chica contaba con 16 años y él con 37.

Mientras todo ello acontecía en la vida de la joven shoshone, por su parte el entonces presidente Thomas Jefferson se encontraba ansioso por explorar el vasto y aún salvaje territorio norteamericano. Habiendo adquirido Louisiana a los franceses en 1803 –por la nada despreciable cantidad de 15 millones de dólares- el mandatario designó a su secretario Meriwether Lewis para liderar una expedición (Corps of Discovery) en la que trataría de descubrir el supuesto Pasaje Noroeste, una vía acuífera que presuntamente comunicaba el océano Atlántico con el Pacífico. A su vez Lewis eligió a su amigo y antiguo superior en la milicia, William Clark para que fuese su segundo al mando.

Existencias tan distantes como la de Sacagawea y los exploradores se entrelazaron cuando estos llegaron al territorio de la tribu hidatsa –cuya estructura matriarcal en la que, a diferencia de Europa, las mujeres eran quienes poseían las tierras y tomaban las decisiones, formación que había recibido la cautiva- en noviembre de 1804 –aunque en realidad el encuentro con los Charbonneau se dio hasta diciembre de ese año, cuando los visitantes se establecieron en Fort Mandan-. Sacagawea por aquel entonces no llevaba, seguramente, una existencia demasiado feliz, ya que el padre del hijo que estaba esperando había resultado ser un hombre cobarde y golpeador, ignorante por completo de la valía de su mujer –y al parecer de cualquier otra-, misma que no pasó desapercibida para Clark.

La jovencita dio a luz a su hijo Jean Baptiste Charbonneau el 11 de febrero de 1805. Para entonces Lewis y Clark se habían dado cuenta de que ella sería de mucha ayuda en la travesía que tenían por delante, ya que necesitaban alguien que conociera el terreno y pudiera entenderse con los nativos. De este modo, los enviados de Jefferson solicitaron a la pareja que los acompañase a cambio de una justa remuneración -533.33 dólares y 320 acres de tierra, que fueron a parar a manos del franco canadiense, sin que su esposa recibiera compensación alguna-. Así, la cadena de traducción se estableció del inglés hablado por Lewis y Clark al francés entendido por el soldado Francoise Labiche, hablado a su vez por Charbonneau quien transmitía el mensaje a su mujer, siendo ella el enlace directo con los indios.

En un contexto no particularmente pacífico entre blancos y nativos, la expedición de Lewis y Clark había adquirido, sin saberlo, un seguro pasaje con la inclusión de Sacagawea, pues todas las tribus con las que se encontraron dedujeron que, si una mujer y su recién nacido participaban en la comitiva, no podían tener fines bélicos, por lo que su actitud se transformaba de defensiva a cooperativa, facilitando la misión de los líderes de Corps of Discovery.

Un mes después de haber abandonado Fort Mandan, los caballeros a los que Sacagawea acompañaba descubrieron el verdadero carácter de la joven madre. Resulta que el 14 de mayo de 1805, mientras iban a bordo de varias embarcaciones sobre el río Missouri, un grandioso temporal hizo presa de las balsas y piraguas, zarandeadas de manera inclemente por los fuertes vientos comenzando varias de ellas a hacer agua, amenazando con hundirse. Los hombres perdieron la calma, corrían de un lado para el otro sin saber a ciencia cierta qué hacer. Lewis y Clark, solo Dios sabe cómo, dieron con sus huesos en la orilla del río mientras la tripulación de las naves, desesperada y a punto de perder todos sus enseres, provisiones e instrumentos, no atinaba a realizar una acción cuerda.

Ecuánime y valiente, mientras su marido aullaba por el pánico –eventual y eficientemente silenciado por otro hombre que amenazó con dispararle si no cesaba en su desesperación-, Sacagawea, ubicada firmemente en el casco de su piragua, amarró fuerte y seguramente a su bebé en su espalda, mientras se dedicaba a sacar del agua tantos documentos y cajas como flotaban cerca de la borda, tras haberse hundido justamente la embarcación que transportaba el equipaje. Días después, mientras la expedición esperaba a que todo quedara seco para evitar que se pudriese, Lewis y Clark dimensionaron la importancia de las acciones de Sacagawea.

Pero el valor no era lo único que poseía nuestra protagonista. Conocedora de la naturaleza, también fue capaz de aportar cierta variedad a la restringida dieta de los expedicionarios, al encontrar por el camino diversas raíces y tubérculos comestibles que les ayudaron a no mermar de manera considerable sus reservas de alimento. Asimismo fue capaz de proporcionarles ropas adecuadas, pues confeccionó –y les enseñó a confeccionar- ropa y mocasines de piel.

Agosto fue el mes testigo de la, quizá, más memorable escena de aquella travesía que se extendió durante 16 meses a lo largo de cinco mil millas. Resulta que Lewis y Clark encontraron en su camino a un grupo shoshone dispuesto a negociar con caballos, animales que a ellos les resultaban imprescindibles para poder sortear el terreno que tenían por delante. Cuál no sería la sorpresa de los blancos al ver que Sacagaweaa, en cuanto lo vio, corrió a los brazos del imponente líder de los shoshone, Cameahwait. Observando un comportamiento completamente inesperado en la mujer, normalmente reservada y hasta huraña –y seguramente alarmantemente inapropiado a ojos de los expedicionarios-, tras el fraternal abrazo, la chica explicó entre lágrimas que aquel hombre era su largamente añorado hermano. Huelga decir que las negociaciones se llevaron a cabo con éxito rotundo.

Como última anécdota del viaje, se sabe que eventualmente, cuando se encontraban en Fort Clatsop, Clark –protector de Sacagawea, por quien sentía una especial simpatía que extendía a Jean Baptiste a quien cariñosamente llamaba Pompy– dijo que se trasladaría a la costa para ver a las ballenas. Sacagawea, con toda determinación, le anunció que quería ir porque nunca había visto el mar. Por supuesto, logró su cometido.

Tras 21 meses, los Charbonneau se separaron de Lewis y Clark. Al hacer un recuento de toda la ayuda proporcionada por Sacagawea, Clark se sintió culpable al haber entregado el pago completo a Charbonneau sin tomar en cuenta a su esposa. De esta manera, por medio de una carta, sugirió encargarse posteriormente de la educación de Jean Baptiste, compromiso que cumplió cuando la dama falleció a causa de la difteria el 25 de diciembre de 1812 en Fort Manuel; para entonces Toussaint no estaba con ella, como tampoco estuvo presente cuando en medio de una refriega entre indios y británicos la fortaleza fue quemada hasta sus cimientos, rescatando a los huérfanos John C. Luttig, quien los llevó a St. Louis, donde Clark se hizo cargo de ellos, quedando como guardián legal de los niños en agosto de 1813.

Existiendo testimonios posteriores a la fecha de su muerte, de mujeres que clamaron ser Sacagawea, daremos por cierta la versión aquí expuesta. Dama excepcional en tiempos y territorios hostiles, esta india shoshone fue la primera mujer cuyo voto fue tomado en cuenta para algo -ya que en la expedición de Lewis y Clark todos eran iguales, incluyendo a las féminas y a los esclavos de color, que en este caso eran nuestra protagonista y un hombre llamado York-, por lo que su figura ha sido enarbolada por los movimientos sufragistas como el de Susan B. Anthony, tomándola como estandarte y heroína hasta convertirse en la mujer a quien en más estatuas se ha representado en todo el territorio norteamericano, llegando incluso a aparecer su imagen en las monedas de un dólar.

FUENTES:

“Sacagawea”. Aut. Margaret Talbot. Revista Exploring History. National Geographic. Great Women. E.U. 2014.

www.history.com

http://www.monticello.org/

http://www.pbs.org

http://www.sacagawea-biography.org

http://www.sacagawea.com

[1] Existe hasta la fecha una controversia sobre la ortografía original de este nombre y por tanto su significado, ya que hay quien dice que viene del hidatsa sacaga (pájaro) y wea (mujer), coincidiendo esta interpretación con los audios dejados por los expedicionarios que pronuncian “Sah-cah’ gah-we-ah”; mientras que los shoshone insisten en que es “sacajawea”, que significa impulsor de botes

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¡El Rey ha muerto! 4 – Historia del Ajedrez – Del tablero a la quimera

12 mayo 2009

Humphrey Bogart en "Casablanca"

Humphrey Bogart en "Casablanca"

 

Por: Patricia Díaz Terés

“El ajedrez, como el amor y la música, tiene fuerza para hacer feliz a un ser humano”.

Siegbert Tarrasch

Cuando el ajedrez abandona los límites del tablero y los rebasa para trascender hasta convertirse en un concepto, sirve como una abundante fuente de inspiración para muchos artistas y en ocasiones para ingeniosos oportunistas.

De este modo en aquella práctica descrita por el gran dramaturgo inglés William Shakespeare como “un juego muy honrado”, han existido algunos personajes quienes utilizando su astucia, perspicacia e inteligencia lograron crear argucias de tal refinamiento que  consiguieron conquistar un curioso espacio dentro de la historia de tan respetable juego.

Corría así el año 1769 cuando un brillante ingeniero nacido en la ciudad de Bratislava –antiguo Reino Húngaro y actual Eslovaquia- el ingeniero Wolfgang Von Kempelen, diseñó y construyó un autómata cuyo propósito principal era jugar partidas de ajedrez con cualquier persona que deseara enfrentarse con el artilugio.

Esta maravillosa máquina fue conocida como “El Turco”, la cual en principio fue pensada por su inventor para divertir a la Emperatriz María Teresa de Austria (1717-1780), solía derrotar a cualquier contrincante que osara competir con ella y de esta manera venció a grandes personajes como Catalina II –la Grande- de Rusia, el conquistador francés Napoleón Bonaparte o el inventor estadounidense Benjamín Franklin.

Según las descripciones que se encuentran en los registros sobre la creación de Von Kempelen, el aparato consistía en una caja que al abrirse mostraba al admirado espectador una gran cantidad de engranajes, cuerdas, alambres, ruedas y manivelas, cuyo movimiento sincronizado permitía al autómata desplazar las piezas con su mano izquierda, realizando así las jugadas.

Pero este asombroso mecanismo guardaba en su interior un obscuro secreto, mismo que fue imposible de ocultar ante la escrutadora mirada del mismísimo creador de uno de los más grandes detectives de la literatura de misterio –Auguste Dupin– es decir nada más y nada menos que Edgar Allan Poe.

A este respecto el autor de La Carta Robada elaboró dos escritos, el primero de ellos titulado El Jugador de Ajedrez de Maelzel en 1835 y el segundo Von Kempelen y su Descubrimiento publicado el 14 de abril de 1849 en el diario The Flag of Our Union.

En estos ensayos Allan Poe describe el fraude que llevó a cabo el agudo húngaro, ya que en realidad su “máquina” no era tal, sino que consistía en una elaborada estructura que permitía a un jugador de carne y hueso idear y ejecutar las jugadas del famoso y estrafalario “robot”.

Existen muchas y muy diferentes teorías o leyendas al respecto de “El Turco”, ya que se habla de uno o varios hábiles e incluso famosos ajedrecistas que pudieron fungir como verdadero motor del artificio, llegándose a considerar nombres como Johann Allgaier, Boncourt, William Lewis, Peter Williams y Jacques F. Mouret. Incluso Julio Gómez de la Serna, traductor de Narraciones Completas de Edgar Allan Poe (Ed. Aguilar, 1962) menciona, en un pie de página de “El Jugador…”, que la obra de Von Kempelen fue utilizada por éste para “hacer evadir de Rusia al proscrito polaco Wronsky”.  

Lo cierto es que Edgar Allan Poe, habla en sus escritos sobre aquello de lo que fue testigo presencial en Richmond (E.U.), ya que menciona al ajedrecista William Schlumberger como el jugador verdadero en el montaje de “El Turco”, siendo este último vendido por Von Kempelen a otro mecánico inventor llamado Johann Maelzel quien tenía más habilidad como promotor de espectáculos que como verdadero científico.   

Durante más de 80 años el autómata jugador de ajedrez causó sensación y polémica en Europa y América, alabado por muchos y cuestionado por otros no tan ingenuos, “El Turco” terminó su recorrido cuando fue destruido por un incendio en la ciudad de Filadelfia a mediados del siglo XIX.

Pero a pesar de existir tan elaborados engaños, no sólo los estafadores han sido inspirados por el juego de los escaques, siendo así que grandes escritores, poetas y cineastas han basado en él sus obras o al menos le han reservado una honorable alusión.

De este modo el ajedrez  ha sido tomado en cuenta por genios  de la literatura como Miguel de Cervantes en el Quijote, Dante Alighieri dentro de la Divina Comedia o William Shakespeare en El Rey Lear.

En otros libros el ajedrez funge como franco protagonista, siendo explicitado en el título de obras pertenecientes a géneros tan distintos como el drama en La Defensa de Luzhin de Vladimir Nabokov o la ciencia ficción El Ajedrez Vivo de Marte de Edgar R. Burroughs, en donde la fantasía nos narra cómo son seres humanos verdaderos los que se colocan en el tablero y mueren cuando son vencidos por el ejército contrario.

En el séptimo arte las referencias no son escasas y sí por el contrario de naturaleza variada, de forma que podemos encontrarlas en cintas como Casablanca (1942) del director Michael Curtiz en la que el personaje de Rick Blaine (Humphrey Bogart) aparece al principio de la película jugando una partida de ajedrez en el Rick’s Café; emerge también en el espacio siendo los ajedrecistas en esta ocasión, los viajeros espaciales de la película 2001: Odisea del Espacio (1968) del cineasta Stanley Kubrick.

Las grandes sagas cinematográficas no se quedan atrás y nos muestran algunas variantes “extravagantes” del ajedrez, como en el Episodio IV de Star Wars, Una Nueva Esperanza (1977), en donde George Lucas nos muestra cómo el pequeño y simpático robot R2-D2 enfrenta al peludo Chewbacca en un juego en el cual hologramas de criaturas espaciales se eliminan mutuamente; y no podemos dejar de mencionar al “ajedrez mágico” creado por J.K Rowling en los libros de Harry Potter y que el director Chris Columbus nos muestra en la primera película de esta serie Harry Potter y la Piedra Filosofal en la que es Ron Weasley (Rupert Grint) y no el protagonista, el mejor jugador del colegio Hogwarts.

Así hemos llegado a la conclusión de esta pequeña serie de artículos dedicados al apasionante y extenso tema del juego de los escaques, pudiendo decir de él que es tan versátil como sus adeptos y así, hemos observado cómo hombres como Gary Kasparov o Bobby Fischer han practicado y triunfado en el mismo tablero que se utilizaba en la Europa de la Edad Media; a la vez que el ajedrez es una actividad que ha sido percibida, dependiendo del manipulador de las piezas, como un simple entretenimiento, un deporte, un arte, una ciencia o incluso la esencia misma de la vida.

FUENTES:

Artículo: “Letras y Piezas”. Aut. Javier Vargas Pereira. Diario Monitor. México, 25 de diciembre de 2008.

Artículo: “¡Sí hubo fraude!”. Aut. Javier Vargas Pereira. Diario Monitor. México, 9 de octubre de 2006.

“Narraciones Completas”. Aut. Edgar Allan Poe. Trad. Julio Gómez de la Serna. Ed. Aguilar. Madrid 1962.


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