Del paraíso de la ilusión al abismo de la traición: Dante Alighieri I

11 abril 2015
Dante Alighieri

Dante Alighieri

Parte I

Por: Patricia Díaz Terés

El hombre tiene ilusiones como el pájaro alas. Eso es lo que lo sostiene”.

Blaise Pascal

Conocido como uno de los más grandes poetas de todos los tiempos por haber realizado una literaria travesía, de la mano de Virgilio[i], desde lo más profundo del infierno hasta el mismísimo cielo, Dante Alighieri se nos presenta en la Italia medieval como un sabio de gran envergadura y diversos intereses.

Corría el siglo XIII, cuando la ciudad de Florencia precisamente en el año 1265, vio nacer a quien es recordado hasta hoy por haber escrito una de las más grandes obras de la literatura universal, la Divina Comedia. El padre del poeta -cuyo nombre original fue Durante Alighieri-, era el comerciante –se habla también de que era una especie de prestamista- Alighiero di Bellincione, quien quiso dar a su familia un estatus aventajado contrayendo matrimonio con una dama noble llamada Bella degli Abati. Sin embargo poco fue el tiempo que tuvo el pequeño Dante para convivir con su madre, pues ella falleció a los cinco años de haber nacido él, quedando la educación del infante en manos de diversos preceptores hasta que llegó a las manos de dos importantes poetas, Guittone d’Arezzo y Bonagiunta Orbicciani, que fueron los responsables de haber abierto al chico las puertas de la literatura griega y romana.

En la vida de Dante se muestran algunos hechos que marcaron de forma definitiva su existencia, siendo uno de ellos su encuentro con la bellísima Beatriz. De acuerdo con el propio literato florentino, él vio por primera vez a la doncellita de sus sueños a la escasa edad de nueve años, en un bello día primaveral de mayo de 1274, cuando la observó paseando a orillas del río Arno, según relata él en su autobiografía La vita nuova. La pequeña era hija de un acaudalado caballero conocido como Folco Portiniari, y su encanto o belleza, o tal vez ambas, cautivaron a Alighieri a tal grado que el recuerdo se grabó a fuego en su memoria, de modo que el varón no pudo amar nunca a ninguna otra mujer como a ella, a pesar de que no cruzaron palabra alguna.

La mente y el corazón del muchacho se encargaron de formar para ella una personalidad sublime, convirtiéndose en su donna angelicata, mas no en el objeto de un amor pasional. La celestial criaturita le sirvió entonces como guía, aunque ciertamente la personalidad imaginada de la damisela había sido producto de la adoración que por ella sentía el incipiente escritor. De este modo, el joven no volvió a ver a su amada sino hasta una década después, ya que ella había contraído matrimonio con el banquero Simone dei Bardi. Mas pronto la suerte se decidió definitivamente a zanjar por completo las ilusiones de Dante, pues ella abandonó este mundo a los veinticuatro años en 1290.

Por otro lado, el entorno de tan peculiar y unilateral idilio distó mucho de ser pacífico. En el siglo XIII Florencia se vio inmersa en conflictos políticos de gran envergadura que afectaron directamente al poeta y a su familia. El origen de los problemas puede situarse en la lucha que se sostenía por el trono del Sacro Imperio Romano Germánico, por el cual competían los duques de Baviera de la casa de Welf (de ahí que fueran luego conocidos como güelfos) y los Hohenstaufen, duques de Suabia que tenían su asentamiento en Waibling, Franconia (de tal ubicación derivó el que se les llamara gibelinos). El núcleo de la disputa se redujo después a un elemento simple pero definitivo: los güelfos defendían la supremacía de la Iglesia frente al emperador, mientras que los gibelinos defendían exactamente lo opuesto, dando preferencia al dueño de la Corona.

Ahora bien, esta situación no se limitó solo a un territorio, resultando afectadas las ciudades de Florencia, Milán, Mantua, Bolonia, Génova, Rímini y Perugia, que se decantaron por el Papa, mientras que Módena, Arezzo, Siena y Pisa se colocaron a favor del emperador. Asimismo, la confrontación fue haciéndose también local, enfrentándose güelfos y gibelinos incluso por las municipalidades, y subdividiéndose las facciones en lugares como Florencia, donde aparecieron los güelfos blancos capitaneados por la familia Cerchi, quienes aceptaban las demandas de las clases populares por participar en la vida política florentina, deseando el acercamiento del papado y el Imperio; mientras que los güelfos negros, al mando de Corso Donati, proclamaban la supremacía de los nobles y el papado, denostando al emperador.

Por su parte Dante trató en la medida de lo posible de dedicarse a sus estudios, contrayendo además matrimonio con Gemma di Manetto Donati en 1285 –también aparece el año como 1295-. Sin embargo la situación política y el reconocimiento de su privilegiada inteligencia por parte de cuantos le rodeaban le valieron el que se viera inmiscuido en las cuestiones políticas, primero participando como militar activo en la caballería durante la batalla de Campoldino, en la cual fueron derrotados los gibelinos pasando a ser elegido como parte del Consejo especial del pueblo, para lo cual tuvo previamente que inscribirse en un gremio reconocido, eligiendo Alighieri el de los Médicos y Boticarios en 1295, aproximadamente. En estas actividades se destacó por intervenir activamente en la estructuración de una nueva forma para elegir al gobierno local. Igualmente en 1296 formó parte del Consejo de Ciento y posteriormente en 1300 fue elegido como embajador en San Gimignano, a donde acudió con la finalidad de conseguir partidarios para los güelfos. Además, en los meses de junio a agosto de ese mismo año fue nombrado como uno de los seis priores que detentaban formalmente el gobierno de Florencia, conociéndose por entonces la preferencia de Dante por los güelfos blancos. No obstante, tan moderada era su predilección que el caballero no dudó al momento de expulsar de la ciudad a las cabezas de ambos bandos, entre los que iba Guido Cava Cavalcanti, un poeta acusado de provocar una serie de disturbios.

Sin embargo, a pesar de pertenecer al bando que favorecía al pontificado, Alighieri estaba consciente de que las ambiciones del papa Bonifacio VIII podían derivar en perjuicios para su ciudad, de ahí que le tomara cierta animadversión al enviado del Vaticano, Matteo d’Acquasparta, actitud que casi le valió la excomunión. En este sentido, en junio de 1301 el escritor propuso que no se ayudase militarmente al Papa, pero su propuesta fue rápidamente desechada. En tal escenario, el líder de la Iglesia católica envió al territorio florentino a Carlos de Valois, quien en realidad tenía la misión de prestar todo el apoyo a los güelfos negros para lograr la sumisión total de Florencia a la voluntad de Roma. Esta posición alteró a los políticos florentinos, quienes armaron una embajada que acudió a la Ciudad Eterna para averiguar las verdaderas intenciones de Bonifacio. Entre los enviados acudió Dante Alighieri, y de ello se arrepentiría el sabio poeta durante el resto de su vida.

Duras traiciones, exilio y un viaje hasta el séptimo círculo del infierno faltan por relatar en la vida de Dante Alighieri, pero de todo ello hablaremos con más detenimiento en la próxima entrega de esta columna.

 

FUENTES:

“Un hombre de su tiempo, Dante”. Aut. Sergio Raveggi. Revista El mundo medieval no. 17. España. Marzo 2004.

“Dante y su infierno”. Aut. María Pilar Queralt del Hierro. Revista Historia y Vida no. 505.

[i] Poeta romano.

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La soledad del talento: Emily Dickinson

21 julio 2014
Emily Dickinson

Emily Dickinson

Por: Patricia Díaz Terés

Jamás hallé compañera más sociable que la soledad”.

Henry David Thoreau

Rumores y leyendas se levantan comúnmente alrededor de aquellos personajes que han dejado su huella en la historia, sin importar si durante sus vidas experimentaron las más trepidantes y sórdidas aventuras, o bien tuvieron una existencia austera y discreta. Teniendo por lo regular todos los famosos escritores alguna peculiaridad dentro de su personalidad, no fue excepción la poetisa norteamericana Emily Dickinson.

En Amherst, Massachusetts decidieron instalarse en 1813 Samuel Fowler Dickinson y Lucretia Gunn Dickinson, siendo él uno de los fundadores del prestigiado Amherst College, y construyendo la pareja para tal efecto la casa que nombraron Homestead.

En esta misma ciudad su hijo, Edward Dickinson, contrajo a su vez nupcias con Emily Norcross. Tratándose de un lugar en donde el puritanismo era pan de todos los días, Edward fue formado como un hombre severo y tradicional que eventualmente se convirtió en juez de Amherst, luego en senador del estado y posteriormente llegó a representar a Massachusetts en el Congreso de Washington. Así, estando la formación de una familia dentro del esquema prioritario del abogado, la pareja tuvo tres hijos: William Austin Dickinson, Lavinia Norcross Dickinson y la escritora Emily Dickinson.

Siendo la segunda en nacer, Emily vino al mundo un 10 de diciembre de 1830, exhibiendo desde pequeña un espíritu sensible, pero también una voluntad propia y determinada. Tras haber sido educada con esmero en casa, en 1840 fue inscrita por sus progenitores en la Academia de Amherst, una escuela que había vedado la entrada a todas las féminas hasta tan solo un par de años antes. Ahí la chiquilla pudo alimentar su alma y su mente, convirtiéndose en una alumna aventajada, particularmente en cualquier materia que tuviese relación con las letras, complementándose su educación con el aprendizaje tanto del griego como del latín.

Siete años pasó la chica en aquel lugar, para después ser trasladada al Seminario para Señoritas Mary Lyon de Mount Holyoke, un lugar que centraba sus enseñanzas en la religión, y donde el padre de Emily esperaba que a su hija se le despejara la mente de sus “alocadas” ideas y regresara al camino del bien, para ser una señorita dócil y obediente que concentrase su capacidad intelectual en temas sacros. Nada más lejos del carácter de la damisela.

Fascinando a la joven disciplinas tan distintas como la botánica y la música, disfrutaba enormemente el tiempo que podía disponer en su jardín o tocando el piano, aunque su verdadera pasión era escribir poemas, cosa que hacía en cuanto pedazo de papel se cruzaba por su camino. Así, nada sentó peor a su ánimo que la restrictiva escuela para señoritas, saliendo la muchacha de la misma tras un semestre debido a que su cuerpo se rebeló y cayó enferma. Nunca regresaría a tal lugar.

Ahora bien, según las descripciones que se tienen de Emily era una dama frágil y tímida, que tenía un miedo casi patológico al contacto social; sin embargo, su determinación en otros aspectos nos hace pensar que la chica, si bien pudo haber sido introvertida, tenía un espíritu libre que la impulsaba a alejarse de las convenciones sociales. De igual manera, su marcado desarrollo intelectual fue lo que probablemente la llevó a tratar de entablar relaciones románticas con hombres mucho mayores que ella.

Ante el disgusto de su padre, su primer amor fue probablemente Benjamin F. Newton, que le llevaba diez años y para colmo de males era colega del distinguido Edward Dickinson. Viendo un peligro inminente en la amistad entre su compañero y Emily, seguramente Mr. Dickinson tomó cartas en el asunto, pues Benjamin decidió irse de la ciudad y contraer matrimonio con otra mujer, sin cesar sin embargo su contacto con la incipiente escritora, a quien la pena embargó de manera terrible cuando su amor imposible falleció a causa de la tuberculosis un par de años después de su partida, en 1853.

Para 1854 –año en que Emily viajó con su familia a Washington para apoyar la carrera política de su padre- encontró “solaz” para su alma en otro amor prohibido, el reverendo Charles Wadsworth, quien no solo le llevaba 16 años, sino que además era un hombre casado. Siguiendo el patrón de Newton, Wadsworth también optó por poner tierra de por medio y en 1861 se fue con su familia a San Francisco, perdiéndose su rastro para Emily. Siendo una mujer con una paciencia y una tozudez infinitas, logró dar de nuevo con su adorado en 1870, comenzando una relación epistolar que culminó en un encuentro diez años después, en 1880. Nuevamente, al igual que en el caso de Benjamin, Charles falleció dos años después.

Otro hombre que se vincula al corazón de Dickinson es Otis Lord, un juez –y compañero de estudios (!) de su padre- con quien se dice que sostuvo un apasionado romance cuando el hombre quedó viudo. Al parecer en este caso sí hubo intenciones de contraer matrimonio, pero por alguna razón este no se concretó, de modo que la relación entre ambos continuó hasta la muerte del varón en 1884.

De esta manera se cuenta que fueron todas estas penas las que eventualmente llevaron a Emily a recluirse en su casa y posteriormente en su cuarto solamente, rehuyendo cualquier contacto social fuera de su familia, estableciéndose entonces una afectuosa amistad entre ella y su cuñada Sue Gilbert Huntington –con quien algunas fuentes la vinculan romántica y no fraternalmente-. Para entonces la señorita ocupaba todo su tiempo en atender a su madre enferma, cocinar, cuidar su jardín y escribir poemas, los cuales se negaba terminantemente a publicar, particularmente tras una desafortunada crítica que recibió por parte del erudito Thomas W. Higginson –quien tuvo a bien rechazar también a Walt Whitman, y de quien se dice que fue amante de la Bella de Amherst[i]-, quien le comentó que consideraba su poesía como imperfecta aunque atrayente. Esto bastó para minar las ilusiones de la escritora, quien decidió que no publicaría ninguno de sus escritos –únicamente lograron salir a la luz cinco poemas, dos de ellos probablemente sin conocimiento o conocimiento de su autora, y existe la hipótesis de que la negativa a imprimir se debió principalmente al respeto absoluto que sentía por su padre, a quien una publicación por parte de su hija hubiese ofendido gravemente-.

Tras la muerte de Wadsworth, Emily recibió otro duro golpe cuando su sobrino Gilbert, de tan solo 8 años, murió a causa del tifus. Esta pena, sumada a una inactividad constante provocaron un daño en los riñones de la dama quien cayó víctima del mal de Bright. Siendo larga y penosa su agonía, misma que se veía agravada por momentos debido a la preocupación que le ocasionaba el que su hermano le fuera infiel a Sue con una señora de nombre Mabel Loomis Todd, la solitaria dama comenzó a perder la vista y pronto no pudo salir de su cama. Teniendo mucho “tiempo libre”, se dio a la tarea de planear su propio funeral, instruyendo a la pequeña Vinnie[ii] para que la vistiesen de blanco –costumbre que había adquirido años atrás-, le colocaran un ramo de lilas sobre el pecho, la enterrasen en un ataúd blanco y, sobre todo, que nadie la viera –su caja fue sacada de la casa por la puerta trasera y sus restos fueron depositados en una tumba cuyo epitafio reza “Called back”-.

Y así, tras la muerte de la reservada escritora el 15 de mayo de 1886, su hermana Lavinia encontró en la habitación de Emily dos mil poemas –la cantidad varía de acuerdo a la fuente de referencia- que se hallaban preparados en una suerte de fascículos (4) elaborados por la propia autora, como si hubiese pretendido publicarlos en algún momento. Desde que realizó el descubrimiento, Vinnie hizo todo lo posible por que la magnífica obra de Dickinson viese la luz, encontrando innumerables trabas. En tal proceso se inmiscuyó también Mabel Todd, quien junto con Thomas Higginson editó el primer volumen de poesías escritas por la Poeta Reclusa, sin siquiera mencionar el nombre de Lavinia.

Otros dos volúmenes de poesía y algunos de cartas fueron publicados con posterioridad, quedando el nombre de Emily Dickinson grabado a fuego en la historia de la literatura universal, recordándola el gran Jorge Luis Borges con las siguientes palabras: “No hay que yo sepa, una vida más apasionada y solitaria que la de esa mujer. Prefirió soñar el amor y acaso imaginarlo y temerlo”.

 

FUENTES:

“Cartas de Emily Dickinson”. Aut. María Aixa Sanz. www.margencero.com

“Emily Dickinson: el hoy hace que el ayer signifique”. Cultura Colectiva. 15 de mayo 2014.

“La loca de Amherst”. Aut. Paola Kaufmann. www.lamaquinadeltiempo.com

“Emily Dickinson”. Julio 2009. http://vidasfamosas.com

“La poetisa recluida, Emily Dickinson”. 5 de mayo 2014. www.mujeresenlahistoria.com

“The Homestead”. www.coveacultural.com

 

[i]Emily Dickinson ha sido conocida también como la Bella de Amherst, la Mujer de Blanco, la Poeta Reclusa y la Monja de Amherst.

[ii]Lavinia Dickinson.


El optimista creador defensor de los autores: Charles Dickens III

27 agosto 2012

Portrait of Mr. Charles Dickens por Frank Fell

Parte III

Por: Patricia Díaz Terés

“El deber del escritor es reflejar su vida, aportar su experiencia, todo lo que ha aportado, toda su pequeña aventura humana, todo lo que Dios ha querido hacer de él”.

William Faulkner

Poco numerosos son los artistas que han logrado paladear la fama y la fortuna generadas por su obra; sin embargo todos ellos debieron atravesar un tortuoso camino para llegar al pináculo que los consagraría eventualmente como hijos preferidos de las musas. De esta manera, casi todos tuvieron en algún momento que regalar el trabajo en el que mezclaban talento y esfuerzo, con el afán de lograr alcanzar el tan ansiado reconocimiento, tanto por parte de la crítica experta como por parte del pueblo.

Charles Dickens fue entonces uno de ellos, teniendo que tomar varios empleos antes de convertirse en uno de los escritores más conocidos a nivel mundial de todos los tiempos. No obstante, aun cuando el escritor –en este caso- sabía que debía sacrificar algunos ingresos en pro de su renombre en construcción, también tuvo que enfrentar a ciertos inescrupulosos editores que robaban flagrantemente los textos y los publicaban sin dar las merecidas regalías al autor.

De este modo, la celebridad que había alcanzado el novelista hizo que muchos quisiesen aprovecharse de él, particularmente Richard Bentley –apodado por Charles “el bandido de Burlington Street” a quien desacertadamente Dickens había vendido Oliver Twist (1839) por tan solo 500 guineas, prometiéndole también la elaboración de una segunda novela por el mismo precio. Tan pronto como los ejemplares de la novela comenzaron a volar como pan caliente Dickens se dio cuenta de su error, pero era demasiado tarde, por lo que tuvo que recurrir a ciertos abogados –Chapman & Hall– para poder adquirir nuevamente los derechos de su propia obra por la “módica” cantidad de 1200 libras, lo que le daría acceso a las ganancias que esta producía.

Fue así como la chispa de la lucha por los derechos de autor surgió en el alma del escritor, la cual se convirtió en un verdadero incendio cuando se trasladó a los Estados Unidos, lugar que en algún momento él había visto como tierra de ensueño, pero que se convirtió en una triste realidad cuando observó cómo sus obras habían sido plagiadas sin miramientos, siendo publicadas por una gran cantidad de diarios y editoriales sin que él percibiese un solo céntimo por ellas. Tras impartir una serie de conferencias en las cuales proponía un acuerdo internacional que protegiera la propiedad intelectual de los escritores (1842), con el corazón acongojado, acudió a su amigo Thomas Noon Talfourd un diputado que lo ayudó a estructurar un Proyecto de Ley que pretendía conservar los derechos del autor sobre la obra durante 60 años después de su muerte. El proyecto fracasó pero su idea se extendió llegando a otros literatos como Edgar Allan Poe, a quien el inglés ofreció ayuda para editar sus relatos y poemas en el Viejo Continente, encontrando Dickens a su regreso que los escritos del norteamericano habían sido ya publicados de manera “clandestina”.

Pero a pesar de que los reclamos hechos por el creador de Canción de Navidad (1843) eran más que legítimos, los dueños de la industria editorial no dudaron levantar la voz acusándolo como codicioso; así las cosas, Charles probó una vez más que no hay mejor arma para combatir al abusivo que una mente ágil, por lo que precisamente utilizó aquellos escritos que eran copiados por los editores para hacerles una fuerte crítica en la novela Martin Chuzzlewit (1844), en cuyo argumento a través de las aventuras vividas por el protagonista durante un viaje a Norteamérica, logró denunciar en la historia el plagio por parte de los periódicos revelándolos como ladrones, ya que estos antes de revisar su contenido publicaron la historia a diestra y siniestra, difundiendo sin querer el descontento del británico.

Ahora bien, esta lucha en pro de su trabajo fue acompañada en la vida de Dickens por duros reveses personales. En primer lugar, la situación con su esposa Catherine Hogarth se hacía cada vez más insostenible, hallando solaz el caballero primero en la compañía de una joven de nombre Georgina, quien ayudaba a Mrs. Dickens en las labores del hogar y a cuidar de los diez hijos del matrimonio. Pero la verdadera hecatombe se suscitó cuando Charles se involucró con una actriz de nombre Ellen (Nelly) Ternan, una hermosa señorita de dieciocho años, de azules ojos y rubios rizos, que conquistó inmediatamente la imaginación del autor de cuarenta y cinco años cuando este la vio en el escenario. Siendo una actriz razonablemente talentosa, no fue esta la virtud que avasalló al veterano dramaturgo, sino la sensibilidad de la jovencita a quien en cierta ocasión encontró en su camerino llorando inconsolablemente, porque ella sentía vergüenza debido a que el guion le exigía mostrar sus piernas de manera excesiva.

Dickens perdió entonces la cabeza por la tierna chiquilla, a quien ni tardo ni perezoso comenzó a hacer numerosos y finos presentes que consistían en exquisita joyería; mas el destino quiso que Charles no saliera impune de la “aventura” –la relación entre Ternan y Dickens duró más de diez años- cuando una pulsera destinada a la actriz acabó en manos de la esposa, suscitándose la ira de Kate quien buscó la manera de dar por terminada la unión matrimonial a la brevedad.

De este modo, tras el divorcio, el autor se quedó con una pesada carga financiera ya que debía mantener a una familia conformada aún por varios hijos, habiendo uno de ellos –Sydney– heredado de su abuelo la terrible costumbre de contraer deudas que no podía solventar, mismas que debían ser cubiertas por su padre. Esta situación causaba gran desazón a Charles, quien se sabe que corrió a su vástago del hogar y en ocasiones llegó a desear que desapareciese de la faz del planeta. Asimismo su hija Kate había contraído matrimonio con un artista que tenía una salud demasiado frágil, por lo que también se vio obligado a prestarles ayuda con frecuencia.

Entre tantas vicisitudes el escritor encontraba su santuario en la escritura, logrando así plasmar la imagen de lo que había sido su vida en la novela David Copperfield (1850) sobre la cual se dice que fue intención expresa de Dickens el que se le relacionara directamente con el protagonista, de modo que incluso había hecho que las letras iniciales de sus respectivos nombres (C.D.) coincidieran aunque de manera invertida. Además el genio del talentoso novelista no se restringió al relato de ficción, haciendo un par de libros titulados Notas americanas (1842) e Imágenes de Italia (1846) en los que describe las peripecias que atravesó durante sus visitas a tales lugares.

Por otro lado, Charles Dickens no ha sido reconocido solo por la calidad literaria de sus obras, sino por haber llegado al corazón de los lectores, quienes se han identificado durante décadas con las tragedias y aventuras de los protagonistas. El cariño y admiración por el autor permanece vigente hasta hoy en día, de modo que sus libros se editan por millares, mientras que sus textos son objeto de adaptaciones cinematográficas y teatrales, pudiéndose así mencionar al menos un centenar de películas, algunas de ellas dirigidas por grandes cineastas como Robert Zemeckis (A Christmas Carol, 2009), Roman Polanski (Oliver Twist, 2005) o David Lean (Great Expectations, 1946); y obras de teatro musical tan famosas como Oliver! escrita y musicalizada por Lionel Bart.

Tras una exhaustiva gira de lecturas de sus obras, el 9 de junio de 1870 el cuerpo de Charles Dickens se rindió ante las preocupaciones y el exceso de trabajo y falleció, pero su nombre trascendió  para colocarse con justicia junto a los grandes escritores de la literatura universal, siendo también sus restos mortales acompañados por compañeros tan dignos como William Shakespeare y Henry Fielding, en el seno de la Abadía de Westminster, tras haber vivido una existencia en la que encaja bien la frase del poeta Lord Byron: “Me desperté una mañana y me encontré famoso”.   

 

FUENTES:

“Un viaje por el mar de Dickens”. Aut. José Méndez Herrera. Obras completas de Charles Dickens tomo I. Ed. Aguilar. Madrid, 1960.

 “Tres maestros: Balzac, Dickens, Dostoiewski”. Aut. Stefan Zweig. Ed. Porrúa. México, 2001.   

 Prólogo de “Canción de Navidad y otros cuentos de Charles Dickens”. Aut. Luis Rutiaga. Grupo Editorial Tomo S.A. de C.V. México, 2003.  

“Vida y genio”. Aut. Guillermo Altares y “Dickens contra la piratería” Aut. Matthew Pearl. Sección Babelia, periódico El País. España, 21 de enero 2012.    


El optimista creador defensor de los autores: Charles Dickens II

18 agosto 2012

“Charles Dickens” por Chuck Hamrick

Parte II

Por: Patricia Díaz Terés

“Convertir los sucesos en ideas; tal es la función de la literatura”.

Jorge Ruiz de Santayana

Insondables son los caprichos del destino, ya que cuando un hombre está destinado para iluminar con su genio tanto a su generación como a todas las venideras, poco importa si tan distinguido individuo tiene el más humilde de los orígenes o procede de la cuna más noble.

De este modo el grandioso Charles Dickens, cuya fama se ha extendido por más de un siglo -y seguramente nunca se extinguirá mientras el ser humano continúe aficionándose a las letras-, en su más tierna infancia se vio obligado a trabajar duramente en una fábrica, para luego introducirse paulatinamente en la profesión que posteriormente le acarrearía gran notoriedad: la escritura.

Pero antes de pasar a formar parte del firmamento de los grandes literatos universales, Charles tuvo que continuar su vida laboral en humildes oficios por un tiempo, así por ejemplo, fungió como botones y mensajero del bufete legal de Charles Molloy, donde a pesar de la modestia de su puesto y del breve tiempo que ahí se desempeñó –seis o siete semanas- logró aprender las bases del vocabulario legal. Continuando en la misma línea ingresó como pasante en Gray’s Inn, que era una suerte de colegio de abogados, al tiempo que su padre cubría ya para el periódico la respetable fuente de la Cámara de los Comunes, trabajo que llamó sobremanera la atención de Dickens.

Así el futuro novelista se dedicó a aprender taquigrafía para poder encontrar un trabajo como reportero, siendo su primera misión redactar lo ocurrido en el Doctor’s Common, edificio que albergaba tribunales del Colegio de Doctores de la Ley Civil. Muy pronto, cuando tan solo tenía 20 años, fue aceptado como parte del cuerpo de periodistas del True Sun, siéndole asignada la tan ansiada Cámara de los Comunes, desempeñándose con tal pericia que se ganó toda suerte de alabanzas, incluyendo la proferida por un tal Mr. Stanley quien había dictado un discurso sobre cierta ley relacionada con la situación en Irlanda. Dickens fue asignado en tal ocasión por The Mirror of Parliament para hacer una transcripción de las palabras del importante sujeto –junto con otro par de reporteros-, quedando el político maravillado al leer el segmento escrito por Charles e indignado con el resto del texto.

Por aquellos entonces fue cuando nuestro ilustre protagonista conoció las demandas del corazón al enamorarse de Mary Beadnell, hija de George Beadnell, director de la importante firma bancaria Smith, Payne, Smith; y aunque había contado para tal romance con la ayuda de la hermana de su dulcinea, Anne Beadnell y el prometido de esta Henry Kolle, el asunto no llegó a buen fin ya que los padres de la dama desaprobaron la relación por lo que optaron por enviar a la chica a París.

Con el ánimo un tanto atribulado el autor se refugió en el único lugar que le proporcionaría solaz durante el resto de su vida, las letras, por lo que probó a escribir un artículo y enviarlo a la Old Monthly Magazine, que era a la sazón dirigida por George Hogarth. Por supuesto el texto fue admitido y publicado de inmediato, siguiéndole algunas otras piezas por las cuales nuestro aún desconocido escritor no recibió ni un penique, pero que sin embargo fueron abriendo paso en el medio a Charles, que para entonces firmaba como Boz –sobrenombre originado en el seno de la familia Dickens-.

Nadie sabía quién era este misterioso Boz que cautivaba la imaginación con sus bien construidas frases, pero el autor optó por revelar su identidad al director del Morning Chronicle, John Black, quien decidió ofrecerle la redacción de algunas columnas en el diario, dando lugar a la publicación de varios artículos sobre sitios destacados de la ciudad de Londres, los cuales obtuvieron un aluvión de elogios por parte de distinguidos personajes como Albany Fanblanque del Examiner y William Jerdan de la Gaceta Literaria. No obstante, el literato se encontraba en esa difícil situación en la que su fama aumentaba mientras su sueldo permanecía inalterado.

Poco a poco el reconocimiento hacia el talento del prosista hizo que su cartera también se diera por enterada de sus éxitos, así puede decirse que obtuvo ganancias considerables con la publicación de Los apuntes de Boz (1836), en donde sus textos iban acompañados por las exquisitas ilustraciones de George Cruikshank; las ganancias proporcionadas por este trabajo le permitieron a Dickens formalizar el compromiso con su novia.

Con relación a este último tema puede decirse que aun cuando Charles era sumamente hábil para inventar o relatar vidas de personas ficticias, no lo era tanto al momento de crear la propia, de modo que tuvo el mal tino de casarse con la hermana de George Hogarth, Catherine, quien era una mujercita apocada que no tenía la menor idea de cómo ser esposa de un escritor y la tendría aún menos cuando su esposo se convirtiese en un ícono de la literatura mundial. Así, esta desigual pareja contrajo nupcias el 2 de abril de 1836, lo que dio inicio a un calvario para ambos, ya que mientras el carácter jovial y alegre de Dickens lo hacía popular en sociedad suscitando una lluvia de invitaciones a tertulias y convites, su esposa se escondía asustada en su casa –situación que se vio agravada conforme nacieron los hijos, ya que tuvieron en total diez vástagos-, negándose terminantemente a acompañar a su marido. Puede decirse entonces que fue en parte el carácter de Kate el “culpable” de los deslices que tuvo el autor con algunas damas, los cuales sin llegar a la infidelidad física, sí capturaron sus pensamientos y sentimientos.

Por qué Charles se casó con Kate y no con la hermana de esta, Mary, es un gran misterio, ya que el caballero profesaba desde antes de su matrimonio un tierno amor por su cuñada, quien en cierto modo –debido a que la chica se había instalado en casa de los Dickens– suplió a la legítima cónyuge en los eventos sociales; no obstante el destino pronto deshizo tan singular triángulo amoroso –la joven Hogarth correspondía el sentimiento del escritor- cuando la chica falleció a los diecisiete años dejando a su clandestino enamorado únicamente un anillo –que el literato removió del cuerpo ya sin vida- como recordatorio de su imperecedero afecto.

Por otra parte, aunque el hogar de Dickens se sacudía con las tristezas y diferencias entre el matrimonio, él logró consagrarse como escritor profesional tras la publicación de los Papeles póstumos de Pickwick (1836-1837), aumentando su renombre conforme se publicaron las obras en las que retrataba a la sociedad victoriana en todo su esplendor y toda su miseria, lo cual generó un vínculo inquebrantable entre él y sus lectores, pero al mismo tiempo despertó la ira de muchos burócratas al denunciar la verdadera situación de ciertas instituciones gubernamentales como los hospicios, los cuales se habían convertido en sitios terroríficos para aquellos que tenían que someterse a la Ley de los Pobres, la cual los expulsaba de las calles introduciéndolos en horribles edificios mal administrados.

Así la habilidad de Dickens llevó a la gente a esperar con ansia sus publicaciones periódicas o sus libros como Oliver Twist o Nicholas Nikleby, de manera en las pequeñas poblaciones inglesas, incapaces de esperar al cartero, las personas corrían a las afueras del pueblo para arrebatar al funcionario los anhelados impresos, los cuales eran leídos con fruición en el camino de regreso a casa, mientras los lectores más generosos incluso hacían algunas pequeñas “lecturas públicas” para que aquellos menos privilegiados que no podían costear la lectura se enterasen de cómo triunfaría en esta ocasión el bien sobre el mal.

Aún falta por conocer la lucha de nuestro protagonista en pro de los derechos de los autores, pero de eso y otras vicisitudes de la vida de Charles Dickens hablaremos en la próxima entrega.

 

FUENTES:

“Un viaje por el mar de Dickens”. Aut. José Méndez Herrera. Obras completas de Charles Dickens tomo I. Ed. Aguilar. Madrid, 1960.

 “Tres maestros: Balzac, Dickens, Dostoiewski”. Aut. Stefan Zweig. Ed. Porrúa. México, 2001.   

 Prólogo de “Canción de Navidad y otros cuentos de Charles Dickens”. Aut. Luis Rutiaga. Grupo Editorial Tomo S.A. de C.V. México, 2003.  

“Vida y genio”. Aut. Guillermo Altares y “Dickens contra la piratería” Aut. Matthew Pearl. Sección Babelia, periódico El País. España, 21 de enero 2012.    


El orgullo del talento: Lord Byron

2 agosto 2010

Lord Byron

Por: Patricia Díaz Terés

“Con las piedras que con duro intento los críticos te lanzan, bien puedes erigirte un monumento”.

Immanuel Kant

Famoso tanto por sus extraordinarios poemas como por su irrefrenable gusto por las damas, Lord Byron ha pasado a los anales de la historia literaria como un personaje tan reprobable como fascinante.

Hijo del capitán John Byron y de su segunda esposa, Catalina Gordon de Giht, George Gordon nació el 22 de enero de 1788 un lugar cuya exacta ubicación se desconoce; quedando huérfano de padre en 1791, el futuro poeta permaneció únicamente al cuidado de una madre desequilibrada.

Abrumado por la constante angustia que le provocaba una deformidad en un pie, que lo hacía cojear, y sorteando los descomunales cambios de humor de Catalina, George tuvo un desarrollo emocional complicado durante su infancia y adolescencia, mismo que se vio también afectado por la caótica situación económica de su aristocrática familia, a la que su padre había arruinado con inefables despilfarros.

De carácter violento y apasionado, desde muy pequeño el postrer autor comenzó a mostrar esa debilidad que le acompañaría durante toda su vida: las mujeres; sin embargo cuando se pasa por la tierna edad de la infancia, “amores” como el que despertó en él la encantadora María Duff sólo pueden guardarse en la memoria como muy gratos recuerdos. No obstante, la madre del infante tenía una singular afición por burlarse de los inocentes afectos de su hijo, situación que no pasó para él desapercibida.

En 1794, cuando George tenía sólo 11 años recibió el título que le valió el nombre con el cual pasaría a la historia, Lord Byron, heredado de su tío William Byron quien legó también al joven la enorme propiedad de la Abadía de Newstead, la cual era en la localidad fuente de numerosos rumores debido a la excéntrica personalidad del viejo lord, quien había mandado a colocar en el bosque que rodeaba sus dominios, una gran cantidad de estatuas de ninfas, sátiros y faunos, cuyas míticas figuras, en la ignorante imaginación de la gente, evocaban seres demoniacos, conociéndose el lugar como “bosque del diablo”.

Por otra parte, para cumplir con las exigencias educativas de su posición, Byron fue inscrito a la escuela de Harrow, donde sorprendió a sus maestros con su ya extenso conocimiento de la literatura universal, habiendo ya repasado “Las Mil y Una Noches”, la “Historia de los Turcos” o los “Viajes de Lady Montagu”, y  leído a gran cantidad de poetas incluyendo a Chaucer (Los Cuentos de Canterbury).

De este modo, es a los 15 años cuando experimenta su primera pasión amorosa, siendo el sujeto de su afecto una jovencita con negros cabellos y azules ojos, que respondía al nombre de Maria Chaworth quien a la sazón contaba con 18 años; mala fue esta experiencia para el adolescente, ya que cuando Byron declaró abiertamente su amor, la chiquilla le contestó con una franca e irónica carcajada, procediendo a despreciarlo de humillante manera.

Siendo un muchacho que disfrazaba un exacerbado –y herido- orgullo como timidez, en 1805 ingresó por fin a la universidad, manifestando gran inconformidad al tener que asistir al Trinity College de Cambridge, en lugar de a su admirada Oxford; sin embargo, en este lugar dio muestras de su prodigiosa inteligencia y su aún más evolucionada vanidad, la cual lo llevó siempre a realizar innumerables excentricidades con la única finalidad de ser original, alejándose así de la tan temida vulgaridad.

Así elaboró su primer compendio de poemas en el libro titulado “Horas de Ocio” (1807), mismo que publicó cuando únicamente tenía 19 años. Esta obra fue gratamente recibida por la sociedad británica, en particular por la aristocracia; sin que por supuesto pudiese faltar quien, lleno de envidia por su juvenil y asombroso talento, le lanzara destructivas críticas como fue el caso de Jeffrey o lord Brougham de la Revista de Edimburgo. Esto no hizo más que provocar –justamente- la ira del escritor, quien siguiendo el consejo de su amigo Scrope Berdmore Davies, publicó a manera de réplica “Bardos Ingleses y Críticos Escoceses” (1809), que se convirtió en su primer éxito literario.

Sintiéndose hastiado de los ingleses, en 1809 decidió poner rumbo al continente acompañado de su amigo John Hobhouse, visitando así España, Malta, Albania, Grecia y Turquía. Ni qué decir tenemos que en cada uno de estos lugares dejó gran cantidad de corazones rotos e ilusiones quebrantadas. Una de las aventuras amorosas más destacadas de este periodo, fue aquella que sostuvo con una joven turca, quien al ser descubiertos sus amoríos con Byron, fue acusada y sentenciada por el crimen de haber mantenido relaciones amorosas con un cristiano, a ser arrojada al mar cosida dentro de un saco. Quiso entonces la suerte que, ignorante como era de la situación Lord Byron, por casualidad pasara cerca del lugar de la ejecución justo en el instante en que su amada iba a ser asesinada, así, escuchando los desesperados gritos de una dama, el caballero prestamente intervino en la situación con el objetivo de salvarla, sorprendiéndose enormemente al descubrir la identidad de la prisionera, por cuya vida abogó con renovado ímpetu. Gracias a la reputación del poeta las autoridades cedieron a permutar la sentencia, condenándola al destierro en la ciudad de Tebas, donde ella murió a los pocos días víctima de una fiebre, sobre lo cual Byron –con un tanto de pedantería- declaró que la damisela había “muerto de amor”.

También durante este viaje, en 1810, el poeta emuló la hazaña de Leandro –personaje de la mitología griega- al cruzar a nado el estrecho de Helesponto, –hoy Dardanelos- que separa a Europa de Asia, partiendo de la ciudad de Sestos y llegando a Abidos en tan sólo una hora y diez minutos. Poco después, y tras pasar una temporada en Constantinopla, regresó a Inglaterra a tiempo para los funerales de su madre y de uno de sus mejores amigos, Matthews.

Basándose en sus previas aventuras, escribió “Las Peregrinaciones de Childe-Harold” (1812), recibiendo únicamente buenas críticas y admiración por parte de los lectores, publicándose además una extensa alabanza al texto en la Revista de Edimburgo, que trató así de hacer olvidar la crítica anterior.

Asimismo, por este tiempo Byron conoció a Carolina Lamb, apasionada y sensible aristócrata de novelescas ideas que se enamoró perdidamente de él; éste durante un tiempo también sintió arrebatadora pasión por la dama, la cual sin embargo –y cual era su costumbre- se extinguió muy pronto, tras lo cual el caballero le informó a su amante que no deseaba seguir manteniendo relación alguna con ella, debido a su “ridícula vanidad” y “absurdos caprichos”. Ella, desesperada, lo persiguió tenazmente, recurriendo incluso al disfraz y el engaño para poder verlo, hechos que únicamente suscitaron incisivas burlas por parte del autor.

Cansado de las aventuras, tomó la terrible decisión de contraer matrimonio con Ana Isabel Noel Milbanke -prima de Carolina Lamb-, una fría e inteligente mujer con quien no logró congeniar ni siquiera cuando nació su hija Ada Augusta en 1816; de esta manera, teniendo ella un estricto sentido de la rectitud, no podía tolerar los excesos y desvíos de su marido, por lo que decidió alejar a su hija de tan monstruoso ser, acudiendo a la casa paterna desde donde anunció a Byron que nunca volvería a ver a su familia.

Así, alejado de su única hija, recriminado por la sociedad debido a su conducta, acusado de una presunta relación incestuosa con su media hermana Augusta –declaración hecha por el autor M. Becher Stowe (La Cabaña del Tío Tom) sin tener prueba alguna-, y excluido de la Cámara de los Lores, Byron vendió Newstead por 140 mil libras esterlinas y partió nuevamente hacia el continente para buscar nuevas experiencias, de las cuales hablaremos con mayor detenimiento en la próxima entrega de esta columna.

 FUENTES:

“Lord Byron: El Precio de la Fama”. Aut. Víctor Freyre. Historia y Vida No. 47. 

“Lord Byron”. Aut. Alfonso Seché y Julio Bertaut. Ed. Louis-Michaud. Paris. S/A.    


Un cuento infantil no apto para niños: Lewis Carroll

8 marzo 2010

Ilustración de John Tenniel

Por: Patricia Díaz Terés

“Sólo la fantasía permanece siempre joven; lo que no ha ocurrido jamás no envejece nunca”.

Johann Christoph Friedrich von Schiller

Entre la oscura sombra de una terrible acusación y la cegadora luz de una desbordante imaginación, se debate la figura de uno de los escritores británicos más populares de todos los tiempos, el creador de un misterioso gato, un apurado conejo y un loco sombrerero, me refiero a Lewis Carroll.

Empezaba apenas el año de 1832, cuando un 27 de enero en la localidad inglesa de Daresbury en Cheshire, nacía Charles Lutwidge Dodgson –verdadero nombre de Lewis Carroll-, el tercero de los que serían once hijos procreados por el reverendo Charles Dogdson y su esposa Francis Jane Lutwidge.

Nacido en plena época victoriana y miembro de una familia estrictamente conservadora, el pequeño Charles comenzó su educación en casa, su padre vigilaba su correcta formación a la vez que proporcionaba al niño textos que consideraba adecuados, lo cual aunado con la precocidad intelectual del futuro escritor, resultó en la lectura de varios libros que se consideraban fuera del alcance del resto de los infantes, siendo un ejemplo la compleja alegoría contenida en  The Pilgrim’s Progress de John Bunyan.

Posteriormente, asistió a la Richmond School y a la Rugby School concluyendo sus estudios en el prestigioso Christ Church College de Oxford –misma institución a la que asistiera Albert Einstein-, en donde gracias a sus dotes como matemático consiguió rápidamente una plaza como profesor (1857), en la que permanecería sin mucho entusiasmo durante 26 años.

De prodigiosa inteligencia, pero no así dedicación en sus deberes, perdió una importante beca debido a su pereza; sin embargo, este defecto no supuso para él un obstáculo al momento de ejercer su verdadera vocación, la escritura.

Cuando llegó al Christ Church College un nuevo decano de nombre Henry George Liddell con su esposa e hijas, no imaginaba Charles la repercusión que este hecho tendría en su vida.

Resulta que el joven catedrático tenía -según los estándares decimonónicos- una extraña afición por entablar amistad con damas solteras, hecho inadmisible en un contexto social plagado de reglas, tradiciones y costumbres inquebrantables; así, se dice que para ocultar esto, Charles optó por establecer un amistoso vínculo con las niñas Liddell.

De esta simpatía existen infinidad de versiones, desde aquella que explica que el postrer Lewis Carroll se sentía más cómodo en compañía de gente de menor edad, hasta aquellas en las que se asume una torcida pederastia en el autor; al no poder plantear pruebas irrefutables que dicten una sentencia justa en uno u otro sentido, no nos queda más que citar al respecto al poeta español Antonio Machado quien dijo “la verdad es lo que es, y sigue siendo verdad aunque se piense al revés”, siendo sólo los detractores o defensores de este controversial personaje, quienes se atreven a emitir un juicio al respecto.

Pero más allá de la naturaleza de la relación con las chiquillas Liddell, el punto es que gracias a ésta Carroll se convirtió en uno de los autores más reconocidos o al menos más populares de finales del siglo XIX, ya que fue una tarde del verano de 1862 -mientras Charles, su amigo Robinson Duckworth y las tres hermanas Alicia, Lorina y Edith, navegaban por el Támesis rumbo a Godstow-, cuando la mítica Alice le suplicó a su amigo que le narrara una historia y al concluir ésta, le pidió que la escribiera.

Lewis Carroll obtuvo entonces de su prolífica imaginación la que sería la obra que lo catapultaría a la fama mundial y la inmortalidad; creó ese agujero de conejo por el cual una niña de nombre Alicia y 7 años de edad, cae en un absurdo mundo en el cual lo único que no tiene cabida es el sentido común; de esta manera en el País de las Maravillas la pequeña se encuentra con el Sombrero Loco quien se expresa siempre con enrevesadas frases, con una confusa Oruga y una violenta Reina de Corazones cuyo único fin parece ser decapitar a todo aquel que se atreva a realizar la más mínima acción en contra de sus deseos.

Compleja historia sin duda resulta esta para haber sido inventada en una sola tarde y escrita esa misma noche. Con el nombre de “Las Aventuras Subterráneas de Alicia”, en la Navidad de 1864 y con ilustraciones elaboradas por él mismo, Lewis regaló el manuscrito a su querida Alice.

Siendo amigo de la familia Liddell el novelista Henry Kingsley, éste encontró por casualidad el relato y animó a la madre para que fuera publicado.

De este modo, Carroll decidió revisar y corregir el original para publicarlo – esta vez bajo el nombre de “Alicia en el País de las Maravillas” y con la editorial Mac Millan– finalmente en 1865 acompañado de exquisitas ilustraciones creadas por John Tenniel, a quien terminar el trabajo le costó muchísimos disgustos con el exigente escritor.

Tal fue la fama que alcanzó el cuento, que Charles escribió “A través del Espejo y lo que Alicia encontró allí” (1871), para continuar con la oscura “La Caza de Snark” (1876) y la complicada “Silvia y Bruno” (1889).

Sin embargo, “Alicia en el País de las Maravillas” no fue el primer manuscrito publicado por el autor. A partir de 1856 había tenido ya apariciones en “The Comic Times”, “The Train”, “Whitby Gazette” y “Oxford Critic”; su primer escrito fue un poema titulado “Solitude”, firmado por un desconocido Lewis Carroll –seudónimo surgido de la latinización de su nombre y el apellido de su madre, convirtiéndose Lutwige en Ludovicus y luego en Lewis, a la vez que Charles era traducido como Carolus y transformado en Carroll-.

Pero no sólo de ficciones rebuscadas se alimentaba el intelecto de este enigmático literato, ya que elaboró gran cantidad de obras concernientes a la lógica y la matemática, tales como “El Juego de la Lógica” (1876) o “Euclides y sus Rivales Modernos” (1879), entre otros.

Por otro lado, a pesar de su éxito como escritor, en su vida personal Lewis se vio forzado a abandonar la amistad con las jovencitas Liddell. Habiendo también sobre este acontecimiento un sinnúmero de versiones, se cree que la más atinada es aquella en la cual la madre de Alice veía con malos ojos al profesor –no debido a las características de la relación-, sino porque Carroll era a fin de cuentas un pobre profesor universitario, que no podía ofrecer a la señorita el futuro planeado por su ambiciosa madre, cuyo objetivo era obtener para sus hijas los mejores partidos posibles.

De este modo, en 1864 se produjo el distanciamiento forzado, sin que ello impidiera que Alice y Lewis continuaran escribiéndose hasta 1892 –doce años después de que ella contrajera matrimonio con Reginald Hargreaves-; poco más de un lustro después el autor sucumbió ante una enfermedad respiratoria en 1898 a punto de cumplir 66 años; mientras que Alice tuvo que subastar su manuscrito de “Alicia…” en Sotheby’s a principios del siglo XX.

Así, un hombre que sufrió de tartamudez, sordera parcial y dolorosas migrañas, excesivamente soñador y reservado, logró grabar su nombre en la historia de la literatura universal con un cuento infantil que no es para niños; con una vida que posee la extraña cualidad de poder convertir en villano al Caballero Blanco con el que tanto se identificaba el autor y sin saber si como veredicto final la Reina de Corazones debería gritar , con respecto a su singular creador, su famosa frase “¡Qué le corten la cabeza!”.

FUENTES:

“Charles Dodgson”. Dossier Revista Bimestral Cultural. Montevideo, Uruguay. Diciembre, 2008.

“Lewis Carroll en tres conceptos: fiesta, juego y símbolo”. Aut. Xavier Laborda. Universitat de Barcelona.

“El Sueño de una Tarde de Verano”. Aut. Miguel Ángel Jiménez Guerra. Suite101.com. Diciembre, 2009.

“Nueva biografía detalla la relación de Lewis Carroll y Alicia”. Aut. La Tercera.com. Santiago de Chile. Febrero 2010.

“Migrañosos que hicieron historia: Lewis Carroll”. Aut. Jorge E. Tacconi. Medicina & Cultura Año 1 No. 8. Argentina, 2007.

“Murió Lewis Carroll, autor de Alicia en el País de las Maravillas”. Universia. Enero 2010.


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