Y después del apocalipsis zombi ¿qué? II

13 octubre 2015

Parte II

Por: Patricia Díaz Terés

De las miserias suele ser alivio una compañía”.

Miguel de Cervantes

Líder o seguidor, cazador o presa, pero a final de cuentas superviviente, así es una persona viva y sana que aparezca en cualquier serie de televisión o película que aborde el tema del “apocalipsis zombi”. Siendo tan variadas las personalidades de los personajes que han protagonizado este tipo de producciones, todos ellos, sin embargo, comparten dos elementos en común: la pérdida y la búsqueda. Sin importar el género desde el cual se aborde el tema (horror, ciencia ficción o incluso comedia), aquellos que corretean en el planeta tratando de salvarse de cadáveres ambulantes o enloquecidos infectados han perdido seres queridos, sus hogares, su seguridad física y otras tantas cosas; y a su vez se lanzan en una búsqueda por recuperar cualquiera de ellas.

Pero antes de entrar en materia, hacemos aquí nuevamente la advertencia de que este artículo contiene numerosos spoilers, por lo que si no han visto (y aún desean hacerlo) las películas Zombieland y 28 Days Later (Exterminio) se recomienda abandonar aquí la lectura.

Empezaremos entonces por analizar la situación de la película Zombieland (Ruben Fleischer, 2009). En esta cinta, que entra en el género de la comedia, el protagonista, Columbus (Jesse Eisenberg), es un joven común y corriente, no particularmente valiente, pero sí bastante inteligente, lo cual le permite crear para sí mismo una serie de normas con las cuales él sabe que puede sobrevivir en un mundo en el cual debe enfrentarse a los muertos vivientes. De este modo, el joven –que no es atlético en absoluto- hace calentamiento antes de incluirse en cualquier situación que le demande un esfuerzo físico, con lo cual evita lastimarse; revisa cuidadosa y sistemáticamente cualquier lugar al que pretende entrar; desconfía de cualquier persona y sobre todo evita ser el héroe, porque según su hipótesis, esta última opción lo llevará a una muerte segura.

Paranoico por naturaleza, Columbus se encuentra con su complemento fuerte, en este caso encarnado en Tallahasse (Woody Harrelson), que es un hombre maduro que va por este apocalíptico escenario con una actitud cínica y despreocupada, pues él ha encontrado ya un buen vehículo y una abundante provisión de armas. Obsesionado con conseguir un pastelito Twinky –y arriesgando su propia vida por ello-, este hombre no tiene reglas que seguir, sino que enfrenta las situaciones conforme se le presentan, empleando su valor y habilidades, de las cuales se siente bastante seguro.

A su vez, esta dupla masculina da con su contraparte femenina en dos hermanas, Wichita (Emma Stone) y Little Rock (Abigail Breslin), quienes se manejan con un código carente de la ética más elemental, ya que ellas solo piensan en sobrevivir juntas, por lo que si para lograrlo necesitan engañar, robar o amenazar a cuando individuo se les atraviese, así sea. Habiendo tenido ya desde antes del apocalipsis zombi la costumbre de estafar a la gente, ellas han descubierto que este mecanismo también funciona después de la hecatombe, por lo que no dudan de privar al prójimo de armas, comida o vehículos.

A final de cuentas el argumento lleva a tan distintos personajes a formar un frente común contra los zombis –y a Columbus a romper su regla de oro con tal de salvar a su amada Wichita y a Little Rock– con el afán de sobrevivir, creándose entre ellos lazos de confianza que finalmente son los que les permiten lograr su cometido. Y es aquí donde vemos cómo en un mundo en el cual la raza humana enfrenta su propia extinción, es la formación de comunidades la que le proporciona la posibilidad de subsistir tanto física como emocionalmente.

Caso similar -aunque en el género de horror- se presenta en la cinta 28 Days Later (Exterminio, Danny Boyle, 2002), en el cual Jim (Cillian Murphy) es un mensajero que se despierta en un desierto hospital después de que una terrible enfermedad llamada Rage –misma que provoca que la persona infectada pierda sus facultades mentales transformándose en un agresivo animal caníbal- haya infectado a la mayor parte de la población de las islas británicas. En Jim observamos así el comportamiento totalmente plausible de una persona normal que se despertase en semejante situación, pues completamente desorientado y vestido tan solo con una poco funcional bata de hospital, comienza a recorrer primero el nosocomio y luego la ciudad de Londres, tratando de encontrar algo o alguien que le explique qué es lo que ha sucedido.

Dejando de lado el hecho de que la película se torna aún más sobrecogedora porque el director Danny Boyle consiguió permiso para vaciar literalmente algunas de las zonas más emblemáticas de la capital británica, utilizando así locaciones y no sets armados, la sensación de soledad que transmite Murphy se transmite al público compartiendo este la consternación del personaje.

Sin embargo, este sentimiento de soledad absoluta pronto se transforma en terror para el protagonista cuando se encuentra al primer grupo de infectados, a quienes ubica en una iglesia, ya que no comprende por qué aquel grupo de personas que tienen los ojos inyectados en sangre y lanzan gruñidos estremecedores se le echan encima en un abrir y cerrar de ojos y tratan de matarlo. Tras huir despavorido de aquel sitio, Jim se topa entonces con una mujer, Selena (Naomie Harris), quien logra salvarlo después de encerrarse ambos tras una cortina de metal que cierra una tienda. Y aquí es donde la joven le explica al recién llegado lo que ha sucedido con el mundo. En este caso Selena ha tenido tiempo para adaptarse a la situación, por lo que va armada y lleva consigo provisiones –chocolates y refrescos, que es lo único que ha podido encontrar-, ella representa entonces a lo largo de la cinta la parte racional que actúa en el ser humano en una situación de supervivencia.

Por su parte Jim es más sentimental, por lo que no es extraño que lo primero que desee sea ver a su familia, a pesar de que su compañera le advierte que con seguridad están muertos o infectados. Aferrado a sus afectos, el personaje encarnado por Cillian Murphy logra hacerse acompañar hasta su casa donde, efectivamente, encuentra a sus padres que se han quitado la vida, enfrentándonos entonces nosotros como espectadores con otra reacción al fin del mundo: la autoaniquilación, elegida por todos aquellos que antes de sufrir un destino terrible como infectados, han preferido salir de este escenario por su propia mano sin siquiera luchar por sobrevivir. ¿Cobardía? ¿Sensatez? Depende de la personalidad del individuo que observe el contexto.

Pero como en todos los apocalipsis zombi, solamente aquellos que se empeñan en continuar vivos están dispuestos a enfrentarse a la soledad y los numerosos problemas que representa la simple existencia. De esta forma, en esta cinta observamos nuevamente cómo la formación de comunidad es una necesidad básica del ser humano, por lo que Jim y Selena emprenden camino en busca de otros no infectados, localizando entonces así a Frank (Brendan Gleeson) y su hija adolescente Hannah (Megan Burns), quienes han decidido atrincherarse en su departamento, habiendo colocado luces en la ventana para atraer a cualquier individuo sano. En este caso el padre de familia deja algo muy claro, él sabe que su hija no podrá sobrevivir sola, necesita adultos que la ayuden, y es así como comparte todos sus recursos con sus “invitados” con el convenio tácito de que si algo llegase a ocurrirle a él, la jovencita quedaría protegida.

Nuevamente vemos la formación de un grupo de personas bienintencionadas. Sin existir en este caso nadie que quiera aprovecharse del otro, todos ellos forman lazos de amistad casi instantáneos, lo cual les permite gozar de ciertos momentos de tranquilidad e incluso diversión. En este contexto, Selena reflexiona sobre el futuro de la humanidad, fijando su atención en un elemento que es obviado por otros filmes similares: la creación artística. La mujer revela entonces su parte nostálgica al manifestarle a Jim que no puede creer que nunca habrá una película, una pintura o un libro que no existiesen previamente. Aquí se muestra entonces el anhelo de trascendencia del ser humano, mismo que es fácilmente bloqueado por la necesidad de cubrir los requerimientos físicos básicos, que sin duda resulta apremiante para los supervivientes de un apocalipsis zombi.

Y para concluir con el espectro de las posibilidades en las reacciones humanas en un mundo devastado, este amigable equipo va a dar de narices con los “villanos”, aquellos que sobreviven a costa de los demás, en este caso representado tan nefasto bando por un grupo de militares que a través de una transmisión de radio, han ofrecido a los incautos refugio y una cura para la enfermedad, siendo todo ello mentira. Dando primero estos sujetos una sensación de seguridad gracias a su pesado armamento y aparentemente inexpugnable fortaleza, comparten con los recién llegados –a los cuales les falta un miembro al haber sucumbido Frank a la enfermedad- su agua, refugio y su comida. Poco tiempo pasa para que estos egoístas individuos revelen su verdadero cometido, pues lo único que desean es apoderarse de las mujeres para usarlas a su gusto, lo cual por supuesto genera la indignación del heroico Jim, quien en contra del reglamento de Columbus, después de lograr escapar de los soldados que han intentado eliminarlo, irrumpe salvajemente en la habitación donde tienen cautivas a sus amigas para posteriormente emprenderla a brazo partido con los agresores, logrando la victoria con la ayuda de un infectado –que él libera a propósito- que los militares tenían encadenado en el patio trasero con fines experimentales –deseaban observar cuánto tiempo tardaba en morir sin ser alimentado-.

Jim pierde –temporalmente- entonces su humanidad para salvar a sus seres queridos. Los enemigos han perdido su humanidad por cosificar a las personas. Es así como nos enfrentamos por primera vez a la deshumanización del individuo, aunque por motivos diferentes. El defensor y el abusivo, ambos pierden sus códigos éticos, pero con fines opuestos. Jim sigue siendo, entonces, un héroe, sin transformarse en un antihéroe, pues él está consciente de que matar no es correcto, pero también se ha dado cuenta de que sus enemigos no le dejan otra opción que suprimirlos.

Habiéndose filmado dos finales para esta cinta: uno feliz en el cual Jim, Hannah y Selena son encontrados eventualmente por otros supervivientes que disponen de un avión; y otro bastante más deprimente en el cual se da a entender que Jim muere a causa de una herida sufrida durante el enfrentamiento con los soldados, la cinta plantea un escenario no del todo descabellado de un apocalipsis zombi. Sin darle un tinte humorístico o de ciencia ficción, esta cinta nos lleva el evento apocalíptico a un nivel en el que cualquiera puede sentirse identificado con alguno de los personajes, pues sus juicios y decisiones parten de bases realistas, tanto físicas como emocionales. Son individuos comunes sobreviviendo en un mundo atrapado por el caos, llevando inevitablemente al espectador a preguntarse ¿qué haría yo?

Pero el tema no ha sido concluido, por lo que la siguiente semana, terminaremos esta serie de artículos abarcando a detalle la variadísima gama de personajes y escenarios que plantea la serie televisiva The Walking Dead con respecto a la sobrevivencia en un mundo dominado por los zombis.

 

FUENTES:

www.imdb.com


De la Tierra a Pandora: Sci-Fi Parte I

6 diciembre 2010

"Metrópolis" de Fritz Lang (1927)

 

Por: Patricia Díaz Terés

¿Qué es nuestra imaginación comparada con la de un niño que intenta hacer un ferrocarril con espárragos?

Jules Renard

Desde el árido Tatooine de Star Wars, hasta la selvática Pandora de Avatar; y de Klaatu (El Día que la Tierra se Detuvo, 1951) a Ellen Ripley (Alien, 1979), ya desde los primeros cortometrajes del cine mudo que aparecieron a principios del siglo XX, personas de todas las edades han podido ser trasladados a lejanos mundos y vivir emocionantes aventuras acompañando así a valientes héroes y sombríos villanos.

Tan peligrosa travesía es siempre dirigida por la experta mano de gente como Georges Méliès, Robert Wise, James Cameron, Steven Spielberg o los hermanos Wachowski, quienes a través de sus filmes son capaces de llevar nuestra imaginación a terrenos inexplorados, donde el ser humano se enfrenta a sus peores pesadillas o es testigo de los más grandiosos portentos.

Así, estos directores han incurrido en un género cinematográfico cuya versatilidad ha creado una gran cantidad de subgéneros -que no siempre pueden ser claramente identificados-, de modo que se cataloga como Ciencia Ficción o Sci-Fi a infinidad de cintas que, de acuerdo al crítico o autor que se consulte, podrían clasificarse en otras categorías como cine de Horror o Fantasía; pero para no sufrir restricciones, me permitiré de aquí en adelante tomar la acepción amplia del término.

Era tan sólo el año de 1902 cuando el genial cineasta francés Georges Méliès quiso llevar a la pantalla dos de sus historias favoritas de la literatura de Ciencia Ficción: Viaje a la Luna (1865) de Julio Verne y Los Primeros Hombres en la Luna (1901) de H.G. Wells, hecho que dio como resultado Le Voyage Dans La Lune, filme donde podemos ver a unos simpáticos hombrecitos que son enviados a la Luna por medio de un cañón –efectivamente, muy parecido a los utilizados en las guerras del siglo XIX-, teniendo la infortunada consecuencia de alunizar justamente en el ojo derecho del satélite natural – mismo que es representado por el rostro un hombre sonriente –que tiene metida la cabeza en un molde para hornear-.

Sin embargo, este no fue sino el primer intento en el género; de hecho las primeras cintas “formales” aparecieron hasta que concluyó la Primera Guerra Mundial. En 1917, por ejemplo, el director danés Holger-Madsen elaboró el primer filme –A Trip to Mars– con un argumento enfocado en el planeta Marte, mismo que de ahí en adelante se volvería recurso popular en el Sci-Fi; ya en la década de los 20’s los dinosaurios de El Mundo Perdido (1912) de la novela escrita por Sir Arthur Conan Doyle, fueron presentados en la pantalla grande por Harry O. Hoyt en 1925 a través de unos modelos de stop-motion (animación cuadro por cuadro, generalmente realizada con estatuillas de plastilina o algún material similar).

Pero la estrella indiscutible de la Ciencia Ficción cinematográfica –al menos en la primera mitad del siglo XX- es Metrópolis (1927) de Fritz Lang, ya que en una película sin precedentes, el director germano tuvo la habilidad suficiente para combinar los problemas sociales con espectaculares escenarios futuristas, regalando al público una inolvidable experiencia cuando pudieron contemplar cómo un trastornado científico transformó a un robot en la bella María, interpretada por la actriz alemana Brigitte Helm; por supuesto resulta interesante mencionar que la trama se sitúa en el año 2000.

Ahora bien, en la década de los 30’s, los Estudios Universal comenzaron a mezclar la ciencia ficción con horror, generando así Frankenstein (1931), basada en la novela de Mary Shelley, Frankenstein o El Moderno Prometeo (1818) y dirigida por James Whale y protagonizada –como el monstruo- por el legendario Boris Karloff –quien interpretó también a la momia en el filme homónimo de 1932 y a otros tantos personajes en cintas “clásicas” de terror-.

Por esta misma época apareció también una de las películas consideradas como cimiento del Sci-Fi de la segunda parte de la centuria pasada, La Invasión de Mongo (1936), cuyo “inaudito” presupuesto de 1 millón de dólares permitió a Frederick Stephani, llevar por primera vez a la pantalla grande al personaje creado por Alex Raymond en 1934, Flash Gordon, quien en compañía de sus amigos Dale Arden y el Dr. Zarkov, peleaban con el nefando tirano Ming el Despiadado, trasladándose en naves espaciales, empleando cinturones antigravedad y defendiéndose con pistolas de rayos láser.

De esta forma, el cine de Ciencia Ficción logró cautivar la atención del público, teniendo después de la Segunda Guerra Mundial un auge que marcó muchas de las cintas como clásicos del género; asimismo, en una situación política mundial sumamente complicada, resultaron ideales para hacer crítica social sin tener que situar las tramas en la realidad, teniendo mayor libertad que el género dramático.

En este contexto, podemos observar en las producciones del séptimo arte de la década de los cincuenta cómo el temor que se sentía –principalmente en los Estados Unidos- ante los “enemigos” comunistas soviéticos era retomado y reubicado en el terror de los pobres terrícolas ante espeluznantes invasiones extraterrestres, como en La Guerra de los Mundos (1953) de Byron Haskin.

De igual manera, el miedo hacia la omnipresente amenaza nuclear –generado a raíz del bombardeo en Hiroshima y Nagazaki-, fue a parar en la pantalla mostrando los supuestos efectos de accidentes y experimentos con la energía atómica, surgiendo entonces algunas de las películas más absurdas del género, tal es el caso de Them! (1954) –protagonizada por hormigas gigantes- o Tarantula (1955) en el que un jovencísimo Clint Easwood representa el papel de un piloto de la Fuerza Aérea Norteamericana que pelea fieramente contra una araña gigante(!); sin mencionar los “monstruos” extraterrestres como The Blob (1958) de Irving S. Yeaworth en la que una masa gelatinosa pasa tranquilamente por los pueblos norteamericanos causando su destrucción.

Con estas películas en las salas de cine, surge una figura tan mítica como estrafalaria en el mundo hollywoodense, Ed Wood -cuya vida fue llevada a la pantalla grande por Tim Burton, quien logró que el extraordinario Johnny Depp encarnara al extravagante director neoyorkino-; quien tiene la dudosa fama de tener entre su filmografía la peor película de todos los tiempos, Plan 9 del Espacio Sideral (1959) en la que no sólo se fusionan los géneros de horror y ciencia ficción, sino que se hacen pedazos –imaginemos por un momento una película en la que aparecen al mismo tiempo zombies, vampiros y extraterrestres en escenarios ridículos y con penosas actuaciones-, y que irónicamente es considerada como cinta de culto, siendo reverenciada por miles de fanáticos alrededor del planeta –quienes, cabe destacar, no niegan la triste producción, sino que caen en la expresión “es tan mala que es buena” como se dice popularmente-.

Y hasta aquí dejaremos por el momento el recorrido por la Ciencia Ficción cinematográfica, no sin antes destacar que todas las películas aquí mencionadas pueden no ser consideradas como “espectaculares” hoy en día, pero la inocencia de la época se refleja en toda la producción –desde el guión hasta las actuaciones-, de modo que los “malosos” invasores extraterrestres –como en mis escena favorita de La Cosa de el Otro Mundo (1951)-  son capaces de simplemente brincar hacia un lado cuando el héroe le arroja con toda su fuerza un tubo de metal, mientras continúa el acecho de los aterrorizados protagonistas.

  PARA RECORDAR:

Viaje a la Luna (1902): http://www.youtube.com/watch?v=dxB2x9QzXb0

El Mundo Perdido (1925): http://www.youtube.com/watch?v=q3fdenwZ0Ys

Metrópolis (1927): http://www.youtube.com/watch?v=ZSExdX0tds4

El Día que la Tierra se Detuvo (1951): http://www.youtube.com/watch?v=Eun7SmpNr1I

Plan 9 del Espacio Sideral (1959): http://www.youtube.com/watch?v=u2ukRYsYPmo 

FUENTES:

“Hollywood reconquista un planeta perdido”. Aut. Gabriel Lerman. Revista Cinemanía No. 44. Mayo, 2000.

“Breve recuento de los robots en el cine” y  “Los Otros Héroes de las Galaxias”. Aut. Rafael Aviña. Revista Somos, especial de Star Wars. Mayo, 1999.

“Science Fiction Films”. Aut. Tim Dirks. www.filmsite.org


Freddy Krueger vs. El Noticiero de la Noche

14 diciembre 2009

Cine de Terror

Por: Patricia Díaz Terés

“¿Es usted un demonio? Soy un hombre. Y por lo tanto tengo dentro de mí todos los demonios”.

Gilbert Keith Chesterton

Provocando pánico o risa, con muchos e incondicionales seguidores y otros tantos opositores, el género cinematográfico denominado como horror, ha atravesado por muchas transformaciones desde su aparición en las primeras décadas del siglo XX.

Compartiendo esencia con la literatura de horror –término acuñado en 1764 por el escritor Horace Walpole en su novela El Castillo de Otranto-, el cine de terror busca generar en el espectador un sentimiento de temor, colocando a víctimas débiles a expensas de un enemigo que goza de muchas ventajas como pueden ser una apariencia horripilante, una habilidad sorprendente para ocultarse o bien poderes sobrenaturales.

En la década de los años 20 por ejemplo, se vio por primera vez en las pantallas la imagen del Drácula creado por Bram Stoker en 1897, sólo que se le llamó Nosferatu (Max Schreck), en la película homónima dirigida por F.W. Murnau; pero los monstruos tuvieron su apogeo en la tercera década del siglo, cuando los estudios Universal lograron realizar una serie de filmes que con el tiempo se convirtieron en cintas obligadas para todos los amantes del género.

Y fue así como los emblemáticos actores Boris KarloffFrankenstein (1931) y La Momia (1932)- o Bela LugosiDrácula (1931) y White Zombie (1932)- saltaron a la fama interpretando ambos, numerosos y escalofriantes –al menos para su época- personajes.

Pero el cine debe evolucionar con el hombre. De este modo, mientras que en los años anteriores a la Segunda Guerra Mundial el celuloide reflejaba inocentes historias sobre vampiros, monstruos y momias, después de 1945 resultaba más complicado causar temor en la audiencia, ya que se habían visto demasiados horrores auténticos y espeluznantes durante el conflicto bélico.

Así, una sociedad que durante seis años se había enfrentado a las más terribles acciones de las que es capaz el ser humano, buscaba en el séptimo arte un solaz para su torturado espíritu, refugiándose en el humor de las comedias sencillas; sin embargo los creativos del género de terror idearon una forma para adaptarse a la nueva situación.

Si bien asustar con los personajes tradicionales no era ya opción, los guionistas aprovecharon entonces el temor latente que, durante toda la Guerra Fría, tuvo en el corazón todo individuo: la ineludible y sobrecogedora presencia de la bomba atómica.

De esta manera, los escritores utilizaron la ansiedad reflejándola en una severa crítica hacia los científicos con poca o nula conciencia de las consecuencias de sus peligrosos inventos; así aparecieron creaturas originadas por la acción de las radiaciones como Godzilla (1954), o un pulpo gigante que ataca la ciudad de San Francisco en It Came From Beneath the Sea (1955).

También en la misma época, se vio por primera vez el cruce del género de horror con el de ciencia ficción, haciendo que los extraterrestres y los platillos voladores suplieran a los engendros anteriormente empleados; es así como se realizaron películas como The Thing from Another World (1951) o The Day the Earth Stood Still (1951).

Otra vertiente de estos híbridos de terror y ciencia ficción dieron como resultado el surgimiento de los invasores de cuerpos, cuya primera cinta fue Invasion of the Bodysnatchers (1956), en donde se utilizó el terror psicológico ya que, al tratarse de alienígenas con apariencia humana, lograban generar una sensación de paranoia bastante incómoda.

Algunos analistas y críticos de cine han comparado este argumento con la presencia en la sociedad capitalista norteamericana, de los comunistas quienes, si recordamos el panorama de la Guerra Fría, en Estados Unidos constituían el enemigo a descubrir y vencer.

Pero muy pronto mutantes y extraterrestres no dieron ya resultado con el público, y el género cayó en un breve pero significativo letargo, siendo relegado a lo que se denomina películas de serie B; esta terminología está basada en un criterio según el cual sólo aquellas que alcanzaban la categoría A obtenían presupuesto; mientras las otras debían conformarse con reducidas cantidades de dinero, lo cual no permitía a productores y directores permitía poner demasiada atención o esmero en la calidad del guión, actuación, efectos especiales o incluso el propio argumento.

Sin embargo, durante la década de los sesenta hubo un magnífico director que rescató y dio al género de terror un giro que dejaría su huella durante varios lustros, se trata de Alfred Hitchcock, el maestro del suspenso, quien con Psicosis (1960) introdujo la figura del psicópata asesino.

Esta fórmula evolucionó poco a poco, teniendo una suerte de clímax con The Texas Chain Saw Masacre (1974) del director Tobe Hooper, en donde un maniático deforme tortura y asesina a un grupo de jóvenes –la cinta está basada en hechos reales y tuvo un bien logrado remake en 2003-.

A finales de los 60 también se retoma el interés por las cuestiones satánicas gracias a la cinta Rosemary’s Baby (1968) de Roman Polanski; tras ella unos años después vendría la polémica e icónica El Exorcista  (1973) de William Friedkin.

Pero los demonios o fantasmas de Amityville (1979) y Poltergeist (1982) no eran ya suficiente para la –aún entonces- poco impresionable imaginación del público, por lo que fue necesario crear nuevos monstruos, y es así como surge el gran Freddy Krueger, de la imaginación de Wes Craven (Scream), en A Nightmare on Elm Street (1984), en donde podemos ver a un aterrorizado y jovencísimo Johnny Depp (Jack Sparrow) antes de que saltara al estrellato.

Y así, a partir de la década de los ochenta, pero sobre todo en el nuevo milenio, el horror se ha visto en serios problemas para poder “asustar” a la ya prácticamente inmune audiencia, de manera que se han creado subgéneros que han sido objeto de crítica y censura. Teniendo al “gore” puro por un lado, es decir aquellas cintas –como las dirigidas por Dario Argento– de las cuales ya se sabe que en pantalla, no se verá nada más que grotescas escenas llenas de sangre; se tiene por el otro una mezcla en la que no se sabe a ciencia cierta si se trata de terror, gore o ya en caso extremo de lo que el periodista del diario New Yorker, David Edelstein, denominó “torture porn”.

Así en este 2009, han surgido cintas como Saw VI –clasificada como X en España- o Final Destination 4, que se encuentran –al menos la primera- en el límite del horror y el gore; sin mencionar las películas de Hostel (2005 y 2007), las cuales dirigidas por Eli Roth, se incluyen definitivamente en la clasificación de Edelstein.

Grandes retos tienen los guionistas y directores del género de horror para los años venideros, y si bien han encontrado inspiración en mitologías orientales –The Ring o The Grudge-, o rescatado personajes legendarios como Freddy –el remake de la cinta se estrenará en 2010-, aún deben vencer a su principal adversario: los noticieros de T.V. ya que, desgraciadamente, lo que vemos en los informativos espanta más que cualquier monstruo o diabólica entidad. Así, le tendremos que dar -en parte- la razón al escritor Joseph Conrad quien dijo: “La creencia en algún tipo de maldad sobrenatural no es necesaria. Los hombres por sí solos ya son capaces de cualquier maldad”. 

FUENTES:

“Monsters as Metaphors”. Aut. Steven Schneider. Other Voices V.1 N.3 Enero, 1999.

“El Cine”. Aut. Jordi Induráin Pons. Ed. Larousse. España, 2002.

“Los géneros cinematográficos”. Aut. Pedro Cano. Universidad Autónoma de Barcelona. 2006

“¿Qué tan insano es el cine de terror sádico?”. Aut. Gregorio Belinchón y Carmen Pérez. Vanguardia. Madrid, 2009.

“Brief History of Horror Fiction”. Aut. Karina Wilson. www.horrorfilmhistory.com

“Los géneros cinematográficos”.  Aut. Pablo Santiago Argañarás.


Zombies: ¿Prófugos de la pantalla grande?

28 octubre 2009

zombi

Ceremonia Vudú

Por: Patricia Díaz Terés

“El verdadero misterio del mundo es lo visible, no lo invisible”.

Oscar Wilde

Una mujer baila frenéticamente al son de rítmicos tambores, con los ojos en blanco y en evidente estado de trance, mientras los espectadores que forman un círculo a su alrededor, presencian la escena con reverencia y vibrante emoción.

Lo anterior se puede observar perfectamente no en la película de Wes Craven La Serpiente y el Arcoiris, protagonizada por Bill Pullman en 1987; sino en varias fotografías tomadas por Henning Christoph para el libro documental “Corazón de África, la magia de un continente”, editado en 1999.

Así, el vudú lejos de ser una práctica ancestral relegada y olvidada, resulta por el contrario tan actual como compleja, ya que presenta en sus ritos y ceremonias la versatilidad que le otorgan los diferentes países en los cuales se desenvuelve, a la vez que evoluciona en ciertos aspectos conforme a la época; a pesar de esto, se pueden mencionar elementos comunes que constituyen los pilares de esta misteriosa religión.

Monoteísta en cierto sentido y por principio, todas las ramas del culto tienen la firme creencia en que ha sido una sola divinidad la responsable por la creación del universo y por ende del mundo; sin embargo, este dios tiene por lo regular “hijos” o “espíritus” que le permiten gobernar a los mortales, estableciendo también un “canal de comunicación” entre ambos mundos.

De este modo, por ejemplo, de acuerdo con los rituales realizados en Dahomey (Benín), son tres los elementos que identifican a las divinidades: en el cielo está Gu, dios del fuego; además de Hevioso, una familia de espíritus que representan al trueno. En la tierra encontramos a Sakpata, divinidad que lucha contra las epidemias; mientras que el dios de la pesca, Agwé, habita en el agua.

Por otra parte, también existen los Lwa, espíritus o genios que son capaces de intervenir en el cuerpo de los individuos, y de ellos hay también varias clases dependiendo de su carácter y actividad principal.

Aún cuando en el vudú no hay establecida una estructura jerárquica, sí se pueden ubicar ciertos individuos que tienen la capacidad de comunicarse o incluso dominar en cierta medida a los espíritus. Así los ounganmanbo en caso de ser mujeres- son sacerdotes vudú que conocen el secreto del zombi y controlan las ceremonias; y los bòkò o boccor, es decir los brujos. Todos ellos reciben el poder por herencia familiar o a través de una comunicación onírica –en sueños- con los seres divinos, y su símbolo profesional es una especie de sonajero lleno de semillas, huesos u objetos similares, llamado asson, que sirve para guiar la secuencia en las ceremonias.

Además, existen lugares especiales para el culto que son los templos llamados oufó, en medio de los cuales se encuentra el peristilo, un espacio consagrado a las ceremonias que se llevan a cabo en honor a los Lwa, y en el que se encuentran ubicados tres tambores sagrados de diferentes tamaños, en los que se entonan los ritmos ceremoniales.

En un ritual vudú corriente se pueden observar dos secuencias principales. En primer lugar tenemos los ritos de entrada, que consisten en un desfile de las banderas del oufó, saludos a los objetos sagrados, orientación de éstos hacia los cuatro puntos cardinales; así como la entonación de letanías de santos y oraciones católicas, para después invocar a los Lwa.

En la segunda parte de la ceremonia se lleva a cabo el sacrificio o manjè-lwa, para éste los adeptos han cooperado y comprado un animal –cabrito, oveja, buey o un ave de corral- para el Lwa; el ejemplar elegido es lavado y purificado, para posteriormente ser ofrecido a los espíritus en un terreno donde el oungan ha trazado previamente los vèvè –dibujos simbólicos mágicos -.

Después del sacrificio uno de los fieles entra en una “crisis de posesión”, en la cual el cuerpo del individuo es ocupado por el espíritu, y dependiendo del tipo al que éste pertenezca, puede elegir símbolos o tener actitudes características como por ejemplo, si se trata del Lwa Ogu se le dará un sable, mientras que si se trata de Dambala, el poseído cae al suelo presa de violentas convulsiones, reptando como una serpiente. Mientras el Lwa habita el cuerpo del adepto baila, canta, saluda, habla y hace profecías tanto de buena fortuna como de eventos desdichados.

Pero tal vez el elemento más aterrador del vudú sean los zombies, y no precisamente porque se trate de monstruosos cadáveres caníbales. Siendo el culto a los muertos central en las creencias del vudú, son ellos justamente la clave para conseguir el favor de los Lwa; pero también el “control de los muertos” es un símbolo irrefutable del poder de los oungan.

De acuerdo con el vudú, una persona tiene dos almas: el gros-bon-ange –gran ángel bueno- que representa la personalidad, intelecto y experiencia del individuo, y el ti-bon-ange –pequeño ángel bueno- que es la conciencia. De esta manera, al morir un ser humano, su alma abandona el cuerpo para pasar un año en el fondo de un lago o río y posteriormente, gracias a los rituales realizados por sus familiares, ocupa un lugar permanente como protector de la familia.

La palabra zombi significa cuerpo sin alma o bien alma sin cuerpo, y como tal se asumen como seres cien por ciento controlables. Así, mientras en algún momento se pensó que su existencia era el método utilizado en las colonias para obtener mano de obra barata, se ha descubierto que, lejos de tratarse de muertos deambulantes, son en realidad personas (vivas por supuesto) quienes han sido drogadas y cuyas capacidades volitivas han sido anuladas.

De hecho el etnobotánico de Harvard Edmond Wade Davis, en 1983, publicó una investigación en la cual reveló que el polvo empleado por los brujos para “fabricar” zombies se trata en realidad de una mezcla de granos molidos de una planta alucinógenadatura stramonium-, mezclados con órganos asados y pulverizados de un sapo venenosobufo Marinus-, adicionado con el veneno del pez globo; esta peligrosa combinación tiene como resultado, entre otras cosas, un ataque al sistema nervioso, hipotermia y estupor.

Debido a que no se ha encontrado realmente una utilidad “legítima” para el zombi, se ha concluido que es una forma de venganza, el castigo último que una persona puede propinar a su enemigo –capturar su alma-, incluso existen algunas sociedades secretas que por el pago de unos honorarios razonables, pueden llevar a cabo la tarea de “zombificación”.

Y así, hemos visto cómo en pleno siglo XXI es posible observar personajes que parecen salidos de películas como Resident Evil (2002) o Exterminio (2002) y que, sin embargo, son personas reales cuyo estado no es consecuencia del ataque de un extraño e incontrolable virus, sino de una droga administrada por un enemigo colmado de rencor, por causas como la avaricia, la envidia o la lujuria; de modo que estas explicaciones desmitifican al monstruo, corroborando las palabras de la científica Marie Curie “dejamos de temer aquello que se ha aprendido a entender”. 

FUENTES:

“El vudú, los demonios y el nuevo mundo encantado”. Aut. Daniel Cohen. Ed. Diana. Méx. 1974.

“Zombies. El Misterio de los Muertos Vivientes“ Aut. Ma. Dolores Arana. Ed. Posada. Méx. 1987.

“Haití: Tras las huellas del zombi“ Aut. Roland Wingfield. Ed. EDAMEX. México, 1995.

 “Los Misterios del Vudú”. Aut. Laënnec Hurbon. Ediciones B. Trieste, Italia, 1998.

Corazón de África: La magia de un continente” Aut. Klaus E. Müller y Ute Ritz-Müller. Ed. Könemann. Colonia, Alemania, 1999.


A %d blogueros les gusta esto: